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Archivo de la etiqueta: Lyotard

El realismo es el arte de hacer la realidad, de saber la realidad y de hacer la realidad. La historia que acabamos de escuchar dice que, más tarde, ese arte se desarrollará aún más. La realidad quedará distinta. Hacer, saber y saber hacer quedarán distintos. Entre lo que somos y lo que será el héroe del éxodo final, la realidad y el arte de la realidad habrán terminado casi tan metamorfoseados como antaño, desde las amebas hasta llegar a nosotros. la fábula es realista porque narra la historia de una fuerza que hace, deshace y rehace la realidad. También es realista porque toma nota  del hecho que esta fuerza  ya ha transformado la realidad y el arte que, salvo una catástrofe, esta transformación debe continuarse. De nuevo es realista cuando admite como obstáculo inevitable para la consecución de la transformación el fin del sistema solar. Finalmente ¿es realista cuando predice que el obstáculo se superará y la fuerza escapará al desastre?

La fábula cuenta la historia de un conflicto entre dos procesos relativos a la energía. Uno lleva a la destrucción  de todos los sistemas, cuerpo vivos o no, que existen en el planeta Tierra y en el sistema solar. Dentro de este proceso entrópico, contingente y discontinuo, al menos durante mucho tiempo, actúa en sentido inverso mediante la diferenciación  creciente de los sistemas. Este último movimiento no puede detener al primero (a menos que se encuentre la forma de abastecer de carburante al Sol), pero puede sustraerse a la catástrofe abandonando su paraje cósmico, el sistema solar.

En la Tierra como en otro lugar, la entropía dirige la energía hacia el estado más probable, una especie de sopa corpuscular, un caos frío. Por el contrario, la entropía negativa la combina en sistemas diferenciados, más complejos, como decimos, más desarrollados. El desarrollo no es una invención de los Humanos. Los Humanos son una invención del desarrollo. El héroe de la fábula no es la especia humana, sino la energía. La fábula narra una sucesión de episodios donde se destaca el éxito, ora del más probable, la muerte, ora del más improbable, del más precario, siendo también más eficiente, el complejo. Es una tragedia de la energía. Como Edipo rey, acaba mal. Como Edipo en Colona, admite una última remisión.

El héroe no es un sujeto. La palabra energía no dice nada, salvo que hay fuerza. Lo que le sucede a la energía, formación de sistemas, su muerte o supervivencia, aparición de sistemas más diferenciados, de todo esto la energía no sabe nada y nada quiere. Obedece a unas leyes ciegas, locales y a la casualidad.

La especie humana no es el héroe de la fábula. Es una forma compleja de organización de la energía. Como las demás formas, sin duda es transitoria. Otras formas pueden aparecer, más complejas y la superarán. Tal vez sea una de esas formas la que se esté preparando mediante el desarrollo tecno-científico desde que se empezó a contar la fábula. Razón por la cual la fábula no puede empezar a identificar el sistema que será el héroe del exilio. Tan sólo puede predecir que el héroe, si consigue escapar de la destrucción del sistema solar tendrá que ser más complejo que lo que fue la especie humana en el momento en que se cuenta la fábula, aunque sea la or ganización de energía más compleja conocida del Universo.

Tendrá que ser más compleja, ya que tendrá que sobrevivir a la destrucción del contexto terrestre. No bastará con que un organismo vivo en simbiosis con energías específicas que encuentre en la Tierra, es decir, el cuerpo humano, siga alimentando al sistema y concretamente al cerebro. Tendrá que poder utilizar directamente las únicas formas de energía física disponibles en el cosmos, las partículas sin preorganización previa. Por eso la fábula deja entrever que el héroe del éxodo, destinado a sobrevivir a la destrucción de la vida terrestre, no será un simple sobreviviente, ya que no estará vivo en el sentido que le damos a la palabra.

Esta condición es necesaria, pero en el momento en que se cuenta esta fábula, nadie puede decir cómo se cumplirá. Hay incertidumbre en esta historia porque la energía negativa actúa de manera contingente y la aparición de los sistemas más complejos –a pesar de las investigaciones y controles en sí mismos sistemáticos– resulta imprevisible. Se puede facilitar esta aparición, pero no ordenarla. Un rasgo de los sistemas abiertos que la fábula llama <<liberales democráticos>> es el de dejar abiertos espacios de incertidumbre propios para facilitar la aparición de organizaciones más complejas y así en todos los campos. Lo que llamamos ahora investigación es un caso ahora trivial de esos espacios libres para inventar y descubrir. En sí este caso es el signo de un desarrollo superior, en el que la necesidad y el azar se combinan no sólo en el orden epistemológico, como senaló Monod, sino en la realidad de una nueva alianza, de acuerdo con los términos de Prigogine y Stengers. Esta alianza no es la de lo objetivo y lo subjetivo, sino la de la regla y el azar, o de la consecución y la discontinuidad.

Si no existieran estas regiones de incertidumbre en la historia de la energía, incluso la fábula que cuenta esta historia no sería posible. Porque una fábula es una organización de lenguaje, y éste es un estado complejísimo de la energía, un mecanismo técnico simbólico. Ahora bien, la inventiva requiere para desplegarse una especie de vacante espacio-temporal y material, donde la energía del lenguaje no se confiera en las obligaciones directas de la explotación del hacer, saber y saber hacer.

En la fábula, la energía del lenguaje se consume en imaginar. Luego fabrica una realidad, la de la historia que cuenta, pero el uso cognitivo y técnico de esta realidad queda en suspenso. Se la explota reflexivamente, es decir, se la envía de nuevo al lenguaje para que éste concatene a su vez (lo que estoy haciendo). Esta suspensión diferencia lo poético de lo práctico y de lo pragmático.  La invención mantiene a la realidad en reserva y apartada de la explotación  dentro del sistema. Esta realidad se llama imaginario. La existencia de realidades imaginarias presupone, en el sistema en el que aparece, unas zonas, por decirlo de algún modo, neutrales con relación a las obligaciones simplemente realistas de los resultados de dicho sistema. Algunos sistemas rígidos como el arco reflejo o incluso un programa instintivo (por tomar ejemplos de lo vivo que conocemos) prohiben a las amebas, a los sicomoros y a las anguilas que inventen, por regla general.

El realismo acepta y hasta exige la presencia de lo imaginario en él y que éste, nada más lejos que un ser extraño, sea un estado de la realidad, el estado naciente. La ciencia y la técnica incluso no inventan menos, no son menos poéticos que la pintura, la literatura o el cine. La única diferencia entre unos y otros reside en el apremio verificación/falsificación de la hipótesis. La fábula es una hipótesis  que se sustrae de esta obligación.

La fábula que hemos escuchado no es reciente ni original. Pero la supongo posmoderna. Posmoderna no significa reciente. Significa cómo la escritura, en el sentido más amplio del pensamiento y de la acción, se sitúa tras padecer el contagio de la modernidad y del que ha intentado curarse. Sin embargo, la modernidad tampoco es reciente. Ni siquiera es una época. Es otro estado de la escritura, en sentido amplio.

Podemos ver surgir los primeros rasgos de la modernidad en el trabajo realizado por Pablo de Tarso (el apóstol), y por Agustín para adaptar la tradición clásica pagana y la escatología cristiana. Un elemento distintivo del imaginario moderno lo constituye la historicidad, ausente del imaginario antiguo. Los modernos subordinan al despliegue del tiempo histórico la legitimación  del sujeto colectivo llamado Europa u Occidente. Con Herodoto y Tucídides, Tito Livio y Tácito, los Antiguos inventaron la historia y la opusieron al mito y a la epopeya, otros géneros narrativos. Y por otra parte, junto con Aristóteles, elaboraron el concepto de telos, de fin como perfección y el pensamiento teleológico. Pero será el cristianismo pensado de nuevo por Pablo y Agustín el que introduzca en el corazón del pensamiento occidental la escatología propiamente dicha, que dirigirá al imaginario moderno de la historicidad. La escatología narra la experiencia de un sujeto afectado por una falta y profetiza que esta experiencia acabará en los confines de los tiempos con la remisión del mal, la destrucción de la muerte y la vuelta al hogar del padre, es decir, con pleno significado.

La esperanza cristiana ligada a esta escatología se refunde en la racionalidad nacida del clasicismo pagano. Esperar pasa a ser razonable. Y reciprocamente, la razón griega se transforma. Ya no se trata del reparto equitativo de los argumentos entre ciudadanos que deliberan sobre lo que hay que pensar y hacer en la prueba del destino trágico, del desorden político o de la confusión ideológica. La razón moderna es el reparto con el otro, sea quien sea, esclavo, mujer, inmigrante, de la propia experiencia de cada uno de haber pecado y haber sido absuelto. La ética de la virtú corona el ejercicio único de la razón, la del perdón, ejercicio moderno. La conciencia clásica está en conflicto con los desórdenes apasionados que agitan el Olimpo. La conciencia moderna pone su suerte, con toda confianza, en manos de un padre único, justo y bueno.

Esta caracterización puede parecer demasiado cristiana. Pero, a través de innumerables episodios, la modernidad laica mantiene este dispositivo temporal, el de un <<gran relato>>. como ya se dijo, que promete en su momento la reconciliación del sujeto consigo mismo y la suspensión de su separación. Aunque securalizados, el relato de las Luces, la dialéctica romántica o especulativa y el relato marxista despliegan la misma historicidad que el cristianismo, porque conservan el principio escatológico. La continuación de la historia, siempre aplazada, restablecerá una relación plena y entera con la ley del Otro (O mayúscula) como lo fuera esta relación al principio; ley de Dios en el paraíso cristiano, ley de la Naturaleza en el derecho natural divagado por Rousseau, sociedad sin clases, antes que la familia, la propiedad y el Estado, imaginado por Engels. Siempre es un pasado inmemorial lo que resulta prometido como fin último. Es esencial para el imaginario moderno que proyecta hacia delante su legitimidad fundiéndola en un origen remoto. La escatología exige una arqueología. Este círculo que también es círculo hermenéutico caracteriza la historicidad como un imaginario moderno del tiempo.

La fábula que hemos escuchado es un relato claro está, pero la historia que cuenta no ofrece ninguno de los rasgos principales de la historicidad.

En primer lugar, es una historia física, que sólo concierne a la energía y a la materia como estado de la energía. El hombre es considerado como un sistema material complejo, la conciencia, como un efecto del lenguaje y el lenguaje, como un sistema material muy complejo.

Seguidamente, el tiempo puesto en juego en esta historia  sólo es diacronía. La sucesión está recortada en unidades de relojería  arbitrariamente definidas a partir de movimientos físicos  supuestamente uniformes y regulares. Este tiempo es una temporalidad de conciencia que exige que el pasado y el futuro, en su ausencia, sean considerados de todos modos como <<presentes>> al mismo tiempo que el presente. La fábula sólo admite tal temporalidad para los sistemas dotados de lenguaje simbólico, los cuales permiten efectivamente la memorización y la espera, es decir, la presentación de la ausencia. En cuanto a los acontecimientos (<<sucedió que…>>) que escondían la fabulosa historia de la energía, ésta no los espera y no los retiene.

En tercer lugar, esta historia de ningún modo está orientada hacia el horizonte de una emancipación. Cierto es que al final de la fábula narra el salvamento de un sistema muy diferenciado, una clase de supercerebro. Que éste pueda anticipar una salida y prepararla, será porque dispone necesariamente, sea cual sea, de un lenguaje simbólico,  de otro modo sería menos complejo que nuestro cerebro. El efecto o el sentimiento de una finalidad procede de la capacidad de los sistemas simbólicos que permiten controlar mejor lo que sucede a la luz de lo que ha sucedido. Pero más que de un círculo hermenéutico, la fábula representa  este efecto como un resultado de un cierre cibernético regulado de manera creciente.

En cuarto lugar, el futuro para nosotros hoy en día, que la fábula cuenta en pasado (no por casualidad), no constituye el objeto de una esperanza. La esperanza es la de un sujeto de la historia que se promete o a quien se le ha prometido una perfección final. La fábula posmoderna narra otra cosa completamente distinta. El Humano, o su Cerebro, es una formación material (es decir energética) muy improbable. Esta formación es necesariamente transitoria, ya que depende de las condiciones de vida terrestre, que no son eternas. La formación llamada Humano o Cerebro tendrá que ser superada por otra más compleja, si tiene que sobrevivir a la desaparición de estas condiciones. El Humano o el Cerebro no habrán sido más que un episodio dentro del conflicto entre la diferenciación y la entropía. La persecución de la complejidad no piede el perfeccionamiento del Humano, sino su mutación o su derrota en beneficio de un sistema más provechoso. Sin razón alguna, los Humanos se prevalen de ser el motor del desarrollo y lo confunden con el progreso de la conciencia y de la civilización, siendo sus productos, sus vehículos, sus testigos. Incluso las críticas son expresiones del desarrollo y a él contribuyen. Revoluciones, guerras, crisis, deliberaciones, invenciones y descubrimientos no son la <<obra del hombre>>, sino efectos y condiciones de la complejidad. Éstos siempre son ambivalentes para los Humanos, les aportan lo mejor y lo peor.

Sin ir más lejos, se ve bastante que la fábula no presenta los rasgos de un <<gran relato>> moderno. No responde a la petición de remisión o de emancipación. A falta de escatología, la mecanicidad y la contingencia conjuntas de la historia que cuentan dejan al pensamiento en un sufrimiento de finalidad. Este sufrimiento es el estado posmoderno del pensamiento, lo que se ha convenido llamar en estos tiempos como crisis, malestar o melancolía. La fábula no proporciona ningún remedio a este estado, propone una explicación. Una explicación no es una legitimización ni una condena. La fábula ignora el bien y el mal. En cuanto a lo verdadero y lo falso, se determinan de acuerdo con lo que es operacional o no, en el momento en que se juzga, bajo el régimen que se llama realismo.

El contenido de la fábula da una explicación de la crisis más el relato fabuloso es en sí mismo expresión de esta crisis. El contenido, el sentido de lo que habla, significa el fin de las esperanzas (el infierno para la modernidad). La forma del relato inscribe el contenido en el mismo relato, descendiéndolo a la clase de simple fábula. Ésta no se expone a la argumentación ni a la falsificación. Así es como explota el espacio de indeterminación que el sistema deja abierto al pensamiento hipotético.

Y es así tambén como se convierte en la aexpresión , casi infantil de la crisis del pensamiento actual: crisis de la modernidad que es el estado del pensamiento posmoderno. Sin pretensión cognitiva ni ético-política, se otorga un status poético o estético. Tan sólo se le tiene en cuenta por su fidelidad a la afección posmoderna, la melancolía. Primero cuenta el motivo. Pero también toda fábula es melancolía, ya que suple a la realidad.

Podríamos decir que la fábula que hemos escuchado es el discurso más pesimista que el posmoderno pueda hacerse de sí mismo. No hace más que prolongar los de Gailieo, Darwin y Freud: el hombre no es el centro del mundo, no es el primero (sino la última) de las criaturas, no es el dueño del discurso. Queda que, para calificar la fábula como pesimista, habría que tener el concepto de un al absoluto, independiente de los imaginarios producidos por el sistema humano.

Pero, después de todo, no se nos pide que creamos la fábula, sólo que reflexionemos. [1]

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[1] Del libro: Lyotard, Jean-François. Moralidades Posmodernas. trad. Agustín Izquierdo. Tecnos, España 1998.

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<<A qué se podían parecer el Humano y su Cerebro, o mejor el Cerebro y su Humano, en el momento en que abandonaron el planeta, antes de su destrucción, eso no lo contaba la historia.>>

Concluye así la fábula que vamos a escuchar.

El Sol va a explotar. Todo el sistema solar, incluido el planeta Tierra, se transforma en una enorme nova. Han transcurrido cuatro mil millones y medio de años solares desde que se narra esta fábula. Ya estaba previsto el final desde ese momento.

¿Realmente es una fábula? La duración de la vida de una estrella es determinable científicamente. Una estrella es una brasa en el vacío que transforma los elementos consumiéndose. Luego también es una laboratorio. La brasa acaba por extinguirse. El destello de la brasa puede analizarse y la composición definirse. Se puede prever cuándo se extinguirá la brasa. Lo mismo sucede con la estrella llamada Sol. El relato del fin de la Tierra no es en sí ficticio, más bien realista.

Lo que lleva a la ensoñación en estas últimas palabras de la historia no es que la tierra desaparezca con el sol, sino que algo tiene que librarse del incendio del sistema y salvarse de las cenizas. La fábula duda en señalar la cosa que debe sobrevivir. ¿El Humano y su Cerebro o el Cerebro y su Humano? En último lugar, ¿cómo debemos entender el <<tiene que salvarse>>? ¿Se trata de una necesidad, una obligación, una eventualidad?

Esta incertidumbre no deja de ser menos realista que la predicción del fin.

Imaginamos la inmensa zona de obras que será la Tierra durante milenios antes de que el Sol se apague. La Humanidad, lo que se llame todavía entonces Humanidad, prepara cuidadosamente las naves espaciales con rumbo al éxodo. Ha lanzado unas estaciones periféricas, a modo de afueras, que servirán de parada. Apunta los cohetes. Calcula el tiempo de las operaciones de embarque para dentro de miles de siglos después.

Podemos imaginar este ajetreo de hormigueo con cierto realismo ya que algunos medios son ya realizables en el momento de la narración de esta fábula. Queda, no quedan más que unos cuantos miles de millones de años solares para llevar a cabo los otros medios. Y, en especial, para lograr que lo que hoy se denomina humanos sea capaz de elaborarlos. Queda mucho por hacer, los humanos tienen que cambiar mucho para conseguirlo. La fábula dice que pueden conseguirlo (eventualidad), que se ven empujados a hacerlo (necesidad), que más les vale haerlo (obligación). No puede decir que será de ellos.

He aquí lo que contaba la fábula:

<<En la inmensidad del cosmos, sucedió que la energía  distribuida aleatoriamente en partículas se reagrupó por aquí y allá en cuerpos. Estos cuerpos constituían sistemas aislados, las galaxias, las estrellas. Disponían de una cantidad finita de energía, que utilizaban para mantenerse en sistemas estables. Transformaban continuamente las partículas que las componían, liberando nuevas partículas, especialmente fotones, y calor. Pero privados de energía aferente estos sistemas estaban destinados a desaparecer con el tiempo. Empezaba a faltar energía. Distribuida de manera diferencial para permitir el trabajo de transformación  y la supervivencia del conjunto, se desorganizaba, volvía al estado más probable, el caos y se propagaba al azar por el espacio. Este proceso había sido identificado hace tiempo con el nombre de entropía.

>>En una ínfima parte de la inmensidad cósmica, existía un ínfimo sistema de la galaxia llamado Vía Láctea. Y, entre los miles de millones de estrellas que la componían, había una llamada Sol. Como todos los sistemas cerrados, el Sol emitía calor, luz y radiaciones en dirección de los cuerpos, los planetas, sobre los que ejercía atracción. Y, como en todos los sistemas cerrados, la esperanza de vida del Sol estaba limitada por la entropía. Cuando se contó la fábula, el Sol estaba aproximadamente en el equinocio de su vida. Le quedaban aún ante si cuatro mil millones y medio de años antes de desaparecer.

>>Entre los planetas, estaba la Tierra. Y sucedió algo inesperado en la superficie de la Tierra. Gracias a la conjunción fortuita de diversas formas de energía –moléculas constitutivas de los elementos terrestres, en especial el agua, la atmósfera como filtro de las radiaciones solares, la temperatura ambiente–, pasó que sistemas más complejos y más improbables, las células, se sintetizaron a partir de los sistemas moleculares. Fue éste el primer acontecimiento cuyo enigmático suceso condicionaría el resto  de la historia, incluso la posibilidad de contarla. La formación de las células llamadas “vivas” suponía que sistemas diferenciados de un determinado orden, el reino mineral, podían, en determinadas condiciones, las que se daban en ese momento en la superficie terrestre, producir sistemas diferenciados de un orden superior, las primeras algas. Luego el proceso contrario a la entropía era posible.

>>Un signo muy destacable de la complejidad presentada por los unicelulares era la capacidad de reproducción me diante división en dos partes casi idénticas al original, pero independientes. Lo que se llamó escisiparidad parecía poder asegurar la perpetuación de los sistemas unicelulares en general, a pesar de la extinción de los individuos.

>>Así nacieron al vida y la muerte. Contrariamente a las moléculas, los sistemas vivos se veían obligados para sobrevivir a consumir energías externas regularmente (el metabolismo). Por un lado, esta dependencia los hacía extremadamente frágiles, ya que vivían amenazados por la falta de energías apropiadas para su metabolismo. Por otro lado, los sistemas vivos estaban, por esta afluencia de energías externas, libres del previsible destino de extinción en el tiempo que alcanzaba a los sistemas aislados. La esperanza de vida podía “negociarse”, al menos en determinados casos.

>>Otro acontecimiento actuó en los sistemas vivos, la reproducción sexuada. Este procedimiento de reproducción erea mucho más improbable que la escisiparidad, pero permitía que los vástagos se diferenciaran más de los genitores, ya que la ontogénesis procedía de la combinación más o menos aleatoria de dos códigos genéticos distintos. Un margen de incertidumbre se abría entre una genereación y otra. Había más oportunidades de que se produjeran acontecimientos inesperados. En particular, “una mala lectura” de los códigos ancestrales podía originar mutaciones genéticas.

>>En cuanto a la siguiente secuencia de esta historia, ya la contó un tal Sr. Darwin. Lo que llamó evolución tenía de considerable que, no más que la secuencia anterior (que llevaba de lo físico a lo biológico), no suponía finalidad alguna, simplemente el principio de la selección mecánica de los sistemas mejor “adaptados”. Nuevos sistemas vivos aparecían al azar. Se hallaban confrontados a los sistemas ya existentes, ya que todos tenían que procurarse energías para sobrevivir. Siendo limitada la cantidad de fuentes de energía, la competición entre sistemas era inevitable. Nació así la guerra. Los sistemas más eficientes tenían más oportunidades de ser seleccionados mecánicamente.

Keplers_supernovaSupernova de Kepler

>>Así es como después de algún tiempo (muy breve en el reloj astronómico) el sistema llamado Hombre fue seleccionado. Era un sistema extremadamente improbable; de la misma manera que lo es que un cuadrúpedo se mantenga de pie sobre las patas traseras. Son conocidas las inmediatas implicaciones de esta etapa: las manos se liberan para la prensión, la cavidad craneal se equilibra en el eje vertical, se ofrece un mayor volumen al cerebro, la masa de las neuronas corticales aumenta y se diversifica. Surgieron complejas técnicas corporales, manuales sobre todo, paralelamente a esas técnicas simbólicas llamadas lenguas humanas. Estas técnicas fueron las prótesis flexibles y eficaces que permitieron  que el sistema Hombre, tan improbable y precario, compensara su debilidad frente a los adversarios.

>>Con estas técnias, sucedió algo no menos inesperado que lo que ocurrión con la aparición de los unicelulares. Éstos estaban dotados de la capacidad de reproducirse a sí mismos. Del mismo modo , el lenguaje simbólico, gracias a la recursividad, era capaz de constituir los elementos entre sí, infinitamente, produciendo siempre sentido, es decir, dando que pensar y actuar. El lenguaje simbólico, siendo autorreferencial, poseía además la facultad de tomarse a sí mismo como objeto, luego de memorizarse y criticarse. Afirmadas por estas propiedades del lenguaje, las técnicas materiales padecían también una mutación: podían referirse a sí mismas, acumularse y mejorar los resultados.

>>El lenguaje permitió por otra parte que los humanos superaran las formas rígidas de un principio (casi instintivas) según las cuales vivían juntos en las primeras comunidades. Nacieron formas menos probables de organización, distintas unas de otras. Entraron en competición. Como en todo sistema vivo, el éxito dependía de las aptitudes para descubrir, captar y salvaguardar las fuentes de energía que necesitaban. A este respecto dos grandes acontecimientos marcaron la historia de las comunidades humanas, la revolución neolítica y la revolución industrial. Ambos descubrieron nuevas fuentes de energía o nuevos medios de explotación, afectando de esta manera incluso a la estructura de los sistemas sociales.

>>Durante mucho tiempo (si contamos el tiempo humano), surgieron al alzar técnicas e instituciones colectivas. La supervivencia de los sistemas improbables y frágiles como los grupos humanos escapaban así a su control. Sucedió por ello que técnicas más sofisticadas se consideraran curiosidades y se descuidaran hasta el punto de olvidarlas.  Sucedió también que comunidades más diferenciadas que otras en materia política o económica las deshicieron creando  sistemas más sencillos pero más vigorosos (como ya se había dado entre las especies vivas).

>>Igual que las propiedades del lenguaje simbólico permitieron que las técnicas materiales conservaran, corrigieran y optimizaran su eficacia, sucedió lo mismo con los modos de organización social. Instancias de autoridad, cargadas de ese control, aparecieron en el campo social, económico, político, cognitivo, cultural.

>>Algún tiempo después, ocurrió que los sistemas denominados liberales democráticos se mostraron como los más apropiados para ejercer esas regulaciones. Efectivamente, dejaban los programas abiertos al debate, permitían en principio que cada unidad accediera a las funciones de decisión, maximizaban de esta manera la cantidad de energía humana necesaria para los sistemas. Esta flexibilidad demostró ser a la larga más eficaz que la fijación rígida de los roles en jerarquías estables. Contrariamente a los sistemas cerrados acontecidos en el curso de la historia humana, las democracias liberales admitían en su seno un espacio de competición entre unidades del sistema. Este espacio favorecía la eclosión de nuevas técnicas materiales, simbólicas y comunitarias. Ciertamente se derivaban frecuentes crisis y a veces peligrosas para la supervivencia de esos sistemas. Pero, en total, los resultados de éstos crecían. Este proceso fue llamado progreso. Una representación escatológica de la historia de los sistemas humanos.

>>A la larga, los sistemas abiertos se hicieron con una completa victoria sobre el resto de los sistemas, humanos, vivos y físicos, en lucha en la superficie del planeta Tierra. Parecía que nada pudiera frenar, ni tan siquiera orientar, su desarrollo. Crisis, guerras, revoluciones contribuían a acelerarlo, especialmente dando lugar a nuevas fuentes de energía y estableciendo un nuevo control sobre su explotación. Hasta hizo falta que los sistemas abiertos moderaran su éxito respecto de los demás sistemas a fin de preservar el conjunto llamado ecosistema del desarreglo catastrófico.

>>Sólo la desaparición ineluctable del sistema solar por completo parecía poder hacer fracasar la continuidad del desarrollo. Para hacer frente a este desafío, el sistema se había puesto ya (en la época en que se contó la fábula) a desarrollar unas prótesis capaces de perpetuarlo después de que hubieran desaparecido las fuentes de energía de origen solar que contribuyeron a la aparición y supervivencia de los sistemas vivos y, en particular, los humanos.

>>En la época en que se contó esta fábula, las investigaciones en curso del momento, es decir, en desorden: lógica, econometría y teoría monetaria, informática, física de los conductores, astrofísica y astronáutica, biología y medicina, genética y dietética, teoría de las catástrofes , teoría del caos, estrategia y balística, técnicas deportivas, teoría de los sistemas, lingüística y literatura potencial, todas estas investigaciones  estaban consagradas, de cerca o de lejos, a demostrar y remodelar el cuerpo llamado  “humano”, o a sustituirlo, de tal manera que el cerebro fuera capaz de funcionar con la ayuda de las únicas energías disponibles en el cosmos. Se fraguaba así el último éxodo  del sistema neguentrópico lejos de la Tierra.

>>A qué se podían parecer el Humano y su Cerebro, o mejor el Cerebro y su Humano, en el momento en que abandonaron para siempre el planeta, eso la historia no lo cuenta.>> [1]

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[1] Del libro: Lyotard, Jean-François. Moralidades Posmodernas. trad. Agustín Izquierdo. Tecnos, España 1998.

lyotardNo cabe duda que son tiempos de crisis.  ¿A partir de cuándo nos emancipamos en diversas entidades intersubjetivas? ¿Por qué recibimos la posmodernidad con plausibilidad? Tal vez nos encontramos ansiosos de continuir legitimando la humanidad desmesurada y Lyotard ha sido uno de los pensadores más importantes en la discusión sobre la posmodernidad, tema que ha tratado en diversos libros el tema de la inestabilidad frente a la “ilusión” del orden y la unidad. Me parece oportuno citar a W. Welsch a propósito de dos obras importantes del pensador francés:

La condition postmoderne. Rapport sur le savoir (fr.; La condición posmoderna. Un informe sobre el saber), 1ª ed. París 1979.

…Mientras que el saber anterior se mantenía unido por un marco narrativo (en la modernidad: emancipación de la humanidad, teleología del espíritu, hermenéutica del sentido), en el siglo XX tales metarrelatos se han venido abajo. En la posmodernidad este derrumbamiento de marcos imaginarios de unidad no se registra con pesimismo o se deplora melancólicamente, sino que recibe aplausos como liberación de los juegos lingüisticos (o formas de vida, o formas de acción) particulares y heterogéneos en su diferencia irreducible. Por tanto, la posmodernidad implica una transformación tantocognoscitiva como emotiva. La posmodernidad comienza donde acaba el todo y la añoranza del uno deja paso al reconocimiento de los muchos. Las sociedades posmodernas, que están caracterizadas por una situación de mezcla de diversos juegos lingüisticos, contienen fuertes momentos agonales, pues los juegos lingüisticos son irreductiblemente diferentes. Esta heterogeneidad ni puede eliminarse a manera de una teoría de sistemas (Luhmann), ni superarse mediante una teoría del consenso (Habermas) . Las representaciones directivas de la posmodernidad son no la integración del sistema, sino la autonomía de lo particular, no el consenso, sino el desacuerdo. El modelo de legitimación de la performación es suplantado por el de la paralogía. En ello la posmodernidad coincide con innovaciones de la ciencia moderna (Heisenberg, Gödel, B. Mandelbrot, R. Thom), así como las del arte vanguardista del siglo XX (J. Joyce, M. Duchamp, G. Stein, J. Cage). Ya estas innovaciones han llevado el interés hacia lo discontinuo, los antagonismos y las inestabilidades. ‘Posmoderno’ no significa una nueva época que deja atrás la modernidad, sino aquella actitud del espíritu y del ánimo que acepta abiertamente la pluralidad, cosa que posiblemente sucedió ya en Aristóteles y con seguridad en Diderot, o sea, en medio de la paradigmática Ilustración ‘moderna’. El pensamiento posmoderno no niega la modernidad, sino que critica su ideología. Políticamente Lyotard aboga por una constitución en la que adquieren eficacia por iguala la aspiración a la justicia y el reconocimiento de lo desconocido. El presupuesto para ello es la liberación de los juegos lingüisticos en su multiplicidad y heterogeneidad.  A este respecto, las tecnologías actuales de la información son ambivalentes. Pueden actuar como operadores del dominio del sistema y traer una nueva uniformidad, pero, si se da un libre acceso a los acumuladores y bancos de datos, pueden utilizarse también en el sentido posmoderno de la pluralidad. En cuanto el saber posmoderno no se legitima por el recurso a metarreglas, sino por las reglas inmanentes de los respectivos juegos lingüisticos, hay una afinidad entre arte y literatura (…)

Le différend (fr.; La diferencia), 1ª ed. París 1983.

(…) Los metarrelatos modernos están desacreditos una vez que el dominio que el dominio de un único modelo propagado por ellos se echó a perder en el terror real de semejante dominio. Esta experiencia constituye el transfondo de la posmodernidad, cuya forma ‘apreciable’ quiere determinar aquí el autor, rebasando La condición posmoderna y dirigiéndose contra la vulgaridad cotidiana de un posmodernismo de la arbitrariedad. Lyotard hace esto sobre la base de la filosofía del lenguaje y mirando al fenómeno del ‘desacuerdo’, o diferencia (le différand).

Dentro de un mismo tipo de discurso (por ejemplo diálogos, enseñanza, administración de justicia), la transición entre proposiciones de diversos sistemas de reglas de las frases (tales como el juicio, la descripción, la ostentación) está determinada y regulada por el fin del respectivo tipo de discurso. Pero, ¿qué diremos de la transición de un tipo de discurso a otro? No está sometida a ninguna regla y es sumamente problemática. Decidirse por una posibilidad (continuación o cambio) significa ineludiblemente excluir otras posibilidades, que serían igualmente legítimas. Aquí surge el desacuerdo. Cualquier tipo de discurso que prefiramos, haremos con ello injusticia a otras opciones. Puesto que los tipos de discurso son sistemas de reglas autónomas e irreductible, no puede haber ningún hiperdiscurso capaz de poner a disposición una regla de decisión justa para tales desacuerdos. Por tanto, el desacuerdo permanece ineludible. Normalmente no es conocido como tal, sino que es tratado  como un mero conflicto jurídico (es decir, como un conflicto dentro de un tipo de discurso) y se decide según las reglas del partido más poderoso. El otro partido pasa a ser entonces víctima de sus exigencias legítimas, ocultas o no formulables, dentro del discurso dominante. Frente a esta situación, según Lyotard, hay que desarrollar una sensibilidad para fenómenos de desacuerdo, oponerse a las pretensiones hegemónicas del tipo victorioso de discurso, ayudar a que tengan lenguaje en nuevos idiomas los que carecen de él, y, en general, dar testimonio del desacuerdo. Esto es tarea de la literatura, de la filosofía y, lo posible, de la política. Lyotard une su tratado del desacuerdo con análisis detallados sobre Auschwitz, los dilemas argumentativos en los sofistas, Platón y Aristóteles, la teoría de la historia de Kant, la declaración de derechos humanos en la Revolución Francesa y sobre Hegel y Levinas. Inspirado por Wittgenstein, dirige su atención a los lugares de ruptura entre las proposicions, en las diferencias entre los sistemas preposicionales y en la heterogeneidad de los tipos de discurso. En contraposición a los modelos del consenso, Lyotard se esfuerza por desarrollar un pensamiento que sea capaz de tomar en consideración los desacuerdos insuperables y de resistir a todos los intentos de uniformar los tipos de discurso, entre ellos el capitalista. El autor, a semejanza de Adorno, aspira a la justicia frente a lo heterogéneo. Al modelo instrumental del lenguaje que se da en la tecnología de la información y en las concepciones antropocéntricas de la lengua, Lyotard contrapone una comprensión del lenguaje orientada por los sucesos imprevisibles. A este respecto, defiende con firmeza la peculiaridad de la filosofía frente a otras ciencias humanas. Filosofar, dice, no significa seguir una regla, sino proponerse a buscar reglas ocultas. La tarea de hacer que se exprese en el lenguaje lo no articulado, o dar testimonio de lo inefable, une el pensamiento posmoderno con el arte y la literatura modernos (…)” [1]

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Aquí, una muestra de la relación entre la literatura y arte como derrumbamiento de los metarrelatos unívocos de la modernidad, desde el pensamiento de Lyotard. M. Duchamp. Rueda de bicicleta sobre un taburete, 1913

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[1] Del libro: Enciclopedia de obras de filosofía: Tomo 2 H-Q, editada por FRANCO VOLPI, trad. por RAÚL GABÁS,  Herder, España 2005