Guilles Deleuze – En medio de Spinoza (Prólogo) (Primera de Tres Partes)


Fotograma de la entrevista El abecedario de Guilles Deleuze

I.- Sin duda fue Althusser quien lo puso en la frontera de una época. La frontera que señalaba su propia época. La señalaba porque reunía los elementos propios de una época y los hacía tender hacia un extremo que no soprtaba la tensión. Una crisis bien entendida es precisamente esto. No una decadencia de los caracteres que definen un momento, sino una tendencia de esos mismos elementos a hacer estallar los límites del conjunto que los contiene.

Spinoza de aquel lado del borde. Y cuando finalmente estalla, Spinoza también de este lado. Como convocado primero a definir las condiciones que producen la crisis, y a definir luego las condiciones que ella produce. Definitivamente como si su obra delimitara en el siglo XVII la clave de nuestra más estrecha contemporaneidad.

Claro que esto se ha dicho de muchos, de prácticamente todos los autores que son presentados en un Prólogo: <<su pensamiento permanece absolutamente actual>>; <<sus reflexiones aún resuenan en el presente>>. Pero en el caso de Spinoza esto desborda tanto las relaciones formales de los clichlés editoriales como de las de la historicidad académica.

La maravillosa singularidad de este desborde es que ocurre como por debajo de aquellas relaciones. Es un desborde que ocurre antes de estar contenido en cualquier historia del pensamiento filosófico. Esa extraña afinidad estás más allá de los bordes del continente académico pero no porque haya rebalsado.

Algo rompe la cronología y cada vez que esto ocurre se impone un problema de tiempo. La imagen de Spinoza, recortada en la Holanda renacentista, se adhiere mal a nuestra época. O se adhiere bien como reliquia, seca de tiempos. Apreciamos su firme y sereno escribir, pero por su estilo nos esquiva, nos provoca un permanente desajuste. De todos modos no es sólo la ejecución. La música misma no se acomoda a nuestros oídos.

Sin embargo, algo nos irrita como en cómplice proximidad. Sentimos una afinidad extraña. Un Spinoza aledaño. Y no porque fugue de su época en una separación propia del filósofo puro y atemporal. Algunos creerán unírsele en una estación de aquel viaje de ensueño. Delatan así más su propia atemporalidad que la del filósofo. Tendrán, seguramente, su Spinoza imaginado.

Spinoza se encuentra tomado por su época, mas no en un sentido inmediato. Rara vez lo veremos <<políticamente comprometido>>. Sólo oblicuamente se interesará por la realpolitik de su época. Guardará pues una cauta distancia del ficcional primer plano en el que la mayoría de los hombres padecen su falta de filosofía.

¿Qué es lo que pasa entonces, más allá de dicha inmediatez, en el tiempo que envuelve a Spinoza? ¿Qué pasa en el siglo XVII? Es un tiempo –llamémoslo así– de trance ontológico. Una especie de nudo temporal en el que se han condensado todos los problemas del ser al modo de un enorme pliegue trágico. En él se dibuja aún tenue, como una constelación que sólo se adivina a la distancia, una otra razón humana. No mucho más tarde sacará ella cuentas y resultado: Dios ha muerto.

Si es cierto que los asesinos siempre encarnan de algún modo la posición que suprimen, una vez muerto el Padre, será el hijo predilecto quien vuelto <<Hombre>> ocupe su lugar. Sin embargo, lejos se estará con ese acto de poner fin al nihilismo. Se tratará más bien de una Restauración. Como de una continuidad lógica.

Lo indefinido aún en aquel tiempo-pliegue eran los nuevos sometimientos, los nuevos signos, las nuevas ficciones e instituciones a las que se someterían los hombres para sostener su existencia autodespreciada. Nuevos edificios morales y de conocimiento. Un teologismo sin Dios teológico. Un tiempo en que cada primera piedra es todavía signo de una violencia… y de un delirio.

Hombres delirantes. Dicho por Spinoza: Quieren que toda la naturaleza sea cómplice de su delirio y, fecundos en ridículas ficciones, la interpretan de mil maravillosos modos. Delirios que no por ser tales deben ser descartados, sino ante los cuales tendremos que batirnos siempre. Spinoza peleará sin descanso; inclinará su lente y sus estocadas hacia los viejos y nuevos signos delirantes, esos absurdos. Pero no lo hará sin echar luz a su vez sobre toda la vida expresiva que queda a las espaldas: aquella alegre y desconocida.

Decir entonces que Spinoza está tomado por su época es a la vez la exigencia de asumir una temporalidad intensa.Ni la temporalidad plena que pone al pasado como lo otro, ni la atemporalidad que lo pone como lo mismo. Hay la singularidad de una época y los pocos modos de lectura y de vida que la encarnan. Eso es Spinoza. Quizás esto explique algo de su irritante inminencia.

Hay épocas apremiantes. Se dibuja hoy igualmente tenue, como una nueva constelación que sólo se adivinará a la distancia, otro borde de la modernidad. La experiencia humana, cuyas primeras piedras se ponían en los tiempos de Spinoza, entrega hoy sus últimos respiros extenuados. El amplio dispositivo de protección ante el peligro que constituye la vida, surgido a modo de huida de aquel incierto nudo-pliegue, se deshace. Como si el ropaje prolijo que ocultó la maraña comenzara a deshilacharse. La experiencia de la propia desnudez y la desértica intemperie del mundo. ¿De qué manera nos vestiremos? Nadie parece por ahora atinar como un nuevo traje.

Se delimita así un campo para aquella extraña afinidad. Un tiempo singular en una zona-frontera. Ambos bordes de la modernidad. Un mejor oído para las preguntas. Disposición práctica y gusto salvaje. Afán de misterio y juego de desvíos. Una deriva indeterminada.

Es entonces una afinidad tan anterior a la historia del pensamiento filosófico, que ni siquiera reclama su Nombre. No hay hoy spinozistas por fuera del mundo académico. Y sobre todo no es necesario que los haya. No hay spinozistas prácticos, como sí hubo marxistas prácticos, aplicadores de la teoría.

Spinoza estalla contemporáneo en una afinidad sin Nombre que está en los núcleos del pensamiento práctico que aprendemos en y que sostienen nuestras experiencias individuales y colectivas contemporáneas. [1]

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[1] Del libro: Deleuze, Guilles. En medio de Spinoza. Cactus, serie CLASES, Argentina 2008

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