Paul Ricoeur


LA VIDA DE RICOEUR

Paul Ricoeur nace en Valence el 27 de Febrero de 1913. Huérfano de madre desde su más tierna edad, pierde a los dos años a su padre, caído en el frente durante la Primera Guerra Mundial, y deviene así pupilo de la nación. Es recogido por sus abuelos que lo educan, así como a su hermana mayor, en la religión protestante. Ricoeur hace estudios de filosofía en la Universidad de Rennes y después en la Sorbona, antes de obtener la Agregación de filosofía en 1935. Movilizado en 1939 es hecho rápidamente prisionero y permanece hasta el fin de la guerra en diferentes campos de Pomerania, donde lee a Jaspers y traduce las Ideas relativas a una fenomenología pura de Husserl. En cautividad escribe asimismo sus primeras obras: Karl Jaspers y la filosofía de la existencia (en colaboración con Mikel Dufrene, 1947) y Gabriel Marcel y Karl Jaspers (1948). Nombrado profesor en la Universidad de Estrasburgo en 1948, enseñará historia de la filosofía hasta su elección en la Sorbona, en 1956. Sensible a los problemas de la Universidad, Ricoeur pide su traslado a la nueva y renovadora Facultad de Letras de Nanterre (1966). Al ser nombrado Decano de esta Facultad, hubo de afrontar la violencia de los acontecimientos de mayo del 68. Blanco de los más vivos ataques, terminó, después de una agresión física, por dimitir de sus funciones (1970). Abandona entonces Francia para ir a enseñar a la Universidad Católica de Lovaina (1970-1973), para reintegrarse después a su puesto en la universidad de París-X. (Nanterre), en donde finaliza su carrera académica (1981). Paralelamente, Ricoeur da cursos en Canadá y en los Estados Unidos, principalmente en las Universidades de Yale y Chicago. Su fama es hoy internacional: es miembro de nueve academias extranjeras y doctor honoris causa de treinta y una universidades de todo el mundo. [1]

La producción filosófica de Ricoeur se desarrolla siguiendo el ritmo de varias series de obras. Después de los tres volúmenes de la Filosofía de la voluntad (1950-1961), vienen trabajos de inspiración hermenéutica (De la interpretación, 1969; La metáfora viva, 1975), a los que siguen los tres tomos de Tiempo y Relato (1983-1985). Su última gran obra. El sí-mismo como otro (1990), conjuga la hermenéutica con la ética.

LA SIMBÓLICA DEL MAL

Superando las lecturas <<tendenciosas>> de los marxistas, los freudianos, o los estructuralistas –que intentan siempre reducir el sentido de una obra (o de nuestra cultura en su totalidad) a una significación supuestamente última (sea ideológica, psicoanalítica, o simplemente combinatoria)–, Ricoeur ha querido ser el iniciador de un nuevo arte de interpretar, de una nueva hermenéutica atenta al despliegue plural de la palabra más bien que a su <<deconstrucción>> (Derrida).

Fiel a sus lecturas de la fenomenología husserliana, Ricoeur comienza por interrogarse, en el tríptico de su Filosofía de la voluntad, sobre la esencia misma del querer. Detecta así, en la voluntad, tres componentes fundamentales: el proyecto, la ejecución y el consentimiento. En el acto coluntario, yo me proyecto en un mundo que me resiste, con un cuerpo que es por su parte indócil. En este juego de lo voluntario, yo me proyecto en un mundo que me resiste, con un cuerpo que es por su parte indócil. En este juego de lo voluntario y de lo involuntario, me descubro como limitado a la vez por el mundo y por mi propio proyecto, que me obliga. Aceptando por mi consentimiento estos límites, los transformo en instrumentos de mi libertad. Pero el análisis de la voluntad revela la gran distancia que hay entre querer y creer; el hombre, desgarrado entre lo finito y lo infinito, es eminentemente falible. Es esta debilidad constitutiva del hombre la que hace posible el mal.

Ahora bien, Ricoeur muestra que si el ser es falible pertenece a la esencia del hombre, la experiencia de la falta, como realidad efectiva, permanece incomprensible. El mal, en tanto que es, no simplemente posible, sino realizado, escapa a toda conceptualización. También el filósofo debe apelar a los lenguajes de la confesión y del mito –los únicos lenguajes, según Ricoeur, en los cuáles alcanza a expresarse el mal–. Lo que los relatos de estos lenguajes ponen en juego es, efectivamente, una simbólica del mal. En el lenguaje de la confesión, por ejemplo, se encuentra la simbólica elemental de la mancilla del pecado y de la culpabilidad: las manifestaciones por las cuales confiesa el hombre sus faltas revelan en primer lugar la obsesión de la mancha, y después el temor resultante de la ruptura de la alianza con Dios, en definitiva la conciencia del que saber que ha cometido una falta.

Es por ser el mal lo que amenaza siempre al pensamiento, por lo que debe ser pensado con la más extrema exigencia. Confrontado al <<escándalo de mal>>, Ricouer se niega a darse por vencido. En primer lugar es posible, gracias a los símbolos, seguirle la pista a la genalogía del mal. Pero esto no es más que un preludio para la acción. Como el mal <<se precede siempre a sí mismo>>, hay que plantarse y hacerle frente: <<El mal es aquello contra lo cual luchamos: en este sentido no tenemos otra relación con él que esta relación de contra>>. El obrar ético es, pues, inseparable del reconocimiento del mal. [2]

____________________

[1] Paul Ricoeur falleció en 2005. Nota de Sómacles.

[2] Del libro: Huisman, Denis y Vergez André. Historia de los filósofos ilustrada por los textos. Tecnos. España 2001

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: