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La búsqueda de lo razonable
José Manuel Cabra Apalategui
PROFESOR DE FILOSOFÍA DEL DERECHO EN LA UNIVERSIDAD DE MÁLAGA
nº 161 · mayo 2010
Isaiah Berlin
EL ESTUDIO ADECUADO DE LA HUMANIDAD
Trad. de Francisco González Aramburo, María Antonia Neira, Hero Rodríguez Toro y Juan José Utrilla
Turner, Madrid 604 pp. 42 €

En uno de sus últimos apuntes, Wittgenstein dejaba escrito que si alguien creyera que los automóviles surgen espontáneamente de la tierra «estaría dando crédito a todo lo que consideramos que es imposible y podría oponerse a todo lo que tenemos por seguro»; estaría, en definitiva, desmontando nuestro sistema de verificación. Una creencia de ese tipo socavaría de tal modo nuestra forma de concebir los hechos –el mundo físico, en definitiva– que su comprensión nos obligaría a replantear los fundamentos de todo saber empírico hasta hacerlo irreconocible.
Pues bien, es posible que el estado de perplejidad desde el que habría que proceder a una revisión semejante fuera menor de producirse en los ámbitos de la ética o la filosofía política, donde se carece de la rotundidad de los hechos y los procedimientos demostrativos; más expuestos, por ello, a la disensión. Quizá por eso, y quizá también por la serena claridad de sus escritos, la refutación de los racionalismos que en la historia han sido no se percibe en la obra de Isaiah Berlin como el giro copernicano que de hecho supone para el pensamiento ético y político.
Coincidiendo con el centenario de su nacimiento, Turner edita esta colección de ensayos del pensador de origen letón, que constituye una magnífica muestra de su audacia y brillantez intelectual. Henry Hardy, editor y albacea literario sin cuya intervención y tenacidad gran parte de la obra de Berlin –que no fue originariamente concebida ni publicada de manera sistemática– permanecería arrinconada en un desván, o diseminada aquí y allá en publicaciones hoy inencontrables, se encarga de reunir en este volumen, que ahora ve la luz en castellano, sus trabajos más significativos. Por una vez, no se trata de recuperar lo que el propio autor parecía entregar al olvido, sino de presentar una antología de textos ya publicados, cuyo valor reside en el acierto de una selección que abarca los principales hallazgos de Berlin.
Maquiavelo, Vico o Herder están en el origen de un modo atípico de comprender los asuntos humanos, pero es precisamente Berlin, el más perspicaz y erudito de sus lectores, quien, con una lucidez extraordinaria, lo hace inteligible al mundo presente, al desvelar la raíz monista del racionalismo occidental: el ideal platónico conforme al cual «todas las preguntas auténticas deben tener una respuesta y sólo una, siendo las demás necesariamente errores» (p. 7), no habiendo, en consecuencia, ninguna verdad incompatible con otra.
Lo que Berlin pone en cuestión es que, como esos problemas matemáticos que aguardan, a veces durante siglos, la llegada de un genio que los resuelva, los problemas morales sean esencialmente de naturaleza epistémica, cuya solución correcta se alcance por la vía del conocimiento. Muy al contrario: «Algunos de los grandes bienes no pueden vivir juntos. Esta es una verdad conceptual» (p. 14). No hay punto de llegada ni utopía que realizar; la historia moral de la humanidad no es un gran puzle en el que cada generación coloca sus piezas, acercándose lentamente a su culminación; la necesidad de elegir, de sacrificar unos valores en beneficio de otros, no es una consecuencia de nuestras capacidades finitas y falibles, sino que está enraizada en la vida humana porque así –múltiples, cambiantes y tendencialmente conflictivos– son los valores contenidos en nuestros juicios y preferencias. Pensar de otro modo no sólo es un error conceptual, sino que lleva a la peligrosa ilusión de que nuestras limitaciones acaso pudieran ser superadas por los elegidos de Dios o el pueblo. Pero Berlin no sólo huye del monismo racionalista, sino también de las derivas perversas en que desembocaron los pensadores románticos: el relativismo y el nacionalismo. Pluralismo no significa abandono de la razón –ni como equiparación de todas las cosas, ni como exaltación de lo propio–, sino un sano escepticismo que permita alcanzar los acuerdos necesarios para una vida decente donde, al menos, no tenga cabida lo intolerable.
Otro de los grandes temas del filósofo oxoniense es el de la libertad, tanto en su vertiente existencial como en su vertiente política. Y precisamente por ello no pasa inadvertida la supresión en esta edición del necesario «Dos conceptos de libertad», incluido en la edición inglesa y cuya ausencia aquí obedece presumiblemente a razones editoriales. Como es sabido, Berlin rechaza la doctrina clásica de la autodeterminación, según la cual la libertad consiste en el gobierno de uno mismo, hasta la total identificación de racionalidad y libertad; la paradoja es concluyente: «si la libertad no existe, el descubrimiento de que no existe no la creará» (p. 120). A la vez, hace suya la idea kantiana de que hay un sentido de libertad –a saber: la necesidad de elegir entre distintas posibilidades que «nunca son menos de dos; hacer o no hacer; ser o no ser» (p. 113)– consustancial a las categorías de nuestro discurso moral. Un sentido de libertad que está presupuesto en nuestras ideas de responsabilidad, reproche o mérito y sin el cual tendrían otra función y otro significado en nuestras relaciones interpersonales.
Las reflexiones de Berlin, naturalmente, se extienden a otros muchos campos y de ello da buena cuenta esta notable colección. Sus escritos sobre los literatos rusos o los retratos de sus contemporáneos nos descubren que su interés por las ideas no fue mayor que su interés por las personas que las encarnan: sus observaciones sobre el individuo, su temperamento y particular cosmovisión, nos acercan a una sensata –y razonablemente optimista– comprensión de la condición humana.

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Fuente original: http://www.revistadelibros.com/articulo_completo.php?art=4654

 

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Giambattista Vico

II

“Un pensador que podría haber tenido un papel decisivo en este contramovimiento si alguien fuera de su país nativo lo hubiera leído, fue el napolitano Giambattista Vico. Con extraordinaria originalidad Vico sostuvo, especialmente en la última obra de su vida, la Scienza Nuova, que los cartesianos estaban profundamente equivocados acerca del papel de las matemáticas como la ciencia de las ciencias; que las matemáticas eran ciertas sólo porque eran una invención humana. No correspondían, como se supone, a una estructura objetiva de la realidad; eran un método y no un cuerpo de verdades; con su ayuda podíamos tramar regularidades –la ocurrencia de los fenómenos en el mundo externo– pero no discurrir por qué ocurrían como ocurrían o con qué fin. Esto sólo podía ser sabido por Dios, pues sólo aquellos que hacen las cosas pueden saber verdaderamente qué son y con qué propósito han sido hechas. De aquí que nosotros no podamos, en este sentido conocer, el mundo externo –la naturaleza– pues no lo hemos hecho; sólo Dios, que lo creo [que lo ha creado], lo conoce de tal  manera. Ahora bien, dado que los hombres están directamente relacionados con los motivos humanos, propósitos, esperanzas, temores, pues son lo suyo propio, pueden conocer los asuntos humanos como no pueden conocer la naturaleza.

De acuerdo con Vico nuestras vidas y actividades, colectiva o individualmente, son expresiones de nuestros intentos por sobrevivir, satisfacer nuestros deseos, comprendernos unos a otros y el pasado del cual emergemos. Una interpretación utilitaria de las actividades humanas más esenciales es engañosa. Éstas son en primer lugar, puramente expresivas; cantar, danzar, adorar, hablar, luchar y las institucione que encierran estas actividades, comprenden una visión del mundo. El lenguaje, los ritos religiosos, los mitos, las leyes, las instituciones sociales, religiosas, jurídicas, son formas de autoexpresión, de deseo de exteriorizar lo que uno es y por lo que uno lucha; obedecen a patrones inteligibles y por esta razón es posible reconstruir la vida de otras sociedades, aun aquellas remotas en tiempo y lugar y absolutamente primitivas, preguntándose uno mismo qué clase de estructura de ideas humanas, sentimientos, acciones, pudo haber generado la poesía, los monumentos, la mitología, que fueron su expresión natural. Los hombres crecen individual y socialmente; el mundo de los hombres que compusieron los poemas homéricos era claramente diferente del de los hebreos a quien Dios había hablado a través de sus libros sagrados, o del de la República romana, o del de la cristiandad medieval, o de Nápoles bajo los borbones. Los patrones de crecimiento son localizables.

Los mitos son, como creen los pensadores ilustrados, falsas manifestaciones acerca de la realidad corregidas por la crítica racional posterior, ni es la poesía un mero embellecimiento de lo que igualmente se pudo haber expresado en prosa ordinaria. Los mitos y la poesía de la antigüedad encarnan una visión del mundo tan auténtica como la de la filosofía griega, el derecho romano o la poesía y la cultura de nuestra propia ilustrada edad más temprana, más cruda, más remota que nosotros, pero con su propia voz, como la oímos en la Ilíada o en las Doce Tablas, pertenecientes sólo a su cultura particular y con una sublimidad que no puede ser reproducida más tarde por ninguna cultura más elaborada. Cada cultura expresa su propia experiencia colectiva, cada escalón en el ascenso del desarrollo humano tiene sus propios medios de expresión igualmente auténticos.

La teoría de Vico de los ciclos del desarrollo cultural se hizo célebre, pero no es su contribución más original para la comprensión de la sociedad o la historia. Su acción revolucionaria es haber generado la doctrina de una ley natural intemporal, cuyas verdades pudieron haber sido conocidas en principio por cualquier hombre, en cualquier tiempo, en cualquier lugar. Audazmente Vico negó esta doctrina, que constituyó el núcleo de la tradición occidental desde Aristóteles hasta nuestros días. Predicó la noción de la unicidad de las culturas, pese a lo mucho que pudieran parecerse a una y otra en relación con sus antecedentes y sus consecuentes, y la noción de un estilo único que se difunde a todas las actividades y manifestaciones de las sociedades de seres humanos en una etapa particular del desarrollo. De esta forma, fundamentó las bases de la antropología cultural comparada, y de la lingüística, la estética y la jurisprudencia históricas comparada; el lenguaje, los rituales, los monumentos y especialmente la mitología fueron las únicas  claves confiables que críticos y eruditos posteriores concibieron como formas cambiantes de la conciencia colectiva. Tal historicismo era claramente no compatible con la opinión, y que era ocupación de los pensadores establecerla y de los hombres de acción llevarla a cabo. Los poemas homéricos eran una obra maestra insuperable, pero sólo podían brotar de una sociedad brutal, severa, oligárquica, “heroica”; posteriores civilizaciones, pese a su superioridad en otros aspectos, no produjeron y no podían producir un arte necesariamente superior al de Homero. Esta doctrina propinó un golpe poderoso a la noción de las verdades intemporales y al progreso sostenido, interrumpido por períodos ocasionales de regresión a la barbarie, y trazó una clara línea entre las ciencias naturales, que tratan con la relativamente inalterable naturaleza del mundo físico desde “afuera”, y los estudiosos humanísticos, que ven la evolución de la sociedad desde “dentro”, a través de una especie de perspicacia empática en la cual el establecimiento de textos o  fechas por medio de la crítica científica era una condición necesaria pero no suficiente.

Las asistémicas obras de Vico tratan de muchas otras materias, pero su importancia en la historia de la Ilustración consiste en la insistencia sobre la pluralidad de las culturas y el carácter consecuentemente falaz de la idea de que hay una y sólo una estructura de la realidad que el filósofo ilustrado puede ver como verdaderamente es y que puede (cuando menos en principio) describir en lenguaje lógicamente perfecto, visión que ha obsesionado a los pensadores desde Platón hasta Leibniz, Condillac, Russell y sus más fieles seguidores. Para Vico los hombres se hacen diferentes preguntas acerca del universo y sus respuestas están conformadas en consecuencia: tales preguntas, y los símbolos o actos que las expresan, se alteran o se convierten en obsoletas en el curso del desarrollo cultural; para comprender las respuestas se deben entender las preguntas que preocupan a una éoca o cultura; no son constantes ni necesariamente más profundas porque se parezcan a las nuestras más que otras que nos son menos familiares. La relatividad de Vico fue más allás que la de Montesquieu. Si su opinión fue correcta, fue subversiva ante la noción de verdades absolutas y de una sociedad perfecta fundada sobre ellas, no solamente en la práctica sino en principio. Sin embargo, Vico fue poco leído, y la cuestión cuánta influencia tuvo antes de que Nueva ciencia fuera revivida por Michelet un siglo después de ser escrita es aún incierta.” [1]

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[1] Del libro: Berlin, Isaiah. El estudio adecuado de la humanidad: Antología de ensayos. Editada por Henry Hardy y Roger Hausheer. Fondo de Cultura Económica,Turner, México-España 2009.

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I

“La oposición a las ideas centrales de la Ilustración francesa, y a sus aliados y discípulos en otros páíses europeos, es tan vieja como el movimiento mismo. La proclamación de la autonomía de la razón y los métodos de las ciencias naturales, basados en la observación como el único método de conocimiento digno de confianza, y el consiguiente rechazo de la autoridad de la revelación, las escrituras sagradas y sus aceptados intérpretes, tradición, prescripción, y toda forma de fuente de conocimiento no racional y trascendente, tuvo la natural oposición de las iglesias y los pensadores religiosos de diversas convicciones. Pero tal oposición, en gran parte por la ausencia de un campo común entre éstos y los filósofos de la Ilustración, tuvo relativamente poco progreso, salvo por los estimulantes pasos represivos en contra de la dispersión de ideas vistas como peligrosas para la autoridad de la Iglesia y el Estado. Más formidable fue la relativista y escéptica tradición que se remontaba al mundo antiguo.

Las doctrinas centrales de los progresistas pensadores franceses, independientemente de los desacuerdos entre ellos mismos, descansaban en la creencia, enraizada en la antigua doctrina de la ley natural, de que la naturaleza humana era fundamentalmente la misma en todos los tiempos y lugares; que las variaciones locales e históricas carecían de importancia comparadas con el constante núcleo central en términos del cual los seres humanos podían ser definidos como una especia, como animales, plantas o minerales; que había metas universales humanas, que una estructura lógicamente conectada de leyes y generalizaciones susceptible de demostración y verificación podría ser construida y remplazar la caótica amalgama de ignorancia, pereza mental, conjetura, superstición, prejuicio, dogma, fantaís y, por encima de todo, el “error interesado” mantenido por los gobernantes del orbe en gran parte responsables de pifias, defectos y desgracias de la humanidad.

Se creyó posteriormente que métodos similares a los de la física newtoniana que había logrado grandes triunfos en el reino de la naturaleza inanimada, podrían ser aplicados con igual buen éxito a los campos de la ética, la política y las relaciones humanas en general, en los cuales se habían hecho pocos progresos, con el corolario de que una vez que esto se hubiera efectuado se barrerían sistemas legales y políticas económicas irracionale y opresivas al ser sustituidas por el gobierno de la razón, el que rescataría a los hombres de la injusticia y la miseria política y moral y los pondría en la senda de la sabiduría, la felicidad y la virtud.

NPG P615, Sir Isaiah Berlin

Frente a esta postura persistió la doctrina que se remontaba hasta los sofistas griegos Protágoras, Antifón y Critias de que las creencias que envolvían juicios de valor y las instituciones fundadas sobre éstos no descansaban sobre descubrimientos de hechos naturales objetivos e inalterables, sino en la opinión humana, que era variable y difería en distintas sociedades y en tiempos diferentes; que los valores políticos y morales, y en particular la justicia y los arreglos sociales en general, descansaban sobre la fluctuante convención humana. Esto fue resumido por el sofista citado por Aristóteles, que declaró mientras el fuego ardía aquí y en Persia, que las instituciones humanas cambian ante nuestros mismos ojos. Parecía concluirse que ninguna verdad universal, establecida por métodos científicos, esto es, verdades que cualquiera puede verificar mediante uso de métodos adecuados, en cualquier parte, en cualquier tiempo, podría en principio establecerse en los asuntos humanos.

Esta tradición se reafirmó sólidamente en los escritos de los escépticos del siglo XVI tales como Cornelio Agrippa, Montaigne y Charron, cuya influencia es discernible en los sentimientos de los pensadores y poetas y en que negaban la época isabelina y jacobea. Tal escepticismo vino en ayuda de aquellos que negaban las demandas de las ciencias naturales o de otros esquemas racionales universales, quienes adjudicaban la salvación a la pura fe, como los grandes reformadores protestantes y sus seguidores, y el ala jansenista de la Iglesia romana. La creencia racionalista en un cuerpo simple, coherente, de conclusiones lógicamente deducidas, al cual se llegaba por principios del pensamiento universalmente válidos y fundados en la observación como el experimento de datos cuidadosamente tamizados, fue posteriormente sacudida por pensdaores de mentes sociológicas, desde Bodino hasta Montesquieu. Estos escritores, aprovechando la evidencia tanto de la historia como de la nueva literatura de viajes y exploraciones por las tierras recientemente descubiertas, Asia y América, hicieron hincapié en la variedad de las costumbres humanas, que conducían a diferencias en instituciones y perspectivas, lo que a su vez generaba amplias diferencias en las creencias y comportamientos. Esto fue poderosamente reforzado por las doctrinas de David Hume , especialmente por su demostración de que no existen eslabones lógicos entre verdades de hecho y verdades a priori , tales como las lógicas o matemáticas, lo cual tendía a debilitar o disolver las esperanzas de aquellos que, bajo la influencia de Descartes y sus seguidores, pensaron que un solo sistema de conocimiento que abarcara todas las provincias y contestara todas las preguntas, podría establecerse por las inquebrantables cadenas del argumento lógico de axiomas válidos universalmente, no sujetos a refutación o modificación por experiencia alguna de tipo empírico.

De cualquier manera, sin importar cuán hondamente la relatividad acerca de los valores humanos, o la interpretación de los hechos sociales –incluyendo los históricos– penetraron la mente de los pensadores sociales de este tipo, éstos también retuvieron un núcleo común de convicción de que los fines últimos de los hombres de todos los tiempos eran, en efecto, los mismos: todos los hombres buscaban la satisfacción de necesidades básicas físicas y biológicas, tales como el alimento, el techo, la seguridad, y también la paz, la felicidad, la justicia, el desarrollo armonioso de sus facultades naturales, la verdad; y algo un tanto más vagamente, la virtud, la perfección moral y lo que los romanos habían llamado humanitas . Los medios pueden diferir en climas fríos y calientes, en países montañosos o llanos, y ninguna fórmula universal podría ajustar en todos los casos sin resultados dignos de Procusto, pero los fines últimos eran fundamentalmente similares. Escritores tan influyentes como Voltaire, D´Alembert y Condorcet creyeron que el desarrollo de las artes y de las ciencias era el arma humana más poderosa para alcanzar estos fines, y el arma más filosa en la lucha contra la ignorancia, la superstición, el fanatismo, la opresión, y la barbarie, que invalidaban el esfuerzo humano y frustraban la búsqueda de los hombres de la verdad y la propia dirección racional. Rousseau y Mably creyeron, por el contrario, que las instituciones de la civilización eran el factor mayor en la corrupción de los hombres y en su apartamiento de la naturaleza, la simplicidad, la pureza del corazón y la vida de la justicia natural, la igualdad social y el sentimiento humano espontáneo; el hombre artificial aprisionó, esclavízó y arruinó al hombre natural. De todas maneras, a despecho de las profundas diferencias de perspectiva, hubo un amplio campo de acuerdo acerca de puntos fundamentales: la realidad de la ley natural (ya nomás formulada en el lenguaje de la doctrina ortodoxa católica o protestante), y la de los principios eternos, sólo a través de las cuales los hombre llegarían a ser sabios, felices, virtuosos y libres. Un grupo de principios universales e inalterables gobernaba el mundo para deístas y ateos, para optimistas y pesimistas, puritanos, primitovos y creyentes en el progreso y en los más ricos frutos de la ciencia y la cultura; estas leyes gobernaban la naturaleza animada e inanimada, los hechos y los acontecimientos, medios y fines, la vida privada y pública, todas las sociedades, épocas y civilizaciones; sólo por apartarse de ellos, los hombres caían en el delito, el vicio, la miseria. Los pensadores podrían diferir acerca de qué leyes eran éstas, o cómo descubrirlas, o quiénes estaba calificados para exponerlas; que estas leyes eran reales y podían ser conocidas, ya fuera con certeza, o sólo como probabilidad, seguía siendo el dogma central de la Ilustración. El ataque a esto constituye la más formidable reacción contra este cuerpo dominante de creencias.” [1]

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[1] Del libro: Berlin, Isaiah. El estudio adecuado de la humanidad: Antología de ensayos. Editada por Henry Hardy y Roger Hausheer. Fondo de Cultura Económica,Turner, México-España 2009