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Pocas cosas han alterado de manera tan profunda nuestra realidad como el internet y sus prodigiosas herramientas. Joaquín Guillén Márquez explora en este ensayo las tensas relaciones entre literatura, libros, revistas literarias e internet, no sin destacar las ventajas y oportunidades que ofrece esta pujante y novedosa tecnología.


Joaquín Guillén Márquez

Mucho es lo que se ha dicho acerca de la muerte del libro físico, un tema que científicos sociales, eruditos de la tecnología, el internet y los aparatos electrónicos no dejan de tocar; Umberto Eco, por ejemplo, mencionó que debemos iniciar un ejercicio crítico del internet, de lo contrario se hará como el personaje Funes, de Borges, que al recordar todo no selecciona las cosas realmente importantes.[1] En cuanto a los nuevos medios de comunicación, Eco dice que los periódicos de papel tienen sus días contados, y que los libros seguirán viviendo porque son un instrumento tan útil como una cuchara. Además del mundo intelectual, existe una batalla, donde las empresas de tecnología más importantes, como Apple, Sony y Amazon, ya se dieron cuenta de la importancia del mercado lector. Curiosamente las opiniones no son tan variadas en el campo de los literatos.

En el pasado no había libros y se dice que en el futuro tampoco los habrá. La tecnología ha revolucionado el campo de la enseñanza de una manera poco imaginable hace algunos años. Los profesores se ven obligados a actualizarse para no verse obsoletos frente a la Wikipedia. En el campo de las letras, Librerías Gandhi y el Fondo de Cultura Económica también le han entrado al juego. Cada día hay más estudiantes con su Kindle o su lector de ebooks.

El libro no es el contenido, es un objeto. El contenido es lo que de verdad interesa, y en ese sentido, los lectores profesionales y amateurs no pierden. El que se escuchen comentarios como: «¡No vamos a leer!», «¡El libro es lo mejor!», «¡Sin libros no hay conocimiento!» responde a una concepción romántica del placer material de consumir y tener al libro no como el contenido, sino como otro adorno en nuestro hogar. No se puede negar que este placer es uno de los mejores. Los compradores de libros sabemos lo bien que se siente ir en el transporte público y pegarle a alguien mientras cambiamos de hoja, también sabemos que el olor, la textura y el aspecto visual son factores importantes; ir a las librerías de viejo, en la meca llamada Donceles; subirse a las escaleras para conseguir aquella primera edición de aquel autor que tanto nos gusta, o si se prefiere, ir a alguna de las librerías grandes a pelearse con los encargados por no saber dónde se encuentran sus productos. El romance no termina ahí: comprar un libro para otra persona, escribir en las hojas de respeto una dedicatoria; encontrar al escritor y que nos firme el ejemplar. En cambio, es difícil imaginarnos al autor firmando una memoria USB…

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Cuadrivio proteico es el espacio para la delicia periodística y la nota variada, para el ensayo versátil y la narrativa híbrida. Irene Castro abre la sección más ambiciosa de nuestra revista entrevistando a Álvaro Flores, ejemplar de una especie en auténtico riesgo de extinción: la del librero preocupado por la calidad de sus materiales y, ante todo, por la satisfacción de su cliente natural: el lector.


Irene Castro Nava


A la gente no parece importarle si paga 800 o 2 mil 400 pesos. Aquí no existen los descuentos del 10 por ciento si pagas en efectivo o si llevas tu credencial de estudiante. A las personas que visitan esta librería les gusta el orden, la pulcritud, pero sobre todo, la atención que reciben por parte de los encargados. A otros tantos les encanta venir a charlar, a recordar aquellos tiempos en los que sus padres producían el pulque, mientras que otros prefieren añorar a María Félix, a la «me haría feliz».

Ser librero es un oficio que se encuentra en extinción. De acuerdo con el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc), «32 por ciento de las librerías se encuentran en las zonas céntricas de la ciudad de México» y aun cuando las cadenas de librerías comerciales continúan creciendo en sus puntos de distribución, las librerías clásicas se ven amenazadas por el volumen, no por la calidad de sus textos.

En la Librería Madero ser librero no es sólo preguntar qué título busca, al contrario, es una forma de vida en la que todos los días se aprende algo distinto de la gente que los visita. De tez morena, lentes y cabello canoso, Álvaro Flores Téllez tiene 20 años trabajando ahí y para él, cada cliente que pasa por la librería –de la calle que lleva su mismo nombre– enriquece su vida.

«Ésa es la experiencia que deja esta labor: la de convivir y platicar con la gente. Es muy importante para nosotros que sea un establecimiento personalizado: no nos separa un mostrador o una computadora. Hay gente que le gusta venir por charlar con nosotros. La atención que se les da no es nada más de pedir el título, lo buscas en la computadora y no lo hay. Ese trato es muy frío y nosotros buscamos todo menos eso.»

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Fotograma de la entrevista El abecedario de Guilles Deleuze

I.- Sin duda fue Althusser quien lo puso en la frontera de una época. La frontera que señalaba su propia época. La señalaba porque reunía los elementos propios de una época y los hacía tender hacia un extremo que no soprtaba la tensión. Una crisis bien entendida es precisamente esto. No una decadencia de los caracteres que definen un momento, sino una tendencia de esos mismos elementos a hacer estallar los límites del conjunto que los contiene.

Spinoza de aquel lado del borde. Y cuando finalmente estalla, Spinoza también de este lado. Como convocado primero a definir las condiciones que producen la crisis, y a definir luego las condiciones que ella produce. Definitivamente como si su obra delimitara en el siglo XVII la clave de nuestra más estrecha contemporaneidad.

Claro que esto se ha dicho de muchos, de prácticamente todos los autores que son presentados en un Prólogo: <<su pensamiento permanece absolutamente actual>>; <<sus reflexiones aún resuenan en el presente>>. Pero en el caso de Spinoza esto desborda tanto las relaciones formales de los clichlés editoriales como de las de la historicidad académica.

La maravillosa singularidad de este desborde es que ocurre como por debajo de aquellas relaciones. Es un desborde que ocurre antes de estar contenido en cualquier historia del pensamiento filosófico. Esa extraña afinidad estás más allá de los bordes del continente académico pero no porque haya rebalsado.

Algo rompe la cronología y cada vez que esto ocurre se impone un problema de tiempo. La imagen de Spinoza, recortada en la Holanda renacentista, se adhiere mal a nuestra época. O se adhiere bien como reliquia, seca de tiempos. Apreciamos su firme y sereno escribir, pero por su estilo nos esquiva, nos provoca un permanente desajuste. De todos modos no es sólo la ejecución. La música misma no se acomoda a nuestros oídos.

Sin embargo, algo nos irrita como en cómplice proximidad. Sentimos una afinidad extraña. Un Spinoza aledaño. Y no porque fugue de su época en una separación propia del filósofo puro y atemporal. Algunos creerán unírsele en una estación de aquel viaje de ensueño. Delatan así más su propia atemporalidad que la del filósofo. Tendrán, seguramente, su Spinoza imaginado.

Spinoza se encuentra tomado por su época, mas no en un sentido inmediato. Rara vez lo veremos <<políticamente comprometido>>. Sólo oblicuamente se interesará por la realpolitik de su época. Guardará pues una cauta distancia del ficcional primer plano en el que la mayoría de los hombres padecen su falta de filosofía.

¿Qué es lo que pasa entonces, más allá de dicha inmediatez, en el tiempo que envuelve a Spinoza? ¿Qué pasa en el siglo XVII? Es un tiempo –llamémoslo así– de trance ontológico. Una especie de nudo temporal en el que se han condensado todos los problemas del ser al modo de un enorme pliegue trágico. En él se dibuja aún tenue, como una constelación que sólo se adivina a la distancia, una otra razón humana. No mucho más tarde sacará ella cuentas y resultado: Dios ha muerto.

Si es cierto que los asesinos siempre encarnan de algún modo la posición que suprimen, una vez muerto el Padre, será el hijo predilecto quien vuelto <<Hombre>> ocupe su lugar. Sin embargo, lejos se estará con ese acto de poner fin al nihilismo. Se tratará más bien de una Restauración. Como de una continuidad lógica.

Lo indefinido aún en aquel tiempo-pliegue eran los nuevos sometimientos, los nuevos signos, las nuevas ficciones e instituciones a las que se someterían los hombres para sostener su existencia autodespreciada. Nuevos edificios morales y de conocimiento. Un teologismo sin Dios teológico. Un tiempo en que cada primera piedra es todavía signo de una violencia… y de un delirio.

Hombres delirantes. Dicho por Spinoza: Quieren que toda la naturaleza sea cómplice de su delirio y, fecundos en ridículas ficciones, la interpretan de mil maravillosos modos. Delirios que no por ser tales deben ser descartados, sino ante los cuales tendremos que batirnos siempre. Spinoza peleará sin descanso; inclinará su lente y sus estocadas hacia los viejos y nuevos signos delirantes, esos absurdos. Pero no lo hará sin echar luz a su vez sobre toda la vida expresiva que queda a las espaldas: aquella alegre y desconocida.

Decir entonces que Spinoza está tomado por su época es a la vez la exigencia de asumir una temporalidad intensa.Ni la temporalidad plena que pone al pasado como lo otro, ni la atemporalidad que lo pone como lo mismo. Hay la singularidad de una época y los pocos modos de lectura y de vida que la encarnan. Eso es Spinoza. Quizás esto explique algo de su irritante inminencia.

Hay épocas apremiantes. Se dibuja hoy igualmente tenue, como una nueva constelación que sólo se adivinará a la distancia, otro borde de la modernidad. La experiencia humana, cuyas primeras piedras se ponían en los tiempos de Spinoza, entrega hoy sus últimos respiros extenuados. El amplio dispositivo de protección ante el peligro que constituye la vida, surgido a modo de huida de aquel incierto nudo-pliegue, se deshace. Como si el ropaje prolijo que ocultó la maraña comenzara a deshilacharse. La experiencia de la propia desnudez y la desértica intemperie del mundo. ¿De qué manera nos vestiremos? Nadie parece por ahora atinar como un nuevo traje.

Se delimita así un campo para aquella extraña afinidad. Un tiempo singular en una zona-frontera. Ambos bordes de la modernidad. Un mejor oído para las preguntas. Disposición práctica y gusto salvaje. Afán de misterio y juego de desvíos. Una deriva indeterminada.

Es entonces una afinidad tan anterior a la historia del pensamiento filosófico, que ni siquiera reclama su Nombre. No hay hoy spinozistas por fuera del mundo académico. Y sobre todo no es necesario que los haya. No hay spinozistas prácticos, como sí hubo marxistas prácticos, aplicadores de la teoría.

Spinoza estalla contemporáneo en una afinidad sin Nombre que está en los núcleos del pensamiento práctico que aprendemos en y que sostienen nuestras experiencias individuales y colectivas contemporáneas. [1]

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[1] Del libro: Deleuze, Guilles. En medio de Spinoza. Cactus, serie CLASES, Argentina 2008

Editorial Reviews

Amazon.com Review

Imagine an equilateral triangle. Now, imagine smaller equilateral triangles perched in the center of each side of the original triangle–you have a Star of David. Now, place still smaller equilateral triangles in the center of each of the star’s 12 sides. Repeat this process infinitely and you have a Koch snowflake, a mind-bending geometric figure with an infinitely large perimeter, yet with a finite area. This is an example of the kind of mathematical puzzles that this book addresses.The Fractal Geometry of Nature is a mathematics text. But buried in the deltas and lambdas and integrals, even a layperson can pick out and appreciate Mandelbrot’s point: that somewhere in mathematics, there is an explanation for nature. It is not a coincidence that fractal math is so good at generating images of cliffs and shorelines and capillary beds.

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“A rarity: a picture book of sophisticated contemporary research ideas in mathematics.”–Douglas Hofstadter, author of Godel, Escher, Bach
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“A rarity: a picture book of sophisticated contemporary research ideas in mathematics.”–Douglas Hofstadter, author of Godel, Escher, Bach

Product Description

Clouds are not spheres, mountains are not cones, and lightening does not travel in a straight line. The complexity of nature’s shapes differs in kind, not merely degree, from that of the shapes of ordinary geometry, the geometry of fractal shapes.

Now that the field has expanded greatly with many active researchers, Mandelbrot presents the definitive overview of the origins of his ideas and their new applications. The Fractal Geometry of Nature is based on his highly acclaimed earlier work, but has much broader and deeper coverage and more extensive illustrations.

About the Author

Benoit Mandelbrot is the Abraham Robinson Professor of Mathematical Sciences at Yale University and IBM Fellow Emeritus at the IBM T.J. Watson Research Center.

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Review

`Review from previous edition The scope of this book is vast…The strength of the book is that it provides a clear, non-technical account of some of the most important recent developments in economic theory, which many readers will find informative…Though many conclusions reached by Screpanti and Zamagni are controversial, the book makes a stimulating read and provides a useful addition to the literature on this subject.’ Times Higher Educational Supplement, October 1993

`Screpanti and Zamagni develop a thorough, informative and interesting narrative of the history of economic theory.’ Choice, November 1993

Product Description

This book provides a comprehensive overview of the development of economics from its beginnings, at the end of the Middle Ages, up to contemporary developments. It is strong on contemporary theory, providing extensive coverage of the twentieth century, particularly since the Second World War. The second edition has been revised and updated to take account of new developments in economic thought.

Language Notes

Text: English (translation)
Original Language: Italian –This text refers to an out of print or unavailable edition of this title.

About the Author

Ernesto Screpanti studied Sociology at the University of Trento (Italy) and Economics at the University of Cambridge. He has taught economics in various Italian universities and, at present, is teaching at the University of Siena. He was a member of the Steering Committees of the EAEPE and the AISSEC. He publishes extensively on labour economics, institutional economics and the history of economic thought.
Stefano Zamagni studied Economics at the Catholic University in Milan and then at the University of Oxford with John Hicks. He holds the chair of Economics in the University of Bologna; he is adjunct professor of Public Sector Economics at the Johns Hopkins University, Bologna Center, and visiting professor of History of Economic Thought at Bocconi University, Milan. He was a member of the executive committee of International Economic Association (1989-1999) and Vice President of the Italian Economic Association. He publishes on consumer theory, capital theory, institutional economics, history of economic thought.

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La tragedia del posmodernismo
Manuel Álvarez Tardío
PROFESOR DE HISTORIA POLÍTICA EN LA UNIVERSIDAD REY JUAN CARLOS
nº 161 · mayo 2010
Manuel Bustos
LA PARADOJA POSMODERNA. GÉNESIS Y CARACTERÍSTICAS DE LA CULTURA ACTUAL
Encuentro, Madrid 196 pp. 18 €

En un interesante ensayo, la historiadora Gertrude Himmelfarb describía hace ya varios años el impacto del posmodernismo en la Historia como una peligrosa deriva hacia un relativismo tan radical que, a su juicio, ponía en peligro la existencia misma de la ciencia histórica, al contraponer sin solución la investigación histórica y la verdad. Tras negar la posibilidad de cualquier verdad referida a un tiempo y un lugar concretos, el posmodernismo hacía inviable la tarea del historiador tal y como había sido concebida y practicada hasta el momento. Lo que en la Historia suponía esa actitud iba más allá del relativismo que había caracterizado la labor historiográfica en tiempos modernos, esto es, un relativismo «enraizado en la realidad». Lo propio del posmodernismo, según esta autora, era la radical negación de toda posibilidad de acercarse a la verdad, en la medida en que se impugnaba «la realidad del pasado mismo». Así, el escepticismo y la prudencia del método histórico moderno, asentado en la idea de que era posible aproximarse a la verdad, al menos parcialmente, y aprehender una realidad que fue y reconstruirla, quedaba descartado. La Historia, como el «hombre» o como «Dios», parecía condenada a morir.
El pronóstico de Himmelfarb sobre la viabilidad de una Historia vacunada de los cantos de sirena posmodernistas –la liberación y la creatividad– era, sin embargo, optimista. Si hemos sobrevivido a la «muerte de Dios» y de cuantas certezas que siempre hemos dado por válidas y que en un momento dado habían empezado a ser «problematizadas» o «deconstruidas», concluía, seguramente viviremos también para ver la muerte del posmodernismo1.
Tuviera o no razón, lo cierto es que, al menos en la labor historiográfica, el posmodernismo no ha conseguido campar por sus respetos, aun cuando haya hecho acto de presencia en algunos trabajos cuyo principal mérito, sin duda, es habernos mostrado cuál es el camino que no debemos seguir si queremos traer al presente un pasado inteligible. Algo más difícil resulta, sin embargo, calibrar su impacto en la cultura actual. La cuestión es, sin duda, compleja y ha merecido no pocos ensayos cuyo comentario desborda el objetivo de esta reseña. Primero, obviamente, por la polisemia del término «cultura», aspecto al que Hannah Arendt dedicó unas páginas bastante ilustrativas en su estudio sobre «la crisis en la cultura». Y segundo, por la propia falta de univocidad de lo posmoderno, al menos para llegar a considerar que existe una cultura actual predominante que podamos calificar como tal y que pueda ser considerada como plenamente diferente de algo anterior, y no como un producto híbrido o fruto de alguna transición no acabada o con final por ahora desconocido.
Tiene no poco mérito, por tanto, el libro que ha escrito el profesor Manuel Bustos Rodríguez, catedrático de Historia Moderna y autor de diferentes trabajos que abarcan no sólo la historia de los siglos XVII y XVIII, sino también cuestiones relacionadas con el cambio cultural y la religión en nuestro tiempo. La paradoja posmoderna es un ensayo corto pero provechoso que pretende explicar a un lector no necesariamente especializado el proceso histórico por el cual la cultura occidental se habría transformado en las últimas décadas, adquiriendo finalmente unos perfiles posmodernos. Es, por tanto, un estudio que, como indica el subtítulo, se centra principalmente en caracterizar la cultura actual mediante un relato histórico que nos permita conocer sus orígenes.
Aclaro, en primer lugar, que la «cultura» que preocupa y ocupa al autor es la que se refiere a un «modelo o sistema de interpretación inteligible de la realidad y sus elementos en un determinado tiempo y espacio», es decir, que remite a unos «esquemas mentales, a unas ideas y un pensamiento racional» con los que comprender lo que nos rodea y establecer los límites de la relación con los otros. Y, además, también es bueno saber que considera, asimismo, que existe una «cultura posmoderna», a la que también califica de poscristiana «por referencia a su carácter rupturista con respecto a sus raíces religiosas»; una cultura posmoderna que sería hoy «dominante en Occidente» y sus áreas de influencia, forjada a partir de la «modernidad» pero en vías de superarla en tanto que ha puesto en duda una determinada concepción del hombre y de sus relaciones con el tiempo y el medio.
Partiendo, por tanto, de la premisa de que la cultura occidental moderna, forjada durante siglos, pero que tuvo su época de madurez a lo largo del siglo XIX, habría entrado en un proceso de crisis, iniciado en parte a finales del Ochocientos pero acentuado durante la segunda mitad del XX, ¿cuál es la tesis propuesta en el libro? Pues básicamente que la ruptura que supone lo posmoderno no se debe a una radical superación de lo anterior, sino al «ahondamiento sin contención de los presupuestos de que la propia cultura moderna había partido, llevándolos hasta sus últimas consecuencias», en parte gracias a, y como resultado de, las posibilidades de erosión que introdujeron en la modernidad las ideas de la Ilustración. De este modo, el libro pretende demostrar mediante un riguroso recorrido histórico que el modelo posmoderno es el «fruto de una ruptura antropológica sin precedentes en la historia de la Humanidad», una ruptura que angustia al autor en tanto que, a su juicio, sus resultados son incompatibles con lo que en la modernidad occidental ha sido el concepto y la naturaleza del hombre. Aunque el libro deja espacio para el optimismo y contempla algunas otra salidas, su autor no puede ocultar su preocupación sobre las consecuencias de lo posmoderno: un «vaciamiento» del patrimonio «conceptual y moral» y una «invención de la realidad a partir de una visión errada de lo que es el hombre». O, de forma más concreta, la renuncia a normas de valor universal con consecuencias jurídicas y la expansión de un relativismo profundamente destructivo.
Puede que el lector atento disienta de algunas de las recetas que nuestro autor considera necesarias para afrontar un cambio de actitud o de mentalidad frente a lo que considera la voladura de los fundamentos antropológicos del progreso y bienestar de los países occidentales, como la de que debemos «desechar la idea de un progreso unidireccional e inexorable a favor de una sociedad secularizada, a la par que nihilista». Pero es seguro que no considerará perdido el tiempo invertido en la lectura de un ensayo cuya virtud destacable es la de hacer inteligible la génesis, no pocas veces confusa y contradictoria, de nuestras pautas culturales.

1. On Looking into the Abyss. Untimely Thoughts on Culture and Society, Nueva York, Vintage Books, 1995, pp. 160-161.
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