Opúsculo a la Tempestad: Shakespeare o el naufragio en la costa de los sueños


Theodore Géricault – La balsa de la medusa

Un montaje innominado, laboratorio de ensoñaciones donde taumaturgos se confrontan al fardo de la desesperación. Tras el velo de la ignorancia, visillo del oprobio, los espectadores toman sus asientos posando sus miradas en un oscuro proscenio que se convertiría, minutos más tarde, en la reencarnación del cuadro de Géricault, ‘La balsa de la medusa’. O por lo menos esa ha sido mi impresión. Allá afuera en avenida Reforma, escenario de fulleros anónimos que birlan la esperanza y escandilan al ajeno, la tierra tiembla y un gusano subterráneo muestra su acerada dentadura con orgullo necrológico. Las personas son escupidas de su interior como sombras que se deslizan entre candilejas eléctricas buscando acuciar el fin de su existencia. Afortunadamente mi pequeña caja ruidosa de metal aperlado me permite recrear el humus personal de la experiencia citadina escuchando a tal o cual idiota en la radio, mi destino: El Galeón.

Lejos del fratricidio humano, separado por la mampara del arte escénico, fui testigo de la exhumación del espíritu shakespeariano en la obra ‘Tempestad’, interesante amalgama de diálogos, danza, expresión corporal. Era un menhir levantado a la risible naturaleza humana, un mordaz acto de escarceo crítico, una tórrida muestra de excitación espiritual. Una mano se levantaba y entre cuerdas, lluvia y relámpagos penetró en el tórax del cuerpo inconsciente tomando el corazón y estrujando sus arterias y cortando los vínculos de la razón. Psicosis, neurastenia sin perdón. Un canto melancólico réquiem de la barca, in crescendo aumentaba y en silencio terminaba. Convertirnos en aire y volar hacia el firmamento donde el fulgor de las estrellas en ceniza nos espera. ¿Qué es la magia? El sueño de Próspero, la posibilidad de la existencia, una venganza consumada una naturaleza exhibida. Un llamado, una palabra, un recordatorio en memoria cristalizada. Un cadáver, un resultado, una cabeza mutilada. Una tempestad no anunciada, una crónica que languidece. Es magia, es mohína, es vivir que no aparece.

Y al final es el recuerdo del destete humano. Un navío abandonado a su suerte, solitario y sin camino. Un urente sentimiento, emesis de la locura. Una vez terminada la obra y mientras me encontraba de pie en el foyer del teatro, me preguntaba si acaso la teleología pudo haber sido heraclitiana, un auténtico devenir entre contrarios. ¿Qué es lo que sucede una vez pasada la tempestad? Inevitable consecuencia del determinismo antropológico. Es mi intención recoger los cuerpos estragados por la furia de Neptuno, expurgarlos de culpa y reanimarlos, insuflarles vida. Sin duda una labor supernumeraria. En ese momento te eché de menos. Taciturno, caminé de regreso a mi caja de metal andante, desembragué y me dirigí a la profundidad de la noche iluminada. Naufragaba por la costa de los sueños.

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