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José Gaos

Previo a la concienciación del conflicto, acaece la fenomenológica de la patología social por lo que, en un estado de constante movimiento y cambio, no puede haber una ideología crítica sin la existencia anterior del desacuerdo. Aunque en la región latinoamericana, en algunos países,  el florecimiento de la izquierda haya consensuado con el internacionalismo, la comparativa de la sociedad de estados reconoce el descontento del grueso de la población en los mínimos requeridos y necesarios para lo que podría ser una unificación frente al resto del mundo. Es por ello que el análisis de la temporalidad histórica en el pensamiento de José Gaos es la representación letrada de las tradiciones, costumbres y organización social que proveen a la realidad, al presente de la base activa en el proceso del autoreconocimiento de la conciencia. En tiempos de elecciones, la población necesita saberse consciente aunque ello necesite de un aventurarse en el conflicto de intereses. Es así porque la conformación histórica es una diversidad de hechos sintéticos que se nos ha brindado por la experiencia aunque al misma se encuentre supeditada al pasado, pues no conocemos lo que no hemos sentido.

Este aparente límite es la barrera que la población necesita interiorizar a manera de conciencia para vincular éxitosamente la soberanía con el internacionalismo, en una generalidad unívoca de organización social y provecho económico y cultural. Por ello, no se tendría que apelar por el viejo debate de izquierdas y derechas pues esta visión relega maniqueamente al cambio, como la sucesión de un status quo por otro, y esa es precisamente otra afirmativa política relegada al campo de la experiencia. La idea central es afrontar el problema con el repensamiento de la legitimación del movimiento social pues una revolución como comunmente es entendida no es posible en la actualidad. No así una revolución cultural que brinde soporte soberano e internacional al poder de la ciudadanía.

“Todo objeto como la América Latina es un objeto histórico, y un objeto histórico sólo puede ser objeto de una actividad de contenido historiográfico, de una actividad historiográfica, de historiografía. Porque historiografía no es simplemente reconstrucción del pasado. El pasado no interesa últimamente por él mismo. Últimamente, sólo interesa para construir el presente y el futuro. Mas el pasado sólo puede reconstruirse desde el presente, por el presente. El presente es la única realidad. En él han de hacerse más o menos reales el pasado y el futuro. También este. Tampoco el futuro puede construirse sino desde el presente, por el presente. Sin embargo, el presente no se construye a sí mismo sólo por el pasado, sino también por el futuro, por el futuro hacia el cual se concibe o se siente encaminado, hacia el cual quiere más o menos consciente y enérgicamente encaminarse. En suma: presente pasado y futuro están cada uno en relación de construcción o reconstrucción mutua con los otros dos –e historiografía es reconstrucción del pasado, constructiva del presente y futuro.” [1]

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[1] Gaos, José. Filosofía de la filosofía. ALEJANDRO ROSSI, compilador. Fondo de Cultura Económica, México 2008.

El Renacimiento, periódico

En la entrada pasada comenté sobre el Hiperión como movimiento existencialista mexicano. En esta ocasión, es de mi deseo compartir un fragmento de la presentación de la edición facsimilar, escrita por Huberto Batis. En remembranza y relación con el Hiperión, el renacimiento se representa como su homólogo en el siglo XIX, con la diferencia de su forma unitaria cultural, a saber, la conformación de un semanario dedicado a los propósitos de sus escritores. La idea es desempolvar aquellas idílicas, realistas y críticas letras que se han avocado a ser partícipes de su tiempo pues por mucho, el ser se legitima cuando procura su existencia en el mundo aparente (el mundo que se aparece a los sentidos). Sobretodo, es la crítica a la coyuntura política junto con la proyección de la producción cultural, la que conforma el grueso del movimiento, lo que trae como consecuencia un basto acervo cuya reflexión es menester tanto del historiador como del universitario.

“El periódico literario el Renacimiento (1869)

A poco más de un siglo de la restauración de la República liberal, justo es recordar la labor de los intelectuales y literatos que dejando las armas que habían trocado por la pluma cuando lo consideraron su deber, volvieron al magisterio de las aulas y de la letra impresa, y a la participación política cuando el país se los demandó. Con profusión y entusiasmo que se ha visto en muy pocos momentos de nuestra historia, fueron produciéndose desde los primeros momentos de paz obras valiosas en las artes y las ciencias, las cuales se apresuró a recoger la gran visión del maestro Ignacio Manuel Altamirano para formar con ellas, piedra a piedra, el ‘monumento’ –como supo llamarlo– de su revista semanaria El Renacimiento, en la que hoy, conforme a su intención, podemos examinar el sorprendente florecimiento cultural del tiempo.

Con la vuelta del presidente Juárez a la ciudad de México, el liberalismo ilustrado fue reuniéndose bajo el influjo de sus cabezas; Ignacio Ramírez, El Nigromante, que había sufrido martirios sin cuento a manos de los imperialistas; Francisco Zarco, que regresaba enfermo de Nueva York, en donde había representado al gobierno; el eterno Guillermo Prieto, testigo de casi todo el siglo xix, que dejaba su refugio en la frontera norte; el general Vicente Riva Palacio, que olvidó el sitio de Querétaro en cuanto cayó Maximiliano para volver a sus novelones; y Altamirano, soldado, héroe del Cimatario, el de mayor aura de prestigio entre los jóvenes escritores, puente entre la vieja y la nueva generación que formaban, entre otros, Justo Sierra, estudiante entonces de preparatoria; Manuel Acuña, recién llegado de Torreón a la Escuela de Medicina; Luis Gonzaga Ortiz y Manuel M. Flores, poetas asiduos; Agustín F. Cuenca, que abandonaba los estudios para vivir como gacetillero, y el joven Juan de Dios Peza, que se iniciaba, ‘de la mano de una persona mayor’, en las redacciones de los diarios y en las reuinones de la bohemia literaria.

Durante todo el año 1867 vivieron ellos la efervescencia política que despertó la convocatoria hecha por Juárez para la elección presidencial; el periodo para el que había sido electo don Benito había terminado desde Paso del Norte, poco antes del comienzo de la reconquista, y se hacía necesario el voto que lo reeligiera (en contra de la opinión de muchos, de un Jesús González Ortega, por ejemplo) o que lo sustituyera por Sebastián Lerdo de Tejada, el candidado del ministerio, o por el general Porfirio Díaz, que había tomado sin sangre la ciudad de México y que contaba con la simpatía general de los conservadores amnistiados y de los extranjeros residentes, y principalmente con el apoyo de los liberales oposicionistas, ganados por el ideario de su radical Partido Progresista, que manejaba entonces Justo Benitez. Riva Palacio había tomado a su cargo el periódico político de oposiciñon popular, La Orquesta, famoso por las caricaturas de Crescencio Carrillo. Altamirano, Ramírez y Prieto fundaron un periódico sostenidopor el general Díaz, El Correo de México, apasionado y acre censor del gobierno. Zarco, desde El Siglo XIX, pretendió mediar entre las facciones, adivirtiendo del peligro en que ponía al país la división liberal. Las cosas no pasaron a mayores y la historia dio la reelección a Juárez, negó las diputaciones que los radicales pretendían y les dio en cambio lo que Altamirano, un tanto despechado, llamó ‘las dichosas fiscalías’ de la Suprema Corte de Justicia. Díaz se retiró a Oaxaca en espera de una mejor coyuntura, y todos se entregaron a la restauración de la República ‘sin rencores con el pasado y sin temores por el porvenir’, como bien supo decirlo poco antes de morir Francisco Zarco.

A nuestra distancia, aquella polémica radical a favor de Díaz parece extemporánea, al menos ansiosa e ingrata con el juarismo. Justo Sierra, desde el porfiriato, puedo ver el apego de Juárez al poder si no necesario al menos convincente, porque su figura personificaba al ideal liberal. Desde nuestro tiempo, Daniel Cosío Villegas ha explicado convincentemente que la Reforma necesitó la reelección de Juárez y sobre todo la de su gabinete para defender ‘constitucionalmente’ al país de inminentes peligros mortales, como una nueva intervención europea o incluso nuevas anexiones de territorio mexicano al de Norteamérica, recién salida de su guerra de Secesión (el presidente general Ulyses Grant no ocultaba su voracidad, victoriosamente refrenada por Juárez, poco después de la visita que nos hizo el exsecretario de Estado William H. Seward, famoso por su compra de Alaska y otros territorios). Leopoldo Zea concede a Juárez una aguda visión realista en contra de los idealistas de los radicales, que ‘soñaban’ con la aplicación rigurosa del liberalismo europeo a México. Y Jesús Reyes Heroles coincide en bendecir el ‘freno’ que Juárez sabría imponer al liberalismo de importación que hoy llamaríamos ‘delirante’. Sea como sea, el clima de libertad que permitió la mayor división real que el país ha visto entre sus políticos favoreció el equilibrio entre Gobierno y oposición sin necesidad de las luchas de ‘boxeo de sombra’ –como llama Cosío Villegas a la ficticia división de partidos que luego hemos visto. La muerte del presidente Juárez no permitió la evolución perfecta de su política hasta el liberalismo social, que sólo tendría oportunidad con la Revolución que derrocó la dictadura de Díaz, entonces imprevista, el año de 1917…

El Renacimiento no es una revista especializada en literatura tal como hoy las entendemos; predominaron sí las colaboraciones artísticas y aun los escritos no literarios llenan los requisitos de lo que los hombres del tiempo conmprendían por ‘bellas artes’: correción, pulimiento, elegancia. Era una revista literario-cultural, miscelánea y didáctica, en cuanto que incluía ficción y poesía e informaba de cuestiones de crítica, historia, arqueología, pintura, música, teatro y ediciones. El resultado fue una crónica, un espejo del panorama cultural, un registro de las producciones más notables en los géneros mencionados, sin caer, fuera de contados casos, en la árida especialización más propia de los boletines de las sociedades científicas. De todo se habló en aquellas páginas, a condición de que llenara los fines de la amenidad, sobre todo de utilidad y belleza. Más tarde Olavarría daría el juicio contempornáneo: ‘Sin duda podrán producirse mejores semanarios . . . pero ninguno le ha superado ni en la cantidad de firmas distinguidas, ni en la calidad de los escritos’. Y en nuestros días, José Luis Martínez, el más autorizado hasta hoy por su conocimiento de la época, afirmó que fue ‘el documento mayor de nuestras letras en esa centuria. En él están representados, en efecto, los escritos más característicos, las corrientes literarias más destacadas, los valores culturales más fértiles . . . ¿qué otra revista literaria mexicana del pasado o del presente, puede ofrecernos la riqueza de impulsos y la irradición espiritual que contiene El Renacimiento? ¿Cuál otra ha conseguido esta calidad en el contenido, afianzado, al mismo tiempo, su sentido mexicano y universal, su conciencia social, su integridad humana? Otras ha habido más refinadas y exclusivas, más cultas y cosmopolitas, pero ajenas radicalmente a México si no es porque surgían de sus hombres. Acaso con mayor modestia, los escritores que hicieron El Renacimiento procuraron con todo su esfuerzo y con toda su sensibilidad realizar una literatura mexicana y una obra que enaltece a su pueblo'”. [1]

IgnacioManuelAltamiranoIgnacio Manuel Altamirano (1834-1893)

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[1] Coordinación de Humanidades, Instituto de Investigaciones Filológicas, Centro de Estudios Literarios. presentación por Huberto Batis. El Renacimiento, periódico literario (México 1869). UNAM, México 1993.

Así la conciencia nos hace a todos cobardes.
Shakespeare, Hamlet

CatedralMexico

A lo largo de la historia ha causado mucha polémica y ha invadido en la mente de cantidad de teóricos sociales, el fulgor y poder que se cierne en las aglutinaciones humanas, desde el gran éxodo judío hasta los movimientos sociales del siglo XX; la “masa” ha sido objeto de diferentes análisis, por un lado la visión psicoanalista y por el otro el “game theory”, las dos posturas se ciñen en los ámbitos más diferentes para el estudio de la misma.
Con el fin de llegar a entender mejor este complejo social, en esta ocasión nos basaremos en gran medida en un texto, que a más de ser el más completo, logra sistematizar en alguna medida las circunstancias y dinámica que adquiere la masa en las diferentes naciones, religiones y hechos históricos. Elías Canetti siempre tuvo en su mente el por qué de los cambios sociales, en específico problematizaba una cuestión parecida a la tesis de Etienne de la Boétie, para ello basta citar un extracto de su Ensayo sobre la servidumbre voluntaria:
Mas ¡Oh buen Dios! ¿Qué título daremos a la suerte fatal que agobia a la humanidad? ¿Por qué
desgracia o por qué vicio, y vicio desgraciado, vemos a un sinnúmero de hombres, no obedientes,
sino serviles, no gobernados, sino tiranizados; sin poseer en propiedad ni bienes, ni padres, ni hijos, ni siquiera su propia existencia? Sufriendo los saqueos, las torpezas y las crueldades, no de un ejército enemigo, ni de una legión de bárbaros, contra los cuales hubiera que arriesgar la sangre y la vida, sino de Uno solo, que no es ni un Hércules ni un Sansón; de un hombrecillo, y con frecuencia el más cobarde y afeminado de la nación, que sin haber visto el polvo de las batallas, ni haber siquiera lidiado en los torneos, aspira nada menos que a gobernar los hombres por la fuerza, incapaz como es de servir vilmente a la menor mujercilla ¿Llamaremos a eso cobardía? ¿Llamaremos cobardes a los que así se dejan envilecer?[1]
Cabe mencionar la diferencia fundamental entre ambas tesis, por un lado La Boétie polemiza en torno a cómo es que gran cantidad de individuos ceden tanto y le dan tal poder a una sola persona, por el contrario a Canetti le interesan las razones por las cuales las personas se congregan en tal cantidad, independientemente si es por un solo líder o por una creencia religiosa, nacional, psicológica, entre otras; en cierta medida los dos llegan a la postura de que la búsqueda de tranquilidad existencial nos hace identificarnos con un tipo de masa o un líder.
Antes de continuar dilucidando la tesis de Canetti será muy provechoso recordar un evento que para el fue de suma importancia, precisamente es la lectura que él hace de un texto de Freud llamado Psicología de las masas y análisis del yo (1921), lo tilda directamente de superfluo y poco preciso, a diferencia de Canetti, Freud afirma que los grupos humanos se dan más por amor al prójimo, que por una inversión a ser tocado, con el fin de esclarecerlo aún más cotejaremos dos extractos de dichas posturas:
Solamente inmerso en la masa puede el hombre liberarse de este temor a ser tocado. Esta inversión del temor a ser tocado es característica de la masa[2]
Cuando el hombre pierde el amor del prójimo, de quien depende, pierde con ello su protección frente a muchos peligros, y ante todo se expone al riesgo de que este prójimo, más poderosos que él, le demuestre su superioridad en forma de castigo[3]
Observamos que en lo fundamental hay temor a quedarse fuera de las dinámicas sociales, la diferencia radica en que cómo se llega a ese estado, el primero es basado en el temor y el segundo, en la pérdida del amor al prójimo.
Desde 1930, año en que le Canetti la tesis de Freud no ceso de repensar su hipótesis contraria, lo que le llevó cerca de 30 años en concluir, logrando construir una teoría de la masa sistematizada, con contrastaciones históricas y minuciosa a niveles exorbitantes.
La manera en que va describiendo a la masa parte de lo general a lo particular, empezando primero que nada por describir el por qué de la misma, para empezar a ahondar en su tipología; por principio hace una diferencia entre masas cerradas y abiertas:
La compulsión a crecer es la primera y suprema característica de la masa. La masa natural es la masa abierta: su crecimiento no tiene límites prefijados. La masa cerrada busca establecerse, creando su propio espacio al limitarse[4]
Antes de entrar de lleno en la tipología de las masas, explicaremos qué es lo que incentiva a las personas a integrar las masas y es un instante el cual denominaremos descarga[5], ésta será el instante el cual todos los que forman la misma se sienten iguales, dejando sus diferencias de lado, por los mismo es el instante de mayor felicidad, ya que las diferencias étnico-raciales, político-sociales, económicas desaparecen.
La descarga, aunada a la inversión a ser tocado serán las piedras angulares por las que el espectro de la masa se generará, por lo mismo ésta tendrá una gran compulsión a crecer, la cual será su primera y máxima característica, pero en determinadas circunstancias provocará su misma destrucción; sí pretende crecer y su principal objetivo es éste, ¿qué pasará cuando ya no pueda crecer más?, lo elemental es la destrucción de la misma, es por eso que sufrirá la intranquilidad existencial de no poder dejar de crecer, aunque siempre conservará el miedo a dos cosas, por un lado a dejar de crecer y por el otro a la traición de quienes llegado el momento en que la masa se puede ver sometida, la desintegren.
Los orígenes de la masa los encontramos en las antiguas mutas[6], organizadas con fines muy elementales cómo el de cazar, protegerse de otros grupos humanos, hacer la guerra por algún territorio que cuenta con las riquezas suficientes que permiten la sobrevivencia del grupo, a su vez son organizaciones arcaicas tendientes a darle un valor alto a los ritos, basándose fuertemente en los tótems y tabús de las mismas.
Las mutas son el primer referente de las masas actuales, comparten atributos, pero la diferencia más importante estriba en que la segunda, para la dinámica actual aglutina a más personas, con rasgos diametralmente distintos entre los integrantes.
Los principales atributos de la masa son los siguientes:
a) La masa siempre quiere crecer
b) En el interior de la masa reina la igualdad
c) La masa ama la densidad
d) La masa necesita una dirección
De acuerdo a la tipología de las mismas, podemos encontrar diferentes características:
a) Impulso de destrucción (masa abierta)
b) El estallido es la repentina transición de una masa cerrada a una abierta
c) Sentimiento de persecución (masa abierta)
d) La repetición (masa cerrada)
e) Masa cerrada hacia afuera y en sí, es la masa como anillo
f) Masa lenta (religiosa, objetivos más allá)
g) Masa rápida (deportiva, política, objetivos tangibles)
h) Masa rítmica (igualdad y densidad), por el sonido de los pies al andar
i) Masa retenida (densidad), su principal objetivo es la descarga
j) Masa de acoso, de fuga, de prohibición, de inversión, festiva, de guerra
k) Por último habrá que aumentar, dos últimas características: los cristales de masa (son los que desencadenan las masas), y los símbolos de masa (recuerdos metafóricos de masas humanas, como: fuego, mar, lluvia, río, bosque, trigo, viento, arena, montones, montones de piedra, tesoro, etc.)
Más allá, de una tipología exhaustiva de las masas, es más enriquecedor encontrarle una viabilidad en la realidad, la podemos encontrar cuando hace referencia a las masas religiosas y nacionales.
Las religiosas, serán aquellas en las que la identidad se forma a partir de la búsqueda de un camino al más allá, es decir, son masas lentas, simulando a los ríos en los que no importa la densidad en un principio y mucho menos que crezca, el objetivo está dado al final, en la descarga que se dará a nivel metafórico al llegar al océano o al objetivo de determinada congregación; el mejor ejemplo lo podemos encontrar en la gran peregrinación a la Meca que hacen los musulmanes, la cual reúne a personas de todo el mundo, que aunque hayan arrancado solos en la peregrinación comienzan a aglutinarse al acercarse a la Meca, llegando a haber más de medio millón de personas en el encuentro final.
Las nacionales, se dan por medio de diferentes símbolos propios de determinada región, permitiendo así que cualquier grupo humano se cohesioné en torno a un objetivo común, por ejemplo encontramos que los Alemanes se identifican con el bosque y el ejército, formando parte fundamental en su carácter ordenado y disciplinado; los Franceses, se identifican con su gran Revolución, la que provocó que todos salieran a las calles buscando un mismo objetivo; los Ingleses se identifican más con el mar y el capitán del barco, el espíritu aventurero y dirigente de su nación se demuestra de ésta manera; por último para los Suizos sus montañas son fundamentales en su formación cultural, muestra de rectitud y trascendencia.
Con el fin de polemizar acerca de algo que pueda ser mucho más aprehensible para nosotros como mexicanos, asentaremos el análisis en un tema en particular del caso de México; evitando ser inmediatistas, no buscaré un caso coyuntural como el de un paro, marcha o movimiento dado en el país, intentaremos allegarnos al esfuerzo suscitado desde Bernardo de Balbuena en su texto La grandeza mexicana, hasta Octavio Paz en El laberinto de la soledad, pasando evidentemente por Vasconcelos y Samuel Ramos.
Las preguntas claves, que antes fueron aclaradas en el caso de países europeos parecen no dejar más que dudas e inconsistencias en el caso mexicano, y nos recurren las eternas preguntas de qué es lo mexicano? Y quiénes somos los mexicanos? O aún más importante, cuál es el centro de gravedad de la identidad mexicana?…
Octavio Paz hace un esfuerzo considerable, que si bien no resuelve la pregunta, nos acerca más a una posible respuesta:
Viejo o adolescente, criollo o mestizo, general, obrero o licenciado, el mexicano se me aparece como un ser que se encierra y se preserva: máscara el rostro y máscara la sonrisa. Plantado en su arisca soledad, espinoso y cortés a un tiempo, todo le sirve para defenderse: el silencio y la palabra, la cortesía y el desprecio, la ironía y la resignación. Tan celoso de su intimidad como de la ajena, ni siquiera se atreve a rozar con los ojos al vecino: una mirada puede desencadenar la cólera de esas almas cargadas de electricidad. Atraviesa la vida como desollado; todo puede herirle, palabras y sospecha de palabras. Su lenguaje está lleno de reticencias, de figuras y alusiones, de puntos suspensivos; en su silencio hay repliegues, matices, nubarrones, arco iris súbitos, amenazas indescifrables. Aun en la disputa prefiere la expresión velada a la injuria: “al buen entendedor pocas palabras”. En suma entre la realidad y su persona establece una muralla, no por invisible menos infranqueable, de impasibilidad y lejanía. El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás. Lejos, también de sí mismo.[7]
Será que el mexicano está tan ocupado en sus problemas internos que no pueda generarse una identidad propia, que se enriquezca de la influencia occidental europea y de los nativos americanos (los actuales indígenas); tenemos que articular una identidad que haga valorar al castellano como nuestro idioma mayoritario, pero no por eso referirnos a nuestras pirámides y vestigios Mayas o Aztecas como caducas y representaciones de un pasado mítico e irreal.
Uno de los problemas fundamentales que ha encontrado México en su constitución como identidad nacional, es precisamente el estar al lado de la primer potencia mundial en extremo nacionalista y un sur latinoamericano demasiado lejos como para convivir con nosotros, por tanto, esa dialéctica a más de afectarnos debería de enriquecernos, privilegiando en todo momento que étnica y racialmente nuestro epicentro se encuentra hacia el sur.

Es tanta la tiranía
de esta disimulación
que aunque de raros anhelos
se me hincha el corazón
tengo miradas de reto
y voz de resignación.
Canción popular

[1] Pág. 1-2.
[2] Canetti, Elías, Masa y Poder, ed. De Bolsillo, (trad. De Juan José del Solar), 2008, México. Pág. 70.
[3] Freud, Sigmund, El malestar en la cultura y otros ensayos, ed. Alianza, Madrid, 1973. Págs. 65-66.
[4] Canetti, Elías, Masa y Poder, págs. 71-72.
[5] Es por este instante de felicidad en el que ninguno es más ni mejor que el otro, como los hombres se convierten en masa. Ibíd. Pág. 74.
[6] Es una forma de excitación colectiva, vagan en hordas de reducido número de diez a veinte hombres. Lo que le falta de densidad los suplen con intensidad. El término proviene del latín, que significa movimiento. Ibídem. Pág. 173.
[7] Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, ed. FCE, México, 1950. pág. 10

Es así como confío. Con la decepción frente a mi. Con la cima aún muy lejana. Es así como confío, no más en la cima pero en la base, en la base confío y desconfío en la inconfianza. Porque han acaparado, porque han desfragmentado, porque han elitizado y en su elitismo se han encerrado. Porque la letra ha perdido su peso, su esperanza, su idílico pensar. Porque el cimiento no lo es más y porque las columnas están por ceder, ceder a la anarquía. Por eso es que confío pero mi confianza es sombra, es humo entre humos, vapor de vapor, estado de inacción colectiva, enajenación. Y confío en el no radicalismo, ese lado opuesto dañino por igual, dañino por violento, dañino social.

Confío en que la gente verá la realidad. Confío en que la gente sabrá optar. Confío en una nueva civilidad porque México es un país grande, país de cultura, de intelecto y fuerza de voluntad. Confío en el cambio, en el cambio real, no en la coyuntura, no más, no más. Y a aquel que confía le llaman ingenuo, pero mi convicción es esta: sólo es cuestión de tiempo antes del resurgimiento, un resurgimiento desigual por igual pero por lo menos consciente, despierto. Y aunque nadie pueda explicar la naturaleza humana, confío en que el individuo sabrá, sabrá disyuntivar, sabrá actuar.

Todos somos importantes. Como particularidad la generalidad se presenta en potencia,  hagámosla actuar. Confío en la transición, confío. Aunque mi desencanto sea grande, aunque mi desecanto sea fatal, me permite razonar, me permite pensar, que si algo no hay,  todo lo puede haber. Lectores de todo el mundo, me gustaría que supieran que he aquí un efebo hijo de su tiempo, un ser de acción, un ser de ideal, un ser de realidad, un ser parte de una colectividad, que ha interiorizado la crisis política, económica y social y en mi libre albedrío, en mi libre razonar, en mi libre conciencia de estar, he decidido despertar, he decidido confiar. Al final confío y actúo.