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La cultura del siglo XX : una crónica y una tesis
MANUEL PÉREZ LEDESMA
Manuel Pérez Ledesma es profesor de Historia Contemporánea en la Universidad Autónoma de Madrid.
nº 73 · enero 2003
PETER WATSON
Historia intelectual del siglo XX
Trad. de David León Crítica, Barcelona 1.016 págs. 36,46

A comienzos del año 1900 aparecían en Viena las primeras noticias sobre la publicación, dos meses antes, de La interpretación de los sueños de Sigmund Freud. En marzo, cuatro días después de empezar sus excavaciones en Creta, Arthur Evans encontró abundantes restos de una cultura hasta entonces ignorada y que él bautizaría con el nombre de minoica. En la misma semana, el botánico Hugo de Vries presentaba un estudio sobre las leyes de la herencia que venía a confirmar las tesis formuladas más de treinta años antes por Mendel. Y a mediados de diciembre Max Planck explicaba las bases de la teoría de los cuantos en una conferencia ante la Sociedad de Física de Berlín. En sólo un año, aunque se tratara de un año «insólito desde cualquier punto de vista», estos cuatro descubrimientos habían transformado radicalmente las concepciones anteriores sobre la naturaleza, el hombre y la historia. Tal es el llamativo arranque del ambicioso libro de Peter Watson sobre un siglo que, además de sus horrores («el más terrible de la historia de Occidente», según explicó en algún momento Isaiah Berlin) cuenta en su haber con un extraordinario desarrollo de las ciencias y con la más radical renovación de las actitudes culturales. En esas primeras páginas se encuentra además un buen testimonio de la forma en que el autor pretende abordar lo que la centuria ha dado de sí. Lo suyo es una crónica, es decir, un relato de hechos culturales relevantes, sea cual sea el campo intelectual al que correspondan. O, para ser más exactos, una crónica y además una tesis no del todo compatible con aquélla, como se verá al final del recorrido. La novedad del enfoque salta a la vista si lo comparamos con la estructura habitual de los libros dedicados al mismo tema. En éstos –baste poner de ejemplo las bien conocidas síntesis de Roland Stromberg, Historia intelectual europea desde 1789 , o de George Mosse, Lacultura europea del siglo XX – el protagonismo recae en las corrientes o movimientos culturales de larga o, al menos, de mediana duración; en cambio, en la obra de Watson son los acontecimientos (libros, creaciones artísticas, descubrimientos científicos, hallazgos arqueológicos…) y los personajes los que se sitúan en primer plano. No podía ser de otra manera tratándose de un relato o, para evitar lo peyorativo del término, de una obra de «estructura narrativa», que es como la define el propio autor. Y es en este planteamiento donde se encuentran las principales virtudes, y también las mayores limitaciones de su estudio. Porque, para empezar, ¿cómo se pueden enlazar acontecimientos tan dispares? En la presentación del libro se mencionan dos procedimientos: hay capítulos longitudinales o «verticales», en los que las ideas avanzan en el tiempo, y capítulos latitudinales u «horizontales» en los que el tiempo se frena para considerar los avances simultáneos en diversos ámbitos. Pero en la práctica esa dualidad se ramifica en una multiplicidad de formas. A veces lo que articula el relato es una fecha crucial –el año «insólito» de 1900 o el no menos admirable 1913– o una ciudad en ebullición, como la Viena de comienzos del siglo o el París de 1945. En otras ocasiones se trata de un rasgo cultural unificador, como la «cultura práctica» de los Estados Unidos antes de la primera guerra mundial, de la que el autor encuentra reflejos tanto en el pragmatismo de William James y John Dewey como en las enseñanzas de administración de empresas, la construcción de rascacielos, los primeros vuelos de los hermanos Wright o las películas de David Wark Griffith. La integración es más fácil cuando el autor se centra en acontecimientos de un mismo ámbito, como los descubrimientos en una determinada rama de la ciencia, los análisis del hombre y la sociedad producidos por psicólogos o sociólogos, las novedades en la creación literaria o las actitudes del poder ante los intelectuales y de éstos frente a aquél. Tampoco se plantean muchos problemas cuando la innovación afecta a áreas culturales próximas, aunque diversas: como el modernismo, rótulo bajo el cual se incluyen las primeras óperas de Richard Strauss y el cultivo del atonalismo por Arnold Schoenberg, pero también la pintura cubista o los comienzos de la abstracción, e incluso la filosofía vitalista de Bergson y hasta las condenas de Pío X al modernismo religioso. En cambio, las cosas se complican, y mucho, cuando el lazo de unión entre las novedades culturales es únicamente que se trata de eso, de novedades. En tales ocasiones, el lector encuentra yuxtapuestos hechos y personajes notablemente dispares. Por ejemplo, en poco más de veinte páginas pueden pasar por su vista los comienzos del cine sonoro, Goebbels y Leni Riefenstahl, Walter Benjamin, el international modern style en arquitectura, la poesía de Wystan Hugh Auden, las grandes novelas sobre la guerra civil española, Picasso y el Guernica , los primeros libros editados en Penguin Books, las críticas de Keynes a la economía convencional, las letras de Cole Porter, el celofán y el nailon, las obras de teatro de Eugène O’Neill, e incluso el Ciudadano Kane de Orson Welles (págs. 351-376). Todo ello unido únicamente por la constatación de que los años treinta «resultaron sorprendentes por su carácter fructífero», lo cual permite una acumulación más parecida a las páginas de la sección cultural de un periódico que a una narración articulada de la evolución cultural. De todas formas, no es la organización del ingente material acumulado el único problema. La visión de la historia cultural como una sucesión de acontecimientos tiene también consecuencias a la hora de la selección: en concreto, todo aquello que no llamó especialmente la atención en su momento ha quedado fuera del relato. Algo que resulta especialmente llamativo en lo que se refiere al pensamiento y a las ciencias sociales (al menos para este comentarista, cuyo escaso conocimiento de las ciencias duras le lleva, quizá equivocadamente, a dar por buena la selección en ese terreno). No estará de más precisar que esta crítica no es la habitual entre los especialistas ante una síntesis que no abarca todo aquello que conocen o no lo hace con el detenimiento que considerarían adecuado. Para un profesor de historia, como el que esto escribe, el malestar no tiene que ver con la desatención hacia su disciplina: antes al contrario, la historiografía está bastante bien tratada, al menos hasta los años setenta, y sólo algunos errores disculpables en una obra de esta complejidad afean la narración. Lo que, en cambio, se echan en falta son menciones a obras fundamentales de otras disciplinas, sobre todo si se comparan estas ausencias con las explicaciones detalladas de textos menos relevantes. Para decirlo de la forma más cruda, ¿por qué sólo hay un par de menciones de Saussure, mientras se dedican varias páginas a Noam Chomsky? ¿A qué se debe el hecho de que Max Weber aparezca como autor de La ética protestante, pero no se hable de Economía y sociedad ? ¿Por qué Marcuse y otros neomarxistas, y no Gramsci? ¿Por qué Dworkin y no Kelsen? Y, más en general, ¿por qué entre las muchas páginas dedicadas a la antropología, en especial a Boas y sus discípulas Mead o Benedict, no hay una sola para Malinowski y RadcliffeBrown?; o ¿por qué, entre los sociólogos se examina con detalle a Daniel Bell o David Riesman, y en cambio no hay nada escrito sobre Merton o Parsons? No se trata, me parece, de una cuestión de gustos o preferencias, sino de las consecuencias de una idea de la cultura como acontecimientos y personajes noticiables. Sin duda, esa visión tiene sus lados agradables: véanse, por ejemplo, los entretenidos retratos de protagonistas un tanto excéntricos (Schumpeter y el traje de montar con el que acudía a las reuniones universitarias, Wright Mills conduciendo una enorme motocicleta), o las descripciones de enfrentamientos personales entre figuras destacadas (Leavis versus Snow), o incluso los comportamientos algo tramposos de los científicos, de los que es buen testimonio la historia del descubrimiento de la estructura de doble hélice del ADN. Pero la contrapartida se encuentra en el hecho de que esa visión impide, o al menos dificulta, el acceso a aquellos cambios decisivos en algunas disciplinas que no alcanzaron en su momento una gran repercusión pública. A esa desigualdad en el trato contribuye igualmente el predominio de la cultura anglosajona en el conjunto de la obra, en especial a partir de la segunda guerra mundial. Es verdad que en esas fechas, gracias en gran medida al exilio masivo de intelectuales europeos, Nueva York desplazó a Viena o a París como capital mundial de las artes y la cultura; es cierto también que en el desarrollo de las ciencias, duras o blandas, han sido decisivas las universidades y los laboratorios americanos. Con todo, el lector puede llegar a la conclusión de que a partir de los años cincuenta Peter Watson pierde casi por completo el interés por el continente europeo. El mismo autor Historia de las ideas 4 Enero, 2003. Nº 73. REVISTA DE libros justifica en alguna ocasión esa escasa atención refiriéndose al estilo «paradójico y difícil» de algunos autores franceses de los años sesenta (de Lacan a Roland Barthes); pero una causa complementaria se encuentra probablemente en la vinculación de estos y otros personajes de la cultura europea de la segunda mitad del siglo XX a dos corrientes, el marxismo y el freudianismo, hacia las que Watson, como veremos, no manifiesta especial simpatía. Y si es poco lo que se recoge de la cultura continental, ni qué decir tiene que es mucho menos lo que se explica de la española. La llamada Edad de Plata , tan elogiada entre nosotros, queda aquí reducida a la mención de algunos pintores de proyección internacional (como Picasso o Miró), al inevitable Ortega y Gasset de La rebelión de las masas, al descubrimiento de las cuevas de Altamira o a las posiciones de varios escritores extranjeros ante la guerra civil. Aunque como consuelo para quien se sienta herido en su orgullo patrio, sólo cuatro páginas dedicadas al realismo mágico permiten que América Latina esté presente en el libro; con lo que, al menos en este caso, se rompe incluso con el principio de lo noticiable: porque, ¿qué mejor noticia que las peleas de Diego Rivera con Rockefeller o la participación de Siqueiros en un atentado contra Trotski? Pero dejemos ya de lado las críticas. La visión periodística de la cultura tiene también sus lados positivos. No sólo permite bajar del pedestal a muchos intelectuales destacados, y llenar de anécdotas –es decir, de vida y colorido– sus retratos; también, y quizá sobre todo, sirve para comprimir en pocas páginas, o a veces en pocos párrafos, normalmente con acierto, doctrinas y argumentaciones de notable complejidad en los más variados campos de la ciencia y la cultura. Es aquí donde el libro alcanza su mejor nivel como obra de alta divulgación, e incluso como un posible vademécum o libro de consulta sobre la cultura contemporánea en sus más diversas facetas. Un vademécum que permite al lector acercarse, aunque sea de forma sumaria, a cuestiones tan dispares como la metafísica de Heidegger, la estructura del ADN, los agujeros de gusano o la posmodernidad y el multiculturalismo (por no hablar de la aviación o la penicilina). Aunque para que la dicha fuera completa, sería necesario, en una previsible segunda edición, revisar con especial cuidado la traducción, en general correcta, para evitar errores que se han colado en el texto o en las muy abundantes notas 1. Al lector que, pese a las dificultades que a veces presenta el libro, haya recorrido esta detallada crónica aún le espera una sorpresa final. En contraste con las reiteradas afirmaciones sobre el progreso de las ciencias y la cultura –sobre todo de aquéllas: «los avances llevados a cabo en el ámbito del conocimiento científico no tienen parangón con los que se han efectuado en las artes» (pág. 17)–, lo que el autor ofrece en la conclusión de su obra es una visión mucho menos optimista del desarrollo cultural de los últimos cien años. Como las teorías de Sigmund Freud, con las que comenzó el siglo y que han estado presentes a lo largo de toda la centuria, no han contado nunca con un respaldo empírico inequívoco, e incluso han sido objeto de ataques cada vez más intensos, Watson no tiene empacho alguno en definirlas como erróneas; lo que de paso le lleva a descalificar a la psicología, cuya única base son «teorías –casi mitos– no respaldadas por la observación y caracterizadas por ideas rocambolescas, personales y en ocasiones fraudulentas por completo» (pág. 813). Si esto es así, ¿qué decir entonces del valor y el significado de muchas grandes obras literarias y artísticas que se inspiraron en las concepciones freudianas sobre la naturaleza humana? Lo malo es que no se trata sólo de Freud y la psicología: la otra disciplina social fundamental, la sociología, se está echando a perder, «si es que no está ya perdida por completo», porque se ha convertido en un «almacén de descontento» en manos de quienes la han convertido de ciencia en ideología (el argumento es de Irving Louis Horowitz, pero Watson lo hace suyo). No digamos nada del marxismo, fracasado en su predicciones, o de los teóricos de la derecha, en especial de los economistas liberales que «con demasiada frecuencia no han hecho otra cosa que ofrecer directrices para no hacer nada, para permitir que las cosas sigan su curso “natural”, como si no hacer nada fuese más natural que hacer algo» (pág. 818). Aunque aún viene lo peor: a pesar de sus avances, las mismas ciencias no parecen capaces de cumplir su tradicional promesa de «ofrecer una explicación final del universo»; pero tampoco las religiones se encuentran en condiciones de cubrir el vacío. «Deberíamos», es la consecuencia obligada, «desconfiar de las grandes teorías» (pág. 819). Tras la demolición, ¿qué queda, entonces, en pie? La respuesta de Watson, si se entiende como tal el último apartado de la obra, viene a ser como la pescadilla que se muerde la cola: lo que queda es el estudio del pensamiento del siglo XX desde la perspectiva narrativa; eso proporcionará un «canon históricointelectual» adaptado al tiempo que vivimos (pág. 826). Es decir, lo que él mismo ha hecho a lo largo de más de ochocientas páginas. Pero, ¿podremos conformarnos con ello?

1. Dos ejemplos pueden ser suficientes. Al hablar de Clifford Geertz se define como «descripción gruesa» lo que se ha traducido habitualmente, con buen sentido, como «descripción densa» (págs. 723 y 823). Peor aún es traducir (pág. 601, y nota 43, pág. 899), como La transformación de la clase obrera en Inglaterra el título del famoso libro de Edward P. Thompson, The Making of the English Working Class , porque en este caso se altera el sentido que el autor quiso dar a su obra (de la que, por cierto, hay una excelente versión en la propia editorial Crítica).
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La guerra y la paz en el siglo XXI
JULIO ARAMBERRI
SOCIÓLOGO Y PROFESOR EN LA DREXEL UNIVERSITY DE FILADELFIA
nº 133 · enero 2008
Georges Corm
LA CUESTIÓN RELIGIOSA EN EL SIGLO XXI. GEOPOLÍTICA Y CRISIS DE LA POSMODERNIDAD
Trad. de Nuria Petit
Taurus, Madrid 320 pp. 21 €
La generación de los boomers europeos ha sido, por lo general, una generación con suerte. Al menos, por dos razones. De entrada, todos los países de la Europa occidental, incluyendo casos hasta entonces considerados perdidos como España, Portugal, Irlanda o Grecia, vieron mejorar su nivel de vida enormemente. No parece exagerado reconocer que la distancia económica entre, por ejemplo, esa generación de españoles y la de sus padres es mucho mayor que la que separaba a estos últimos de las ocho o diez anteriores. Más aún, y en esto los europeos occidentales comparten suerte con los orientales, esa generación no ha tenido que participar en guerras. De seguir la racha, quienes pertenecemos a ella podremos dejar el mundo sublunar sin haberlas padecido. No será una fruslería, porque para cuatro o cinco generaciones anteriores, por hache o por be, siempre pintaron bastos. ¿Podrán quienes nos sigan beneficiarse de esta nueva querencia? Los dos libros que se comentan a continuación ofrecen respuestas especiosamente sencillas.
Para Hobsbawm, el interlunio va a ser fugaz. El fin del sistema imperial clásico vino precedido de los peores conflictos que haya conocido la humanidad. En sus cálculos, durante el si glo XX el número de muertes directa o indirectamente provocadas por guerras se elevó a unos 187 millones de personas, alrededor de un diez por ciento de la población mundial de 1913. Uno se pregunta si las guerras de religión de los siglos XVI y XVII en Europa o las conquistas de los mongoles en el XIII anduvieron muy lejos de esos porcentajes, pero Hobsbawm no aclara cómo ha hecho sus cálculos, así que no nos distraigamos con esa discusión y enfilemos su argumento central.
El actual período de paz en Europa y en otras partes del mundo (al fin y a la postre, Estados Unidos no ha conocido acciones armadas en su territorio continental desde 1812 y los conflictos internacionales en América Latina han sido mínimos) procede de dos causas básicas. Una de ellas –a la que Hobsbawm se refiere sólo de pasada– es la bonanza económica y la creación de los Estados de bienestar. La otra, machaconamente reiterada, hay que buscarla en el final de la ­Guerra Fría. Las dos guerras mundiales rompieron los equilibrios entre las potencias imperiales al tratar Alemania en dos ocasiones y Japón en una de arrancar un reparto más favorable a sus intereses, pero el sistema internacional volvió a estabilizarse con la bomba atómica y la amenaza de destrucción mutua que podían esgrimir Estados Unidos y la Unión Soviética. La nueva etapa de turbulencias que ha acompañado la desa parición de esta última sólo muestra que la estiba no se ha redistribuido. ¿Habrá, pues, que pensar que el siglo XXI va a acarrear conflictos nuevos y pavorosos? ¿Qué marbetes nos traerán?
Tras el fin del imperio soviético, sólo quedó en el tablero una superpotencia y hubo quien interpretó esa circunstancia como el fin de la historia: el introito a un segundo ciclo de Pax Americana que alargaría al resto del mundo la ya consolidada en algunas de sus regiones. Pura quimera propagandística, sostiene Hobsbawm. Por el contrario, en la nueva fase se han de­sa ta do fuerzas prácticamente incontrolables. Primera y principal, el proceso de globalización. No queda muy claro en el libro qué es lo que debe entenderse por tal. Como gran parte de la producción editorial reciente, el volumen recoge una serie de conferencias y artículos de ocasión cuya unidad interna es escasa; son, además, y por necesidad, trabajos de trazo muy grueso que sobrevuelan una gran cantidad de fenómenos y pierden el detalle: vamos, que, como Google Earth, ofrecen mejor los datos de conjunto que lo que se halla a ras de suelo. En ocasiones, globalización parece referirse al crecimiento vertiginoso «de empresas privadas trasnacionales que se empeñan en vivir al margen de las leyes estatales y de los impuestos del Estado» (p. 25) y a «las desigualdades a que ha dado lugar […] el libremercado y que han aumentado a un ritmo exponencial» (p. 32), en fin, a la expansión de un capitalismo desbocado tal y co mo, según se dice, lo defiende el neo li beralismo. Un poco más allá parece que el busilis de la globalización se halla en otra parte, en «el desplazamiento del centro de gravedad de la economía mundial, que ha pasado de la región que limitaba con el Atlántico Norte a diferentes puntos de Asia» (p. 28). Posiblemente ambas cosas suceden, pero difícilmente pueden caber en el mismo concepto, pues su relación es bastante más compleja y contradictoria de cuanto aquí se mantiene. Se trata de peras en un caso y de manzanas en el otro, y ambas clases de fruta no tienen el mismo sabor ni la misma textura, aunque eso no parece preocupar mucho a Hobsbawm. Lo que cuenta es mentar la bicha ante una parroquia que aborrece calentarse los cascos: la globalización es culpable.
¿De qué? Del caos. Estamos ante una reversión a la barbarie que resulta de la pérdida de legitimidad de los Estados en su monopolio de la fuerza y de la pleamar de violencia política que la ha acompañado. El crecimiento de la última ha sido constante. Desde los años sesenta se han dado tres brotes principales de violencia. El primero se presentó como un neoblanquismo rejuvenecido, grupos pequeños y elitistas que trataban de derrocar regímenes o imponer su nacionalismo separatista mediante acciones armadas (la Rote-Armee-Fraktion (RAF) en Alemania, las Brigadas Rojas italianas, ETA, los montoneros argentinos). Salvo en el caso del IRA en el Ulster, sus miembros procedían de las clases medias y carecían de apoyo popular. A finales de los años ochenta se inició otra oleada terrorista entre grupos provenientes del seno de Estados fracasados (al-Fatah, Hamás, Hizbollah, los Tigres Tamiles). A diferencia de los anteriores, algunos de estos movimientos lograron recabar apoyo entre la población y convertirla en una cantera de reclutamiento permanente. Parte de sus seguidores ha practicado el terrorismo suicida y el asesinato político. La tercera fase se inició con el nuevo siglo y está resultando la más sistemática y global, con un movimiento terrorista sin fronteras cuyo modelo, por el momento, lo representa al-Qaeda. Las nuevas organizaciones terroristas, al igual que los neoblanquistas, no se interesan demasiado por conseguir apoyos masivos. Prefieren actuar en y para pequeños grupos y, en general, sus activistas tienen una educación formal superior a la media. No es posible establecer previsiones generales sobre su comportamiento futuro, pero indudablemente todas estas formas de violencia política han mermado la anterior superioridad de los aparatos estatales en el uso de la fuerza.
El caos remite también a una creciente pérdida de legitimidad por parte de los Estados. Hay síntomas claros. Por ejemplo, Gran Bretaña o España han tenido difícil erradicar los brotes de violencia armada del terrorismo separatista. Por ejemplo, cada vez se hace más impensable la noción de un ejército de ciudadanos y, más en general, la disposición a acatar el poder del Estado. Para Hobsbawm, la verdadera raíz de todo ello se halla, como es fácil de imaginar, en el neoliberalismo que acompaña a la globalización. Los partidarios del consenso de Washington defienden, «con más convicción teológica que pruebas históricas» (p. 109), que todo servicio se puede prestar mejor por el mercado. Pero este neoliberalismo «no es un complemento de la democracia liberal, sino una alternativa a este sistema. De hecho, es una alternativa a todo tipo de política» (p. 110), en la medida en que bastaría estudiar los mercados para hacer lo que tradicionalmente ha hecho la política: averiguar los deseos de la ciudadanía. ¿Es ciertamente así el neo li be ra lis mo o estamos ante otra hamburguesa triple destinada a hacer salivar a los congregantes?
Hobsbawm sigue donde soliera: en el marxismo de sus años mozos. Su narrativa no es otra que la de la contraposición entre el burgués y el ciudadano que aprendiera en Marx. Donde aparece uno no puede crecer el otro. No deja de ser gracioso que, con semejante bagaje monofisita, Hobsbawm achaque a los neoliberales un escaso respeto por la historia. Al cabo, no fue la teología neoliberal, sino la implosión de su fracaso lo que hundió a los sistemas colectivistas nacidos al calor de la revolución soviética o impuestos por la Unión Soviética en la posguerra mundial. No hay que abonar en ninguna cuenta de ascetas o místicos el crecimiento de la productividad americana en los años noventa. Tampoco se produjeron por un ensalmo las privatizaciones, el desarrollo del comercio internacional y la apertura de la economía a las inversiones extranjeras y al turismo internacional que han permitido a China, y posiblemente se lo permitirán a India, salir de su estancamiento económico anterior, asegurado por décadas de economía planificada. Sin duda, algunas políticas formuladas sobre la base del librecambismo han sido ineficaces o poco defendibles, pero hasta el momento sus logros lo colocan por encima de las fórmulas alternativas que nunca se explayan más allá de «otro mundo es posible».Hobsbawm, al cabo, se encela en una pirueta aún más difícil. Como el apoyo a los gobiernos del día tiene muchas fisuras en las sociedades democráticas, ahí la emprende con lo de su deslegitimación creciente. Eso es una exageración difícil de sustanciar y las pruebas que ofrece son bastante endebles. Si los regímenes democráticos tienen dificultades para acabar con los brotes de violencia política se debe a que tienen vedado el uso de procedimientos expeditivos que otros regímenes autoritarios emplean sin remilgos. Hay diferencias entre el trato recibido por los terroristas en el Ulster o en el País Vasco y el que les han dado en Chechenia y en Rusia. Pero Hobsbawm hace poco caso de esas pequeñeces. Con el ánimo totalizador que ha caracterizado a bolcheviques y estalinistas, con los que nunca ha roto, oscurece la diferencia entre deslegitimación y resistencia a políticas impopulares. Negarse a combatir en Vietnam o manifestarse contra la guerra en Irak no equivale a renegar de la democracia ni, si se tercia, de la defensa del propio país. Si el 12 de septiembre de 2001 hubiera habido un enemigo identificable, muchos jóvenes estadounidenses se hubieran alistado para combatirlo, o hubieran entendido que se les llamase a filas. El problema, pues, no son los déficits de legitimación, sino si las democracias pueden resistir y corregir las equivocaciones de sus dirigentes mejor que otros sistemas. Justamente para eso tenemos medios de comunicación independientes y, sobre todo, elecciones. Llegados a este punto, Hobsbawm, empero, se arranca con la petenera del abstencionismo, arrimando el número de los no votantes en algunos países o en algunas contiendas electorales para asar la sardina de la deslegitimación y concluir que todos han dejado de creer en el sistema. Si para hacerlo hay que meter en el mismo saco a quienes no creen en ningún procedimiento electoral, a los efectivamente desafectos del sistema, a los que están tan satisfechos con la marcha de las cosas que no ven razones para hacer valer su opinión y a quienes les sale por una higa la composición del parlamento europeo, métaseles.
Más preocupantes que las alegrías con que conduce su diagnóstico sobre la deslegitimación, sin embargo, lo son las malas mañas de repartir equitativamente las pretendidas culpas de la misma entre todos los actores. Así, Hobsbawm escribe que «tanto el imperio del bien como el imperio del mal han hecho que nuestra época regrese a la barbarie» (p. 126); o que la «degeneración patológica en violencia política afecta tanto a los insurrectos como a las fuerzas estatales» (p. 137). Los yihadistas y los muertos de las Torres Gemelas o en los atentados de Bali, Londres, Madrid y un largo etcétera; los mártires suicidas de Hamás y Hizbollah y sus involuntarios martirizados; Daniel Pearl y Khalil Sheik Mohammed, que se jactaba de haberlo decapitado por su propia mano; los asesinos etarras y la policía o el gobierno español: todos son culpables, es decir, a todos les asiste un adarme de razón. Tanto cuajo salomónico no desdice del maniqueísmo del actual presidente estadounidense, aunque en ocasiones lo aventaje. Mantener que «en la actualidad, el mayor peligro de guerra nace de las ambiciones globales de un gobierno en Washington que es incontrolable y aparentemente irracional» (p. 39) no deja espacio para muchos matices.
En el mundo de Hobsbawm, pues, no caben los no daltónicos que dudan de que la lucha contra el terrorismo islamista sea una guerra; o que reclaman que los terroristas no sean sometidos a interrogatorios por «procedimientos alternativos», según la desvergonzada expresión del presidente Bush para no llamar a la tortura por su nombre; o que exigen para ellos un juicio justo; o que demandan el cierre de Guantánamo sin por ello condonar los argumentos de los enemigos de la democracia ni creer que ésta se halle a punto de desaparecer en Estados Unidos. La opinión pública americana ha empezado a cambiar tras la congelación sobrevenida con la brutal sorpresa del 11-S y con el fiasco de Irak; los tribunales han obligado ya al gobierno a rectificar algunos aspectos de la doctrina Bush; hay razones para pensar que el decorado actual será sustituido cuando lleguen las elecciones en 2008.
El mundo de este siglo XXI plantea, excusado es decirlo, problemas muy complejos. Tiene razón Hobsbawm cuando señala el desequilibrio entre la creciente interconexión económica y los instrumentos políticos para regularla. Los mercados globales carecen de una policía global que imponga reglas de juego aceptables para todos. Ni el actual mecanismo de Naciones Unidas funciona, basado como lo está en una ficticia igualdad de todos sus Estados miembros; ni la actual administración estadounidense puede imponer unilateralmente sus soluciones; ni la política exterior de la Unión Europea parece que exista más que para los paños calientes. Hasta aquí no hay problemas en concordar con Hobsbawm, pero la entente se acaba cuando propone sus remedios. Ni hay que desesperar del futuro de la democracia, ni es menester arrojar la globalización por la borda. En realidad, si algo cerró lo que Hobsbawm ha llamado el corto siglo XX no fue el fin de la revolución soviética, sino la generalización del capitalismo. Todo eso de que su expansión traerá conflictos armados y de que la democracia no está capacitada para encauzarlos, aunque no imposible, es pura farfolla para ocultar la inexistencia presente de alternativas creíbles. Pero, francamente, el tiempo de consignas milenaristas tipo «socialismo o barbarie» había pasado mucho antes de que desapareciera la Unión Soviética, por más que Hobsbawm aún la evoque enternecido por la nostalgia.

DE LOS AMIGOS NOS GUARDE DIOS

Hay tal sequía de esos llamados intelectuales moderados en el Oriente Próximo que uno piensa si no puede deberse a que, como El Pensamiento Navarro, no son más que un oxímoron. Así que, en cuanto aparece lo que podría ser una excepción a la regla, las editoriales se despepitan por publicarles. Con frecuencia, sin embargo, lo de la moderación no es mucho más que una coartada para que las almas bellas puedan seguir comiendo cuscúso baba ganoush sin penar por ello o, al menos, uno no encuentra otra explicación para la publicación de un libro como el de Georges Corm, que tiene más trampas que las películas del añorado Dr. Fu Manchú.
La cosa comienza con un quite historiográfico en el que Corm muestra su radical desacuerdo con las tesis de François Furet y sus discípulos sobre la Revolución Francesa. De seguir esto así, piensa uno, más valdría pasar el libro a un especialista en historia gabacha. Pero, en realidad, el gambito es un mezze libanés, vamos, una tapita para abrir boca, porque la desazón de Corm es de índole más general o nomotética. Al igualar revolución y terror, Furet y su escuela no hicieron otra cosa que devaluar el legado liberador de los revolucionarios y, con él, el del Siglo de las Luces. De paso, arramblaron con el marxismo, al fin y al cabo, hijo primogénito de la Ilustración. Y en el mismo envite trataron de llevarse por delante todo lo que de valioso hubo en las revoluciones que siguieron a la francesa en la Rusia soviética, en la China maoísta, y en la mayor parte de los países del Tercer Mundo. Imaginamos que en esta última basca se incluye también a la Camboya de Pol Pot.
Hasta esta revisión de la historia, «desde hacía casi dos siglos, los valores “progresistas” y principalmente no religiosos (por no decir plenamente “laicos”) habían prevalecido […] para lo peor (como la colonización realizada en nombre del “progreso” por las potencias europeas) y para lo mejor (como la descolonización impulsada por Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial). A partir de los años ochenta, en cambio, se firmará un nuevo consenso […] entre las nuevas élites intelectuales» (pp. 48-49) que ahora recurren a la religión para dar legitimidad a un programa político que carecería de ella si se aplicasen los cánones ilustrados. En el fondo, se trata de volver al racismo, al esencialismo y al colonialismo que han marcado la cultura occidental de los dos siglos pasados.
Uno tiene que agradecerle a Corm que le haga sentirse rejuvenecer. Cuando empecé mis correrías académicas como profesor de Filosofía del Derecho, el catedrático que me acogió bajo sus alas nos tentaba, como hoy tientan algunos de sus discípulos a otros jovencitos igualmente desavisados, con un mundo igual al de Corm: el de la verdad como dieta mediterránea. Conviene comer de todo porque si, como en la dieta Atkins, nos vedamos los carbohidratos, acabaremos por poner en peligro nuestra salud. Y lo resumía así con cita de Tagore: «Si cierras la puerta a todos los errores, dejarás fuera a la verdad». Hermoso, ¿no? El paso de los años, empero, le enseña a uno que si, efectivamente, en casi todo puede haber una almendra saludable, no puede separársela a voluntad del resto. Las proteínas del chuletón van con su grasa y el marisco sube el colesterol. Lamentablemente, otro tanto sucede con los acontecimientos históricos, las instituciones y los sistemas de pensamiento: que no pueden tomarse por partes, sino en su conjunto y con ayuda del análisis coste-beneficio. Así que, por ejemplo, los deseos de los revolucionarios de crear una humanidad nueva (hermoso, ¿no?) hay que juzgarlos a la luz del Gulag, o el empeño cristiano por la bienaventuranza (hermoso, ¿no?) no puede apartarse de las atrocidades de iglesias y sectas. Si, por el contrario, en el supermercado de la historia todos los productos fueran de la misma calidad, no habría en último término razones de peso para rechazar unos y elegir otros. Pero Corm tiene buenos motivos para apuntarse a la estrategia dietética y no es el menor que, con un poco de branding, ésta le permite ahormar soluciones simples para problemas complejos. Así puede pasar luego a cortarle el resuello a la concurrencia con prodigiosos volatines, uno tras otro.
Piruetas las da a montones. En muchos pasajes del libro uno se animaría a gritar «¡la gallina!» con aquel rústico que creía que lo de «vivo sin vivir en mí»era una charada que estaba proponiendo el señor cura. Lamentablemente, no resulta fácil antologizarlos dada la falta de espacio y la abundancia del material. La muestra que sigue, lo juro, no es una excepción, sino la regla. «La modernidad real men te no innova: la necesidad de trascendencia sigue siendo tan virulenta como antes, pero en lugar de fijarse en un dios, en un lazo totémico, se fija en la razón y el espíritu, que producen unos ideales trascendentales cuyos cimientos pondrá Hegel y que van a degenerar, a su vez, en el desprecio a la libertad individual en aras de la tribu convertida en nación, pueblo, clase social o civilización» (p. 124). Hermoso, ¿no? ¡La gallina!
Al cabo, todo este trajín de la anadiplosis a la catacresis, del epifonema a la hipálage, del coro al caño, no es ocioso. ¡Ca! Del oscuro tremedal surge radiante una tesis bastante sencilla. La reaparición de la religión es, según Corm, una prueba, una falacia, una maquinación, un lo que sea (sobre esto no es muy explícito) fabricado por Occidente (tampoco aclara mucho qué es lo que mete ahí) para forzar una guerra de civilizaciones que reponga su dominación sobre el resto del mundo. Es la pulsión totalitaria del fundamentalismo cristiano. De cierto que no es una exclusiva suya. Todas las religiones monoteístas (cristianismo, judaísmo, islam) la conocen por igual, pero no en todas ellas se ha manifestado con la misma intensidad.
El islam nunca ha sido excluyente, pues siempre admitió en su seno a las demás gentes del Libro. «Aunque controvertido, el famoso régimen de la dhimma permitió, en todo caso, gozar de los derechos civiles a los judíos y a los cristianos que vivían en una sociedad musulmana, así como de la libertad de culto» (p. 179)1. Tampoco aparece en él la institucionalización de la autoridad que representaban el papa de Roma o los monarcas de derecho divino. Sin duda, desde el siglo X, el islam sunita acabó con las discrepancias en la interpretación de la sharia, pero esa glaciación no se extendió a la rama chiita.
Entonces, si el islam no ha necesitado del fundamentalismo en sus mejores momentos, ¿a qué se debe su actual encelamiento con él? En realidad, nos dice el autor, el problema no dimana tanto de la religión como de otras causas. A partir de aquí cede el megáfono a los fundamentalistas, sin permitirse apostilla alguna él mismo, para que reproduzcan su memorial de agravios: esas causas son el imperialismo occidental depredador, materialista y opresor; la sumisión de los dirigentes del mundo musulmán a las potencias que se han apoderado de sus riquezas; la laicidad (parece que con esto Corm se refiere a la separación entre religión y política), porque debilita al islam privándolo de su alma; el Estado de Israel. Unas páginas más allá se refiere a que esos movimientos fundamentalistas islámicos han sido objeto de manipulaciones, pero en realidad «no hacen sino expresar un estado de profunda crisis tanto social como cultural» (p. 202). El lector, empero, se quedará a la luna de Valencia esperando que le expliquen en qué consiste la tal crisis desencadenante del conflicto entre religiones.
¿Nos llevará la llamada guerra de civilizaciones entre estos dos fundamentalismos (en realidad son tres, pues Corm se refiere continuamente también al judío, aunque, en definitiva, crea que está enrolado en la misma causa antimusulmana que el cristiano) a una guerra cruenta en este siglo? Los tambores que la anuncian no suenan tan lejanos, pues la retórica tremendista del presidente Bush ha sido asumida hasta por Naciones Unidas. ¿Podrá evitarse?
Cerca de mi casa en Filadelfia tiene su oficina un agente inmobiliario indio, pacifista y ecuménico que despliega en su zaquizamí un collage de familia donde aparecen revueltos Reagan, Thatcher, Castro, Jomeini, Juan Pablo II, el Che, Gadafi, Gorbachov, Kennedy, Mao y otros próceres de antiguo pelaje (el cartel tiene ya sus años, como lo deja ver su color desvaído) que saludan risueños a la andanada de sol. En el restaurante Aquí está Coco en Santiago de Chile, cuando corrían tiempos mejores para el general, su dueño hizo pintar un fresco parecido con el detallazo de incluir a Pinochet. El proyecto de Corm es similar, con las adiciones correspondientes: la del ex presidente iraní Mohamed Khatami y la de José Luis Rodríguez Zapatero, el presidente del gobierno español, que han propuesto una alianza de civilizaciones como el mejor antídoto contra su guerra. La verdad, tranquiliza que alguien de la talla intelectual de Corm se la tome en serio, pues uno, tal vez malicioso en exceso, había pensado que sólo pudo originarse en una tertulia de casino de provincias después de que su autor mojase la punta del veguero en el quinto carajillo bien cargado de Havana 7, mirase jaquetón a la concurrencia y espetase: «Esto de la guerra de civilizaciones lo arreglaba yo en cinco minutos».

1. Desde distintas perspectivas, ni Bat Ye’Or (Le Dhimmi: Profil de l’opprimé en Orient et en Afrique du Nord después la conquête arabe,Paris, Anthropos, 1980; Islam and Dimmhitude: Where Civilizations Collide,Madison, Fairleigh Dickinson University Press, 2003), ni Bernard Lewis (What Went Wrong: The Clash between Islam and Modernity in the Middle East, Nueva York, Harper Perennial, 2003), ni Serafín Fanjul (Al-Andalus contra España: La forja del mito, Madrid, Siglo XXI, 2000; La quimera de al-Andalus, Madrid, Siglo XXI, 2004), comparten el optimismo de Corm. 
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The Seduction of Unreason: The Intellectual Romance with Fascism from Nietzsche to Postmodernism
By Richard Wolin

* Publisher:   Princeton University Press
* Number Of Pages:   400
* Publication Date:   2004-03-01
* ISBN-10 / ASIN:   0691114641
* ISBN-13 / EAN:   9780691114644

Product Description:

Fifteen years ago, revelations about the political misdeeds of Martin Heidegger and Paul de Man sent shock waves throughout European and North American intellectual circles. Ever since, postmodernism has been haunted by the specter of a compromised past. In this intellectual genealogy of the postmodern spirit, Richard Wolin shows that postmodernism’s infatuation with fascism has been widespread and not incidental. He calls into question postmodernism’s claim to have inherited the mantle of the left–and suggests that postmodern thought has long been smitten with the opposite end of the political spectrum.

In probing chapters on C. G. Jung, Hans-Georg Gadamer, Georges Bataille, and Maurice Blanchot, Wolin discovers an unsettling commonality: during the 1930s, these thinkers leaned to the right and were tainted by a proverbial “fascination with fascism.” Frustrated by democracy’s shortcomings, they were seduced by fascism’s grandiose promises of political regeneration. The dictatorships in Italy and Germany promised redemption from the uncertainties of political liberalism. But, from the beginning, there could be no doubting their brutal methods of racism, violence, and imperial conquest.

Postmodernism’s origins among the profascist literati of the 1930s reveal a dark political patrimony. The unspoken affinities between Counter-Enlightenment and postmodernism constitute the guiding thread of Wolin’s suggestive narrative. In their mutual hostility toward reason and democracy, postmodernists and the advocates of Counter-Enlightenment betray a telltale strategic alliance–they cohabit the fraught terrain where far left and far right intersect.

Those who take Wolin’s conclusions to heart will never view the history of modern thought in quite the same way.

Summary: When extremes meet
Rating: 5

Richard Wolin is Distinguished Professor of History at the City University of New York and his THE SEDUCTION OF UNREASON is a captivating read. Against a historical background, he posits two modern interludes; one on the German New Right and one on its French counterpart. Putting things in perspective, Wolin reflects on the roots of contemporary postmodern, and sometimes reactionary, thinking. In the 1930’s the Left began to adopt some of the ideas traditionally associated with the Right. The expression “les extremes se touchent” gained credibility, giving room to the oxymoronic terming of Bataille’s “Left Fascism.” After World War II Nietzsche and Heidegger, with their critique of reason and democracy, became the intellectual idols of the French Left. Wolin dubs this counterintuitive phenomenon “left Heideggerianism.” With the collapse of state socialism and the coming down of the Berlin Wall in 1989, yet again voices from the left began to coincide with traditionally reactionary appeals to Nation, “Volk”, and Identity. The Enlightenment twin-concept of reason and progress became the punchbag of the day. This book is largely about this “problematic right-left synthesis.”
In a critical review, the late Richard Rorty argued that Wolin, although his heart is in the right place, has a hard time separating a philosopher’s moral character from his teachings; any thinker who has displayed either hypocrisy or self-deception is unlikely to have any ideas worth adopting. Although Wolin “protests that his book is not an exercise in guilt-by-association”, this is according to Rorty actually pretty close to the mark (The Nation 2004). This is, however, not fair. Firstly, what Wolin says appears on p.301 and is a reference to Heidegger’s catchphrase “reason is the most stiff-necked adversary of thought” as being a philosophical inspiration for a postmodern worldview. Even if this can lead to conceptual confusion and postmodernists can assume a variety of political hues, “they are hardly `fascists’.” Secondly, on page 62 Wolin states that “Nietzsche’s status as a prophet of the twentieth century should neither be exaggerated nor sidestepped”, and “one can be both a towering writer and thinker a n d a fascist – or, in Nietzsche’s case, a protofascist. This lesson challenges our customary notions of intellectual greatness which makes it all the more worth contemplating.” Furthermore, in the first sentence of his preface to “The Heidegger Controversy” from 1991, Wolin characterizes Heidegger as “probably the century’s greatest philosopher.” This conundrum has puzzled philosophers and laypersons alike: how can otherwise brilliant minds be seduced by crude politics?
Rather than “digging up the dirt” on famous European thinkers, Richard Wolin critically addresses the philosophical underpinnings of political thought. As a book reflecting on the political inclinations of a range of thinkers, including Jung, Freud, Schmitt, Blanchot, Derrida, and Habermas, it serves its objective admirably. Written in an engaging style THE SEDUCTION OF UNREASON is a probing foray into a historical landscape which appears to be as yet not fully explored. It depicts with vivacity a division of thought, the repercussions of which are still with us today.

Summary: very interesting
Rating: 4

It was very interesting and insightful reading about the intellectual origins of fascism, and how parts of the left have ironically adopted them. I especially found the sections about Bataille and Mussolini fascinating.

Summary: The Destruction of Reason and Seduction of Unreason
Rating: 5

This is a wonderful book. Anyone appalled by the trendy popularity of postmodernism for a decade or more, and the devastating impact its preposterous claims for difference, identity, etc., has had on social justice movements for equality, liberty, and solidarity, should go right out and get it–whether or not you’re suffering in a university or on a department full of left-over postmodernists driving BMWs and wearing Gucci while proudly using unintelligible jibberish to impress undergrads and intimidate grad students, perhaps in order to lure them to the boudoir as is so often the case. Wolin does a systematic job walking through the thick forest of postmodernism, taking it right to its personifications, takes them up philosophically and historically, and tracks the cat right back to fascist theory and practice.

With this firmly supportive evaluation as background, I must say it is a shame Wolin rejects Marx in favor of a slippery case for “democracy,” a term losing its meaning as fast as postmodernism is losing its panache. Iraq, Palestine, Afghanistan, the Ukraine, Russia, and of course the US Supreme Court decision in 2000, the emergence of popular fascism around the world puts a problem in the face of those who abstract democracy and treat it as standing above exploitation.

However, other moderate scholars have taken on postmoderism and people need to know about them. Breisach in “The Future of History,” is one, doing an autopsy on postmodernism with great care. Sivanandan, from the left, attacks cultural politics as a mask to reestablish the rule of capital and racism on new grounds.

Wolin’s great contribution, read critically, is to bring the critique of irationalism up to date, to disarm the postmodernists of today and expose their fascist underpinnings. This work, however, has been done before, long before. Cornforth, in “Marxism and the Linguistic Philosophy,” predicted postmodernism, and ripped it up from an unfortunately mechanical stance on Marx.

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Un mundo relativista

El mundo moderno comenzó el 29 de mayo de 1919, cuando las fotografías de un eclipse solar, tomadas en la isla del Príncipe, frente al África occidental, y en Sobral, Brasil, confirmaron la verdad de una nueva teoría del universo. Durante medio siglo había sido evidente que la cosmología newtoniana, fundada en las líneas rectas de la geometría euclidiana y los conceptos de tiempo absoluto de Galileo, necesitaba una revisión importante. Había prevalecido más de doscientos años. Era el marco del Iluminismo europeo, la Revolución Industrial y la vasta expansión del conocimiento, la libertad y la prosperidad de la humanidad que caracterizó al siglo XIX. Pero los telescopios cada vez más poderosos estaban revelando anomalías. Sobre todo, los movimientos del planeta Mercurio se desviaban cuarenta y tres segundos de arco cada siglo, con referencia a su comportamiento previsible de acuerdo con las leyes newtonianas de la física. ¿Por qué?

En 1905 Albert Einstein, un judío alemán de veintiséis años, que trabajaba en la oficina suiza de patentes de Berna, había publicado un trabajo titulado: “Acerca de la electrodinámica de los cuerpos en movimiento”, la que llegó a ser conocida como la Teoría Especial de la Relatividad. Las observaciones de Einstein acerca del modo en que, en ciertas circunstancias, las longitudes parecían contraerse y los relojes aminorar la velocidad de su movimiento, son análogas a los efectos de la perspectiva en la pintura. En realidad, el descubrimiento de que el espacio y el tiempo son términos de medición relativos más que absolutos puede compararse, por su efecto sobre nuestra percepción del mundo, con el empleo inicial de la perspectiva en arte, que sobrevino en Grecia durante las dos décadas, hacia 500-480 a.C.

La originalidad de Einstein, que equivalió a una forma de genio, y a la extraña elegancia de sus líneas argumentales, comparadas por los colegas con una manifestación del arte, suscitaron el interés cada vez más vivo del mundo. En 1907 publicó una demostración de que toda la masa tiene energía, condensada con la ecuación E=mc**2 , considerada por una época ulterior como el punto de partida de la carrera por la bomba A. Ni siquiera el comienzo de la guerra en Europa impidió que los científicos prosiguieran la búsqueda, promovida por Einstein, de una Teoría General de la Relatividad, que abarcara los campos gravitarorios y permitiera una revisión integral de la física newtoniana. En 1915 llegó a Londres la noticia de que Einstein lo había logrado. En la primavera siguiente, mientras los británicos preparaban su vasta y catastrófica ofensiva en el Somme, el documento fundamental atravesó de contrabando por los Países Bajos y llegó a Cambridge, donde fue recibido por Arthur Eddington, profesor de astronomía y secretario de la Real Sociedad de Astronomía.

Eddington difundió el resultado obtenido por Einstein en un trabajo de 1918 destinado a la Sociedad de Física, y titulado: “La gravitación y el principio de la relatividad”. Pero en la metodología de Eistein era esencial la comprobación de sus ecuaciones mediante la observación empírica, y el propio Einstein ideó, con este propósito, tres pruebas específicas. La principal era que un rayo de luz que rozara la superficie del sol debía desviarse 1,745 segundos de arco, dos veces la desviación gravitatoria indicada por la teoría newtoniana clásica. El experimento implicaba fotografiar un eclipse solar. El más próximo correspondía al 29 de mayo de 1919. Antes de la conclusión de la guerra, el astrónomo real, sir Frank Dyson, había conseguido del acosado gobierno la promesa de destinar 1000 libras esterlinas a financiar una expedición que realizaría observaciones en Príncipe y Sobral.

A principios de marzo de 1919, la noche que precedió a la partida de la expedición, los astrónomos conversaron hasta tarde en la noche en el estudio de Dyson, en el Observatorio Real de Greenwich, planeado por Wren en 1675-1676, mientras Newton aún trabajaba en su teoría general de la gravitación. E.T. Cottingham, ayudante de Eddington, que debía acompañarlo, formuló la terrible pregunta: ¿Qué sucedería si la medición de las fotografías del eclipse demostraba, no la deflección de Newton, ni la de Einstein, sino el doble de la deflección de Einstein? Dyson dijo: “En tal caso, Eddington enloquecerá y usted tendrá que regresar solo a casa”. El cuaderno de notas de Eddington señala que en la mañana del 29 de mayo hubo una tremenda tormenta de truenos en Príncipe. Las nubes si dispersaron precisamente a tiempo para el clipse, a la 1.30 de la tarde. Eddington dispuso de sólo ocho minutos para actuar. “No vi el eclipse, porque estaba muy atareado cambiando las placas… Tomamos dieciséis fotografías.” Después, durante seis noches reveló las placas, a razón de dos por noche. Al anochecer del 3 de junio, después de haber dedicado el día entero a medir las placas reveladas, se volvió a su colega: “Cottingham, no tendrá que volver solo a casa.” Einstein había acertado.

La expedición satisfizo dos de las pruebas de Eistein, reconfirmadas por W.W. Campbell durante el eclipse de septiembre de 1922. Hallamos un indicador del rigor científico de Einstein en el hecho de que se negó a aceptar la validez de su propia teoría hasta que la tercera prueba (el “cambio al rojo”) tuvo éxito. “Si se demostrase que este efecto no existe en la naturaleza”, escribió a Eddington el 15 de diciembre de 1919, “sería necesario abandonar la teoría entera”. En realidad, el “cambio al rojo” fue confirmado por el observatorio de Mount Wilson en 1923, y después la comprobación empírica de la teoría de la relatividad se amplió constantemente; uno de los ejemplos más sorprendentes fue el sistema de lentes gravitatorios de los quasares, identificado en 1979-1980. En el momento no dejó de apreciarse el heroísmo profesional de Einstein. Para el joven filósofo Karl Popper y sus amigos de la Universidad de Viena, “fue una gran experiencia, que ejerció duradera influencia sobre mi desarrollo intelectual”. “Lo que me impresionó más fue el claro enunciado del propio Einstein en el sentido de que consideraría insostenible su teoría si no satisfacía ciertas pruebas… Era una actitud completamente distinta del dogmatismo de Marx, Freud, Adler y aún más de sus adeptos. Einstein estaba buscando experimentos fundamentales cuya coincidencia con sus predicciones de ningún modo demostrarían su teoría; en cambio, como él mismo lo señalaría, una discrepancia determinaría que su teoría fuese insostenible. Por mi parte, yo pensaba que ésa era la auténtica actitud científica.”

La teoría de Einstein, y la muy difundida expedición de Eddington con el fin de comprobarla, despertaron enorme interés en todo el mundo a lo largo del año 1919. Ni antes ni después ningún episodio de verificación científica atrajo nunca tantos titulares o se convirtió en tema del comentario universal. La tensió se acentuó constantemente entre junio y el anunio efectivo, durante una nutrida reunión de la Sociedad Real, en Londres, en el sentido de que se había confirmado la teoría. A juicio de A.N. Whitehead, que estaba allí, fue como un drama griego:

Eramos el coro que comentaba el decreto del destino revelado en el desarrollo de un incidente supremo. Había cierta dignidad dramática en la escenografía misma: el ceremonial tradicional, y en el trasfondo la imagen de Newton recordándonos que la más grande de las generalizaciones científicas ahora, por primera vez después de dos siglos, sería modificada… al fin había comenzado una gran aventura del pensamiento.

A partir de ese momento Einstein fue un héroe global, reclamado por todas las grandes universidades del mundo, el imán que atraía a las multitudes dondequiera aparecía; centenares de millones conocieron su rostro de expresión pensativa, y fue el arquetipo del abstraído filósofo de la naturaleza. Su teoría ejerció una influencia inmediata, y calibrarla fue cada vez más difícil. Pero debía ilustrar lo que Karl Popper denominaría más tarde “la ley de la consecuencia involuntaria”. Muchísimos libros trataron de explicar claramente de qué modo la Teoría General había modificado los conceptos newtonianos que informaban la comprensión del mundo en los hombres y las mujeres comunes, y cómo funcionaba. El propio Einstein la resumió así: “En su sentido más amplio, el ‘Principio de Relatividad’ está contenido en el enunciado: la totalidad de los fenómenos físicos tiene un carácter tal que no permite la introducción del concepto de ‘movimiento absoluto’; o, más breve pero menos exacto: No hay movimiento absoluto.” Años más tarde, R. Buckminster Fuller enviaría al artista japonés Isamu Noguchi un famoso cable en que explicaba la ecuación fundamental de Einstein exactamente en 249 palabrasm una obra maestra de síntesis.

Pero a los ojos de la mayoría de la gente, para la cual la física newtoniana, con sus líneas rectas y sus ángulos rectos, era perfectamente inteligible, la relatividad nunca fue más que una imprecisa causa de inquietud.  Se entendía que el tiempo absoluto y la longitud absoluta habían sido derrocados; el movimiento era curvilíneo. De pronto, pareció que nada era seguro en el movimiento de las esferas. “El mundo está desquiciado”, como observó entristecido Hamlet. Era como si el globo rotatorio hubiese sido arrancado de su eje y arrojado a la deriva en un universo que ya no respetaba las normas usuales de medición. A principios de la década de 1920 comenzó a difundirse, por primera vez en un ámbito popular, la idea de que ya no existían absolutos: de tiempo y espacio , de bien y mal, del saber, y sobre todo del valor. En un error quizás inevitable, vino a confundirse la relatividad con el relativismo. [1]

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[1] Del libro: Johnson, Paul. Tiempos Modernos. Javier Vergara Editor. Argentina, 1988.

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Beethoven, a quien se le atribuyen numerosas innovaciones, se convirtió en el profeta del movimiento romántico en la música occidental y así le calificaba E.T.A. Hoffmann (1776-1822), pionero de la literatura romántica alemana. <<La música de Beethoven –escribió– produce sentimientos talaes como el miedo, el temor reverencial, el horror, el sufrimiento, y despierta ese infinito anhelo que es la esencia del romanticismo.>> Con ese anhelo creó Beethoven, el compositor héroe, música clásica para una audiencia que desbordaba con creces los límites de la sala de conciertos. Sus intereses eran públicos como podían serlo los del estadista. La orquesta, el nuevo instrumento de instrumentos, tenía el poder de trascender el mundo de las palabras y de esa forma liberar la música instrumental de la dependencia del estilo vocal.

Fue en la <<música instrumental de Beethoven>> donde Hoffmann escuchó ese <<anhelo infinito>>. La música instrumental era, de hecho, <<la más romántica de las artes –podría decirse que el único arte verdaderamente romántico– pues su tema es el infinito>>. El prolífico escritor romántico alemán Ludwick Tieck (1773-1853) afirmó en 1820 que la música vocal había sido <<sólo un arte destacado>>, pero la música instrumental era <<independiente y libre>>. <<Establece sus propias leyes, improvisa alegremente y sin un propósito específico y, sin embargo, alcanza las cotas más elevadas; simplemente sigue su propio impulso y en ese juego alegre expresa los aspectos más profundos y maravillosos.>>

Beethoven sería adoptado como el héroe, el espíritu santo de los nuevos mundos de la música instrumental. Hector Berlioz (1803-1869), que consideraba a Beethoven su maestro, explica por qué, en las célebres escenas del jardín y el cementerio de su sinfonía dramática Romeo y Julieta (1847), los diálogos de los amantes no son cantados sino que los interpreta la orquesta:

…la razón es que el carácter sublime de este amor hacía que su descripción resultara tan peligrosa para el compositor que tenía que dar a su imaginación una libertad que el sentido positivo de las palabras cantadas no le había permitido, y hubo de recurrir al lenguaje instrumental, un lenguaje más rico, más variado, menos limitado y, por su misma falta de literalidad, incomparablemente más poderoso en tales circunstancias.

También Wagner convendría en 1850 en que la música instrumental contenía <<los sonidos, sílabas, palabras y frases de un lenguaje que podía expresar lo que no ha sido oído, dicho y expresado>>. Justificando una vez más los temores de los primeros filósofos cristianos, la inexistencia de la palabra en la música instrumental la convirtió en vehículo de las mayores extravagancias de los filósofos antirracionalistas alemanes. Arthur Schopenhauer (1788-1860) afirma en su obra El mundo como voluntad y representación (1818) (algunos fragmentos del cual, según decía, le habían sido dictados por el espíritu santo) que la música era la principal fuerza contra la razón, <<no una imagen de la apariencia, o antes bien de la objetivación adecuada de la voluntad, sino una imagen directa de la propia voluntad … la profunda realidad de todo fenómeno>>. Beethoven había creado nuevas formas de esa experiencia trascendente. <<Si no hubiera existido Beethoven –insistía Wagner– nunca habría compuesto mi música como lo he hecho.>>

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El gran logro de Beethoven fue su fortalecimiento de la música instrumental y su descubrimiento de nuevas posibilidades en la orquesta. Pero su<<sinfonía coral>> era un manifiesto de nuevos poderes de creación musical todavía por venir. Aunque existían precedentes de una sinfonía coral, la suya fue la primera obra importante de estas características. Originalmente había proyectado un finale instrumental (sobre un tema que más tarde utilizó en un cuarteto) pero al cabo aprovechó la oportunidad para unir la música de las palabras con la música de los instrumentos. Así, afirmaba también la nueva función pública de la música. Las palabras que eligió hacían referencia a los grandes temas de la época, explicitando su preocupación por la libertad y la hermandad. Escogió las palabras de la <<Oda a la alegría>> (Freude) de Schiller, publicada en 1785, que originalmnete era una <<Oda a la libertad>> (Freiheit), pero que fue modificada por razones políticas. Esta utilización de voces por el gran maestro de la música instrumental es todavía objeto de debate entre los críticos, para algunos de los cuales la palabra de la <<Oda a la alegría>> son un anticlímax, la limitación del <<anhelo infinito>> del que era profeta la música instrumental de Beethoven y para el cual los instrumentos otorgaban libertad al compositor. El retorno de Beethoven a la música de las palabras y su osado maridaje de palabras e instrumentos prefiguraban nuevas formas grandiosas de unión de la voz y la orquesta para crear nuevas naciones. [1]

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[1] Del libro: Boorstin, Daniel J. Los creadores. Crítica, España 2008

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Cuando se hallaba en el cenit de su fama en Viena, a partir de 1802, consiguió mantenerse económicamente sin desempeñar ningún puesto oficial. Sus contratos con los editores musicales le reportaron más beneficios que a Haydn y a Mozart, y además contaba con las aportaciones de mecenas aristócratas que le pagaban por dedicarles sus obras. Viena no le había tratado mal, pero Beethoven siempre conseguía encontrar motivos para la disputa. Tras el concierto que organizó en su propio beneficio en 1808, y en el que se estrenaron la Quinta y la Sexta sinfonías y el Concierto Número 4 para piano, imaginó que se había organizado contra él una conspiración, encabezada por Salieri, el enemigo acérrimo de Mozart. Ultrajado por las <<intrigas, cabildeos y mezquindades de todo tipo>>, amenazó con marcharse de Viena. Aceptaría la invitación del hermano de Napoleón, Jerónimo Bonaparte, que se había entronizado como rey de Westfalia, para que fuera su maestro de música. Redactó entonces un notable documento, que firmaron tres de sus ricos mecenas vieneses, el archiduque Rodolfo, el príncipe Lobkowitz y el príncipe Kinsky. En él figuraban las condiciones que ponía Beethoven para permanecer en la ciudad prestigiando la vida musical de Viena y Austria, su <<segunda patria>>. Como el compositor necesitaba verse libre <<para poder inventar grandes obras>>, Beeethoven exigía seguridad económica para ese momento y para cuando fuera anciano. Recibiría unos emolumentos anuales no inferiores a 4.000 florines, <<considerando el coste anual de la vida>>, y exigía además poder realizar giras <<para acrecentar su fama y conseguir ingresos adicionales>>. Indicaban además su deseo de ser nombrado director musical imperial y que su salario se ajustaría si obtenía el nombramiento. Todos los años dirigiría un concierto de beneficiencia, o al menos contribuiría con una nueva composición para el mismo. Los tres aristócratas que le apoyaban añadieron, generosamente, que si la enfermedad o la vejez le impedían seguir componiendo, Beethoven continuaría recibiendo sus emolumentos. Por su parte, Beethoven aceptaba continuar residiendo en Viena o en alguna otra ciudad de la monarquía austríaca. Este acuerdo, fechado el 1 de marzo de 1809, permaneció en vigor durante el resto de la vida de Beethoven, que sin embargo no tenía preocupaciones económicas.

Pero incluso este acto de generosidad de sus admiradores fue origen de disputas, pues cuando Austria declaró la guerra en abril de 1809, el valor de su moneda descendió un 50 por 100. Entonces, en 1814, cuando Beethoven, ensalzado en Viena por toda la realeza europea, disfrutaba de mayor prosperidad que nunca, insistió en que se revisara su salario para ajustarlo a la inflación. Saldó con éxito sendos procesos contra los herederos del príncipe Kinsky y contra el príncipe Lobkowitz, pero pese a todo continuó manteniendo relaciones amistosas con sus familias. Pero necesitaría más dinero que el que le garantizaban esos emolumentos, pues a la muerte de su hermano Karl adquirió nuevas responsabilidades. Llevado del odio que sentía hacia la esposa de su hermano entabló un larga batalla legal por el control de su débil e infeliz sobrino. El joven intentó suicidarse y finalmente fue enviado al ejército. Entonces, la ciudad de Viena declaró a Beethoven exento de impuestos, pero su pensión se vio reducida como consecuencia de la muerte de uno de sus benefactores y sus problemas económicos aumentaron.

Beethoven no consiguió nunca mantener una relación amistosa con otros intelectuales y artistas. Goethe deseaba conocerle y Beethoven, que admiraba profundamente su obra poética, afirmó: <<Si hay alguien que puede hacerle comprender la música, ese soy yo>>. Su encuentro, que tanto habían deseado, fue una decepción, como escribió Goethe:

Conocí a Beethoven en Teplitz. Su talento me ha impresionado; desgraciadamente se trata de una personalidad arisca y hostil que, aunque no se equivoca al decir que el mundo es detestable, no se esfuerza lo más mínimo por hacerlo más habitable o llevadero, ya sea para sí o para los demás. Su actitud es, por otra parte, muy comprensible e incluso digna de compasión, ya que ha perdido casi por entero el sentido del oído, y esto seguramente le lacera aún más en su naturaleza musical que en la social. Su carácter es lacónico y presumo que con el tiempo se hará aún más escéptico a causa de sus problemas físicos.

Goethe se sintió especialmente irritado por su arrogancia.

Su escasa objetividad para juzgar a las personas le llevó a sentirse fascinado por el atractivo charlatán Johann Nepomuk Mälzel (1772-1838), que se había hecho famoso por su jugador de ajedrez <<mecánico>>, contra el que jugó Napoleón en Viena en 1809, pero que en realidad tenía un hombre en su interior. Inventó el metrónomo, que hizo posible expresar el tiempo musical como un número de compases por minuto. Diseñó también las trompetillas que utilizaba Beethoven para ayudarse en su sordera y un panharmonicon, que imitaba instrumentos de la orquesta mecánicamente. Para dicho panharmonicon, compuso Beethoven su notable Victoria de Wellington o Batalla de la victoria (la Sinfonía de la Batalla), para celebrar la victoria de Wellington sobre los franceses en 1813. Luego Beethoven, también a instancias de Mälzel, la adaptó para la orquesta. Irónicamente, su estreno constituyó un éxito sensacional en Viena en diciembre de 1813, junto con el estreno, menos celebrado, de la Séptima sinfonía. Las interpretaciones posteriores de las dos obras continuaron siendo ensalzadas y resultaron rentables para Beethoven. Aunque el programa se había anunciado como la interpretación de la <<trompeta mecánica de Mälzel con acompañamiento orquestal>> y <<la Victoria de Wellington>> había sido concebida por Mälzel, Beethoven no le concedió mérito alguno, ni le hizo partícipe en absoluto de los beneficios obtenidos gracias a sus repetidos éxitos.

El carácter de Beethoven no se atemperó en absoluto durante los últimos años de Viena. Al parecer, estableció acuerdos económicos poco claros para alguna de sus obras más destacadas. La Missa Solemnis (misa en re), que escribió con ocasión de la entronización de su amigo el archiduque Rudolf como arzobispo de Olmütz (completada en 1823, tres años después), la había prometido a seis editores distintos y finalmente se la vendió a otro.

En 1822 recibió un anticipo de la Philharmonic Symphony Society de Londres para componer la Novena sinfonía, que deseaban ser los primeros en escuchar. En el momento en que terminó la partitura de la Novena sinfonía, en febrero de 1824, Beethoven rechazaba de plano el gusto musical de Viena, pues pensaba que los amantes de la música se habían alejado de la música seria alemana para dejarse seducir por las triviales melodías de Rossini y por la frivolidad de la ópera italiana. Ante el temor de que su sinfonía no fuera bien recibida en Viena, preguntó a sus admiradores berlineses si la misa en re y la Novena Sinfonía podían estrenarse allí. Cuando esto se supo en Viena, trece destacados ciudadanos y mecenas de la ciudad le dirigieron una carta abierta instándole a estrenar las obras en Viena. El grandilocuente memorial le recordaba cuáles debían ser sus lealtades:

…pues aunque el nombre y las creaciones de Beethoven pertenecen a toda la humanidad contemporánea y a todos los países que acogen con sensibilidad el arte, es Austria el país que con mayor razón puede reclamarlos como suyos … Sabemos que una nueva flor brilla en la guirnalda de sus gloriosas y aún no superadas sinfonías … ¡No decepcione por más tiempo las expectativas generales! … ¿Necesitamos decirle hasta qué punto nos ha llenado de aflicción su alejamiento de la vida pública? ¿Necesitamos decirle que en un momento en que todas las miradas se dirigían con ezperanza hacia usted, todos advirtieron con pena que el hombre al que todos estamos obligados a reconocer como el más excelso en su dominio, contemplaba en silencio cómo el arte extranjero se apoderaba del suelo alemán, lugar de honor de una musa alemana, mientras las obras alemanas deleitaban sólo al hacerse eco de las mélodías preferidas de los extranjeros y cuando en el lugar donde han vivido y trabajado los seres más excelsos existe la amenaza de que a la edad dorada del arte siga una segunda infancia del gusto?

Cuando se publicó esta carta y algunos comenzaron a acusar a Beethoven de haberla instigado, el compositor se sintió ultrajado. << Dado que las cosas han seguido este rumbo –estalló en uno de sus cuadernos de conversación– no puede producirme ya placer alguno.>> Pese a todo, y halagado por el contenido de la carta, Beethoven decidió estrenar las obras en Viena. Los cuadernos de conversación registraban su preocupación por todos los detalles. La London Philharmonic Society, que había pagado por la representación, tendría que conformarse con un simple manuscrito.

Durante el estreno de la Novena Sinfonía, que tuvo lugar en Viena el 7 de mayo de 1824, Beethoven, que estaba de espaldas al auditorio, no advirtió los atronadores aplausos hasta que un amigo le tiró de la manga y le hizo volverse para contemplarlos. La policía se había negado a permitir que Beethoven cobrara el precio que consideraba justo por la entrada y los censores objetaron que, de todas formas, la <<música de iglesia>> no se interpretaba en un teatro. A pesar de la tumultuosa recepción, Beethoven se sintió muy insatisfecho por la forma en que habían ido las cosas y <<se hundió>> cuando contempló las cuentas, que sólo le dejaron 420 florines. Durante la cena de celebración que tuvo lugar al terminar el concierto en un elegante restaurante, Beethoven acusó a Schindler de haberle estafado y se marchó con sus invitados. Llegó a su casa lleno de cólera y se acostó vestido. Dos semanas después, tuvo lugar una nueva interpretación en un teatro medio vacío y con pérdidas. [1]

 

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[1] Del libro: Boorstin, Daniel J. Los creadores. Crítica, España 2008

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Las tres primeras audiciones de la Heroica pusieron de manifiesto que la música orquestal y la obra de Beethoven atraían a una audiencia cada vez mayor. Interpretada primero en agosto de 1804 en el palacio del príncipe Lobkowitz, en una sala de tan sólo 28 metros de largo por 8 de ancho, se interpretó de nuevo en el mes de diciembre de ese mismo año en casa de un rico banquero. Luego, en abril de 1805 se interpretó en el Theater an der Wien para una numerosa audiencia de pago. Este espacioso teatro, sitio junto a las murallas de la ciudad, era, según se decía, el más grande del continente. Fue el escenario de los estrenos de La flauta mágica de Mozart y del Fidelio de Beethoven. Funcionarios de la corte subrayaron que la ocasión demostró que la música no atraía únicamente a las <<clases altas y medias>>, sino <<incluso a las clases bajas>>.

Hacia 1798, cuando ya estaba madurando sus talentos compositor, Beethoven, que aún no tenía treinta años, comenzó a verse perturbado por un zumbido en sus oídos, que era el primer síntoma de la afección que dominaría su vida. Su sordera, tal vez consecuencia de un ataque de tifus o de otra grave enfermedad que sufrió hacia 1798, avanzó cada vez más. El 6 de octubre de 1802 escribió desde una aldea situada cerca de Viena su adiós prematuro en una carta dirigida a sus dos hermanos. Esta carta se conocería como el testamento de Heiligenstadt, porque la escribió en la aldea donde esperaba gozar de los sonidos y de las vistas del paisaje, pero donde comprendió que su sordera sería incurable. Después de pedir perdón por parecer <<huraño, retraído e incluso misántropo>>, relataba sus seis años de aflicción, <<atacado por un mal incurable, agravado por la incompetencia de los médicos>>. Ahora estaba seguro de que su sordera era permanente:

Nacido con un temperamento ardiente y vivaz, sensible a los goces de la sociedad, pronto tuve que renunciar a ellos para vivir una vida de reclusión. En ocasiones he tratado de olvidarlo todo. ¡Cuán cruelmente, sin embargo, he sido repelido por la dolorosa experiencia de mi oído defectuoso! Y no me era posible decir a las gentes <<¡hablad más alto, gritad, porque estoy sordo!>>. ¡Ay!, ¿cómo podía yo proclamar la falta de un sentido que debía poseer en más alto grado que ningún otro, un sentido que un tiempo poseí con más agudeza que cualquiera de mis colegas? ¡Ciertamente, no puedo! Perdonádme, por tanto, si me veía retraído, cuando de buen grado estaría entre vosotros.

Cuatro días más tarde escribió un añadido que tenía el tono quejumbroso de una nota que anunciaba el suicidio: <<Sí, esa remota esperanza que traje conmigo de una posible mejora, al menos hasta cierto punto, se ha alejado de mí por completo. Como las hojas del otoño caen heridas a tierra, así la esperanza me ha abandonado definitivamente … incluso el arrogante coraje que frecuentemente me animaba en los cálidos días del verano se ha alejado de mí. “Oh, Providencia, garantízame al menos un sólo día de sincera alegría”>>.

Algunos han querido explicar la profunda agonía de Beethoven por la posibilidad, sobre la que ahora se albergan serias dudas, de que su sordera hubiera sido causada por la sífilis. Su biógrafo, Thayer, parece haber suprimido cualquier prueba <<incriminatoria>>. La primera sugerencia seria al respecto la realizó sir George Grove en la primera edición de su Dictionary of Music and Musicians (1878). La sífilis ayudaría también a explicar la extraña mezcla de actitudes de Beethoven hacia la mujer: su rechazo total a la <<inmoralidad>>, que le indujo a obligar a su hermano Karl a contraer un doloroso matrimonio por razón de las apariencias, sus asuntos amorosos con mujeres de alta alcurnia con las que no podía casarse y (a pesar de que sustentaba la convicción de que el matrimonio era el solaz que necesitaba) su negativa a tomar esposa. Elfrecuente cambio de sus médicos y sus esfuerzos obsesivos para salvar a su sobrino de las tentaciones sexuales se comprenderían mejor si él hubiera sabido que sufría una enfermedad venérea. Tal vez, algunas peculiaridades que atribuimos a su sordera tenían otras causas.

Sin embargo, al teimpo que empeoraba la sordera de Beethoven, aumentaba su talento y sus creaciones eran cada vez más extraordinarias. La sordera progresiva, que le imposibilitó para actuar como un solista de piano o director de orquesta, le forzó a encerrarse en sí mismo y tal vez ello le hizo dedicar todo su talento a componer sus grandes obras. A partir de 1801 aproximadamente, cuando su sordera era ya grave, tuvo que encontrar otras formas distintas de la interpretación para conseguir sus sustento. Al parecer, Mozart se resistió a publicar sus composiciones, pero a Beethoven no le quedaba elección. Durante la mayor parte de su vida productiva, sus ingresos procedieron de la venta de su música, ya para ser publicada o para ser interpretada por otros. Debido a las presiones, se sentía tentado a vender obras que todavía no había escrito o que nunca escribiría y a ofrecer la misma obra a varios compradores. En 1817 se lamentaba de que <<me veo obligado a vivir totalmente de los beneficios de mis composiciones>>. Este hecho ha sido positivo para la posteridad. En efecto, prácticamente toda la música que compuso Beethoven fue impresa durante su vida, y cuando murió eran muy pocos sus manuscritos que no habían sido publicados.

A los profanos, los logros que alcanzó Beethoven a pesar de su sordera les parecen milagrosos, pero los músicos aseguran que un compositor debe ser capaz  de escuchar su música en el <<oído de la mente>>. Sean cuales fueren la explicación o las dificultades, el creador que era Beethoven evolucionó y su música ganó en profunidad y amplitud aun cuando su sordera llegó a ser completa.

Los criticos dividen su obra en tres períodos: <<imitación, exteriorización y reflexión>>. En el primer periodo, desde que se trasladó a Viena hasta aproximadamente 1802, perfeccionó la tradición clásica de Haydn y Mozart, y produjo algunas de sus sonatas más perdurables (entre ellas la Patética), los Cuartetos del opus 18 y sus dos primeras sinfonías. En el segundo periodo comenzó a aflorar su singular talento, desde la Tercera (Heroica) hasta la Octava sinfonías, la ópera Fidelio y las oberturas Leonora. En los años más gloriosos de su fama, a partir de 1815, produjo menos obras. Todas ellas son fruto de un largo trabajo y algunas son de extraordinaria sutileza y grandiosidad, como las últimas cinco sonatas para piano, la Missa solemnis, las Variaciones Diabelli y la Novena sinfonía. Parece que cuando murió, en 1827, proyectaba una Décima sinfonía.

Nada podía haber contribuido más intensamente a dar una dimensión heroica de Beethoven que su sordera. Como él mismo explicó, su enfermedad le obligó a aislarse dentro de sí mismo. Sus <<cuadernos de conversación>> constituyen un extraño testimonio documental de su aislamiento. Sorprendentemente, la sordera de Beethoven facilitaría a la posteridad la crónica más íntima de unas conversaciones de una persona que se poseen antes de que existiera el magnetófono. No tenemos un registro  tan abundante, detallado y variado de las <<conversaciones>> cotidianas de ningún otro artista. Para comunicarse con la demás personas –parientes, amigos, editores y visitantes– tuvo que recurrir cada vez más, a medida que progresaba su sordera, a utilizar cuadernos de notas en los que la otra persona escribía preguntas u observaciones. Cuando no tenía a mano uno de esos <<cuadernos de conversación>>, utilizaba una pizarra o una hoja de papel, o recurría a los gestos.

A su muerte, su heredero, Stephan von Bruening, heredó 390 de esos cuadernos. Von Bruening se los entregó a Anton Schindler, que fue devoto sirviente, secretario, alumno y compañero de Beethoven durante sus últimos diez años de vida. Schindler los utilizó para escribir su voluminosa biografía hagiográfica, que fue publicada finalmente en 1860. Una vez los hubo utilizado para sus propósitos, en 1846 los vendió a la Biblioteca Prusiana Real en Berlín, señalando que Beethoven había expresado el deseo de que fueran accesibles a todo el mundo. Pero no entregó los 390 cuadernos de conversación, sino tan sólo 126. Cuando el bibliotecaria le preguntó por los 246 restantes, Schindler explicó que había destuido algunos de ellos porque no contenían nada importante, y otros porque resultaban comprometedores desde  el punto de vista político, pues había en ellos <<duros ataques contra personas que ocupan los más altos cargos>>. Parece más probable que Schindler los destruyera para ocultar hechos negativos de la vida privada de su ídolo u obersvaciones poco edificantes sobre él. Por razones obvias, esta crónica íntima, que abarca fundamentalmente los nueve últimos años de la vida de Beethoven, es un documento cuya información está fuertemente sesgada. Beethoven era un conversador animado y gustaba de expresar sus opiniones. En estos cuadernos de conversación encontramos sobre todo las palabras de sus interlocutores y sus respuestas a las preguntas del compositor. Cuando él escribía algo en los cuadernos era para hacer una observación, cuando creía que alguien más estaba escuchando lo que decía, cuando hablaba con otra persona sorda o para expresar el sentimiento –frecuente– de haber sido ultrajado. Pero gracias a estos cuadernos nos es posible conocer sus conversaciones cotidianas, lo que cobraba por sus composiciones, los preparativos de los conciertos, sus quejas por el precio o la calidad de los alimentos o del alojamiento, sus gustos en cuanto a la lectura, sus opiniones, sus problemas digestivos, los comentarios de su rebelde sobrino, los menús que preparaba el ama de llaves y muchos otros detalles triviales.

Quienes le visitaban se sentían impresionados por el aspecto desaseado de Beethoven y de su hogar. Apenas acababa de mudarse a un apartamento cuando lo abandonaba para tomar otro. Su biógrafo, Thayer, menciona más de sesenta residencias distintas desde 1800. Cuando en 1822 le visitó Carl Maria von Weber, vio en el suelo partituras de música, dinero y prendas de vestir, la ropa de la colada apilada en una cama sucia sin hacer, el gran piano totalmente cubierto de polvo y un juego de café descascarillado sobre la mesa. Rossini, cuya obra el Barbero de Sevilla era muy admirada por Beethoven, fue invitado a visitarle en 1822. Más tarde le contó a Wagner sus impresiones: <<La visita fue breve. Esto se comprende porque una parte de la conversación se desarrollaba por escrito. Le expresé toda mi admiración por su talento y mi gratitud por haberme dado la oportunidad de expresarla. Me contestó con un profundo suspiro y estas simples palabras: “un infelice”>>. El descuido personal, observó John Russell hacia 1820, le daba <<un aspecto un tanto salvaje. Sus rasgos son marcados y prominentes; sus ojos están llenos de una violenta energía; su cabello, que ni el peine ni las tijeras parecen haber tocado durante años, cubre su amplia frente en una cantidad y confusión que induce a pensar en las serpientes que se enrollan en la cabeza de una Gorgona>>.

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[1] Del libro: Boorstin, Daniel J. Los creadores. Crítica, España 2008