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Narrativas

Efluvios de tristeza inundaban el corazón de la mujer. No olvidaré jamás sus ojos, sus labios, su nariz, sus lágrimas. Pareciera que el tiempo nos juega una mala broma al acercanos sin saber y con sorpresa a la dimensión más difícil que puede comprender el ser humano: la muerte. Me hace reflexionar sobre la revelación de la angustia y del dasein que sin querer, se nos presenta como ente lacónico e indefectible. Mis manos sobre las suyas dejaban sentir el paso de los años y lo áspero de su naturaleza pues no es fácil ser madre. ¡Valor madre mía! ¡Valor! En tan doloroso brete ya no existen las palabras, ya no existe ni la cobardía o el coraje, mucho menos la felicidad ni la tristeza, sólo queda decantado un sentimiento de impotencia y desde luego, el sufrimiento más agudo que podemos experimentar, la soledad. Quisiera ser el suprahombre nietzscheano para confrontar con denuedo esta situación que me cala en lo profundo de mi mente; subir a la palestra de las emociones y encarar a los demonios arcangélicos que con veleidoso interés me sumergen en las aguas de la duda y la incertidumbre. No puedo hacerme el indolente pero sería engañarme al pretender imprimir en la imágen de aquél hombre, algun viso de cariño. Más bien, lo que siento es nostalgia compartida como por transitividad más no un sincero escarceo de afecto familiar. Me duele el dolor de mi mamá.

Sin duda que este evento provoca cierto anquilosamiento en la dinámica de mi vida; fui un tonto al pensar por momentos, breves instantes, que el último aliento, propio de nuestra facultad vitalicia, puede dedicarse a las personas que más queremos. ¡Candidez mía! Podría terminar en un hospital psiquiátrico, olvidado, anónimo, así como Mozart que ahora descansa en una fosa común. Me parece que no es posible mantener una actitud lozana ante la ira del viento del devenir, ante el soplo del cambio y la incertidumbre. Vida, ¿por qué eres draconiana? ¿Será que la naturaleza humana, tan debatida por filósofos, es necesaria ante nuestra falta de inocuidad? Esto es la crónica de una tórrida espada que atraviesa la frente aniquilando facultades cognitivas y caldeando la esfera que solemos negar, esa esfera que contiene nuestro miedo, el complejo de imposibilidad existencial que es la esfera del infierno. Y de repente, sentimos el gélido soplido de la neurastenia acercándose como una brizna que anuncia la tormenta, justo en la nuca. No quiero pensar por ahora en lo abyecta de la condición humana, en ese compartir el paroxismo general causado por los eventos que con insistencia pretendemos sepultar. Al contrario, nosotros terminamos sepultados. Por ahora sólo extraño lo exultante de la vida y el espolearme a partir de los eventos que llamo efímeros trascendentales. Me pregunto si alguien comprenderá esto alguna vez. ¿Qué implica? la disolución de las disyuntivas, de la lógica de la afirmación y la negación. ¿Qué defiente? La libertad, apología al aluvión de menudencias kosmológicas que son la verdadera fenomenología de nuestro ser. ¿Acaso taciturna reflexión? ¿Por qué te burlas con mordacidad de los vivos? Cotilleas nuestras vidas y arrebatas las más ilustres pulsiones. Encadenas aspiraciones y siembras desavenencias en el comportamiento humano. No sabes cómo te odio. ¡Vade retro muerte! ¡Vade retro! Soy un obcecado al negar la necrópolis del recuerdo humano. ¡Anatema y emoción!

Subí las escaleras y encontré a mi madre alicaída y con la vista perdida. Me senté a su lado y la abracé. Aquellas arrugas en los ojos y en las manos son saudade de juventud pletórica, de ideas, acciones y reacciones. Ahora sólo rezumaban el vacío nauseabundo que incita a cuestionar o al estoicismo. Ira o enojo se asoman tímidamente, más conozco la voluntad de mi madre y alcanzo a distinguir en su mirada, en esos hermosos ojos verdes, un destello irizado que reconozco inmediatamente: esperanza. Unos segundos en silencio y el mundo de repente es instante eterno. Con increíble tranquilidad alza la vista, pestañea un par de veces y comenta: Hasta luego papá.

No pude evitar llorar para mis adentros.

Subí  las escaleras y llegué a mi oficina. Entré como todos los días lo hacía y me senté en el pequeño escritorio cerca de la ventana, mismo que daba a un mediocre paisaje de la ciudad. Sin chistar, me apoderé de la olvidada resmilla que guardaba en uno de los varios cajones de mi aposento, respiré profundo y escribí:

En mi vida pasada fuí un lápita. Mi nombre, Polipetes. En las llanuras del monte Olimpo quedó inmortalizada la historia de mi pueblo. Altos y fuertes, nuestros guerreros fueron por mucho tiempo la defensa contra los centauros, criaturas arrogantes y aunque sabias, animales. Nuestras costumbres discurrían como el aire lo hace entre las ramas de los árboles otoñales; eran cotidianas, llenas de un encanto mágico que sólo a los hombres y mujeres de nuestra población podían gustar. Éramos especiales, diferentes, pero con todo, comunes a la figura de la naturaleza humana. Cuando combatí en Troya bien recuerdo que logré arrebatar la vida a muchos combatientes, todo por Helena, mi Helena. Ustedes hombres del presente, del eterno gerundio, la han idealizado al grado de banalizarla. No era la mujer más bella de este mundo, pero su cuerpo y su mente se encontraban poseídos por un encanto transhumano que ennoblecía hasta al hombre menos gentil, virtud de la cual claramente carecen las mujeres de hoy en día. Sin embargo, es el tiempo el que logra enseñar al ser humano, a su espíritu, la realidad de su eventual desgracia. Si millones murieran hoy, nada pasaría. Somos nauseabundos, típicamente humanos, sí, somos como los centauros en aquel tiempo para mi ahora lejano: brillantes pero idiotas. Me parece que Cohen no miente al adjetivarnos babuinos pues más allá de una afán literario, las letras son uno de los poderes más grandes que puede haber; logran inmortalizar la conciencia humana, construyen teleologías en tiempo distanciadas, unen mentes maestras con ideas trascendentales y reflejan aciertos y errores de la actitud humana, terrestre. Muchas no son bellas, son ruines, otras son acertadas pero obcecadas, dogmáticas, y es así como surge el crisol del conocimiento, esa masa aparantemente inerme que pulula en el tiempo y el espacio. Tiempo, constante que a la manera de Lyotard, define, determina vitaliciamente la manera en que nos vemos a nosotros desde afuera con ojo interno. Pero quisiera reflexionar por aquél sentimiento al cual –como dijera Julian Barnes—le hemos dedicado sólo medio capítulo. Ese sentimiento que se apoderó de mí al conocer a Helena, misma que fue raptada por los encantos egoístas de Paris. Aquél estado urente que lastima y engrandece el alma al mismo tiempo. Es amor. Es sentir efímero de humanos, envidia de los dioses, arrebato de pasiones, vencedor sobre el tiempo, que es pasado y es hodierno. Vade retro, pronunciados en contra del sentido común, sentenciados por carencia de empatía mínima, zalameros del cariño ilusorio, mercaderes del afecto. Vade retro. Por ello es especial, por inasequible, kosmológico e inmortal. ¿Cómo es que esperas, humano tonto, ser poseído por tal ninfa? Error. Te equivocas al pensar que la figura de la mujer guarda los secretos de este sanctasanctórum. Sucedáneas del sentir para sí, ni esos bellos cascarones huecos, logran abrir las puertas del ser erótico que deviene de la posesión amorosa. Son pulsiones que imaginariamente te clavas en la mente ingenuamente. Y digo: Kant ha muerto. Flaubert en el personaje de Madame Bovary da cuenta de ello aunque a decir verdad, no es posible generalizar maniqueamente, recordemos que la pluralidad nos constituye, sostiene la enorme retícula de sensaciones y vivencias que es el ser humano, más que alguien me ayude a encontrar lo que he perdido que sería taumaturgia entre hombres no ascendidos. Cuando morí por primera vez, mi encuentro con Caronte fue capital. Me contó que si en su manera de tratar a las almitas era hosco, selectivo y hasta malévolo, no era por su propia voluntad, sino porque las almas de los humanos, siempre conspiraban para apropiarse de su barca y su remo, querían robarle el medio en que se ganaba la muerte, que para él era vida. –Trabajo difícil, alguien tiene que hacerlo, no es fortuito que lleve este gran martillo siempre conmigo–. Aunque después logré escapar del Hades y reencarné nuevamente, el mundo era distinto. Me encontré con enormes ciudades, con nuevas guerras, con nuevo conocimiento, nueva vida. Y así, el ser humano siempre es el mismo, siempre egoísta, siempre astuto y destructivo, más sonrío al saber que la muerte siempre es la misma. Todos terminan en el mismo agujero. No te olvidaré amigo Caronte. El tiempo ha hecho su labor y mi Grecia ahora es otra, no obstante, cada vez que pienso en el amor, por efímero, por bello, por lo que sea, recuerdo el quid divínum de mi ensoñación, antes, o aquí, o ahora.

Terminé  de escribir y me sentí relajado, como tenía tiempo de no estarlo. Era necesario entregar este trabajo al fuego en el futuro pero por ahora, sólo era necesario entregarlo a una persona que lo estaba esperando y que seguro me comprenderá.

El coche se detuvo en seco. Con ojo avizor el vigilante lo había ordenado. Se ufanaba de haber nacido con la mejor vista de toda su generación –¡Bah!, sólo es la mejor vista de mi familia, aquel grupo de personas que tengo olvidados en ese rinconcito de Guanajuato–. Una jabera empezaba a escucharse tímidamente en la lejanía. –Creo que ya es tiempo de ganarse los kodzitos–, pensó. El coche se detuvo en seco.

–Caballero, ya conoce el sistema, su licencia de manejo queda cancelada y su vehículo ahora le pertenece al Estado. Alégrese pues su falta servirá de ejemplo social, ¿lo ve? todos los demás automóviles le están observando, es justo el momento en el que ahora procedo a echarlo a porrazos, ¡pum! ¡cuaz! Gracias por su colaboración–. Se retiró orgulloso (manejando su nuevo coche) por el trabajo tan fácil y grato que le había tocado desempeñar. –No me culpen, yo sólo sigo órdenes. ¡Hey! usted, sí, el que tiene cara de sorprendido, venga acá,  está violando el código, artículo quinientos noventa y tres, sección decimocuarta, párrafo enésimosegundo: se prohibe caminar demasiado erguido–. Si no recuerdo mal, y no lo hago, le corresponde cumplir dos semanas de pie en el corralón de peatones. ¡Cómo! ¿me dice que no quiere pasar dos semanas de pie? ¿Que por qué no puedo simplemente darle una infracción impresa? Vamos hombre, pues por quién me está tomando, ¿no ve usted este uniforme con esos ojotes de vaca triste que trae? Soy un vigilante y hago cumplir la ley, aunque…ahora que recuerdo podemos hacer una excepción, sí, es usted una buena persona, quizás sólo decidió caminar correctamente por un brevísimo instante, ya sabe, los estirones vespertinos, lástima por usted que alcancé a verle. Le voy a encargar por un momento el librito del reglamento en lo que miro por allá y usted va a leer con muuucha atención el párrafo marcado en rojo, ¿vale? Después de que haya leído con muuucha atención (sí, precisamente) voy a regresar de mirar por allá y usted me regresará el libro cerradito cerradito. Vale, ya regreso, no olvide leer con mucha atención, mucha–.La música cada vez se escuchaba más cercana, la guitarra, soñadora.

Cuesta arriba, manejando un Fiat Cinquecento, Elena tú y yo, cantábamos a Antonia Contreras:

Por si algún día vinieras
siempre la dejo entorná,
que a mi puerta cuando llegues
tú no tengas que llamar.

Eché cuenta y comparé
con la que tiene el olivo
la raíz de mi querer.

Ni luna ni estrellas,
salud y el dinero,
ni la sangre por mis venas
si tú no estás no los quiero.

Nuestras voces eran isocrónicas, armónicas, unívocas. Por efímeros instantes descubría un mundo antes desconocido para mí. Hasta el ruido del motor del cochecito parecía ayudarnos a hacer de nuestro canto, un evento galano. ¡Ah! Bravo. –Sabes Párvati, en realidad no estoy seguro de que se pueda extender la moral kantiana al ámbito marino–. –¡Shhh! me hostiliza cuando te pones de aburrido. ¡Cuidado! que tienes el alto–. Detuve el coche y mientras me relajaba en la espera del siga, me abrazaste con cariño. –Oye…te quiero mucho–. Sonreí para mis adentros y descansé suavemente mi cabeza sobre la tuya. La guitarra seguía con el canto, :

Si antes de ti mi vía fue un torrente
en tus besos se encuentra y se remansa,
que al momento de a ti yo conocerte
la fuente se volvió serena y clara.
Si antes de ti mi vía fue un torrente
contigo se volvió tranquila el agua.

Sin promesas ni contratos,
sin testigos ni papeles,
son razones pa encontrarnos
que te quiero y tú me quieres.

Siga. Regresamos a nuestras posiciones originales dentro del coche. En su momento, el pequeño Fiat parecía nuestro, se deslizaba con tranquilidad por el asfalto y las estrellas se mostraban egoístas con nosotros, aquella noche era oscura. A veces, los pequeños momentos son los más grandiosos, son atemporales, son sencillos, y en ellos encontramos que parecemos sueños. ¡Qué lejana visión es la que describo en comparación con la realidad vitalicia que revuelve y regurgita la verdad!. ¡Qué distinto el eterno presente que se encuentra enemistado con la memoria, con el recuerdo!. Pero la vida nos coloca siempre en el centro de nuestras decisiones, en ese rincón del pensamiento donde el sino define quiénes somos. Y sin saberlo, ahí estamos. Qué tremendas son las consecuencias. Qué tremendo es el dolor. Una decisión determina nuestro rumbo pese al sentir más inocente, nos pese o no. Una distracción, un universo nuevo, un volantazo y ya todo es oscuro y confuso…

El pequeño vehículo yacía a un costado de la acera, volteado, techo abajo, neumáticos arriba. Habíamos pasado justo enfrente del campo de visión del vigilante que se acercó en realidad, menos apurado que interesado. Afortunadamente salimos ilesos, pero el pequeño Fiat pasó a la historia. Cinco seis seis cuatro uno. La llamada. Un segundo después tus padres implosionaron en el lugar del accidente. Tuvieron que garantizar una buena cena rebosante de kodzitos al vigilante pues el que hubiera un enorme agujero en el suelo y uno tratara de esquivarlo, ameritaba, según el reglamento (o por lo menos el reglamento del cazador), tres semanas de pie en el corralón de peatones para nosotros tres, así como una buena tanda de porrazos por el ‘pequeño’ descuido. Huelga decir que Elena terminó sumamente asustada y juró nunca más subirse a un automóvil en el que yo conduciera. Y ahí estábamos, regresando a tu casa en el coche de tus padres, noche oscura. Mirabas hacia afuera desde la ventana trasera derecha. Aquél abrazo mientras esperábamos el siga parecía distante. Yo, ensimismado, reflexionaba. –Un poco más a la izquierda y hubieramos evitado ese bache. Si Kant hubiese incluido a los seres marinos en su crítica. seguramente lo indicó en algún párrafo perdido, de esos que nadie encuentra–. También, entre dientes, terminaba de cantar lo que empezamos. Llegamos. El coche se detuvo en seco.

Si mi vía fue un torrente
en tus besos se remansa,
desde que te he conocío
fuente soy serena y clara.

Que me claven alfileres
si no tengo tus palabras
y no sé si vas o vienes.

Te tenía presente
toítas las horas
esperando un ratito,
un momentito,
contigo a solas.

Nota:

Me encontraba caminando en compañía de uno de mis mejores amigos cuando me topé con el Fiat de la foto que inicia esta entrada. Después de soñar e idear, he llegado a la conclusión de que un iPhone puede tener dos usos particularmente útiles, a saber,  comunicarte con las personas que conoces e inmortalizar pequeñeces que despiertan la imaginación y la evocación por los bellos momentos.

las canciones y poemas de Antonia Contreras, los pueden encontrar por acá:

http://www.antoniacontreras.com/web/index.html

Les contaré tal cual sucedió. En las semanas anteriores había soñado con aedos, sí, cantores griegos que de alguna manera habían logrado sobrevivir a la historia. Vestían elegantemente de negro y caminaban, mejor dicho, renqueaban en rítmicos movimientos todos al mismo tiempo. Si tuviera que describirlos de manera coloquial, diría que se parecían a algo que no había visto nunca, es decir, no se parecían a nada pero parecían graciosos. Entraban con alegre humor a la sala de conciertos del centro cultural y una vez contenidos en su pequeña jaulita musical, el silencio. Pensé que escucharía de repente algún fagot, tal vez un corno inglés, un flautín, nada. Ahí tenía frente a mi, cerca de mi, un grupo de vestigios humanos que me miraban. El tono de actitud cambió; ya no era la alegría surrealista haciendo acto de aparición, no, ahora me encontraba ante una bravata plena. Desde luego que salí del recinto consecuencia de la intimidación y vaya mi sorpresa al encontrarme a un piano. Sí, un piano, ahí, solito, incólume. No parecía cualquier piano, de hecho era dendriforme, estoy de acuerdo con ustedes, algo sumamente extraño. Sus teclas parecían cándalos, sin duda alguna unas más oscuras que otras, lo recuerdo bien. Dos esqueletos humanos tremendamente amarillos lo interpretaban.

Tun, ti, ti tin. –Ya es hora de que partas. Ton ton, tin, ti. –Has llegado tarde. –Oye Gustav, buena idea, pensé que tus esqueléticas y horribles falanges habían perdido su buen toque. –No te preocupes Ludwig, están como vivas, mira, déjame halagarte pues las tuyas lucen terriblemente bien muertas. Tin tin tin ti. –Como te decía amigo visitante, es hora de que partas, Félix te espera, aunque no quieras. ¡Ah! espera amigo, tú también luces de maravilla–. Desconcertado, camine unos pocos metros cuando escuché tu voz.

–Vas en la dirección incorrecta, la entrada queda por allá–. Lucías terriblemente contenta, aunque no recuerdo cómo lucías. –¡Párvati! pensé que no me acompañarías, ¿dónde te has metido? –No vengo a acompañarte, lo siento. Si he aparecido aquí es porque le hecho un favor a tu imaginación, que por cierto, ya me debe uno. La teleología de mi súbita aparición es simplemente recordarte que ibas por el camino equivocado, la entrada queda por allá–. –¿Por qué?, ¿por qué no puedes darte la pulsión de escuchar un rato, de reflexionar junto conmigo? anda, mira, te lo ruego. Un poco de scherzo nunca le hizo daño a nadie–. Me miraste a los ojos y con firmeza comentaste: –¿Recuerdas a los patos? ya sabes lo que voy a decir, no me hagas decirlo de nuevo, por favor. La entrada es por allá, aunque… has llegado una semana tarde, doble equivocación, pero tu imaginación me pidió que te dijera que continúes, que aprendas. Yo también te lo dije en su momento, en sus momentos. Anda, ve, camina, si quieres mirar atrás está bien, es comprensible, cuando estés dentro desapareceré. Te aseguro que no dejaré de sonreir mientras te alejas caminando . –¡Párvati, por fin he estudiado la upeksa!–. Sonreíste. –Me da gusto. Ahora te toca vivirla. Te esperaré del otro lado.

Desperté y un par de horas más tarde, estaba en la sala de conciertos real. Observé cómo arrimaban una camioneta por la rabera y descargaban instrumentos musicales. Extraño, pensé, pareciera que ya tienen los suficientes  y ahora traen más. Cuando esucuché los primeros compases del evento, ya dentro de la sala,  me llevé una sorpresa. Escuchaba fagots, escuchaba cornos, escuchaba flautines, sí, pero no escuchaba el sonido que esperaba. Busqué el programa y leí:

“Sinfonía No. 2 de Félix Mendelssohn, grandes personalidades, grandes directores. No olvide quedarse para el vino de honor  así como de aplaudir vigorosa e interminablemente al finalizar la presentación. Gracias por su preferencia.”

Mi sorpresa no duró demasiado. Estoicamente me acomodé física y mentalmente y escuché el programa completo. Sí, así fue tal cual sucedió.

Nota:

El 28 de Noviembre del año 2009, se interpretó en la Sala Nezahualcóyotl la sinfonía no. 2 ‘Himno de alabanza’ del compositor Félix Mendelssohn. Había asistido con la intención de escuchar la sinfonía no. 1 ‘Titan’ de Gustav Mahler y el concierto no. 2 para piano de Beethoven. Estas últimas dos piezas, habían sido interpretadas una semana antes. No me arrepiento de mi equivocación, pero sí de otras que he cometido.