El regreso de la metafísica (La aventura intelectual de Kant. Sobre la fundamentación de la metafísica y de la ley moral)


El regreso de la metafísica
RAFAEL NARBONA
CRÍTICO LITERARIO
nº 130 · octubre 2007
Ilia Colón
LA AVENTURA INTELECTUAL DE KANT. SOBRE LA FUNDAMENTACIÓN DE LA METAFÍSICA Y DE LA LEY MORAL
Biblioteca Nueva, Madrid 280 pp.

Hans Jonas lamentaba el descrédito en el que había caído la metafísica, pero confiaba en su regreso. La impotencia de la física para unificar sus teorías en un paradigma sin incongruencias y los problemas de la ética para justificar obligaciones universales mantienen viva la esperanza de un saber que, sin responder a los criterios de verdad de las ciencias naturales, amplía hipotéticamente los límites de nuestro conocimiento. Sus teorías son meramente posibles, pero no menos necesarias que la tendencia a especular sobre la causalidad, la forma del universo o la existencia de Dios. La literatura académica sobre Kant es inabarcable y raramente trasciende el marco de la docencia universitaria. Sin embargo, Ilia Colón ha conseguido escribir un libro que convoca el interés de un público más extenso. Sin renunciar al rigor, ha demostrado que Kant no está fosilizado en la perspectiva de su época y que su actualidad no es simple anticipación, sino profunda comprensión de lo esencial. El componente utópico de su obra está realmente abierto hacia el futuro. No hay nostalgia del pasado ni espíritu profético. Sólo el propósito de pensar y conocer para promover una transformación moral del hombre y la sociedad. La noción de Supremo Bien no es una Utopía semejante a la de Platón, sino un ideal regulativo que subordina la Historia a un mañana ético, pero sin una escatología providencial.
Ilia Colón rescata el principio de teleología como una de las grandes intuiciones de Kant. Afirmar que hay una finalidad en la Naturaleza y en la Historia puede suscitar malentendidos y prejuicios. Kant no es Hegel, no sólo porque es cronológicamente anterior, sino porque considera que el papel de la filosofía no es elucidar el despliegue de lo que ya ha sido, sino contribuir a impulsar la creatividad de lo real. Creatividad significa indeterminación. La filiación hegeliana del marxismo explica que no haya indeterminación en su interpretación de la Historia. La astucia de la Razón puede desviar los acontecimientos por sendas insospechadas, pero la destrucción de la economía capitalista constituye para Marx un acontecimiento tan inevitable como cualquier ley física. Kant no rea­li­za ninguna profecía, pero es optimista. Afirma que la Historia no está marcada por la decadencia o el desastre. Hay progreso, pese a las calamidades de cada época, y la función del filósofo es participar en ese movimiento ascendente. La imposibilidad de profetizar sólo pone de manifiesto la creatividad humana, su inventiva y enorme plasticidad, una tendencia que, por su propia naturaleza, se revela incompatible con la descripción anticipada del futuro. En los países socialistas, el marxismo actuó como una ideología, en el sentido crítico que Adorno atribuye al término. La filosofía de Kant nunca se ha comprometido con ninguna forma de dominación. Simplemente permanece abierta, alimentando ese principio de esperanza que no aguarda mesiánicamente una sociedad de ilustración, sino que contribuye a su realización.
Ilia Colón estudia la vigencia del principio teleológico en la Naturaleza y el Arte. La biología actual apunta que la evolución no se basa en restablecer equilibrios mediante nuevas adaptaciones, sino en crear estrategias para reducir la dependencia del entorno. La combinación del azar y la selección natural no puede explicar los cambios del mundo natural sin presuponer una finalidad ­inmanente. No se trata de un principio que podamos deducir de la experiencia, sino una condición trascendental sin la que no sería posible la experiencia. Esto no debe interpretarse como un límite epistemológico. La representación de lo real de la mente humana no es una peculiaridad de nuestra especie, sino la consecuencia de la concordancia entre el cerebro y el mundo. En fin de cuentas, la capacidad de organización de la Naturaleza ha constituido las diferentes formas de vida, hasta generar la conciencia, sin la cual el universo sería un desierto carente de significado, pues no habría racionalidad capaz de reflexionar y producir sentido. Ilia Colón teje sus argumentos con solidez, restituyendo un concepto que había sido proscrito por una interpretación sesgada del evolucionismo.
En el dominio del arte, la teleología surge de un juicio subjetivo universal. Esta sensibilidad trascendental, que se caracteriza por la armonía entre la imaginación y el entendimiento, puede confundirse con el gusto del propio Kant, apenas interesado por el arte, salvo en su aspecto más teórico. No es fácil justificar la existencia de un sentimiento trascendental, no empírico, independiente de factores psicológicos, históricos y sociales. Lyotard considera que la estética kantiana reduce el arte al sentimiento producido por el libre juego de nuestras facultades, algo que se cumple en el caso de las vanguardias históricas. Lo informe, feo o disonante serían inaceptables para Kant como categorías estéticas. En esta cuestión, Ilia Colón es menos convincente que en el enlace establecido entre Kant, Bachelard y Jaspers para definir la temporalidad.
Ilia Colón se ocupa del «instante» para esclarecer la naturaleza del tiempo y, aunque no se demora demasiado en su condición de apertura hacia lo incondicionado, sí señala su carácter excepcional. El instante es una fulguración que nos muestra la totalidad del ser. Nos revela nuestra presencia y la Presencia del «ahí, yacimiento o lugar», traducción aproximada de Hamakom, uno de los nombres que atribuye la Torá a Dios o el Innombrable. La deriva mística no es impugnación de la ciencia, pues Ilia Colón se basa en las estructuras disipativas estudiadas por Prigogine para sostener que la organización de la materia no es un postulado, sino algo perfectamente deducible de las leyes de la física. El instante –cita Colón a Jaspers– es «el momento en que el tiempo y la eternidad se tocan». El instante refleja el dinamismo del tiempo, su capacidad de renovación. La realidad del tiempo no es la duración (Bergson), sino una discontinuidad donde cada intervalo implica una probabilidad. No es un proceso aleatorio. Hay un orden que surge de la inventiva de la materia. Este fenómeno ha sido apreciado por científicos como Prigogine, pero sólo los poetas advierten que el tiempo «brota y no corre» y que, además, lo hace en dos sentidos. Hay un tiempo que deviene horizontalmente –el tiempo de la vida– y otro que discurre verticalmente –el tiempo de la moralidad–, que acontece en el instante. Sólo ejerciendo violencia sobre el tiempo horizontal podremos captar ese instante moral, que las palabras apenas pueden reflejar. Colón se pregunta con Bachelard si el destino del hombre no será un destino poético. Cabría añadir que en ese destino se revela el parentesco entre la poesía y la verdad, la belleza y la moral, la finitud y lo Infinito. Acaso este es el momento más intenso del libro, donde se evidencia de nuevo la necesidad de recuperar la metafísica. Con su perspicaz lectura de Kant, Ilia Colón nos recuerda que no ha perdido vigencia la distinción entre conocer y pensar. El conocimiento nos revela la vitalidad de la materia; el pensamiento nos enseña su creatividad. El conocimiento nos acerca a la obra de arte; el pensamiento esclarece su propósito de acontecer como verdad. El conocimiento nos permite hacer ciencia; el pensamiento, poesía, y la poesía nos muestra que ser hombre significa aceptar la tensión del límite, donde la imposibilidad de avanzar actúa como un imperativo moral, obligándonos a ir más allá de nuestra propia ra­cio­na­lidad.

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Fuente original: http://www.revistadelibros.com/articulo_completo.php?art=1386

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