José Antonio Marina – Elogio y refutación del ingenio (Fragmento)


INTRODUCCIÓN

Quien se acerca a un libro de lingüística percibe enseguida que es una ciencia de saberes ocultos. No lo digo porque su jerga técnica parezca esotérica al profano y superfetatoria al consagrado, sino porque el lenguaje, su tema, es un conglomerado de informaciones y habilidades que manejamos con eficacia, pero que no conocemos con precisión. Es un tacit knowledge, escribió Chomsky. El lingüista quiere explicar reflexivamente ese saber que ya posee plegado. Es un explorador que descubre un territorio guardado en su memoria. La selva virgen que pisa resulta ser su propia casa.

Al aprender la lengua materna –las lenguas segundas plantean problemas distintos– el niño recibe los planos sintácticos y semánticos para construir su mundo. Será su mirada la que se apropie de la realidad, pero dirigida por miradas ajenas y lejanas codificadas en la lengua. El niño sentirá sus sentimientos, pero los identificará y clasificará de acuerdo con el catálogo sentimental incluido en su idioma. Si el inconsciente es la vigencia del pasado olvidado, las palabras tienen su propio inconsciente y pueden ser psicoanalizadas.

Un complejo sistema de preferencias y necesidades guió la evolución de las lenguas, y cada perfil fonético, forma sintáctica o parcelación semántica guardan la huella de aquellas distantes motivaciones que aún dirigen nuestro hablar. Cuando aprendemos una lengua asimilamos su inconsciente sin saberlo, trasegamos su biografía secreta, que se aloja en nosotros y nos habita. Por eso, el lenguaje es un saber oculto.

Las ideas y manías de nuestros antepasados se han colado de matute en nuestra actividad, como una herencia que, al igual que la genética, recibimos sin chistar, privados hasta del mínimo consuelo de poderlas aceptar a beneficio de inventario. No podemos hacer inventario de nuestro lenguaje sin dedicar a ello la vida. Nadie sabe las palabras que sabe, ni las construcciones sintácticas que es capaz de hacer. Poseemos un capital lingüístico que no podemos calcular, y el lingüista, que quiere hacer el cómputo de sus caudales, adopta por ello el aire introvertido y cauteloso del avariento que cuenta y recuenta su tesoro.

Todos los matices de una lengua remiten a una experiencia olvidada que una arqueología o genealogía del lenguaje debe recuperar. La historia  es pudorosa respecto de los grandes acontecimientos, como una madre que quisiera parir sus más preclaros hijos en la oscuridad, y no guarda memoria de los gigantescos creadores que inventaron la preposición, el subjuntivo o la voz pasiva. Los especialistas rastrean esa prehistoria, y tras dos siglos de esfuerzos nos han proporcionado copiosa información sobre el indoeuropeo, antepasado común de muchas lenguas, pero en este momento pretenden retroceder aún más hasta llegar al único tronco del que derivarían todas las lenguas del planeta. Si accediéramos a esa matriz universal, accederíamos al mismo tiempo al universal inconsciente lingüístico del que todos los hombres participaríamos. Un investigador, Merrit Ruhlen, ha llegado a aventurar que la primera palabra sonó hace más de cien mil años y fue TIK, que quiere decir <<dedo>> (Gamkrelidze, iVANOV, 1984; Greenberg 1984).

Muchos pensadores han denunciado el poder anónimo que el lenguaje ejerce sobre nosotros: Freud, Nietzsche, Austin, Foucault, Lacan, Ortega y muchos más. Sus escritos están llenos de ocurrencias agudas a las que faltan comprobaciones detalladas. Es indudable que la historia de la humanidad está enterrada en el lenguaje. Sin llegar a los excesos de Ruhlen, los expertos han podido situar en Anatolia el nacimiento del indoeuropeo basándose, entre otros datos, en restos de palabras que se referían a plantas o accidentes orográficos exclusivos de aquella región. El hombre es animal etimológico, que conserva sus orígnes y recibe con cada palabra su historia cifrada.

Todos podemos estar de acuerdo con una formulación tan vaga. Concordes, pero insatisfechos. Nada adelantamos con hablar del influjo del pasado si somos incapaces de precisar qué información tácita se transmite en cada situación cultural, cómo se organiza y mediante qué mecanismos se propaga. Por ejemplo: la etimología señala el parentesco de las palabras <<ingenio>> e <<ingenuo>>. Ambas significaban <<innato>>, <<natural>>, aunque <<ingenio>> se refería a las habilidades no aprendidas, mientras que <<ingenuidad>> era la espléndida facultad innata de ser libre. Después de divertidas peripecias semánticas, esos vocablos han llegado a ser casi antónimos. El ingenioso es avisado y astuto; el ingenuo, cándido y simple. ¿Queda vigente algún rasgo de su etimología? El saber plegado contenido en estas palabras y que la presión cultural inyecta en la memoria del hablante no mantiene vivo el antiguo parentesco. Cada una de ellas se ha integrado en campos semánticos distintos, y desde ellos actúan sobre nuestros comportamientos lingüísticos. Ahí es donde debemos buscar la vigencia del pasado. La <<ingenuidad>> es un calificativo denigrante, a cuya órbita han sido atraídas la candidez y la inocencia. En cambio, <<ingenio>> es un término elogioso, que contagia su valor positivo a la picardía, la astucia y la frescura. Estas relaciones acaso no aparezcan explícitamente en la conciencia del hablante contemporáneo, pero están vigentes en su <<inconsciente lingüístico>>.

En el lenguaje nada ocurre sin motivo (Guiraud, 1955). Si llamamos psicoanálisis al estudio de las motivaciones ocultas que rigen nuestro actuar, hemos de reclamar un psicoanálisis lingüístico que partiendo de los usos reales del lenguaje desvele las conexiones implícitas, las creencias profundas, las valoraciones que los configuran, la textura oculta que manifiesta el texto superficial.

Este libro es un ejercicio de <<psicoanálisis lingüístico>>. Sobre el diván está tendida la palabra <<ingenio>>. Mejor dicho: un hablante que utiliza la palabra <<ingenio>> y que nos representa a todos. Así pues, el lector va a ser psicoanalizado a través de ese representante ideal. Por ello, no va a aprender cosas nuevas sobre el ingenio, porque tampoco el sujeto psicoanalizado aprende cosas nuevas: conoce tan sólo lo que ya sabía, despliega su inconsciente, que es él mismo. Lo mismo nos sucede a todos cuando leemos un libro de gramática: reconocemos, puestas en limpio, informaciones que ya sabíamos de forma confusa. Todos debemos utilizar con respecto a esos saberes ocultos la sabia expresión que usan con frecuencia los colegiales y que estúpidamente tomamos como un disculpa: <<Lo sé, pero no me acuerdo>>.

Utilizamos la palabra <<ingenio>> o <<ingeniosidad>> para calificar sin vacilación algunos fenómenos muy distintos, cuyos rasgos comunes resultan difíciles de discernir. Consideramos que la ironía, el humos, la picardía, la comicidad, la astucia, la inventiva, la originalidad, la parodia, el chiste, los equívocos, la rapidez, la facundia, el timo, la novela policiaca, la sátira y la mala uva son avatares del ingenio. Un minucioso aprendizaje ha unificado en nuestra memoria lingüística todas esas realidades. ¿Qué tienen en común? Wittgenstein dijo que un <<parecido de familia>>, pero fue ingenuo y perezoso al decirlo. El <<parecido de familia>> es un criterio inservible porque es indefinidamente elástico. Comparados con los chinos, todos los europeos tenemos un aire de familia y, comparados con los cocodrilos, todos los hombres nos parecemos un poquito. Freud hubiera fulminado a quien le hubiera dicho que todos los sueños de un individuo tenían un <<parecido de familia>>, con lo que estaba dicho todo. Iba más allá y aspiraba a descubrir la norma secreta que dirigía la proliferante imaginería onírica.

¿Qué hay en el fondo del ingenio? ¿Qué experiencia unifica los usos de esa palabra?  Baltasar Gracián, que nunca se distinguió pro su optimismo, dijo que <<el ingenio es una de esas cosas que sólo se puede conocer a bulto>>. No me convencen ni Wittgenstein ni Gracián, porque se precipitaron en su renuncia. Admitir bultos que no se pueden inspeccionar y parecidos que no se precisan, es un recurso indolente. Los expertos en inteligencia artificial y psicología cognitiva han demostrado que <<reconocer un parecido>> es una operación de extrema complejidad. Si el hombre –o el ordenador– carece de la información adecuada –el esquema del parecido, una plantilla, el inventario de rasgos, etc.–, el reconocimiento es imposible (Norman, 1977; Johnsonn-Laird, 1988).

El psicoanálisis del ingenio pretende descubrir el modelo que utilizamos para reconocer que algo es ingenioso, y las motivaciones profundas que han unificado en un mismo campo semántico fenómenos en apariencia tan distintos. El saber plegado que asimiliamos cuando aprendemos a manejar la palabra <<ingenio>> forma un sistema cohesionado, que está vigente en la actualidad y determina por ello el hablar de la mayoría de los habitantes… Si mi tesis es correcta, el lector se descubrirá siguiendo un discurso ideológico que no comprende del todo. Estará siendo empujado por la lógica oculta del sistema ingenioso, a cuyo análisis está dedicado este libro. [1]

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[1] Del libro: Marina, José Antonio. Elogio y refutación del ingenio. Anagrama, España 2004.

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