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Descarga: Alfredo López Austin, “La Constitución Real de México-Tenochtitlan” (1961)

 

Incluye bibliografía. El autor trata de reconstruir, dentro de la dinámica de la evolución histórica, lo que llama constitución real de los aztecas, con esto se refiere a la suma de factores sociales, económicos, y religiosos que originaron la organización estatal. Dedica buena parte de su estudio al análisis histórico de la evolución política de México-Tenochtitlán.

 

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Alfredo López Austin-La Constitución Real de México-Tenochtitlan-Universidad Nacional Autónoma de México (1961)

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Algunas ideas en torno a la raza cósmica de Vasconcelos

Es interesante notar que la raza cósmica que profesaba Vasconcelos no se construye sobre la idea de pureza sino que, contrariamente, se trata del surgimiento del mestizaje.

 

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José Vasconcelos_La Raza Cósmica

¿La escritura es el origen de la explotación y el imperialismo?

Extracto del libro ‘Tristes trópicos’, por Claude Levi-Strauss:

Capitulo 28. LECCIÓN DE ESCRITURA

Yo quería darme cuenta, aunque sólo fuera aproximadamente, de la cifra de población nambiquara. En 1915 Rondón la había calcu­lado en 20 000, lo cual me parece exagerado; pero en esa época las bandas alcanzaban varios cientos de miembros, y todas las indica­ciones recogidas en la línea sugerían una rápida declinación: hace treinta años, la fracción conocida del grupo sabané comprendía más de mil individuos; cuando el grupo visitó la estación telegráfica de Campos Novos en 1928, se recensaron 127 hombres, más las mujeres y los niños. En noviembre de 1929, sin embargo, se declaró una epide­mia de gripe cuando el grupo acampaba en el lugar llamado Espirro. La enfermedad evolucionó hacia una forma de edema pulmonar v murieron 300 indígenas en 48 horas. Todo el grupo se desbandó, dejando atrás a los enfermos y moribundos. De los 1000 sabané antaño conocidos, en 1938 sólo subsistían 19 hombres con sus muje­res y niños. Para explicar esas cifras quizás haya que agregar que los sabané se pusieron en guerra hace algunos años contra ciertos vecinos orientales. Pero un grupo grande, instalado no lejos de Tres Buritis, fue liquidado por la gripe en 1927, salvo seis o siete personas de las cuales sólo vivían tres en 1938. El grupo tarundé, antaño uno de los más importantes, contaba con doce hombres (más las mujeres y los niños) en 1936; de esos doce hombres, en 1939 sobrevivían cuatro.

¿Qué era de ellos en la actualidad? Apenas más de dos mil indí­genas, sin duda, dispersados a través del territorio. No podía pensar en un recensamiento sistemático a causa de la hostilidad permanente de ciertos grupos y de la movilidad de todas las bandas durante el período nómade, pero intentaba convencer a mis amigos de Utiarití que me llevaran a su aldea después de haber organizado allí una especie de encuentro con otras bandas, parientes o aliadas. De esa manera podría estimar las dimensiones actuales de un conjunto y compararlas en valor relativo con las que se habían observado prece­dentemente. Prometía llevar regalos y hacer intercambios. El jefe de la banda titubeaba: no estaba seguro de sus invitados, y si mis compañeros y yo mismo desaparecíamos en esa región donde ningún blanco había penetrado después de la muerte de siete obreros de la línea telegráfica en 1925, la paz precaria que allí reinaba corría el riesgo de verse comprometida por mucho tiempo.

Finalmente aceptó con la condición de reducir nuestro equipaje: sólo usaríamos cuatro bueyes para llevar los regalos. Aún así, debe­ríamos renunciar a las rutas habituales, en los fondos de valles tapa­dos por la vegetación, por donde los animales no pasarían. Iríamos por la meseta, siguiendo un itinerario improvisado para el caso.

Ese viaje, muy arriesgado, se me aparece hoy como un episodio grotesco. Apenas acabábamos de dejar Juruena, cuando mi cama-rada brasileño notó la ausencia de las mujeres y de los niños: sólo los hombres nos acompañaban, armados de arcos y flechas. En la literatura de viaje, tales circunstancias anuncian un ataque inmi­nente. Así pues, avanzábamos presa de sentimientos confusos, com­probando de tanto en tanto la posición de nuestros revólveres Smith y Wesson (nuestros hombres pronunciaban «Cemit Veshton») y de nuestras carabinas. Vanos temores: hacia la mitad del día encontra­mos al resto de la banda, que el jefe previsor había hecho partir la víspera sabiendo que nuestras muías irían más rápidamente que las mujeres, cargadas con su cuévano y retardadas por la chiquillería.

Sin embargo, poco después los indios se perdieron: el nuevo iti­nerario era menos simple de lo que sospechaban. Hacia la noche hubo que detenerse en el matorral; nos habían prometido caza; los indígenas contaban con nuestras carabinas y no habían traído nada; nosotros sólo llevábamos provisiones de emergencia que era impo­sible repartir entre todos. Una tropa de ciervos que pastaba al borde de una fuente huyó cuando nos acercamos. A la mañana siguiente reinaba un malestar general, cuyo centro era sobre todo el jefe, con­siderado responsable de un asunto que habíamos combinado juntos, él y yo. En vez de emprender una expedición de caza o de recolec­ción, todos decidieron acostarse a la sombra de los cobertizos; se dejó al jefe solo para que descubriera la solución del problema. Este desapareció acompañado de una de sus mujeres; hacia la noche se los vio volver, con sus pesados cuévanos llenos de langostas que ha­bían recogido durante todo el día. Aunque el puré de langostas no sea un plato muy apreciado, todo el mundo comió con apetito y volvió a su buen humor. Al día siguiente retomamos la marcha.

Finalmente alcanzamos el lugar de la cita. Era una terraza are­nosa que dominaba un curso de agua bordeado de árboles entre los cuales se escondían las huertas indígenas. Intermitentemente iban llegando grupos. Hacia la noche había allí 75 personas, que repre­sentaban 17 familias agrupadas bajo trece cobertizos apenas más sólidos que los de los campamentos. Me explicaron que, en el mo­mento de las lluvias, toda esa gente se repartiría entre cinco chozas redondas construidas para durar algunos meses. Muchos indígenas parecían no haber visto jamás un blanco; su saludo avinagrado y la nerviosidad manifiesta de su jefe sugerían que éste en cierta medida los había obligado. No estábamos tranquilos y los indios tampoco. La noche se anunciaba fría. Como no había árboles, nos vimos obli­gados a acostarnos en el suelo a la manera nambiquara. Nadie dur­mió: pasamos la noche vigilándonos amablemente.

Hubiera sido poco prudente prolongar la aventura, e insistí ante el jefe para que se procediera cuanto antes a los intercambios. Aquí se ubica un extraordinario incidente que me obliga a volver un poco atrás. Se sospecha que los nambiquara no saben escribir; pero tam­poco dibujan, a excepción de algunos punteados o zigzags en sus calabazas. Como entre los caduveo, yo distribuía, a pesar de todo, hojas de papel y lápices con los que al principio no hacían nada. Después, un día, los vi a todos ocupados en trazar sobre el papel líneas horizontales onduladas. ¿Qué querían hacer? Tuve que ren­dirme ante la evidencia: escribían, o más exactamente, trataban de dar al lápiz el mismo uso que yo le daba, el único que podían con­cebir, pues no había aún intentado distraerlos con mis dibujos. Para la mayoría, el esfuerzo terminaba aquí; pero el jefe de la banda iba más allá. Sin duda era el único que había comprendido la función de la escritura: me pidió una libreta de notas; desde entonces, esta­mos igualmente equipados cuando trabajamos juntos. El no me comunica verbalmente las informaciones, sino que traza en su papel líneas sinuosas y me las presenta, como si yo debiera leer su res­puesta. El mismo se engaña un poco con su comedia; cada vez que su mano acaba una línea, la examina ansiosamente, como si de ella debiera surgir la significación, y siempre la misma desilusión se pinta en su rostro. Pero no se resigna, y está tácitamente entendido entre nosotros que su galimatías posee un sentido que finjo descifrar; el comentario verbal surge casi inmediatamente y me dispensa de recla­mar las aclaraciones necesarias.

Ahora bien, cuando acabó de reunir a toda su gente, sacó de un cuévano un papel cubierto de líneas enroscadas que fingió leer, y donde buscaba, con un titubeo afectado, la lista de los objetos que yo debía dar a cambio de los regalos ofrecidos: ¡a éste, por un arco y flechas, un machete!, ¡a este otro, perlas por sus collares…! Esta comedia se prolongó durante dos horas. ¿Qué era lo que él esperaba? Quizás engañarse a sí mismo, pero más bien asombrar a sus com­pañeros, persuadirlos de que las mercancías pasaban por su ínter-medio, que había obtenido la alianza del blanco y que participaba de sus secretos. Teníamos prisa por partir, pues el momento más temible era sin duda aquel en que todas las maravillas que yo había traído se encontraran reunidas en otras manos. De tal manera que no traté de profundizar el incidente y nos pusimos todos en camino, siempre guiados por los indios.

La estada interrumpida, la mistificación de la que, sin saberlo, yo había sido el instrumento, crearon un clima irritante; para colmo, mi mula tenía aftas y sufría de dolor de boca. Avanzaba con impa­ciencia o se detenía bruscamente; nos peleamos. Sin darme cuenta, me encontré de pronto solo en el matorral, perdido.

¿Qué hacer? Como en los libros: alertar al grueso de la tropa mediante un tiro. Bajo del caballo, disparo. Nada. Al segundo dis­paro me parece que contestan. Tiro un tercero, que tiene la virtud de espantar a la mula; parte al trote y se detiene a poca distancia.

Metódicamente, me desembarazo de mis armas y de mi material fotográfico; deposito todo al pie de un árbol, cuyo emplazamiento registro. Corro entonces a la conquista de la mula, a la cual entreveo en actitudes pacíficas. Me deja aproximarme y huye cuando trato de asir las riendas. Esto recomienza varias veces; me arrastra. Deses­perado, salto y me prendo con las dos manos de su cola. Sorpren­dida por ese procedimiento poco habitual, renuncia a escapárseme. Vuelvo a montar y me dirijo a recuperar mi material. Hemos dado tantas vueltas que ya no puedo encontrarlo.

Desmoralizado por la pérdida, me propongo ahora encontrar a mi grupo. Ni la mula ni yo sabíamos por dónde había pasado. Yo me decidía por una dirección, la mula la tomaba resoplando; o le dejaba la brida en el cuello y ella se ponía a dar vueltas en redondo. En el horizonte el sol descendía: no tenía ya armas, y me preparaba para recibir en cualquier momento una rociada de flechas. Quizá yo no era el primero en penetrar en esa zona hostil, pero mis predece­sores no habían vuelto y, aunque me dejaran vivo, mi mula consti­tuía un bocado codiciado para gentes que no tienen gran cosa que llevarse a la boca. En medio de estos sombríos pensamientos, espe­raba el momento en que el sol se ocultara, pues tenía el proyecto de provocar un incendio (por suerte tenía fósforos). Poco antes de deci­dirme, oí voces: dos nambiquara habían vuelto sobre sus pasos cuando notaron mi ausencia, y seguían mis huellas desde el medio­día; encontrar mi material fue para ellos juego de niños. Por la noche, me condujeron al campamento, donde la tropa aguardaba.

Aún atormentado por el ridículo incidente, dormí mal; engañé el insomnio rememorando la escena del intercambio. La escritura había hecho su aparición entre los nambiquara; pero no al término de un laborioso aprendizaje, como era de esperarse. Su símbolo había sido aprehendido, en tanto que su realidad seguía siendo extraña. Y esto, con vistas a un fin sociológico más que intelectual. No se trataba de conocer, de retener o de comprender, sino de acrecentar el prestigio y la autoridad de un individuo —o de una función— a expensas de otro. Un indígena aún en la Edad de Piedra había adi­vinado, en vez de comprenderlo, que el gran medio para entenderse podía por lo menos servir a otros fines. Después de todo, durante milenios, y aún hoy en una gran parte del mundo, la escritura existe como institución en sociedades cuyos miembros, en su gran mayoría, no poseen su manejo. Las aldeas de las colinas de Chittagong, en el Pakistán, donde he pasado algún tiempo, están pobladas de analfa­betos; sin embargo, cada una tiene un escriba que cumple su función con respecto a los individuos y a la colectividad. Todos conocen la escritura y la utilizan para sus necesidades, pero desde fuera y con un mediador extraño con el cual se comunican por métodos orales. Ahora bien, el escriba raramente es un funcionario o un empleado del grupo: su ciencia se acompaña de poder, tanto, que el mismo individuo reúne a veces las funciones de escriba y de usurero; no es que tenga necesidad de leer y escribir para ejercer su industria, sino porque de esta manera es, doblemente, quien domina a los otros.

La escritura es una cosa bien extraña. Parecería que su aparición hubiera tenido necesariamente que determinar cambios profundos en las condiciones de existencia de la humanidad; y que esas trans­formaciones hubieran debido ser de naturaleza intelectual. La pose­sión de la escritura multiplica prodigiosamente la aptitud de los hombres para preservar los conocimientos. Bien podría concebírsela como una memoria artificial cuyo desarrollo debería estar acompa­ñado por una mayor conciencia del pasado y, por lo tanto, de una mayor capacidad para organizar el presente y el provenir. Después de haber eliminado todos los criterios propuestos para distinguir la barbarie de la civilización, uno querría por lo menos retener éste: pueblos con escritura, que, capaces de acumular las adquisiciones anti­guas, van progresando cada vez más rápidamente hacia la meta que se han asignado; pueblos sin escritura, que, impotentes para retener el pasado más allá de ese umbral que la memoria individual es capaz de fijar, permanecerían prisioneros de una historia fluctuante a la cual siempre faltaría un origen y la conciencia durable de un proyecto.

Sin embargo, nada de lo que sabemos de la escritura y su papel en la evolución humana justifica tal concepción. Una de las fases más creadoras de la historia se ubica en el advenimiento del neolí­tico: a él debemos la agricultura, la domesticación de los animales y otras artes. Para llegar a ello fue necesario que durante milenios pequeñas colectividades humanas observaran, experimentaran y trans­mitieran el fruto de sus reflexiones. Esta inmensa empresa se desa­rrolló con un rigor y una continuidad atestiguados por el éxito, en una época en que la escritura era aún desconocida. Si ésta apareció entre el cuarto y el tercer milenio antes de nuestra era, se debe ver en ella un resultado ya lejano (y sin duda indirecto) de la revolución neolítica, pero de ninguna manera su condición. ¿A qué gran inno­vación está unida? En el plano de la técnica, sólo se puede citar la arquitectura. Pero la de los egipcios o la de los súmeros no era su­perior a las otras de ciertos americanos que ignoraban la escritura en el momento del descubrimiento. Inversamente, desde la invención de la escritura hasta el nacimiento de la ciencia moderna, el mundo occidental vivió unos cinco mil años durante los cuales sus conoci­mientos, antes que acrecentarse, fluctuaron. Se ha señalado muchas veces que entre el género de vida de un ciudadano griego o romano y el de un burgués europeo del siglo xviii no había gran diferencia. En el neolítico, la humanidad cumplió pasos de gigante sin el socorro de la escritura; con ella, las civilizaciones históricas de Occidente se estancaron durante mucho tiempo. Sin duda, mal podría concebirse la expansión científica de los siglos xix y xx sin escritura. Pero esta condición necesaria no es suficiente para explicar el hecho.

Si se quiere poner en correlación la aparición de la escritura con ciertos rasgos característicos de la civilización, hay que investigar en otro sentido. El único fenómeno que ella ha acompañado fielmente es la formación de las ciudades y los imperios, es decir, la integra­ción de un número considerable de individuos en un sistema político, y su jerarquización en castas y en clases. Tal es, en todo caso, la evolución típica a la que se asiste, desde Egipto hasta China, cuando aparece la escritura: parece favorecer la explotación de los hombres antes que su iluminación. Esta explotación, que permitía reunir a mi­llares de trabajadores para constreñirlos a tareas extenuantes, ex­plica el nacimiento de la arquitectura mejor que la relación directa que antes encaramos. Si mi hipótesis es exacta, hay que admitir que la función primaria de la comunicación escrita es la de facilitar la esclavitud. El empleo de la escritura con fines desinteresados para obtener de ella satisfacciones intelectuales y estéticas es un resultado secundario, y más aún cuando no se reduce a un medio para reforzar, justificar o disimular el otro.

Sin embargo, existen excepciones: África indígena ha poseído im­perios que agrupaban a muchos cientos de millares de súbditos; en la América precolombina, el de los Incas reunía millones. Pero en am­bos continentes esas tentativas se revelaron igualmente precarias. Se sabe que el imperio de los Incas se estableció alrededor del siglo xii; los soldados de Pizarro no hubieran triunfado fácilmente sobre él si no lo hubieran encontrado, tres siglos más tarde, en plena descom­posición. Por mal que conozcamos la historia antigua de África, adi­vinamos allí una situación análoga: grandes formaciones políticas nacían y desaparecían en el intervalo de pocas décadas. Pudiera ser que esos ejemplos comprobasen la hipótesis en vez de contradecirla. Si la escritura no bastó para consolidar los conocimientos, era qui­zás indispensable para fortalecer las dominaciones. Miremos más cerca de nosotros: la acción sistemática de los Estados europeos en favor de la instrucción obligatoria, que se desarrolla en el curso del siglo xix, marcha a la par con la extensión del servicio militar y la proletarización. La lucha contra el analfabetismo se confunde así con el fortalecimiento del control de los ciudadanos por el Poder. Pues es necesario que todos sepan leer para que este último pueda decir: la ignorancia de la Ley no excusa su cumplimiento.

La empresa pasó del plano nacional al internacional, gracias a esa complicidad que se entabló entre jóvenes Estados —enfrentados con problemas que fueron los nuestros hace dos siglos— y una sociedad internacional de poseedores, intranquila por la amenaza que repre­sentan para su estabilidad las reacciones de pueblos, mal llevados por la palabra escrita a pensar en fórmulas modificables a voluntad y a exponerse a los esfuerzos de edificación. Accediendo al saber asen­tado en las bibliotecas, esos pueblos se hacen vulnerables a las men­tiras que los documentos impresos propagan en proporción aún más grande. Sin duda, la suerte está echada. Pero, en mi aldea nambi-quara, las cabezas fuertes eran al mismo tiempo las más sabias. Los que no se solidarizaron con su jefe después que éste intentó jugar la carta de la civilización (luego de mi visita fue abandonado por la mayor parte de los suyos) comprendían confusamente que la escri­tura y la perfidia penetraban entre ellos de común acuerdo. Refugia­dos en un matorral más lejano, se permitieron un descanso. El genio de su jefe, que percibía de un golpe la ayuda que la escritura podía prestar a su control, alcanzando de esa manera el fundamento de la institución sin poseer su uso, inspiraba, sin embargo, admiración. Al mismo tiempo, el episodio llamaba mi atención sobre un nuevo as­pecto de la vida nambiquara: las relaciones políticas entre las per­sonas y los grupos. Pronto las observaría de manera más directa. Mientras estábamos todavía en Utiarití, se desató una epidemia de oftalmía purulenta entre los indígenas. Esta infección de origen gonocócico los alcanzaba a todos, provocándoles dolores abomina­bles y una ceguera que amenazaba con ser definitiva. Durante mu­chos días la banda permaneció paralizada. Los indígenas se curaban con un agua donde habían dejado macerar cierta corteza, que insti­laban en el ojo por medio de una hoja enroscada en forma de cor­neta. La enfermedad se extendió a nuestro grupo: primeramente, a mi mujer, que había integrado todas las expediciones, participando en el estudio de la cultura material; estaba tan gravemente atacada que debimos evacuarla definitivamente; después, a la mayor parte de los hombres del grupo y a mi compañero brasileño. Pronto no hubo manera de avanzar; puse al grueso del efectivo en reposo, con el médico para que hiciera las curaciones necesarias; yo alcancé, con dos hombres y algunos animales, la estación de Campos Novos, en cuyas inmediaciones se señalaba la presencia de varias bandas indí­genas. Allí pasé quince días semiociosos, recogiendo los frutos apenas maduros de una huerta que había vuelto a ser salvaje: guayabas cuyo áspero sabor y textura pedregosa no atraen tanto como su per­fume; y cajús, coloreados tan vivamente como loros, cuya gruesa pulpa esconde en sus células esponjosas un juego astringente y de exquisito sabor. Para las comidas, bastaba con ir, al alba, a un bos-quecillo situado a algunos cientos de metros del campamento, donde las palomas torcazas, fieles a la cita, se dejaban abatir con toda faci­lidad. En Campos Novos encontré dos bandas que venían del norte, atraídas por la esperanza de mis regalos.

Esas bandas estaban tan mal dispuestas entre sí como cada una de ellas conmigo. Desde el principio mis presentes fueron más bien exigidos que solicitados. Durante los primeros días en el lugar había una sola banda, como también un indígena de Utiarití que se me había adelantado. Este demostraba demasiado interés por una joven del grupo de sus anfitriones. Las relaciones se echaron a perder casi en seguida entre los extranjeros y su visitante, y éste tomó la cos­tumbre de venir a mi campamento en busca de una atmósfera más cordial; también compartía mi comida. El hecho fue notado, y un día en que él había ido de caza recibí la visita de cuatro indígenas en delegación. Con un tono amenazador me dijeron que echara ve­neno en la comida de mi invitado; además me traían todo lo nece­sario; cuatro tubitos atados con hilo de algodón y llenos de un polvo gris. Yo estaba muy turbado; si rehusaba claramente, me exponía a la hostilidad de la banda, cuyas intenciones malignas me incitaban a la prudencia. Por lo tanto, preferí exagerar mi ignorancia de la lengua y fingí una incomprensión total. Después de muchas tenta­tivas, en el curso de las cuales me repitieron incansablemente que mi protegido era kakoré (‘muy malo’), y que había que deshacerse de él cuanto antes, la delegación se retiró manifestando su descon­tento. Previne al interesado, que desapareció inmediatamente. Sólo lo vi muchos meses más tarde, cuando regresé a la región.

Felizmente, la «segunda banda llegó al día siguiente y los indí­genas descubrieron en ella otro objeto hacia el cual volver su hos­tilidad. El encuentro tuvo lugar en mi campamento, que era un te­rreno neutro y al mismo tiempo el fin de todos esos desplazamientos. Yo me encontraba, pues, en los primeros palcos. Los hombres ha­bían venido solos; muy rápidamente, una larga conversación se enta­bló entre sus jefes respectivos; consistía sobre todo en una sucesión de monólogos alternados, en un tono quejumbroso y gangoso que nunca había oído antes. «¡Estamos muy enojados! ¡Sois nuestros enemigos!», gemían unos; a lo cual los otros respondían, más o me­nos: «¡Nosotros no estamos enojados! ¡Somos vuestros hermanos! ¡Somos amigos! ¡Amigos! ¡Podemos entendernos!», etc. Concluido este intercambio de provocaciones y protestas, se organizó un cam­pamento común junto al mío. Después de algunos cantos y danzas durante las cuales cada grupo despreciaba su propia exhibición com­parándola con la del adversario —«¡Los tamandé cantan bien! ¡Noso­tros cantamos mal!»—, la querella tomó fuerza y el tono se elevó rápidamente. La noche no estaba aún muy avanzada, y las discusio­nes mezcladas con los cantos hacían un extraordinario bullicio, cuya significación se me escapaba. Se esbozaban gestos amenazadores, a veces se insinuaban riñas, en tanto que otros indígenas se interpo­nían como mediadores. Todas las amenazas se reducen a gestos que hacen intervenir las partes sexuales. Un nambiquara testimonia su antipatía tomando su pene con las dos manos y apuntando con él al adversario. Ese gesto preludia una agresión sobre la persona a la que se dirige, corno para arrancarle el manojo de paja de buriti atado en la parte delantera de la cintura, por encima de las partes sexuales. Estas «están ocultas por la paja» y «nos batimos para arrancar la paja». Esta acción es puramente simbólica, pues el taparrabos mascu­lino está hecho de una materia tan frágil y se reduce a tan poca cosa que no presta ni protección ni disimula los órganos. También inten­tan apoderarse del arco y de las flechas del adversario y depositarlos lejos. En todas estas conductas, la actitud de los indígenas es extre­madamente tensa, como en un estado de cólera violenta y contenida. Esas grescas degeneran eventualmente en conflictos generalizados; esta vez, sin embargo, se calmaron al alba. Siempre en el mismo es­tado de irritación aparente, y con gestos desprovistos de toda suavi­dad, los adversarios comenzaron a examinarse recíprocamente, pal­pando los aros, los brazaletes de algodón, los pequeños adornos de plumas, y murmurando palabras rápidas: «¡Dame… dame… mira… esto… es bonito!», mientras el propietario protestaba: «¡Es feo… viejo… estropeado…!»

Esta inspección de reconciliación señala la conclusión del con­flicto. En efecto, introduce otro género de relaciones entre los gru­pos: los intercambios comerciales. Por sumaria que fuera la cultura material de los nambiquara, los productos de la industria de cada banda son altamente apreciados en el exterior. Los orientales nece­sitan alfarería y semillas; los septentrionales consideran que sus ve­cinos del sur hacen collares particularmente preciosos. Así, el reen­cuentro de los dos grupos, cuando puede desarrollarse de manera pacífica, tiene como consecuencia una serie de regalos recíprocos; el conflicto deja lugar al mercado.

En verdad, costaba admitir que se estuvieran realizando inter­cambios; en la mañana que siguió a la querella, cada uno estaba en sus ocupaciones habituales, y los objetos o productos pasaban de uno a otro, sin que el donante hiciera notar el gesto por el cual depo­sitaba su presente, y sin que el que recibía prestara atención al nuevo bien. Así se intercambiaban algodón descortezado y ovillos de hilo, bloques de cera o de resina, pasta de urucú, conchillas, aros, braza­letes y collares, tabaco y semillas, plumas y listones de bambú des­tinados a hacer puntas de flechas; madejas de fibras de palmas, pin­ches de puercoespín; vasos enteros o trozos de cerámica, calabazas, etcétera. Esa misteriosa circulación de mercancías se prolongó durante medio día; después los grupos se separaron y cada uno partió en su propia dirección.

Así, pues, los nambiquara se confían a la generosidad del compa­ñero. La idea de que es posible estimar, discutir o regatear, exigir o recuperar, les es totalmente extraña. Yo había ofrecido a un indí­gena un machete como precio del transporte de un mensaje al grupo vecino. A su vuelta, no me cuidé de darle inmediatamente la recompensa convenida, pensando que él mismo vendría a buscarla. No ocu­rrió eso. Al día siguiente no pude encontrarlo; sus compañeros me dijeron que había partido muy irritado; no pude volver a verlo. Debí confiar el presente a otro indígena. En tales condiciones, no sor­prende que, una vez terminados los intercambios, uno de los grupos se retire disconforme de su lote y acumule durante semanas o meses (haciendo el inventario de sus adquisiciones y recordando sus pro­pios presentes) una amargura que se hará cada vez más agresiva. Las guerras no suelen tener otro origen; naturalmente, existen otras causas, tales como un asesinato o el rapto de una mujer, que em­prender o que vengar; pero no parece que ninguna banda se sienta colectivamente obligada a represalias por un daño causado a uno de sus miembros. Empero, en razón de la animosidad que reina entre los grupos, esos pretextos son acogidos de buen grado, sobre todo si se sienten con fuerzas para defenderse. El proyecto es presentado por un guerrero que formula sus ofensas en el mismo tono y estilo con que se formulan los discursos de salutación: «¡Hola! ¡Venid! ¡Vamos! ¡Estoy enojado! ¡muy enojado! ¡flechas! ¡grandes flechas!». Revestidos de adornos especiales —manojos de paja buriti emba­durnada de rojo y cascos de piel de jaguar— los hombres se reúnen bajo la dirección del jefe y bailan. Debe cumplirse un rito adivina­torio; el jefe, o el brujo —cuando existe—, esconde una flecha en un lugar del matorral. La flecha es buscada al día siguiente. Si está manchada de sangre, se decide la guerra, si no, se renuncia a ella. Muchas expediciones que empiezan de esa manera concluyen a los pocos kilómetros de marcha. La excitación y el entusiasmo caen, y el grupo vuelve a las moradas. Pero algunas se llevan a cabo y pueden ser sangrientas. Los nambiquara atacan al alba y tienden su embos­cada dispersándose por el matorral. La señal de ataque es dada pro­gresivamente, mediante el silbato que los indígenas llevan colgado del cuello. Este instrumento, compuesto de dos tubos de bambú atados con hilo de algodón, reproduce más o menos el grito del grillo, y sin duda por esta razón lleva el nombre de ese insecto. Las flechas de guerra son idénticas a las que se utilizan normalmente para la caza mayor, pero su punta lanceolada se corta en forma de dientes de sierra. Nunca se emplean las flechas envenenadas con curare, de uso corriente en la caza: el herido se las quitaría antes de que el veneno tuviera tiempo de difundirse.

 

cls Claude Levi-Strauss in Amazonia in Brazil circa 1936. Photograph: Getty Images.