archivo

Archivo de la etiqueta: Siglo XX

La cultura del siglo XX : una crónica y una tesis
MANUEL PÉREZ LEDESMA
Manuel Pérez Ledesma es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Madrid.
nº 73 · enero 2003
PETER WATSON
Historia intelectual del siglo XX
Trad. de David León Crítica, Barcelona 1.016 págs. 36,46

A comienzos del año 1900 aparecían en Viena las primeras noticias sobre la publicación, dos meses antes, de La interpretación de los sueños de Sigmund Freud. En marzo, cuatro días después de empezar sus excavaciones en Creta, Arthur Evans encontró abundantes restos de una cultura hasta entonces ignorada y que él bautizaría con el nombre de minoica. En la misma semana, el botánico Hugo de Vries presentaba un estudio sobre las leyes de la herencia que venía a confirmar las tesis formuladas más de treinta años antes por Mendel. Y a mediados de diciembre Max Planck explicaba las bases de la teoría de los cuantos en una conferencia ante la Sociedad de Física de Berlín. En sólo un año, aunque se tratara de un año «insólito desde cualquier punto de vista», estos cuatro descubrimientos habían transformado radicalmente las concepciones anteriores sobre la naturaleza, el hombre y la historia. Tal es el llamativo arranque del ambicioso libro de Peter Watson sobre un siglo que, además de sus horrores («el más terrible de la historia de Occidente», según explicó en algún momento Isaiah Berlin) cuenta en su haber con un extraordinario desarrollo de las ciencias y con la más radical renovación de las actitudes culturales. En esas primeras páginas se encuentra además un buen testimonio de la forma en que el autor pretende abordar lo que la centuria ha dado de sí. Lo suyo es una crónica, es decir, un relato de hechos culturales relevantes, sea cual sea el campo intelectual al que correspondan. O, para ser más exactos, una crónica y además una tesis no del todo compatible con aquélla, como se verá al final del recorrido. La novedad del enfoque salta a la vista si lo comparamos con la estructura habitual de los libros dedicados al mismo tema. En éstos –baste poner de ejemplo las bien conocidas síntesis de Roland Stromberg, Historia intelectual europea desde 1789 , o de George Mosse, Lacultura europea del siglo XX – el protagonismo recae en las corrientes o movimientos culturales de larga o, al menos, de mediana duración; en cambio, en la obra de Watson son los acontecimientos (libros, creaciones artísticas, descubrimientos científicos, hallazgos arqueológicos…) y los personajes los que se sitúan en primer plano. No podía ser de otra manera tratándose de un relato o, para evitar lo peyorativo del término, de una obra de «estructura narrativa», que es como la define el propio autor. Y es en este planteamiento donde se encuentran las principales virtudes, y también las mayores limitaciones de su estudio. Porque, para empezar, ¿cómo se pueden enlazar acontecimientos tan dispares? En la presentación del libro se mencionan dos procedimientos: hay capítulos longitudinales o «verticales», en los que las ideas avanzan en el tiempo, y capítulos latitudinales u «horizontales» en los que el tiempo se frena para considerar los avances simultáneos en diversos ámbitos. Pero en la práctica esa dualidad se ramifica en una multiplicidad de formas. A veces lo que articula el relato es una fecha crucial –el año «insólito» de 1900 o el no menos admirable 1913– o una ciudad en ebullición, como la Viena de comienzos del siglo o el París de 1945. En otras ocasiones se trata de un rasgo cultural unificador, como la «cultura práctica» de los Estados Unidos antes de la primera guerra mundial, de la que el autor encuentra reflejos tanto en el pragmatismo de William James y John Dewey como en las enseñanzas de administración de empresas, la construcción de rascacielos, los primeros vuelos de los hermanos Wright o las películas de David Wark Griffith. La integración es más fácil cuando el autor se centra en acontecimientos de un mismo ámbito, como los descubrimientos en una determinada rama de la ciencia, los análisis del hombre y la sociedad producidos por psicólogos o sociólogos, las novedades en la creación literaria o las actitudes del poder ante los intelectuales y de éstos frente a aquél. Tampoco se plantean muchos problemas cuando la innovación afecta a áreas culturales próximas, aunque diversas: como el modernismo, rótulo bajo el cual se incluyen las primeras óperas de Richard Strauss y el cultivo del atonalismo por Arnold Schoenberg, pero también la pintura cubista o los comienzos de la abstracción, e incluso la filosofía vitalista de Bergson y hasta las condenas de Pío X al modernismo religioso. En cambio, las cosas se complican, y mucho, cuando el lazo de unión entre las novedades culturales es únicamente que se trata de eso, de novedades. En tales ocasiones, el lector encuentra yuxtapuestos hechos y personajes notablemente dispares. Por ejemplo, en poco más de veinte páginas pueden pasar por su vista los comienzos del cine sonoro, Goebbels y Leni Riefenstahl, Walter Benjamin, el international modern style en arquitectura, la poesía de Wystan Hugh Auden, las grandes novelas sobre la guerra civil española, Picasso y el Guernica , los primeros libros editados en Penguin Books, las críticas de Keynes a la economía convencional, las letras de Cole Porter, el celofán y el nailon, las obras de teatro de Eugène O’Neill, e incluso el Ciudadano Kane de Orson Welles (págs. 351-376). Todo ello unido únicamente por la constatación de que los años treinta «resultaron sorprendentes por su carácter fructífero», lo cual permite una acumulación más parecida a las páginas de la sección cultural de un periódico que a una narración articulada de la evolución cultural. De todas formas, no es la organización del ingente material acumulado el único problema. La visión de la historia cultural como una sucesión de acontecimientos tiene también consecuencias a la hora de la selección: en concreto, todo aquello que no llamó especialmente la atención en su momento ha quedado fuera del relato. Algo que resulta especialmente llamativo en lo que se refiere al pensamiento y a las ciencias sociales (al menos para este comentarista, cuyo escaso conocimiento de las ciencias duras le lleva, quizá equivocadamente, a dar por buena la selección en ese terreno). No estará de más precisar que esta crítica no es la habitual entre los especialistas ante una síntesis que no abarca todo aquello que conocen o no lo hace con el detenimiento que considerarían adecuado. Para un profesor de historia, como el que esto escribe, el malestar no tiene que ver con la desatención hacia su disciplina: antes al contrario, la historiografía está bastante bien tratada, al menos hasta los años setenta, y sólo algunos errores disculpables en una obra de esta complejidad afean la narración. Lo que, en cambio, se echan en falta son menciones a obras fundamentales de otras disciplinas, sobre todo si se comparan estas ausencias con las explicaciones detalladas de textos menos relevantes. Para decirlo de la forma más cruda, ¿por qué sólo hay un par de menciones de Saussure, mientras se dedican varias páginas a Noam Chomsky? ¿A qué se debe el hecho de que Max Weber aparezca como autor de La ética protestante, pero no se hable de Economía y sociedad ? ¿Por qué Marcuse y otros neomarxistas, y no Gramsci? ¿Por qué Dworkin y no Kelsen? Y, más en general, ¿por qué entre las muchas páginas dedicadas a la antropología, en especial a Boas y sus discípulas Mead o Benedict, no hay una sola para Malinowski y RadcliffeBrown?; o ¿por qué, entre los sociólogos se examina con detalle a Daniel Bell o David Riesman, y en cambio no hay nada escrito sobre Merton o Parsons? No se trata, me parece, de una cuestión de gustos o preferencias, sino de las consecuencias de una idea de la cultura como acontecimientos y personajes noticiables. Sin duda, esa visión tiene sus lados agradables: véanse, por ejemplo, los entretenidos retratos de protagonistas un tanto excéntricos (Schumpeter y el traje de montar con el que acudía a las reuniones universitarias, Wright Mills conduciendo una enorme motocicleta), o las descripciones de enfrentamientos personales entre figuras destacadas (Leavis versus Snow), o incluso los comportamientos algo tramposos de los científicos, de los que es buen testimonio la historia del descubrimiento de la estructura de doble hélice del ADN. Pero la contrapartida se encuentra en el hecho de que esa visión impide, o al menos dificulta, el acceso a aquellos cambios decisivos en algunas disciplinas que no alcanzaron en su momento una gran repercusión pública. A esa desigualdad en el trato contribuye igualmente el predominio de la cultura anglosajona en el conjunto de la obra, en especial a partir de la segunda guerra mundial. Es verdad que en esas fechas, gracias en gran medida al exilio masivo de intelectuales europeos, Nueva York desplazó a Viena o a París como capital mundial de las artes y la cultura; es cierto también que en el desarrollo de las ciencias, duras o blandas, han sido decisivas las universidades y los laboratorios americanos. Con todo, el lector puede llegar a la conclusión de que a partir de los años cincuenta Peter Watson pierde casi por completo el interés por el continente europeo. El mismo autor Historia de las ideas 4 Enero, 2003. Nº 73. REVISTA DE libros justifica en alguna ocasión esa escasa atención refiriéndose al estilo «paradójico y difícil» de algunos autores franceses de los años sesenta (de Lacan a Roland Barthes); pero una causa complementaria se encuentra probablemente en la vinculación de estos y otros personajes de la cultura europea de la segunda mitad del siglo XX a dos corrientes, el marxismo y el freudianismo, hacia las que Watson, como veremos, no manifiesta especial simpatía. Y si es poco lo que se recoge de la cultura continental, ni qué decir tiene que es mucho menos lo que se explica de la española. La llamada Edad de Plata , tan elogiada entre nosotros, queda aquí reducida a la mención de algunos pintores de proyección internacional (como Picasso o Miró), al inevitable Ortega y Gasset de La rebelión de las masas, al descubrimiento de las cuevas de Altamira o a las posiciones de varios escritores extranjeros ante la guerra civil. Aunque como consuelo para quien se sienta herido en su orgullo patrio, sólo cuatro páginas dedicadas al realismo mágico permiten que América Latina esté presente en el libro; con lo que, al menos en este caso, se rompe incluso con el principio de lo noticiable: porque, ¿qué mejor noticia que las peleas de Diego Rivera con Rockefeller o la participación de Siqueiros en un atentado contra Trotski? Pero dejemos ya de lado las críticas. La visión periodística de la cultura tiene también sus lados positivos. No sólo permite bajar del pedestal a muchos intelectuales destacados, y llenar de anécdotas –es decir, de vida y colorido– sus retratos; también, y quizá sobre todo, sirve para comprimir en pocas páginas, o a veces en pocos párrafos, normalmente con acierto, doctrinas y argumentaciones de notable complejidad en los más variados campos de la ciencia y la cultura. Es aquí donde el libro alcanza su mejor nivel como obra de alta divulgación, e incluso como un posible vademécum o libro de consulta sobre la cultura contemporánea en sus más diversas facetas. Un vademécum que permite al lector acercarse, aunque sea de forma sumaria, a cuestiones tan dispares como la metafísica de Heidegger, la estructura del ADN, los agujeros de gusano o la posmodernidad y el multiculturalismo (por no hablar de la aviación o la penicilina). Aunque para que la dicha fuera completa, sería necesario, en una previsible segunda edición, revisar con especial cuidado la traducción, en general correcta, para evitar errores que se han colado en el texto o en las muy abundantes notas 1. Al lector que, pese a las dificultades que a veces presenta el libro, haya recorrido esta detallada crónica aún le espera una sorpresa final. En contraste con las reiteradas afirmaciones sobre el progreso de las ciencias y la cultura –sobre todo de aquéllas: «los avances llevados a cabo en el ámbito del conocimiento científico no tienen parangón con los que se han efectuado en las artes» (pág. 17)–, lo que el autor ofrece en la conclusión de su obra es una visión mucho menos optimista del desarrollo cultural de los últimos cien años. Como las teorías de Sigmund Freud, con las que comenzó el siglo y que han estado presentes a lo largo de toda la centuria, no han contado nunca con un respaldo empírico inequívoco, e incluso han sido objeto de ataques cada vez más intensos, Watson no tiene empacho alguno en definirlas como erróneas; lo que de paso le lleva a descalificar a la psicología, cuya única base son «teorías –casi mitos– no respaldadas por la observación y caracterizadas por ideas rocambolescas, personales y en ocasiones fraudulentas por completo» (pág. 813). Si esto es así, ¿qué decir entonces del valor y el significado de muchas grandes obras literarias y artísticas que se inspiraron en las concepciones freudianas sobre la naturaleza humana? Lo malo es que no se trata sólo de Freud y la psicología: la otra disciplina social fundamental, la sociología, se está echando a perder, «si es que no está ya perdida por completo», porque se ha convertido en un «almacén de descontento» en manos de quienes la han convertido de ciencia en ideología (el argumento es de Irving Louis Horowitz, pero Watson lo hace suyo). No digamos nada del marxismo, fracasado en su predicciones, o de los teóricos de la derecha, en especial de los economistas liberales que «con demasiada frecuencia no han hecho otra cosa que ofrecer directrices para no hacer nada, para permitir que las cosas sigan su curso “natural”, como si no hacer nada fuese más natural que hacer algo» (pág. 818). Aunque aún viene lo peor: a pesar de sus avances, las mismas ciencias no parecen capaces de cumplir su tradicional promesa de «ofrecer una explicación final del universo»; pero tampoco las religiones se encuentran en condiciones de cubrir el vacío. «Deberíamos», es la consecuencia obligada, «desconfiar de las grandes teorías» (pág. 819). Tras la demolición, ¿qué queda, entonces, en pie? La respuesta de Watson, si se entiende como tal el último apartado de la obra, viene a ser como la pescadilla que se muerde la cola: lo que queda es el estudio del pensamiento del siglo XX desde la perspectiva narrativa; eso proporcionará un «canon históricointelectual» adaptado al tiempo que vivimos (pág. 826). Es decir, lo que él mismo ha hecho a lo largo de más de ochocientas páginas. Pero, ¿podremos conformarnos con ello?

1. Dos ejemplos pueden ser suficientes. Al hablar de Clifford Geertz se define como «descripción gruesa» lo que se ha traducido habitualmente, con buen sentido, como «descripción densa» (págs. 723 y 823). Peor aún es traducir (pág. 601, y nota 43, pág. 899), como La transformación de la clase obrera en Inglaterra el título del famoso libro de Edward P. Thompson, The Making of the English Working Class , porque en este caso se altera el sentido que el autor quiso dar a su obra (de la que, por cierto, hay una excelente versión en la propia editorial Crítica).
____________________

ARTÍCULO
FILOSOFÍA POLÍTICA
Política y economía en la revolución del siglo XX
Gabriel Tortella
Catedrático Emérito en la Universidad de Alcalá
nº 136 · abril 2008
Sheri Berman
THE PRIMACY OF POLITICS. SOCIAL DEMOCRACY AND THE MAKING OF EUROPE’S TWENTIETH CENTURY
Cambridge University Press, Nueva York

La mayor parte de la gente instruida a quien se le pregunte nos dirá que, si hubo una revolución en el si­glo XX, ésta fue la revolución rusa o la revolución comunista. Si estos respondedores instruidos son lectores fieles de Eric Hobsbawm, la mayoría en favor de esta respuesta será abrumadora. Por fortuna, sin embargo, hay una minoría creciente que se da cuenta de lo profundamente errónea que es esta respuesta. La gran revolución del si­glo XX tuvo lugar sin que el gran público se diera apenas cuenta: la verdadera revolución del si­glo XX fue la implantación de la socialdemocracia, sobre todo en Europa, pero en realidad en todo el mundo; si no se implantó con total generalidad, sí fue casi general su aceptación como modelo a seguir y adoptar. Y hay que recordar que la palabra socialdemocracia resulta especialmente apropiada en este contexto, porque el cambio profundo que esa revolución trajo consigo tuvo lugar en la esfera política con el establecimiento general de la democracia como forma de gobierno y en la esfera socioeconómica con la generalización del Estado de bienestar, es decir, con un incremento muy sustancial del gasto público con fines asistenciales.
La revolución socialdemócrata, por tanto, fue social y fue democrática. Y ambos aspectos vinieron estrechamente enlazados: la democracia trajo consigo el acceso al poder de los partidos socialistas, y éstos introdujeron las leyes y decretos que conformaron el Estado asistencial o de bienestar. Pero la causación, a mi modo de ver, no fue unidireccional: los partidos de izquierda llevaban años, décadas, desde fines del si­glo XIX, presionando en favor del sufragio universal porque esperaban que la democracia iba a producir los resultados deseados, como en efecto así fue; y a su vez esta presión izquierdista en favor del sufragio y la democracia fue efectiva porque los trabajadores urbanos, habitantes de las ciudades, los que constituían la gran mayoría de los votantes de izquierda, eran cada vez más numerosos; y lo eran como consecuencia del desa­rro­llo económico, que durante el si­glo XIX y comienzos del XX se basó en el crecimiento industrial y causó, por tanto, el aumento del empleo en las fábricas. Al ser más numerosos, estos ciudadanos de izquierda se organizaban en partidos, sindicatos y asociaciones cuyo poder y capacidad de presión crecía. Durante la Primera Guerra Mundial el poder de estas organizaciones se hizo sentir con particular agudeza, con lo que lograron imponer sus reivindicaciones en los países europeos más importantes, como Inglaterra, Alemania, Francia e Italia, y en muchos otros. En mi opinión, si no hubiera habido guerra, el resultado habría sido el mismo, aunque la socialdemocracia habría tardado más en imponerse; pero, a la larga, las consecuencias sociales y políticas del desarrollo económico se habrían hecho sentir en todo el mundo, según ya había ocurrido en varios países periféricos como Noruega, Dinamarca, Australia y Nueva Zelanda.

¿ECONOMÍA O POLÍTICA?

En las ciencias sociales ocurre característicamente que es imposible separar sectores si quiere comprenderse de manera cabal los grandes fenómenos históricos. Aunque en las universidades la Economía se estudie en unas facultades y en otras la Ciencia Política, la Sociología, la Antropología, y aun en otras la Historia, en la realidad social todos estos campos están inextricablemente mezclados. En muchos casos concretos la separación en campos académicos es conveniente por razones de método; pero nunca debe perderse de vista que el homo economicus, el homo politicus y demás homínidos son abstracciones que deben manejarse con mucho cuidado para evitar peligrosas distorsiones.
El subtítulo del libro que es objeto de este comentario ya expresa gran parte de su mensaje, un mensaje muy interesante pero que, a mi entender, insiste demasiado en esa compartimentación. Sheri Berman, profesora de Ciencia Política en la sección femenina de la neoyorquina Universidad de Columbia (Barnard College), acierta plenamente, a mi entender, en caracterizar el triunfo de la socialdemocracia como el más importante fenómeno político-social del si­glo XX. El libro se abre con la siguiente pregunta (las traducciones son mías): «En la primera mitad del si­glo XX, Europa fue la región más turbulenta del planeta […]. En la segunda mitad estuvo entre las más plácidas, un ejemplo de armonía y prosperidad. ¿Qué cambió?». La respuesta, naturalmente, es la socialdemocracia, que hizo compatibles el capitalismo y la democracia. Este nuevo orden socialdemócrata «debe ser entendido como una solución a los problemas planteados por el capitalismo y la modernidad». Y añade nuestra autora: «Pocos estudiosos o comentaristas han otorgado a la socialdemocracia el respeto o el análisis en profundidad que merece». Esto es lo que se propone hacer ella.
Quienes hayan leído la reseña que de mi Los orígenes del si­glo XXI se hizo en estas páginas1, o haya leído ese libro mío o el anterior, La revolución del si­glo XX, comprenderán que hasta aquí no puedo sino estar muy de acuerdo con Berman. Y no sólo en lo dicho hasta ahora, sino en lo que sostiene en buena parte de su libro, que es, naturalmente, acorde con el contenido de las primeras páginas, que acabo de resumir. Sin embargo disiento, cómo no (¿qué estudioso no disiente en algo de otro?), del mensaje contenido en el título: «La primacía de la política». Sheri Berman es socialdemócrata, o al menos se siente muy identificada con la socialdemocracia, y uno de sus hé­roes, quizás el personaje que más admira, es –nada hay de raro en ello, y yo comparto su admiración– Eduard Bernstein, el fundador de la socialdemocracia alemana (aunque, en mi modesta opinión, Ferdinand Lassalle, a quien ella no menciona, merecería el título de precursor)2. En cambio, Berman no es marxista: le parece Karl Marx profundamente equivocado y denuncia repetidamente los que ella considera sus dos principales errores, la lucha de clases y el materialismo histórico o determinismo económico. Con arreglo al principio de la lucha de clases, el proletariado está llamado a llevar a cabo la revolución e implantar el socialismo (o el comunismo, que eso nunca ha estado muy claro); el corolario táctico es que no debe pactarse con los representantes de otras clases sociales. El materialismo histórico significa que la evolución económica conduce inexorablemente a la polarización de la sociedad en dos grupos antagónicos, la burguesía opulenta y el proletariado miserable, y que de ese enfrentamiento surgirá la revolución. Por lo tanto, ésta será un fenómeno inevitable: sus enemigos no la podrán evitar, pero sus partidarios tampoco podrán hacer gran cosa por propiciarla. Para Marx, por tanto, el papel de los partidos socialistas era didáctico más que nada: luchar para poner de manifiesto las «contradicciones» y las injusticias del sistema capitalista, para despertar la conciencia de los trabajadores y estimularles a la lucha; pero esencialmente eran las fuerzas impersonales de la Historia las que traerían la revolución futura proletaria, al igual que en el si­glo XVIII habían traído consigo la revolución burguesa.
Frente al determinismo económico de Marx, Berman propugna el voluntarismo político que ella atribuye a la socialdemocracia. No hay tal inevitabilidad económica, nos dice; la revolución no va a caer como un fruto maduro en el regazo del proletariado, entre otras razones porque los obreros no llegan nunca a ser mayoría en las sociedades modernas. El desarrollo económico, como Bernstein puso ya de relieve, no produce esa polarización que Marx anunciaba, ni la depauperación de las clases bajas. Al contrario, las sociedades capitalistas, cada vez más complejas, producen una gran clase media cuyos estratos altos se identifican con la burguesía y cuyos estratos bajos se confunden con el proletariado, de modo que una gran parte de ese proletariado se aburguesa al tiempo que el proletariado puro se hace cada vez más raro y adelgaza como estrato social. Esta sola razón derriba, así, por su base los dos postulados de Marx: ni la revolución viene por sí sola, ni puede el proletariado ser su único protagonista. Para lograr sus reivindicaciones, el proletariado, los obreros industriales, deben diseñar una táctica y aliarse con otros grupos: campesinos de un lado (a los que Marx siempre despreció) y clases medias por otro. De ahí «la primacía de la política».
Por supuesto, el razonamiento de Berman es muy sensato y muy claro, y nos explica en gran parte lo que ocurrió en Europa en el si­glo XX, como ella pretende. Pero ella es politóloga y quien esto escribe es economista aficionado a la historia, y si las tesis de ella llevan el agua hacia su molino, un servidor tiende más bien a llevarlas al molino económico. Porque si bien es cierto que el determinismo de Marx era demasiado mecanicista y simplista, sí tenía él razón en la fuerza inexorable del desarrollo económico. Es cierto que ese desarrollo produjo otras consecuencias que las que él preveía: ni polarización ni pauperización, como hemos visto, sino más bien un relativo aburguesamiento del proletariado. Ahora bien, aunque de manera muy diferente a como Marx la imaginó, la revolución socialista sí se llevó a cabo en forma de revolución socialdemócrata. A mi juicio, pese a sus errores, la Historia ha vindicado a Marx, siquiera sea parcialmente: el capitalismo, tal como él lo conoció a mediados del XIX, era inviable a la larga. Lo que él no reconoció, aparte del crecimiento de la clase media, fue la flexibilidad del sistema: en las sociedades desarrolladas, en los momentos de confrontación, empresarios y trabajadores estuvieron dispuestos a transigir, por una razón muy simple: el crecimiento económico, el aumento de la productividad, era tan grande que daba para que todos mejoraran al tiempo que la población crecía en proporciones inauditas. En términos modernos, la economía no era un juego de suma cero, todos podían mejorar, y la transacción era mejor que la confrontación. Pese a su gran admiración por la burguesía que, «[e]n el siglo corto que lleva de existencia como clase soberana […] ha creado energías productivas mucho más grandiosas y colosales que todas las pasadas generaciones juntas»3, Marx no comprendió, por su obcecación en la plusvalía y la ley de bronce de los salarios, que esas grandiosas y colosales energías productivas iban a dar de comer a todo el mundo e iban a permitir mejorar el nivel de vida de la mayoría de la población. Fue esa enorme abundancia la que permitió que las sociedades desarrolladas del si­glo XX pudieran doblar e incluso triplicar sus ingresos fiscales para financiar los carísimos programas de asistencia social y de seguro contra el desempleo que a mediados del si­glo XIX resultaban utópicos e inconcebibles. En otras palabras, para que hubiera pacto político era absolutamente necesario que antes hubiera habido un sólido proceso de desarrollo económico. ¿Primacía de lo político o de lo económico?

LO QUE QUEDA DE MARX

En cualquier caso, el cuerpo del libro de Berman es una excelen­te historia político-social del mo­vimiento obrero en la Europa de entreguerras, y, por lo tanto, del período formativo del Estado de bienestar. Son particularmente interesantes, de un lado, su narración de la batalla ideológica entre reformistas y conservadores dentro del movimiento socialista, con especial atención a Francia y Alemania, pero también a Italia, y su capítulo sobre «La excepción sueca»: Suecia fue la excepción porque allí la transición a la socialdemocracia fue prácticamente completa durante los años treinta, cuando en el resto de Europa aún se libraba una incierta batalla que en varios casos terminó con la derrota completa que significó el triunfo del fascismo-nazismo o regímenes afines (Alemania, España, Portugal, Rumanía, etc.). Pese a todas sus virtudes, sin embargo, el ­libro de Berman tiene una grave carencia: «excluye […] países como Inglaterra y España, donde el marxismo se vio eclipsado por otros tipos de pensamiento socialista (como el laborismo y el anarquismo)» (p. 18). Pase el prescindir de España, donde la historia del movimiento obrero siguió una ruta bastante peculiar; pero no incluir a Inglaterra en una historia del socialismo europeo del si­glo XX, sobre todo una historia centrada en el revisionismo socialdemócrata, es como representar Hamlet excluyendo al príncipe de Dinamarca. Inglaterra es el país donde Marx vivió gran parte de su vida adulta, donde estudió y produjo lo más importante de su obra. Por otra parte, ¿qué diferencia hay entre laborismo y socialdemocracia? En mi modesta opinión, el deslinde de Berman es puramente nominalista. El laborismo es la socialdemocracia inglesa, con la virtud añadida de su enorme originalidad. Berman lo reconoce implícitamente cuando menciona que Bernstein empezó a dudar del materialismo histórico en una conferencia que dio en la Sociedad Fabiana en Londres (p. 39). La influencia de los fabianos en Bernstein es generalmente reconocida. La consecuencia de esta grave y extraña omisión por parte de Berman es que su narración quede coja en numerosas ocasiones: uno se queda esperando el reconocimiento de las relaciones entre los socialistas de un lado y otro del canal de la Mancha, y la esperanza se frustra. La importantísima contribución británica a la socialdemocracia, y la indudable relación que esta contribución tiene con el desarrollo económico y social inglés: todo esto se pierde y la historia, por tanto, queda incompleta y, en consecuencia, parcialmente incompren­sible.
En compensación, el libro de Berman tiene rasgos de verdadera originalidad que resultan muy interesantes, en especial los paralelos que traza entre socialdemocracia y fascismo (empleada aquí la palabra en sentido lato, incluyendo el nazismo y otros totalitarismos de derecha). En su crítica al modelo marxista, Berman le reprocha su excesivo mecanicismo y también su internacionalismo, que pretendía meter a todos los movimientos obreros en una camisa de talla única, sin la menor atención a las particularidades nacionales o regionales. Sin duda tiene en esto razón nuestra autora y delata así una fuente de errores y mio­pías por parte del ala marxista del movimiento obrero. Pues bien, ella señala cómo, paralelamente a la crítica revisionista, se produce una especie de rebelión intelectual dentro del movimiento obrero no sólo por las críticas revisionistas bien conocidas, sino también en contra de ese excesivo racionalismo marxista que no reconocía factores emocionales o antropológicos. Entre estos críticos incluye señaladamente a Georges Sorel con su elogio de la acción directa y la violencia, pero también con su atención a los factores emocionales, individuales e incluso míticos que mueven al hombre a rebelarse contra la sociedad. Ella señala acertadamente las conexiones del pensamiento de Sorel con el de Bernstein, pero también con el fascismo italiano y con la extrema derecha francesa. Y en repetidas ocasiones pone de relieve que este rechazo del internacionalismo marxista se ajustaba a los deseos de muchos trabajadores, cuyos horizontes geográficos e históricos eran limitados y que respondían más a factores que los encuadraran en sus comunidades nacionales o locales que a los que los alistaban en un distante «internacionalismo proletario». Así, los socialdemócratas insistieron más que los marxistas de la vieja escuela en los sentimientos y los encuadramientos comunitarios, lo mismo que hicieron, de manera extrema, los partidos de corte fascista.
¿Qué fue lo que determinó la mayor o menor rapidez con que se impuso el modelo socialdemócrata? Ya hemos visto que Suecia fue donde más totalmente se impuso, aunque con un cierto retraso. El primer país donde se implantó fue Alemania, la República de Weimar, para luego venirse abajo con estruendo a manos de Hitler. Como ha señalado Frieden4, los países que tenían un poderoso partido socialista fueron los que más rápidamente implantaron el sistema socialdemócrata. Pero no siempre, porque, como el mismo autor pone de manifiesto, en Inglaterra hubo que esperar hasta el final de la Segunda Guerra Mundial, mientras que, en Estados Unidos, donde el socialismo era debilísimo, el New Deal de Franklin ­Roosevelt se aproximó en muchos aspectos al modelo socialdemócrata. Frieden subraya otro factor que Berman apenas tiene en cuenta: la actitud de los capitalistas. En muchos países, como el propio Estados Unidos, y también en Suecia, muchos empresarios se manifestaron dispuestos a colaborar con los socialistas, y esto facilitó la introducción y establecimiento del modelo. También influyeron, sin duda, los economistas: tanto Berman como Frieden consideran el papel de John M. Keynes en todo esto; no cabe duda de que fue muy importante, aunque Keynes jamás se tuvo por socialista y su mensaje práctico llegara antes a otros países que al suyo, Inglaterra. Tampoco debe olvidarse el papel de los economistas suecos: la herencia de Knut Wicksell, y el activo papel de Gustav Cassel, Eli Heckscher, Bertil Ohlin y Gunnar Myrdal, que asesoraron a los gobiernos socialistas con gran éxito.
Pero el modelo socialdemócrata hoy tiene un problema serio: su éxito ha sido tan completo que queda muy poco por hacer y los partidos socialistas, antes la vanguardia de la democracia y del progreso, hoy se parecen más a esas fundaciones creadas para defender la memoria y el patrimonio de un glorioso antepasado que a ese mismo glorioso antepasado. Dice Berman: «En las décadas recientes el movimiento socialdemócrata europeo se ha convertido en una sombra de lo que fue» (p. 210). La misión actual de los partidos socialdemócratas parece ser defender con uñas y dientes las instituciones legadas por sus mayores, escandalizándose ante cualquier intento de reforma como un sacerdote ante el sacrilegio del templo. Para evitar esta posición poco airosa e intelectualmente escuálida, los socialdemócratas hoy se buscan nuevos empleos: defensores del multiculturalismo y de ciertas minorías, críticos dubitativos de la globalización, luchadores cautos contra el cambio climático. A Berman el multiculturalismo no le gusta nada, porque contradice el comunitarismo y el igualitarismo que fueron patrimonio orgulloso de la socialdemocracia. Cita a Todd Gitlin, que señala que a principios del si­glo XXI es la derecha la que defiende la igualdad de derechos y la izquierda la que insiste en la diversidad y la diferencia (p. 212). Ha sido un largo y accidentado viaje desde el internacionalismo proletario hasta el multiculturalismo. Cuántas cosas se han quedado por el camino: al socialismo de hoy no lo reconocería ni su padre, el mismísimo Karl Marx. Quizá sea más propio llamarlo antepasado; o, mejor, ancestro.

1. Manuel Pérez Ledesma, «Europa y el mundo: tres siglos de historia», Revista de Libros, núm. 130 (octubre de 2007), pp. 15-20.
2. No se vea aquí un reproche, que sería injusto: Lassalle murió en 1864 y el libro de Berman se circunscribe, como indica su título, al si­glo XX
3. Karl Marx y Friedrich Engels, El manifiesto comunista, Madrid, Ayuso, 1974, p. 77.
4. Jeffrey A. Frieden, Global Capitalism: Its Fall and Rise in the Twentieth Century, Nueva York, Norton, 2006, pp. 241-247.
____________________