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Música

Bajo el cielo malva y salpicado con broza, el pasto se extendía irregularmente. Estaba acotado por las arterias citadinas donde cajas de metal movíanse deprisa echando boche las unas a las otras. Es un lugar salvaje de constante escollo donde mancillar al semejante es el pan de cada día. En esta selva de concreto las personas son idolatradas por su capacidad de sojuzgar al medroso, al incapaz. No una mano sino cientos, miles y millones de extremidades ‘invisibles’ se encargan de enzarzar a los individuos pues tal es la condición del ser humano, bellaca y antideferente. Sin embargo, recorrer aquellas áreas verdes era una prerrogativa de exquisitez límpida donde el concepto anexacto de tranquilidad pareciera cristalizar en un suave alud de voces cantarinas que armoniosamente resonaban en mi mente. El escenario estaba montado, la prueba de sonido realizada y las personas que poco a poco llegaban se juntaban tímidamente con la mirada en dirección a la que sería la palestra protagonista de la tarde. Por algunos minutos olvidamos lo insulzo de la vida y exultantes por las chanzas, nos transformamos en nosotros mismos. ¡Ad vitam aeternam!

Ayer la tizona atravesaba mi occipucio. Ayer montaba el jamelgo de la esperanza y ayer mi resistencia coriácea lastre de mi candidez. Ayer la inanidad, tara de mi ser, ayer. Hoy el chascarrido, espoleado he de ser, hoy no recular y con presteza amanecer. Panegírico al misterio, a la genealogía de lo acontecido, pues pasado retrocede y presente, hoy, ha sido. Con tranquila ligereza los artistas se presentan, toman sus lugares preparados listos vamos, vida y música regentan.

Cuando aquél instrumento musical característico del cuarteto fue iluminado por el reflector pude observar la sorpresa en las facciones del público. Aparece el antiepígono hoy renacido en Jazz. Marc Egea, zanfonista, había sido un gitano en la Edad Media condenado al cadalso por sus insolencias religiosas. Una vez consumado su castigo, observó a la raza humana desde metatierra. Recordó los textos griegos clásicos antes estudiados y decidió hacer uso de la metempsicosis para reencarnar en un músico del siglo XXI. Y he aquí que ahora escuchamos a Kaulakau, instrumentistas españoles, deleitarnos con la nada convencional fusión de sonidos modernos coronada con la zanfona, un misterioso ‘violín mecánico’. Al re-crear la polifonía musical contemporánea, este grupo de músicos me ha brindado una ingeniosa demostración de la futilidad de los cánones artísticos pues en la medida en que la necesidad de innovación se impone, vías lúcidas alternativas y refrescantes aparecen para eliminar lo acidulado del ambiente terrestre. En el éter musical, las ondas del sonido traspasan cuerpo y mente depositándose, sin tribulación y con algarabía en el imaginario de los hombres que sueñan por una fascinación de los sentidos.

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Fotos extraídas de la página: http://www.kaulakau.com

  1. “Division” – 1:56
  2. “Pale Horses” – 3:37
  3. “Shot in the Back of the Head” – 3:15
  4. “Study War” – 4:18
  5. “Walk with Me” – 4:01
  6. “Stock Radio” – 0:45
  7. “Mistake” – 3:47
  8. “Scream Pilots” – 2:48
  9. “Jltf-1” – 1:27
  10. “Jltf” – 4:40
  11. “A Seated Night” – 3:23
  12. “Wait for Me” – 4:13
  13. “Hope Is Gone” – 3:30
  14. “Ghost Return” – 2:38
  15. “Slow Light” – 4:00
  16. “Isolate” – 3:28

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La siguiente descripción proviene de:

http://www.musicbox-online.com/review/11202009/moby-wait-me.html

Moby
Wait for Me

(Mute)

First Appeared in The Music Box, November 2009, Volume 16, #11

Written by John Metzger

Fri November 20, 2009, 06:30 AM CST

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Without a doubt, Moby knew what he was doing when he dipped his feet into the gospel-blues waters that fueled his breakthrough endeavor Play. Nevertheless, even he likely wasn’t prepared for the enormous amount of attention that the album ultimately received. Blinded by the bright illumination of the spotlight into which he had been thrust, Moby subsequently found it difficult to navigate a course through his newfound stardom. He wandered for a time, lost and adrift, enjoying the high life while crafting unsatisfying efforts like 18 and Hotel. Clearly, he was trying to feed the expectations of the capitalist machine, but his work paid a steep price as it became increasingly forced and formulaic.

In recent years, however, Moby’s creativity has shown signs of reawakening. In 2008, he managed to build a bridge to his past by channeling his experiences into the conceptual constructs of Last Night. The outing paid tribute to his life in the club scene, and the way in which he established moods and used them to frame his story spoke to a level of maturity he hadn’t previously shown. If there are any lingering doubts that Moby is back in the game, his latest set Wait for Me ought to erase them. Throughout the endeavor, he returns to the stylistic fusions that he explored on Play. This time, though, he laces his work with a loosely knit storyline about love and loneliness.

Moby has always been quite good at interweaving sounds and grooves to create aural portraits that capture the essence of human emotion. More recently, he has learned how to bind these disparate snapshots together to form a cohesive song cycle. With a renewed sense of focus, Moby turns Wait for Me into a neatly paced set that alternates between instrumental passages and well-crafted pop tunes. Because of the album’s narrative thread, his lush yet intimate arrangements float past in an elegantly cinematic fashion as he evokes a sequence of intertwined moods that begin with Play and end somewhere else entirely.

Mistake is the only track on Wait for Me that Moby sings himself. By drawing upon David Bowie’s output, he adopts a comfortable style that suits him well. Considering it’s the only rock tune on the endeavor, it is something of an anomaly. The rest of Wait for Me is filled with ambient material that embraces tones that are sad and somber. To deliver the rest of his lyrics, Moby employed a team of vocalists who leant a sweetly soulful charge to the affair.

Unlike many of Moby’s efforts, though, the music on Wait for Me refuses to drift into the background. Instead, it floats by with a sense of purpose. Throughout the endeavor, Moby keenly folds an array of acoustic and electronic sounds together, layering them with the utmost precision to capture the shattered hopes and broken dreams that emanate from an unfruitful search for love. In many ways, Wait for Me is the second act to the storyline he began charting on Last Night. As Wait for Me nears its conclusion, it conjures the creeping isolation that slips like dusk-to-dark around a bruised and battered heart. There’s nothing here that Moby hasn’t done before, but rarely has his focus been this sharp over the course of an entire album.
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Gustav Mahler

Symphony No. 8 in E-flat major Symphony of a Thousand

Part 1 – Hymnus: Veni, Creator Spiritus
I. Allegro impetuoso – Veni, creator spiritus
II. Allegro impetuoso – Imple superna gratia
III. Allegro impetuoso – Infirma nostri corporis
IV. Allegro impetuoso – Accende lumen sensibus
V. Allegro impetuoso – Veni, creator spiritus
VI. Allegro impetuoso – Gloria, Patri Domino

Part 2 – Schlußszene aus Goethes “Faust”
I. Poco adagio – Waldung sie schwankt heran
II. Poco adagio – Ewiger Wonnebrand
III. Poco adagio – Wie Felsenabgrund mir zu Füßen
IV. Allegro deciso – Gerettet ist das dele Glied
V. Allegro deciso – Uns bleibt ein Erdenrest – Hier ist die Aussicht frei
VI. Allegro deciso – Höchste Herrscherin der Welt – Dir, der Unberührbaren
VII. Äußerst langsam: Adagissimo – Dir, der Unberührbaren
VIII. Äußerst langsam: Adagissimo – Bei der Liebe, die den Füßen
IX. Äußerst langsam: Adagissimo – Neige, neige, du Ohnegleiche – Blicket auf zum Retterblick
X. Äußerst langsam: Adagissimo – Alles Vergängliche

Concertgebouworkest Amsterdam; Leonard Bernstein (Conductor)

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Mahler, Gustav

Mahler, Gustav

Romanticismo

Chequia [1860-1911]

Nacido en Bohemia. Compositor y director de orquesta que vivió en Viena la mayor parte de su vida. Su infancia fue signada por la enfermedad y muerte de varios de sus hermanos. Su familia, a pesar de su judaismo, se encontró integrada dentro de la minoría germánica en territorio eslavo. Luego estudió en Viena con Epstein, Fuchs y Krenn. Tras dirigir orquestas de operetas, consiguió conquistar los escenarios más importantes de Leipzig, Budapest y Hamburgo, llegando a dirigir el teatro de ópera de Viena, donde era odiado por su origen, por su inflexibilidad y genio. Después de un período extenso al frente de esa institución, viajó a Estados Unidos para presentar algunas de las obras maestras del repertorio wagneriano. Como compositor, fue uno de los máximos exponentes de la sinfonía posromántica y autor de ciclos de canciones de suprema calidad.

Cronología

  • 1860 Nació el 7 de julio en Kalischt, junto a la frontera de Moravia, en la actual Chequia.
  • 1870 Dió su primer recital de piano en Jihlava.
  • 1875 Se inscribió en el Conservatorio de Viena, donde ganó premios de composición y piano.
  • 1880 Dirigió orquestas de operetas para ganarse la vida.
  • 1891 Fue contratado como director de la orquesta del Teatro Municipal de Hamburgo.
  • 1897 A raíz de las recomendaciones de Brahms y Guido Adler llegó a dirigir la Opera Imperial de Viena.
  • 1902 Se casó con Alma Schindler.
  • 1906 Su hija murió de escarlatina.
  • 1907 Fue la última presentación en la Ópera de Viena y viajó a Estados Unidos.
  • 1910 Estuvo en Munich para dirigir el estreno de la monumental Octava sinfonía.
  • 1911 Murió en Viena el 18 de mayo.

Principales Obras

  • 1880 Das Klagende Lied.
  • 1884 Canciones del caminante.
  • 1889 Primera sinfonía en re mayor El Titán.
  • 1896 El maravilloso cuerno del muchacho.
  • 1900 Cuarta sinfonía en sol mayor.
  • 1902 Quinta sinfonía en do sostenido menor El Gigante.
  • 1903 Canciones para los niños muertos.
  • 1908 La canción de la tierra.
  • 1909 Novena sinfonía en re menor.

Fuente: http://www.hagaselamusica.com


Mass in D major Missa Solemnis, Op. 123
I. Kyrie
II. Gloria
III. Credo
IV. Sanctus
V. Benedictus
VI. Agnus Dei

Rosa Mannion (Soprano); Birgit Remmert (Contralto); James Taylor (Tenor); Cornelius Hauptmann (Bass); Choir de la Chapelle Royale et du Collegium Vocale; Orchestre des Champs Elysées; Phillipe Herreweghe (Conductor)

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El pasado 29 de Octubre fui testigo de la interpretación de una de las composiciones más bellas y pasionales jamás concebidas por la mente humana. La Sala Nezahualcoyotl se vistió de gala y fue en el recinto universitario donde pude apreciar por primera ocasión, el que distintos artistas convocados pudieran demostrar una tremanda fuerza y sutileza al momento de objetivar las notas de Mozart. Si bien es cierto que el talento mexicano es asombroso (Fernando de la Mora, Zaira Soria, Verónica Alexanderson y Daniel Cervantes, en sincronía con el coro filarmónico de la UNAM y la Orquesta Ensamble Filarmonía), también es necesario considerar que la última obra musical del genio austriaco se caracteriza por un grado de dificultad alto pues las armonias corales y orquestales son un urdimbre de sentimientos y notas, por lo que, algunas fallas en la interpretación pudieron asomarse cual tímida sirena detrás de una roca de mar, lo cual, desde luego, no demerita la atracción pulsional hacia la misma. Fue precisamente el hecho de la posesión musical, la revelación de locura ante la muerte, –el Sturm und drang (tormenta y pasión) del compositor–, la materia con la que este himno a la muerte es capaz de transmitir los pensamientos y el estado de ánimo de Mozart antes de morir.

Es la antes mencionada transmisión sentimental del Réquiem, la que  comienza a inaugurar, lentamente, una nueva puerta en la historia de la música (y del arte en general), a decir, el Romanticismo, y me parece interesante mencionar a propósito del telos profundamente oscuro, solemne e infinito del movimiento romántico, el hecho de la síntesis creadora o revelación de conocimiento cual opinión aristotélica de la felicidad o eudaimonía: <<Quizá la felicidad […] pueda venir a nosotros […] como ocurre con los nymphólēptoi y los theólēptoi, que entran como estado en estado de ebriedad por inspiración de un ser divino, o bien a través de la fortuna>>. Al respecto, Roberto Calasso comenta <<Está claro qué es lo que une a los […] tipos de felicidad: su carácter abrupto. La ninfa o lo divino o la fortuna son potencias que actúan repentinamente, capturan y transforman a su presa>>.

Si llevamos hasta al límite los conceptos expuestos, me atrevo a proponer que no únicamente la posesión creadora, reveladora, contiene en sí a la felicidad o se dirije hacia ella, sino que una vez que la mente es dominada por el trance, seducida, capturada por la divinidad, –la muerte en Mozart–, las ideas comienzan a exponerse, develarse, ordenadamente en desorden o a desordenadamente en orden y el resultado es el fenómeno artístico desde el punto de vista del compositor, es decir, la contemplación, lo que así provoca algo más que felicidad, tal vez locura, tal vez la muerte. Tal vez no sepamos qué buscaba Mozart al componer el Réquiem (¿felicidad? no creo), composición creadora que agotó su espíritu, pero en definitiva se puede afirmar que la ninfa de la muerte sedujo  su intelecto y le reveló el conocimiento del estado mental que hoy en día, sentimos en su última composición: desesperación, tristeza y enormidad. Así suena el réquiem de Mozart, abrupto y también nivelado con sutilez tonos de ensoñación y salvación; más allá de la sacra misa musicalizada, el Réquiem de Mozart es un llamado que apela por la redención creacional.

Es indispensable comentar que el evento se llevó a cabo entorno y en beneficio de la Fundación Comparte Vida A.C., misma que desde hace 11 años se dedica a apoyar desde diversas aristas (filantrópica, científica) el tratamiento contra la leucemia, enfermedad que año con año reporta muertes en todo el mundo. Si deseas más información o apoyar a la lucha contra esta enfermedad, visita: http://www.fundacioncompartevida.org.mx/

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Beethoven, a quien se le atribuyen numerosas innovaciones, se convirtió en el profeta del movimiento romántico en la música occidental y así le calificaba E.T.A. Hoffmann (1776-1822), pionero de la literatura romántica alemana. <<La música de Beethoven –escribió– produce sentimientos talaes como el miedo, el temor reverencial, el horror, el sufrimiento, y despierta ese infinito anhelo que es la esencia del romanticismo.>> Con ese anhelo creó Beethoven, el compositor héroe, música clásica para una audiencia que desbordaba con creces los límites de la sala de conciertos. Sus intereses eran públicos como podían serlo los del estadista. La orquesta, el nuevo instrumento de instrumentos, tenía el poder de trascender el mundo de las palabras y de esa forma liberar la música instrumental de la dependencia del estilo vocal.

Fue en la <<música instrumental de Beethoven>> donde Hoffmann escuchó ese <<anhelo infinito>>. La música instrumental era, de hecho, <<la más romántica de las artes –podría decirse que el único arte verdaderamente romántico– pues su tema es el infinito>>. El prolífico escritor romántico alemán Ludwick Tieck (1773-1853) afirmó en 1820 que la música vocal había sido <<sólo un arte destacado>>, pero la música instrumental era <<independiente y libre>>. <<Establece sus propias leyes, improvisa alegremente y sin un propósito específico y, sin embargo, alcanza las cotas más elevadas; simplemente sigue su propio impulso y en ese juego alegre expresa los aspectos más profundos y maravillosos.>>

Beethoven sería adoptado como el héroe, el espíritu santo de los nuevos mundos de la música instrumental. Hector Berlioz (1803-1869), que consideraba a Beethoven su maestro, explica por qué, en las célebres escenas del jardín y el cementerio de su sinfonía dramática Romeo y Julieta (1847), los diálogos de los amantes no son cantados sino que los interpreta la orquesta:

…la razón es que el carácter sublime de este amor hacía que su descripción resultara tan peligrosa para el compositor que tenía que dar a su imaginación una libertad que el sentido positivo de las palabras cantadas no le había permitido, y hubo de recurrir al lenguaje instrumental, un lenguaje más rico, más variado, menos limitado y, por su misma falta de literalidad, incomparablemente más poderoso en tales circunstancias.

También Wagner convendría en 1850 en que la música instrumental contenía <<los sonidos, sílabas, palabras y frases de un lenguaje que podía expresar lo que no ha sido oído, dicho y expresado>>. Justificando una vez más los temores de los primeros filósofos cristianos, la inexistencia de la palabra en la música instrumental la convirtió en vehículo de las mayores extravagancias de los filósofos antirracionalistas alemanes. Arthur Schopenhauer (1788-1860) afirma en su obra El mundo como voluntad y representación (1818) (algunos fragmentos del cual, según decía, le habían sido dictados por el espíritu santo) que la música era la principal fuerza contra la razón, <<no una imagen de la apariencia, o antes bien de la objetivación adecuada de la voluntad, sino una imagen directa de la propia voluntad … la profunda realidad de todo fenómeno>>. Beethoven había creado nuevas formas de esa experiencia trascendente. <<Si no hubiera existido Beethoven –insistía Wagner– nunca habría compuesto mi música como lo he hecho.>>

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El gran logro de Beethoven fue su fortalecimiento de la música instrumental y su descubrimiento de nuevas posibilidades en la orquesta. Pero su<<sinfonía coral>> era un manifiesto de nuevos poderes de creación musical todavía por venir. Aunque existían precedentes de una sinfonía coral, la suya fue la primera obra importante de estas características. Originalmente había proyectado un finale instrumental (sobre un tema que más tarde utilizó en un cuarteto) pero al cabo aprovechó la oportunidad para unir la música de las palabras con la música de los instrumentos. Así, afirmaba también la nueva función pública de la música. Las palabras que eligió hacían referencia a los grandes temas de la época, explicitando su preocupación por la libertad y la hermandad. Escogió las palabras de la <<Oda a la alegría>> (Freude) de Schiller, publicada en 1785, que originalmnete era una <<Oda a la libertad>> (Freiheit), pero que fue modificada por razones políticas. Esta utilización de voces por el gran maestro de la música instrumental es todavía objeto de debate entre los críticos, para algunos de los cuales la palabra de la <<Oda a la alegría>> son un anticlímax, la limitación del <<anhelo infinito>> del que era profeta la música instrumental de Beethoven y para el cual los instrumentos otorgaban libertad al compositor. El retorno de Beethoven a la música de las palabras y su osado maridaje de palabras e instrumentos prefiguraban nuevas formas grandiosas de unión de la voz y la orquesta para crear nuevas naciones. [1]

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[1] Del libro: Boorstin, Daniel J. Los creadores. Crítica, España 2008

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Cuando se hallaba en el cenit de su fama en Viena, a partir de 1802, consiguió mantenerse económicamente sin desempeñar ningún puesto oficial. Sus contratos con los editores musicales le reportaron más beneficios que a Haydn y a Mozart, y además contaba con las aportaciones de mecenas aristócratas que le pagaban por dedicarles sus obras. Viena no le había tratado mal, pero Beethoven siempre conseguía encontrar motivos para la disputa. Tras el concierto que organizó en su propio beneficio en 1808, y en el que se estrenaron la Quinta y la Sexta sinfonías y el Concierto Número 4 para piano, imaginó que se había organizado contra él una conspiración, encabezada por Salieri, el enemigo acérrimo de Mozart. Ultrajado por las <<intrigas, cabildeos y mezquindades de todo tipo>>, amenazó con marcharse de Viena. Aceptaría la invitación del hermano de Napoleón, Jerónimo Bonaparte, que se había entronizado como rey de Westfalia, para que fuera su maestro de música. Redactó entonces un notable documento, que firmaron tres de sus ricos mecenas vieneses, el archiduque Rodolfo, el príncipe Lobkowitz y el príncipe Kinsky. En él figuraban las condiciones que ponía Beethoven para permanecer en la ciudad prestigiando la vida musical de Viena y Austria, su <<segunda patria>>. Como el compositor necesitaba verse libre <<para poder inventar grandes obras>>, Beeethoven exigía seguridad económica para ese momento y para cuando fuera anciano. Recibiría unos emolumentos anuales no inferiores a 4.000 florines, <<considerando el coste anual de la vida>>, y exigía además poder realizar giras <<para acrecentar su fama y conseguir ingresos adicionales>>. Indicaban además su deseo de ser nombrado director musical imperial y que su salario se ajustaría si obtenía el nombramiento. Todos los años dirigiría un concierto de beneficiencia, o al menos contribuiría con una nueva composición para el mismo. Los tres aristócratas que le apoyaban añadieron, generosamente, que si la enfermedad o la vejez le impedían seguir componiendo, Beethoven continuaría recibiendo sus emolumentos. Por su parte, Beethoven aceptaba continuar residiendo en Viena o en alguna otra ciudad de la monarquía austríaca. Este acuerdo, fechado el 1 de marzo de 1809, permaneció en vigor durante el resto de la vida de Beethoven, que sin embargo no tenía preocupaciones económicas.

Pero incluso este acto de generosidad de sus admiradores fue origen de disputas, pues cuando Austria declaró la guerra en abril de 1809, el valor de su moneda descendió un 50 por 100. Entonces, en 1814, cuando Beethoven, ensalzado en Viena por toda la realeza europea, disfrutaba de mayor prosperidad que nunca, insistió en que se revisara su salario para ajustarlo a la inflación. Saldó con éxito sendos procesos contra los herederos del príncipe Kinsky y contra el príncipe Lobkowitz, pero pese a todo continuó manteniendo relaciones amistosas con sus familias. Pero necesitaría más dinero que el que le garantizaban esos emolumentos, pues a la muerte de su hermano Karl adquirió nuevas responsabilidades. Llevado del odio que sentía hacia la esposa de su hermano entabló un larga batalla legal por el control de su débil e infeliz sobrino. El joven intentó suicidarse y finalmente fue enviado al ejército. Entonces, la ciudad de Viena declaró a Beethoven exento de impuestos, pero su pensión se vio reducida como consecuencia de la muerte de uno de sus benefactores y sus problemas económicos aumentaron.

Beethoven no consiguió nunca mantener una relación amistosa con otros intelectuales y artistas. Goethe deseaba conocerle y Beethoven, que admiraba profundamente su obra poética, afirmó: <<Si hay alguien que puede hacerle comprender la música, ese soy yo>>. Su encuentro, que tanto habían deseado, fue una decepción, como escribió Goethe:

Conocí a Beethoven en Teplitz. Su talento me ha impresionado; desgraciadamente se trata de una personalidad arisca y hostil que, aunque no se equivoca al decir que el mundo es detestable, no se esfuerza lo más mínimo por hacerlo más habitable o llevadero, ya sea para sí o para los demás. Su actitud es, por otra parte, muy comprensible e incluso digna de compasión, ya que ha perdido casi por entero el sentido del oído, y esto seguramente le lacera aún más en su naturaleza musical que en la social. Su carácter es lacónico y presumo que con el tiempo se hará aún más escéptico a causa de sus problemas físicos.

Goethe se sintió especialmente irritado por su arrogancia.

Su escasa objetividad para juzgar a las personas le llevó a sentirse fascinado por el atractivo charlatán Johann Nepomuk Mälzel (1772-1838), que se había hecho famoso por su jugador de ajedrez <<mecánico>>, contra el que jugó Napoleón en Viena en 1809, pero que en realidad tenía un hombre en su interior. Inventó el metrónomo, que hizo posible expresar el tiempo musical como un número de compases por minuto. Diseñó también las trompetillas que utilizaba Beethoven para ayudarse en su sordera y un panharmonicon, que imitaba instrumentos de la orquesta mecánicamente. Para dicho panharmonicon, compuso Beethoven su notable Victoria de Wellington o Batalla de la victoria (la Sinfonía de la Batalla), para celebrar la victoria de Wellington sobre los franceses en 1813. Luego Beethoven, también a instancias de Mälzel, la adaptó para la orquesta. Irónicamente, su estreno constituyó un éxito sensacional en Viena en diciembre de 1813, junto con el estreno, menos celebrado, de la Séptima sinfonía. Las interpretaciones posteriores de las dos obras continuaron siendo ensalzadas y resultaron rentables para Beethoven. Aunque el programa se había anunciado como la interpretación de la <<trompeta mecánica de Mälzel con acompañamiento orquestal>> y <<la Victoria de Wellington>> había sido concebida por Mälzel, Beethoven no le concedió mérito alguno, ni le hizo partícipe en absoluto de los beneficios obtenidos gracias a sus repetidos éxitos.

El carácter de Beethoven no se atemperó en absoluto durante los últimos años de Viena. Al parecer, estableció acuerdos económicos poco claros para alguna de sus obras más destacadas. La Missa Solemnis (misa en re), que escribió con ocasión de la entronización de su amigo el archiduque Rudolf como arzobispo de Olmütz (completada en 1823, tres años después), la había prometido a seis editores distintos y finalmente se la vendió a otro.

En 1822 recibió un anticipo de la Philharmonic Symphony Society de Londres para componer la Novena sinfonía, que deseaban ser los primeros en escuchar. En el momento en que terminó la partitura de la Novena sinfonía, en febrero de 1824, Beethoven rechazaba de plano el gusto musical de Viena, pues pensaba que los amantes de la música se habían alejado de la música seria alemana para dejarse seducir por las triviales melodías de Rossini y por la frivolidad de la ópera italiana. Ante el temor de que su sinfonía no fuera bien recibida en Viena, preguntó a sus admiradores berlineses si la misa en re y la Novena Sinfonía podían estrenarse allí. Cuando esto se supo en Viena, trece destacados ciudadanos y mecenas de la ciudad le dirigieron una carta abierta instándole a estrenar las obras en Viena. El grandilocuente memorial le recordaba cuáles debían ser sus lealtades:

…pues aunque el nombre y las creaciones de Beethoven pertenecen a toda la humanidad contemporánea y a todos los países que acogen con sensibilidad el arte, es Austria el país que con mayor razón puede reclamarlos como suyos … Sabemos que una nueva flor brilla en la guirnalda de sus gloriosas y aún no superadas sinfonías … ¡No decepcione por más tiempo las expectativas generales! … ¿Necesitamos decirle hasta qué punto nos ha llenado de aflicción su alejamiento de la vida pública? ¿Necesitamos decirle que en un momento en que todas las miradas se dirigían con ezperanza hacia usted, todos advirtieron con pena que el hombre al que todos estamos obligados a reconocer como el más excelso en su dominio, contemplaba en silencio cómo el arte extranjero se apoderaba del suelo alemán, lugar de honor de una musa alemana, mientras las obras alemanas deleitaban sólo al hacerse eco de las mélodías preferidas de los extranjeros y cuando en el lugar donde han vivido y trabajado los seres más excelsos existe la amenaza de que a la edad dorada del arte siga una segunda infancia del gusto?

Cuando se publicó esta carta y algunos comenzaron a acusar a Beethoven de haberla instigado, el compositor se sintió ultrajado. << Dado que las cosas han seguido este rumbo –estalló en uno de sus cuadernos de conversación– no puede producirme ya placer alguno.>> Pese a todo, y halagado por el contenido de la carta, Beethoven decidió estrenar las obras en Viena. Los cuadernos de conversación registraban su preocupación por todos los detalles. La London Philharmonic Society, que había pagado por la representación, tendría que conformarse con un simple manuscrito.

Durante el estreno de la Novena Sinfonía, que tuvo lugar en Viena el 7 de mayo de 1824, Beethoven, que estaba de espaldas al auditorio, no advirtió los atronadores aplausos hasta que un amigo le tiró de la manga y le hizo volverse para contemplarlos. La policía se había negado a permitir que Beethoven cobrara el precio que consideraba justo por la entrada y los censores objetaron que, de todas formas, la <<música de iglesia>> no se interpretaba en un teatro. A pesar de la tumultuosa recepción, Beethoven se sintió muy insatisfecho por la forma en que habían ido las cosas y <<se hundió>> cuando contempló las cuentas, que sólo le dejaron 420 florines. Durante la cena de celebración que tuvo lugar al terminar el concierto en un elegante restaurante, Beethoven acusó a Schindler de haberle estafado y se marchó con sus invitados. Llegó a su casa lleno de cólera y se acostó vestido. Dos semanas después, tuvo lugar una nueva interpretación en un teatro medio vacío y con pérdidas. [1]

 

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[1] Del libro: Boorstin, Daniel J. Los creadores. Crítica, España 2008