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Lenguaje y sujeto
JORGE VICENTE ARREGUI
Jorge Vicente Arregui es profesor titular dela Universidad de Málaga.
nº 33 · septiembre 1999
JOSÉ ANTONIO MARINA
La selva del lenguaje.Introducción a un diccionariode los sentimientos
Anagrama, Barcelona 320 págs.

La filosofía de lo humano es cada vez más un diálogo entre las ciencias humanas. Así sucede en este libro de José Antonio Marina. Los dos temas que en él se entrecruzan, el bosquejo de una semántica de rostro humano y la investigación de la estructura profunda de los sentimientos y emociones que nuestro léxico afectivo refleja, son de suyo interdisciplinares; Marina acierta a dar entrada en su libro a la lingüística, la fenomenología, la psicolingüística, la psicopatología o los estudios transculturales. El libro pretende ser una introducción humanista al lenguaje, un intento, frente a la tradición estructuralista, de devolver el lenguaje al sujeto hablante. No ha sido Marina el primero en defender este giro, que tiene precedentes tanto en la filosofía analítica como en la hermenéutica. Lo peculiar del intento de Marina es haber elegido un camino lleno de sugerencias pero pantanoso: la psicolingüística y la teoría computacional de la mente. En primer lugar, es muy arriesgado vincular los significados a experiencias psicológicas o sostener lo que Marina llama una «semántica genealógica». Por otro lado, una teoría computacional lleva a considerar las emociones y afectos como experiencias privadas mentales, como fenómenos de la conciencia. Lo que al final puede resultar poco compatible con afirmar (como hace Marina) que el léxico afectivo designa guiones, patrones de desenvolvimiento o narraciones condensadas. Es el enraizamiento del lenguaje en las experiencias psicológicas lo que para Marina permite que alcance la realidad y que llegue a hacerlo en un plano transcultural. Su reconstrucción genealógica de los significados lingüísticos parte desde antes del umbral de la conciencia, pues las palabras y las proposiciones se nos ocurren, aparecen ya configuradas en la conciencia. Por eso importa reconstruir sus génesis preconsciente. Marina empieza con los significados perceptivos, una organización de estímulos que, al pasar a la memoria, se convierten en patrones de reconocimiento, en lo que después denomina «esquemas matriciales»; o sea, el desde a partir del cual asimilamos, constituido por lo que ya sabemos y por lo que hacemos. De modo que, para él, los esquemas matriciales son a la vez sistemas de asimilación y sistemas de producción. Algo que también sucederá con los esquemas narrativos. Aunque Marina se remonte a Bergson, no queda claro la doble dimensión de reglas y causas de estos esquemas o sistemas. Suena raro decir que «el conocimiento está representado por un vasto conjunto de reglas condicionales –sistemas de producción– que se activan cuando aparece la condición». Especialmente, si se añade después que las reglas de los ordenadores son eficaces para terminar sosteniendo que esas reglas (ahora eficaces) pueden estar en nuestra memoria. Una regla es una pauta de actuación, una partitura que hay que seguir, pero no una causalidad eficiente, y quizá la conducta de seguir una regla sea irreductible a un mecanismo casual. Pero la cuestión no es sólo la distinción entre reglas y causas. El asunto es más bien que el recurso a modelos computacionales impide lo que era la pretensión de Marina, la recuperación del sujeto, porque la actuación (la agency) lingüística del sujeto queda sustituida por un tratamiento mecanicista o causal –cómo unos hechos causan otros hechos– en los que la originación efectiva del agente se evapora. Como ya señaló Ricoeur, lo que en un tratamiento causalista de la acción se pierde es su mismo carácter de acción, en cuanto distinta de un hecho, y se pierde con ello al agente mismo. Sobre la capacidad psicológica de organizar la percepción y de crear patrones que permiten el reconocimiento se construye el lenguaje, que nos permite tanto liberarnos del aquí y ahora de la estimulación sensible como generar significados a partir de las palabras. Las palabras resultan ser signos de un saber plegado, guardado en la memoria y fruto de múltiples experiencias, que van constituyendo el contenido semántico. El significado de una palabra es así, en primer lugar, un concepto vivido, una especie de recapitulación de experiencias, que constituye la representación semántica básica de la palabra. Las diversas representaciones semánticas básicas configuran el léxico mental, que a su vez dibuja el mapa personal del mundo. Posteriormente, mancomunamos los significados de las palabras, estableciendo un mundo común; para, por último y gracias al desarrollo de las ciencias, establecer un significado ideal. Así resultan tres niveles semánticos: el privado, el mancomunado y el ideal. Con todo, Marina distingue este triple significado de lo que ahora denomina «sentido», que es el uso concreto de una palabra dentro de una proposición determinada. El correlato de esta teoría del lenguaje, del sentido de nuestras preferencias lingüísticas, en la teoría de la comprensión sólo puede ser un reconstruccionismo: «La comprensión no es otra cosa que un sistema generador de significados inducido por una expresión percibida». Comprender es revivir. Dejando de lado los vericuetos de la semántica genealógica de Marina y sus peripecias en el psicologismo, la aportación más importante de su libro se centra en la semántica de los términos afectivos. Marina acierta al sostener, con Austin, que el lenguaje ordinario recoge nuestro saber sobre nosotros mismos. Interesa especialmente su tesis de que la representación semántica básica de los términos afectivos viene dada por guiones narrativos, por historias condensadas. En primer lugar, sin lenguaje, «nuestra subjetividad permanecería inarticulada, empastada y borrosa. Estaríamos zarandeados por emociones innominadas que no entenderíamos». Pero, sobre todo, en segundo lugar, el esclarecimiento lingüístico del ámbito afectivo no opera nominando estados afectivos, poniendo nombre público a experiencias mentales privadas, a modalidades de la autoconciencia. Marina recoge bien la idea de que «el significado de los sustantivos que designan sentimientos son «planes narrativos abreviados»». Y precisamente por eso clarifican u ordenan nuestra vida afectiva. Como ya subrayó Wittgenstein, lo designado por los nombres de los sentimientos no es una experiencia mental, que podría ser puntual, sino todo un pattern. Pero de nuevo aparece una tensión en el planteamiento de Marina, porque su tratamiento de la afectividad en términos de feeling, de «experiencia consciente», puede resultar incompatible con aventurar que los sustantivos afectivos designan guiones, porque ni un guión es una experiencia mental, ni comprender un guión es revivir nada. Sin duda, el primer enfoque (un afecto es una experiencia mental) permite a Marina intentar establecer –tras sostener ni más ni menos que la existencia de géneros naturales en la clasificación de los colores– una existencia paralela de géneros naturales en el ámbito de la afectividad, que quedarían reflejados en las representaciones básicas de los términos afectivos, con lo que resultarían ser auténticos universales lingüísticos que después y secundariamente cada cultura y sociedad declina de modo diverso. Pero el segundo enfoque se orienta en sentido contrario porque sostener que sólo el lenguaje permite aclarar la propia afectividad y que esa aclaración no sigue el modelo de una definición ostensiva de experiencias privadas, sino que consiste en la inserción de una experiencia puntual en un todo narrativo, supone afirmar la naturaleza intrínsecamente hermenéutica de las emociones. Si la tesis de que las representaciones semánticas básicas son historias condensadas es verdad, entonces no cabe la existencia de géneros naturales en la afectividad. Simplemente porque entonces la afectividad no está ahí ni como realidad en sí ni como phaenomenon en la autoconciencia que yo observe a título de espectador. Y si no hay una realidad en sí de la afectividad, una afectividad nouménica que además resulta prêt-à-porter para ser analizada, no se ve qué sentido tiene buscar universales empíricos de la afectividad. Porque si existen constantes afectivas se encuentran mucho más en los guiones narrativos que en presuntas experiencias mentales, en presuntas representaciones semánticas básicas.

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Fuente original: http://www.revistadelibros.com/articulo_completo.php?art=676

II. ¿CÓMO JUEGA LA INTELIGENCIA?

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El uso lúdico de la inteligencia no es compatible con el uso serio. Esto pone a la ciencia y a la técnica en inferioridad de condiciones, porque están sometidas al principio de realidad y no pueden tomarse tantas libertades. Son racionalidades esclavizadas. El ingenio es, en cambio, la inteligencia turulata. Cristine Buci-Glucksman ha titulado su libro sobre el barroco: La folie du voir. Según ella, en esa época el lenguaje perdió sus referencias ontológicas. <<Al carecer de referente primero, el mundo oscila entre la apariencia y la aparición, entre el gozo y la muerte, entre el sueño y la realidad, en una autoexposición apasionada de sí misma y de las formas>> (Buci-Glucksman, 1986).

Ni la ciencia ni la técnica pueden perder su referencia al mundo: sería un accidente patológico. La técnica, como productora de utensilios, puede hacerse ingeniosa si trunca su finalidad práctica e inventa objetos inútiles o imposibles. Jacques Carelman ha inventado un utillaje de racionalidad perversa. Sus tenazas flexibles, las fundas de viaje para perros, el martillo de mango curvo especial para clavos difíciles, nos remiten al mundo del ser-a-la-mano, que diría Heidegger, pero defraudan nuestras expectativas. Son chistes materializados.

También la ciencia puede convertirse en juego y zafarse de su finalidad propia, que es conocer la realidad. Puede hacerlo confinándose en el formalismo (los juegos matemáticos, por ejemplo), o estudiando irrealidades. Un matemático, Alexander Keewatin Dewnei, ha publicado varios trabajos sobre el <<Planiverso>>, un imaginario universo bidimensional, cuya existencia no es lógicamente imposible, y del que ha elaborado la teoría y la práctica. Ha llevado su humorada hasta diseñar objetos de uso doméstico para ese mundo laminar.

Estos casos patológicos confirman que el ingenio implica el rechazo de los fines. Disfruta con su propia actividad. Es el juego que juega la inteligencia consigo misma, en el que todas las operaciones intelectuales resultan transmutadas, como este capítulo ha mostrado. [1]

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[1] Del libro: Marina, José Antonio. Elogio y refutación del ingenio. Anagrama, España 2004.

INTRODUCCIÓN

Quien se acerca a un libro de lingüística percibe enseguida que es una ciencia de saberes ocultos. No lo digo porque su jerga técnica parezca esotérica al profano y superfetatoria al consagrado, sino porque el lenguaje, su tema, es un conglomerado de informaciones y habilidades que manejamos con eficacia, pero que no conocemos con precisión. Es un tacit knowledge, escribió Chomsky. El lingüista quiere explicar reflexivamente ese saber que ya posee plegado. Es un explorador que descubre un territorio guardado en su memoria. La selva virgen que pisa resulta ser su propia casa.

Al aprender la lengua materna –las lenguas segundas plantean problemas distintos– el niño recibe los planos sintácticos y semánticos para construir su mundo. Será su mirada la que se apropie de la realidad, pero dirigida por miradas ajenas y lejanas codificadas en la lengua. El niño sentirá sus sentimientos, pero los identificará y clasificará de acuerdo con el catálogo sentimental incluido en su idioma. Si el inconsciente es la vigencia del pasado olvidado, las palabras tienen su propio inconsciente y pueden ser psicoanalizadas.

Un complejo sistema de preferencias y necesidades guió la evolución de las lenguas, y cada perfil fonético, forma sintáctica o parcelación semántica guardan la huella de aquellas distantes motivaciones que aún dirigen nuestro hablar. Cuando aprendemos una lengua asimilamos su inconsciente sin saberlo, trasegamos su biografía secreta, que se aloja en nosotros y nos habita. Por eso, el lenguaje es un saber oculto.

Las ideas y manías de nuestros antepasados se han colado de matute en nuestra actividad, como una herencia que, al igual que la genética, recibimos sin chistar, privados hasta del mínimo consuelo de poderlas aceptar a beneficio de inventario. No podemos hacer inventario de nuestro lenguaje sin dedicar a ello la vida. Nadie sabe las palabras que sabe, ni las construcciones sintácticas que es capaz de hacer. Poseemos un capital lingüístico que no podemos calcular, y el lingüista, que quiere hacer el cómputo de sus caudales, adopta por ello el aire introvertido y cauteloso del avariento que cuenta y recuenta su tesoro.

Todos los matices de una lengua remiten a una experiencia olvidada que una arqueología o genealogía del lenguaje debe recuperar. La historia  es pudorosa respecto de los grandes acontecimientos, como una madre que quisiera parir sus más preclaros hijos en la oscuridad, y no guarda memoria de los gigantescos creadores que inventaron la preposición, el subjuntivo o la voz pasiva. Los especialistas rastrean esa prehistoria, y tras dos siglos de esfuerzos nos han proporcionado copiosa información sobre el indoeuropeo, antepasado común de muchas lenguas, pero en este momento pretenden retroceder aún más hasta llegar al único tronco del que derivarían todas las lenguas del planeta. Si accediéramos a esa matriz universal, accederíamos al mismo tiempo al universal inconsciente lingüístico del que todos los hombres participaríamos. Un investigador, Merrit Ruhlen, ha llegado a aventurar que la primera palabra sonó hace más de cien mil años y fue TIK, que quiere decir <<dedo>> (Gamkrelidze, iVANOV, 1984; Greenberg 1984).

Muchos pensadores han denunciado el poder anónimo que el lenguaje ejerce sobre nosotros: Freud, Nietzsche, Austin, Foucault, Lacan, Ortega y muchos más. Sus escritos están llenos de ocurrencias agudas a las que faltan comprobaciones detalladas. Es indudable que la historia de la humanidad está enterrada en el lenguaje. Sin llegar a los excesos de Ruhlen, los expertos han podido situar en Anatolia el nacimiento del indoeuropeo basándose, entre otros datos, en restos de palabras que se referían a plantas o accidentes orográficos exclusivos de aquella región. El hombre es animal etimológico, que conserva sus orígnes y recibe con cada palabra su historia cifrada.

Todos podemos estar de acuerdo con una formulación tan vaga. Concordes, pero insatisfechos. Nada adelantamos con hablar del influjo del pasado si somos incapaces de precisar qué información tácita se transmite en cada situación cultural, cómo se organiza y mediante qué mecanismos se propaga. Por ejemplo: la etimología señala el parentesco de las palabras <<ingenio>> e <<ingenuo>>. Ambas significaban <<innato>>, <<natural>>, aunque <<ingenio>> se refería a las habilidades no aprendidas, mientras que <<ingenuidad>> era la espléndida facultad innata de ser libre. Después de divertidas peripecias semánticas, esos vocablos han llegado a ser casi antónimos. El ingenioso es avisado y astuto; el ingenuo, cándido y simple. ¿Queda vigente algún rasgo de su etimología? El saber plegado contenido en estas palabras y que la presión cultural inyecta en la memoria del hablante no mantiene vivo el antiguo parentesco. Cada una de ellas se ha integrado en campos semánticos distintos, y desde ellos actúan sobre nuestros comportamientos lingüísticos. Ahí es donde debemos buscar la vigencia del pasado. La <<ingenuidad>> es un calificativo denigrante, a cuya órbita han sido atraídas la candidez y la inocencia. En cambio, <<ingenio>> es un término elogioso, que contagia su valor positivo a la picardía, la astucia y la frescura. Estas relaciones acaso no aparezcan explícitamente en la conciencia del hablante contemporáneo, pero están vigentes en su <<inconsciente lingüístico>>.

En el lenguaje nada ocurre sin motivo (Guiraud, 1955). Si llamamos psicoanálisis al estudio de las motivaciones ocultas que rigen nuestro actuar, hemos de reclamar un psicoanálisis lingüístico que partiendo de los usos reales del lenguaje desvele las conexiones implícitas, las creencias profundas, las valoraciones que los configuran, la textura oculta que manifiesta el texto superficial.

Este libro es un ejercicio de <<psicoanálisis lingüístico>>. Sobre el diván está tendida la palabra <<ingenio>>. Mejor dicho: un hablante que utiliza la palabra <<ingenio>> y que nos representa a todos. Así pues, el lector va a ser psicoanalizado a través de ese representante ideal. Por ello, no va a aprender cosas nuevas sobre el ingenio, porque tampoco el sujeto psicoanalizado aprende cosas nuevas: conoce tan sólo lo que ya sabía, despliega su inconsciente, que es él mismo. Lo mismo nos sucede a todos cuando leemos un libro de gramática: reconocemos, puestas en limpio, informaciones que ya sabíamos de forma confusa. Todos debemos utilizar con respecto a esos saberes ocultos la sabia expresión que usan con frecuencia los colegiales y que estúpidamente tomamos como un disculpa: <<Lo sé, pero no me acuerdo>>.

Utilizamos la palabra <<ingenio>> o <<ingeniosidad>> para calificar sin vacilación algunos fenómenos muy distintos, cuyos rasgos comunes resultan difíciles de discernir. Consideramos que la ironía, el humos, la picardía, la comicidad, la astucia, la inventiva, la originalidad, la parodia, el chiste, los equívocos, la rapidez, la facundia, el timo, la novela policiaca, la sátira y la mala uva son avatares del ingenio. Un minucioso aprendizaje ha unificado en nuestra memoria lingüística todas esas realidades. ¿Qué tienen en común? Wittgenstein dijo que un <<parecido de familia>>, pero fue ingenuo y perezoso al decirlo. El <<parecido de familia>> es un criterio inservible porque es indefinidamente elástico. Comparados con los chinos, todos los europeos tenemos un aire de familia y, comparados con los cocodrilos, todos los hombres nos parecemos un poquito. Freud hubiera fulminado a quien le hubiera dicho que todos los sueños de un individuo tenían un <<parecido de familia>>, con lo que estaba dicho todo. Iba más allá y aspiraba a descubrir la norma secreta que dirigía la proliferante imaginería onírica.

¿Qué hay en el fondo del ingenio? ¿Qué experiencia unifica los usos de esa palabra?  Baltasar Gracián, que nunca se distinguió pro su optimismo, dijo que <<el ingenio es una de esas cosas que sólo se puede conocer a bulto>>. No me convencen ni Wittgenstein ni Gracián, porque se precipitaron en su renuncia. Admitir bultos que no se pueden inspeccionar y parecidos que no se precisan, es un recurso indolente. Los expertos en inteligencia artificial y psicología cognitiva han demostrado que <<reconocer un parecido>> es una operación de extrema complejidad. Si el hombre –o el ordenador– carece de la información adecuada –el esquema del parecido, una plantilla, el inventario de rasgos, etc.–, el reconocimiento es imposible (Norman, 1977; Johnsonn-Laird, 1988).

El psicoanálisis del ingenio pretende descubrir el modelo que utilizamos para reconocer que algo es ingenioso, y las motivaciones profundas que han unificado en un mismo campo semántico fenómenos en apariencia tan distintos. El saber plegado que asimiliamos cuando aprendemos a manejar la palabra <<ingenio>> forma un sistema cohesionado, que está vigente en la actualidad y determina por ello el hablar de la mayoría de los habitantes… Si mi tesis es correcta, el lector se descubrirá siguiendo un discurso ideológico que no comprende del todo. Estará siendo empujado por la lógica oculta del sistema ingenioso, a cuyo análisis está dedicado este libro. [1]

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[1] Del libro: Marina, José Antonio. Elogio y refutación del ingenio. Anagrama, España 2004.