Archivos Mensuales: enero 2010

Grupo Huatusco – ¿Por que no crecemos? Hacia un consenso por el crecimiento de México. Reflexiones de 54 economistas (Tercera Parte)

3. EL CRECIMIENTO ECONÓMICO EN MÉXICO

EL CRECIMIENTO ENTRE 1940 Y 1980

En los 30 años que transcurrieron entre 1940 y 1970 la economía mexicana mostró un comportamiento excepcional en materia de crecimiento. Destaca el periodo entre 1954 y 1970 en el que ese crecimiento ocurrió en un contexto de gran estabilidad macroeconómica, la etapa del llamado “desarrollo estabilizador”. En ese periodo, el producto interno bruto creció a tasas cercanas al 7 por cierto anual.

En la década de los setenta, la estrategia que había seguido la economía mexicana mostró signos de agotamiento. Un primer diagnóstico indicó que era necesario mantener altos niveles de inversión y buscar políticas más explícitas de redistribución de la riqueza en lo que se denominó la estrategia de “desarrollo compartido”. Para mantener el ritmo, se incrementó la inversión pública y se ampliaron los programas sociales a través de un mayor déficit en las finanzas públicas. El entorno externo, que había favorecido el desarrollo en las décadas anteriores se volvió más hostil. El embargo petrolero de 1973 y el abandono del sistema de Bretton Woods cambiaron radicalmente el contexto financiero de la economía mexicana.

EL CRECIMIENTO ENTRE 1980 Y 2003

A principios de la década de los ochenta, los términos de intercambio mostraron un importante revés y el gobierno mexicano no tuvo más remedio que iniciar un fuerte proceso de ajuste fiscal. En 1982, México detonó la crisis de la deuda externa latinoamericana. El resto de la década se dedicó a continuas renegociaciones que no lograron restablecer la capacidad de gestión del gobierno hasta 1990 en que se concretó un acuerdo definitivo sobre la deuda, que además de renegociar el esquema de pagos incorporó una condonación parcial.

La entrada en vigencia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte a principios de 1994 simboliza una nueva etapa de política económica marcada por la institucionalización de la apertura comercial. Sin embargo, a finales de ese mismo año, México sufrió de nuevo una fuerte crisis financiera. El gobierno fue incapaz de enfrentar vencimientos de deuda de corto plazo denominada en dólares. La crisis provocó una aguda caída del ingreso nacional y una nueva espiral inflacionaria. La credibilidad en las políticas públicas adoptadas entre 1985 y 1994, incluyendo a la apertura comercial, las privatizaciones y el redimensionamiento del aparato económico gubernamental, se debilitó.

A pesar de lo severo de la crisis, las exportaciones mexicanas respondieron más rápidamente al ajuste cambiario que en el pasado, gracias al Tratado de Libre Comercio. Ello dio un mayor margen de maniobra al país en la generación de divisas y la deuda externa se pudo reestructurar rápidamente. El paquete de ayuda financiera acordado con el gobierno de los Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional se pagó de manera anticipada y la economía mexicana retomó una senda de crecimiento a partir del cuarto trimestre de 1995.

En 2000, la ciudadanía decidió que era momento de un cambio de partido en el poder y llevó el PAN a la Presidencia de la República. El cambio de administración se dio sin contratiempos y sin que apareciera el fantasma de las crisis de fin de sexenio que afectaban a la economía mexicana desde 1976. Sin embargo, por razones ajenas al cambio político, entre las que destaca la desaceleración de la economía mundial, el crecimiento se detuvo. La tasa de crecimiento promedio del PIB real entre 2001 y 2003 ha sido inferior al 1 por cierto. La creación de empleos ha sido insuficiente y las expectativas de mayor bienestar de la población no han sido satisfechas.

UN BALANCE DE LA ECONOMÍA MEXICANA: 1980-2003

Crecimiento per cápita, desigualdad y pobreza

En la etapa más reciente de su historia, el crecimiento económico de México ha sido claramente insatisfactorio. Entre 1980 y 2003, el Producto Interno Bruto por habitante prácticamente no se ha movido (al cierre de 2003 es aproximadamente de 6 mil dólares anuales por persona).

Adicionalmente, la desigualdad y la pobreza han aumentado. El coeficiente de Gini –una medida de la desigualdad que tiene un valor máximo de uno y uno mínimo de cero, correspondiente a la total igualdad– pasó de 42.5 en 1984 a 48.1 en 2000. El porcentaje de hogares en pobreza moderada –con ingresos menores a 2 dólares diarios– aumentó al pasar de 30% en 1984 a 33% en 2000. Es además alarmante que el día de hoy el 89% de los hogares del decil más pobre de la población no cuente con acceso a la seguridad social.

El ahorro también está sesgado significativamente. La tasa de ahorro del décimo decil de ingreso (el decil de mayores ingresos) representa aproximadamente el 75% del ahorro privado total, mientras que las tasas de ahorro de los primeros cuatro deciles son negativas. Más gravemente, esta situación ha cambiado poco en los últimos 20 años.

Por otra parte, el nivel de vida por entidad federativa en México refleja una clara desigualdad de capacidades y oportunidades. Mientras que en las zonas metropolitanas más prósperas el PIB per cápita es de aproximadamente 14 mil dólares, en los estados de bajos ingresos del Suereste apenas alcanza los 2 mil dólares.

Sin embargo, esto no necesariamente significa que la calidad de vida en las regiones de mayores ingresos sea satisfactoria o haya mejorado. Por ejemplo, el número de denuncias por robo ha aumentado considerablemente en los últimos 20 años en las grandes ciudades. Además se han observado un creciente deterioro del medio ambiente, un desarrollo urbano desordenado y congestionamientos viales cada día mayores, entre otros factores que disminuyen el bienestar.

Al mismo tiempo han aumentado las actividades informales (que incluyen el ambulantaje y las actividades sin registro y sin local), con los consecuentes costos sociales asociados a ellas. En las 16 ciudades más importantes del país, estas actividades han alcanzado ya al 24% de la población económicamente activa y han mantenido una tendencia creciente desde principios de los noventa.

Algunos avances nada despreciables: Estabilidad macroeconómica, superación de crisis y exportaciones

A pesar de que el PIB per cápita no ha mejorado, en un balance de la economía mexicana a partir de 1980, es conveniente mencionar que ha habido avances en ciertos sectores y –quizá más significativamente– que se superó rápidamente la crisis económica más grave de la historia moderna del país. En este contexto, la estabilidad macroeconómica con la que hoy contamos –en gran parte sustentada en la autonomía del Banco de México–, la institucionalización de la apertura comercial como promotora de una mayor eficiencia productiva a través del TLC y otros acuerdos comerciales, la reforma del sistema de pensiones de asegurados al IMSS, la introducción de programas sociales efectivos, y la creación y consolidación del Instituto Federal Electoral, son sólo algunos ejemplos de políticas públicas que han beneficiado a la sociedad.

En el caso de la estabilidad macroeconómica se relevante el hecho de que la inflación anual se ha reducido de un máximo de 159% en 1987, a niveles cercanos al 4% como ocurre actualmente.

También destaca que después de la pronunciada caída del PIB en 1995, de 6.2% –la mayor en más de 60 años–, la economía mexicana se haya recuperado rápidamente y crecido más de 5% en promedio anual entre 1996 y 2000.

En el manejo de las finazas públicas resalta el hecho de que se haya mantenido un superávit primario promedio positivo –superior al 1.7 por cierto– entre 1983 y el momento actual, lo que refleja una constante disciplina en el manejo del presupuesto federal.

Finalmente, en el ámbito de la actividad del comercio internacional, la apertura de México –medida por el cociente de exportaciones más importaciones entre el PIB– ha pasado del 20% en 1980 a cerca de 60% en la actualidad. Al mismo tiempo, las exportaciones no petroleras han aumentado del 26% de las exportaciones totales en 1982 a alrededor del 90%, eliminando la dependencia monoexportadora que ha aquejado a las economías latinoamericanas a lo largo de su historia independiente. [1]

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[1] Del libro: ¿Por qué no crecemos? Hacia un consenso para el crecimiento en México: Reflexiones de 54 economistas. Sin editorial. México 2004.

Grupo Huatusco – ¿Por que no crecemos? Hacia un consenso por el crecimiento de México. Reflexiones de 54 economistas (Segunda Parte)

2. EL ORIGEN Y LAS CAUSAS DEL CRECIMIENTO ECONÓMICO

LAS IDEAS SOBRE EL CRECIMIENTO ECONÓMICO

¿Cuáles son las principales ideas económicas para entender y mejorar el proceso de crecimiento y cómo han influido sobre las políticas públicas contemporáneas? Durante el último medio siglo, el debate sobre el crecimiento se ha centrado en argumentos que pudieran sintetizarse en tres ideas principales: 1) El aumento en la producción se deriva de la acumulación de factores; 2)El progreso tecnológico impulsa el crecimiento; y 3) El crecimiento responde endógenamente a factores institucionales e históricos, así como al marco de incentivos para la adopción y substitución de métodos productivos.

Primera idea:

El aumento en la producción se deriva de acumulación de factores.

Para explicar el crecimiento, la ciencia económica se concentró inicialmente en la noción de que la acumulación de factores, principalmente el capital, es fundamental para detonar ese proceso. Si se cumple el supuesto de una contribución adicional constante de la inversión a la producción potencial de un país, la conclusión de política económica es que lograr un crecimiento equilibrado requiere de un monto de inversión que mantenga a la economía en una senda de pleno empleo. Dicho de otra manera, el crecimiento del producto es proporcional al crecimiento del acervo de capital. En el corazón de muchos modelos nacionales de programación financiera se sigue manteniendo esta estructura básica. Comúnmente se realizan cálculos simples sobre qué monto de inversión es necesario para alcanzar una determinada tasa de crecimiento.

Sin embargo, la extrapolación indiscriminada de estas ideas conlleva un peligro de establecer metas de inversión como porcentaje del PIB como si esto bastara para lograr el crecimiento deseado. Sin embargo, no es así de simple. ¿Cuántas veces ha ocurrido que se llega a financiar un determinado monto de proyectos para descubrir poco tiempo después que no resultaron ser tan productivos como se esperaba?

Segunda idea:

El motor del crecimiento económico es el progreso tecnológico

A finales de los cincuenta se estableció en el análisis económico una metodología que permite descomponer al crecimiento en tres elementos: la acumulación de capital, el aumento en la cantidad de trabajo, de preferencia distribuido entre “fuerza de trabajo” y “capital de trabajo” y el cambio tecnológico. En los países desarrollados se observó que el mayor crecimiento del producto por habitante se explicaba por un “residuo tecnológico” y no sólo por la acumulación de capital.

Sin embargo, en un contexto global, al analizar la evidencia sobre el crecimiento entre diversos países esta idea no permite explicar cabalmente los hechos principales. Un supuesto básico detrás de ella es que la tecnología fluye libremente entre los diversos países y que el factor tecnológico debía estar relacionado con la investigación básica que permeaba en todas las aplicaciones productivas del capital. Si la tecnología estuviera disponible en forma libre, tendría que ser  cierto que los niveles de vida de los habitantes de todo el mundo convergirían. Las diferencias en dotaciones de capital debían al mismo tiempo reflejarse en grandes diferencias en la tasa de rentabilidad de los factores. Estos hechos no se observan en la realidad y requieren explicaciones alternativas.

Tercera idea:

El crecimiento responde endógenamente a factores institucionales e históricos, así como al marco de incentivos para la adopción y substitución de métodos productivos.

Las divergencias entre las predicciones de la teoría económica y lo observado en la experiencia internacional abrieron una nueva avenida de investigación; era necesario explicar las diferencias en los niveles de bienestar de los países atribuibles al hecho de que la tecnología, al pareer, no fluye libremente de un lugar a otro. Una explicación atractiva es que el aprendizaje en los procesos productivos genera discrepancias sostenibles en esos niveles de bienestar. La historia y las instutuciones pueden afectar al crecimiento económico. Por ejemplo, si un país desarrolla agentes productores de tecnología (por ejemplo, las universidades) que trabajan en forma complementaria a la acumulación de capital humano, se produce un círculo virtuoso que acelera el crecimiento. Esto puede explicar una parte de las diferencias en los niveles de vida de los países. Una explicación complementaria se basa en la noción de que a través de la competencia entre un número reducido de empresas, en la búsqueda de capturar los beneficios oligopólicos se impulsa la generación de nueva tecnología.

Asçi mismo, como fue recalcado en el Seminario de Huatusco, la historia y el presente de las instituciones políticas y legales, entre otras, inciden poderosamente sobre el crecimiento. No en balde la literatura económica han vuelto a ponerse de moda los estudios que relacionan a la Economía con el Derecho y la Política, entre otras disciplinas afines.

Relevancia de las ideas económicas sobre el crecimiento para las políticas públicas.

Es imprescindible que el marco general de las políticas públicas sea adecuado y capaz de dar certidumbre para que las inversiones que alientan el crecimiento –generalmente de largo plazo– puedan materializarse. Esa relativa certeza para enmarcar la toma de decisiones de los agentes económicos y la confianza en un orden económico eficiente y justo son el sustento de procesos de crecimiento sostenidos, que perduran y se adaptan mejor a los cambios en las circunstancias.

En contraste, la inestabilidad financiera, la desigualdad, la mala educación, la precariedad de la salud, y la ausencia de un pleno Estado de Derecho, entre otros factores vinculados con malas políticas públicas nacionales , pueden inhibir los procesos de inversión y con ello el crecimiento económico. La inflación, por ejemplo, además de ser profundamente inequitativa al afectar más a quienes no pueden protegerse de sus nocivos efectos sobre el poder adquisitivo, impide la toma de mejores decisiones al desviar recursos productivos hacia usos de menor rentabilidad social y al reducir la cantidad real de crédito que el sistema financiero puede ofrecer. La evidencia internacional apoya la tesis de que la estibilidad está asociada de manera positiva con el crecimiento.

El crecimiento también puede obstaculizarse a través de las distorsiones que genera un sistema fiscal mal diseñado, por las trabas burocráticas para crear y cerrar empresas, el proteccionismo a ultranza a costa de los consumidores nacionales y una inadecuada regulación de sectores en los que se pueden manipular los precios, en tre otras políticas públicas que impiden una mejor asignación de los recursos económicos.

Pero el crecimiento también depende de un sistema legal sólido y un marco institucional adecuado que garanticen los derechos económicos de la sociedad. La evidencia empírica internacional muestra que la mayoría de las experiencias de crecimiento sostenido durante largos periodos han estado acompañadas por el cumplimiento del Estado de Derecho y la presencia de instituciones legales eficaces.

El proceso político influye también en la factibilidad de adoptar mejores políticas públicas y, en consecuencia, sobre el crecimiento económico. Por lo tanto, no menos importante que conseguir que funcionen las medidas económicas y las instituciones legales, es que la política conduzca a los acuerdos necesarios que impulsen el crecimiento.

En síntesis, el crecimiento económico depende fundamentalmente del continuo aumento en la cantidad y sobre todo la calidad de la fuerza laboral, la expansión de los acervos de capital humano y físico, la rentabilidad de las nuevas inversiones, la innovación tecnológica y las mejoras en la productividad factorial total, que el sistema económico, político e institucional hagan posible. Las políticas públicas, al modificar el marco de incentivos para la toma de decisiones que conducen a ese proceso de creación de riqueza nacional, pueden influir significativamente en el patrón de crecimiento económico. [1]

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[1] Del libro: ¿Por qué no crecemos? Hacia un consenso para el crecimiento en México: Reflexiones de 54 economistas. Sin editorial. México 2004.

Grupo Huatusco – ¿Por que no crecemos? Hacia un consenso por el crecimiento de México. Reflexiones de 54 economistas (Primera Parte)

1. ¿POR QUÉ NO CRECEMOS?

LA PREGUNTA DE HUATUSCO

El presente documento intenta resumir criterios y reflexiones que condujeron a lo que llamamos el Consenso de Huatusco. El contexto en el que llegamos a ese acuerdo básico parte de una preocupación generalizada por el escaso crecimiento económico de México dutante los últimos 20 años.

En efecto, los economistas interesados en el proceso de crecimiento de México nos hemos preguntado con creciente frecuencia ¿por qué no hay?, ¿por qué no ha habido en un largo tiempo, un aumento sostenido y equilibrado de la producción, el ingreso nacional y el bienestar?, ¿cuál es la relación y los canales a través de los cuales nuestros arreglos institucionales, políticas públicas, estructura demográfica y marco de incentivos económicos, afectan el crecimiento? Más específicamente, ¿cuál ha sido la conexión conceptual y empírica entre el proceso de crecimiento mexicano en las décadas recientes, por un parte, y la naturaleza y respeto al Estado de Derecho, la democracia, las políticas de Estado, el papel del gobierno, la educación, la distribución del ingreso, la libertad de comercio, el tamaño y la composición de la población, las estructuras de mercado y el ahorro interno, entre otros factores y variables que pueden afectar al crecimiento, por la otra?

Para tratar de contestarnos esas interrogantes, sugerir mejores arreglos para el crecimiento y proponer políticas públicas para aliviar a nuestro país de su ya crónico estancamiento, entre el 5 y el 7 de junio de 2003, 54 especialistas en economía con amplia experiencia académica, en el servicio público y en el ejercicio independiente de nuestra profesión, nos reunimos en Huatusco, Veracruz, con el fin de debatir en torno a esa pregunta ¿Por qué no crecemos?

En Huatusco concentramos la atención en el crecimiento económico pues si bien crecimiento no es lo mismo que desarrollo, crecer es indispensable para mejorar los niveles de bienestar y apoyar a la población de menores ingresos. Obtener los recursos para este fin se facilita en una economía que crece, ya que ello evita las dolorosas disyuntivas presentes en una economía estancada. Sin crecimiento, atender las necesidades más urgentes y las de quienes menos tienen significa sustraer recursos de alguien más; el proceso puede llevar a la confrontación y resultar en parálisis.

En un país como el nuestro, no es exagerado afirmar que no crecer durante un periodo largo tiene consecuencias graves para las generaciones presentes y futuras. En lo económico, la falta de ingresos, de empleos y oportunidades significa menor consumo familiar y también menor inversión en educación, salud, infraestructura física y cuidado del ambiente, lo que repercute pronto en una economía más débil y un entorno desatendido. En lo social, los tejidos se desgastan y se genera una sensación de desánimo, acentuada por las crecientes desigualdades que se manifiestan más agudamente en el estancamiento. En lo político, los acuerdos se dificultan por la falta de recursos públicos para atender demandas ciudadanas, particularmente en una cultura democrática incipiente que inhibe la negociación y promueve la crítica entre los distintos grupos de interés.

Por ello, la pregunta de Huatusco es pertinente para México. Durante las dos últimas décadas, el desempeño económico no ha permitido generar los satisfactores para incrementar el nivel de vida promedio de la población. Los economistas reunidos en Huatusco pensamos que entre las causas del escaso crecimiento observado destacan las siguientes:

1. Baja productividad de la inversión.

2. Ineficiencia del sistema de intermediación financiera.

3. Escaso aprovechamiento de la apertura comercial.

4. Debilidad del mercado interno.

5. Insuficiente creación de empleos formales.

6. Educación inadecuada.

7. Desigualdad de oportunidades.

8. Insuficiente innovación tecnológica.

9. Un gobierno económicamente débil, propenso al financiamiento inflacionario y con una agenda ambigua y deficiente.

10. Incapacidad política para llegar a acuerdos democráticos y establecer políticas públicas eficaces.

11. Debilidad del Estado de Derecho.

Sin menospreciar los factores externos, la relación anterior es en esencia producto de que han fallado sistemáticamente, o simplemente no han existido, las políticas públicas para retomar el rumbo del crecimiento y el desarrollo económico. En consecuencia, un segmento creciente de la población resiente ya la reducción de ingresos, que provoca el deterioro de sus aspiraciones de largo alcance y la pérdida de calidad en aspectos tangibles de su vida cotidiana.

Urgen entonces respuestas que guíen políticas públicas deseables y posibles, para volver a crecer. Hoy se puede tratar de responder mejor a esa interrogante, partiendo de un diagnóstico objetivo e imparcial, con el fin de entender la naturaleza del proceso de crecimiento de México. A partir de un mejor entendimiento del estancamiento que nos aqueja es posible sugerir alternativas para reemprender el crecimiento económico, y ofrecer soluciones al principal problema nacional de la actualidad: la falta de crecimiento económico.

EL ESPÍRITU DE HUATUSCO

En este contexto, el espíritu de Huatusco consistió en el ambiente constructivo y de diálogo que animó a economistas de todo el espectro: desde los jóvenes hasta los maduros, los de “izquierda” y los de “derecha”, los “académicos” y los “políticos”, los “teóricos” y los “pragmáticos”, para revisar experiencias, analizar resultados, explorar nuevas posibilidades y ratificar principios para un conjunto de políticas públicas a favor del crecimiento, que faciliten el aprovechamiento eficiente de los recursos y promuevan la equidad en la distribución de oportunidades.

El espíritu de Huatusco le hace falta a México. Las diferencias de ideas y antecedentes no deben ser obstáculo para la búsqueda profesional de un objetivo común: contribuir a la construcción de un México más justo y más próspero.

Aunque no todos los participantes estamos en total acuerdo con cada una de las ideas expuestas en este documento, todos coincidimos en la importancia del crecimiento y en lo deseable de un esfuerzo permanente para entenderlo y mejorar el futuro económico de México. Por ello, un comité de redacción elaboró este documento basándose en las ideas expuestas por los participantes en el Seminario asi como en los consensos logrados. Para ello analizamos primero los antecedentes conceptuales mínimos para el planteamiento de la pregunta central del ejercicio, ¿por qué no crecemos?; resumimos a continuación los elementos analíticos y empíricos para diagnosticar y ofrecer un bosquejo de la naturaleza del proceso de crecimiento en México en años recientes, y finalmente proponemos los consensos básicos que se derivan de esa revisión.

En el futuro inmediato será necesario acordar y definir estrategias de gobierno, paquetes legislativos, presupuestos, planes de inversión, propuestas ciudadanas, plataformas políticas y diversas acciones que den forma y contexto a las políticas públicas en nuestro país. Esperamos que las principales líneas de argumentación y, sobre todo, los consensos que alcanzamos en Huatusco contribuyan a facilitar estos procesos. Es importante reconocer que en estos momentos en los que se debaten intensamente diversas propuestas de política pública, un grupo heterogéneo de profesionistas puede ponerse de acuerdo en puntos de partida fundamentales, sin los cuales no sería posible sumar experiencias y criterios, que contribuyan a un anhelo que no por trillado es menos válido. un mejor México. [1]

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[1] Del libro: ¿Por qué no crecemos? Hacia un consenso para el crecimiento en México: Reflexiones de 54 economistas. Sin editorial. México 2004.

Retrato de Levinas por Victor Malka

1905/1995

Lo que al punto choca en él es la vivacidad de la mirada, su inteligencia y su bondad. Como si la filosofía de la alteridad, de la cual éste intelectual brillante ha hecho la espina dorsal de su pensamiento y de su obra, se dejase leer nada más comenzar el juego. Como si él retomase por propia cuenta tal fórmula bíblica que ha comentado a generaciones de discípulos: como, heme aquí, yo mismo.

El hombre es de menguada estatura y frágil aspecto. El gesto es sobrio mas relativamente nervioso; el tono de su discurso, sacudido, impetuoso a veces, con un vestigio de acento ruso apenas perceptible, si bien los oyentes que no están demasiado cerca del maestro deben aguzar al extremo el oído. Por más que haya preparado las citas y sus referencias, sucede sin embargo que la memoria, in fine, le falla. Vuélvese entonces, y con qué humildad, hacia tal o cual de sus oyentes reputado por su vasta cultura bíblica, y le pide auxilio con la mirada.

Y, hablando de humildad, cuántas veces no se lo ha visto saludar a obreros y a <<hombres sin importancia>> con tales miramientos que uno hubiera creído que se trataba efectivamente de imponentes cimas intelectuales.

Basta que se le tienda un micro para que pierda parte de sus facultades y se le resista la más sencilla palabra. Se lo ha visto descontento de semejante prestación radiofónica y negándose finalmente a que ésta sea difundida.

Así era el hombre; de una difícil exigencia para consigo mismo, de una indulgencia extrema para con los otros.

VICTOR MALKA, texto inédito.[1]

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[1] Del libro: Huisman, Denis y Vergez André. Historia de los filósofos ilustrada por los textos. Tecnos. España 2001

Paul Ricoeur

LA VIDA DE RICOEUR

Paul Ricoeur nace en Valence el 27 de Febrero de 1913. Huérfano de madre desde su más tierna edad, pierde a los dos años a su padre, caído en el frente durante la Primera Guerra Mundial, y deviene así pupilo de la nación. Es recogido por sus abuelos que lo educan, así como a su hermana mayor, en la religión protestante. Ricoeur hace estudios de filosofía en la Universidad de Rennes y después en la Sorbona, antes de obtener la Agregación de filosofía en 1935. Movilizado en 1939 es hecho rápidamente prisionero y permanece hasta el fin de la guerra en diferentes campos de Pomerania, donde lee a Jaspers y traduce las Ideas relativas a una fenomenología pura de Husserl. En cautividad escribe asimismo sus primeras obras: Karl Jaspers y la filosofía de la existencia (en colaboración con Mikel Dufrene, 1947) y Gabriel Marcel y Karl Jaspers (1948). Nombrado profesor en la Universidad de Estrasburgo en 1948, enseñará historia de la filosofía hasta su elección en la Sorbona, en 1956. Sensible a los problemas de la Universidad, Ricoeur pide su traslado a la nueva y renovadora Facultad de Letras de Nanterre (1966). Al ser nombrado Decano de esta Facultad, hubo de afrontar la violencia de los acontecimientos de mayo del 68. Blanco de los más vivos ataques, terminó, después de una agresión física, por dimitir de sus funciones (1970). Abandona entonces Francia para ir a enseñar a la Universidad Católica de Lovaina (1970-1973), para reintegrarse después a su puesto en la universidad de París-X. (Nanterre), en donde finaliza su carrera académica (1981). Paralelamente, Ricoeur da cursos en Canadá y en los Estados Unidos, principalmente en las Universidades de Yale y Chicago. Su fama es hoy internacional: es miembro de nueve academias extranjeras y doctor honoris causa de treinta y una universidades de todo el mundo. [1]

La producción filosófica de Ricoeur se desarrolla siguiendo el ritmo de varias series de obras. Después de los tres volúmenes de la Filosofía de la voluntad (1950-1961), vienen trabajos de inspiración hermenéutica (De la interpretación, 1969; La metáfora viva, 1975), a los que siguen los tres tomos de Tiempo y Relato (1983-1985). Su última gran obra. El sí-mismo como otro (1990), conjuga la hermenéutica con la ética.

LA SIMBÓLICA DEL MAL

Superando las lecturas <<tendenciosas>> de los marxistas, los freudianos, o los estructuralistas –que intentan siempre reducir el sentido de una obra (o de nuestra cultura en su totalidad) a una significación supuestamente última (sea ideológica, psicoanalítica, o simplemente combinatoria)–, Ricoeur ha querido ser el iniciador de un nuevo arte de interpretar, de una nueva hermenéutica atenta al despliegue plural de la palabra más bien que a su <<deconstrucción>> (Derrida).

Fiel a sus lecturas de la fenomenología husserliana, Ricoeur comienza por interrogarse, en el tríptico de su Filosofía de la voluntad, sobre la esencia misma del querer. Detecta así, en la voluntad, tres componentes fundamentales: el proyecto, la ejecución y el consentimiento. En el acto coluntario, yo me proyecto en un mundo que me resiste, con un cuerpo que es por su parte indócil. En este juego de lo voluntario, yo me proyecto en un mundo que me resiste, con un cuerpo que es por su parte indócil. En este juego de lo voluntario y de lo involuntario, me descubro como limitado a la vez por el mundo y por mi propio proyecto, que me obliga. Aceptando por mi consentimiento estos límites, los transformo en instrumentos de mi libertad. Pero el análisis de la voluntad revela la gran distancia que hay entre querer y creer; el hombre, desgarrado entre lo finito y lo infinito, es eminentemente falible. Es esta debilidad constitutiva del hombre la que hace posible el mal.

Ahora bien, Ricoeur muestra que si el ser es falible pertenece a la esencia del hombre, la experiencia de la falta, como realidad efectiva, permanece incomprensible. El mal, en tanto que es, no simplemente posible, sino realizado, escapa a toda conceptualización. También el filósofo debe apelar a los lenguajes de la confesión y del mito –los únicos lenguajes, según Ricoeur, en los cuáles alcanza a expresarse el mal–. Lo que los relatos de estos lenguajes ponen en juego es, efectivamente, una simbólica del mal. En el lenguaje de la confesión, por ejemplo, se encuentra la simbólica elemental de la mancilla del pecado y de la culpabilidad: las manifestaciones por las cuales confiesa el hombre sus faltas revelan en primer lugar la obsesión de la mancha, y después el temor resultante de la ruptura de la alianza con Dios, en definitiva la conciencia del que saber que ha cometido una falta.

Es por ser el mal lo que amenaza siempre al pensamiento, por lo que debe ser pensado con la más extrema exigencia. Confrontado al <<escándalo de mal>>, Ricouer se niega a darse por vencido. En primer lugar es posible, gracias a los símbolos, seguirle la pista a la genalogía del mal. Pero esto no es más que un preludio para la acción. Como el mal <<se precede siempre a sí mismo>>, hay que plantarse y hacerle frente: <<El mal es aquello contra lo cual luchamos: en este sentido no tenemos otra relación con él que esta relación de contra>>. El obrar ético es, pues, inseparable del reconocimiento del mal. [2]

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[1] Paul Ricoeur falleció en 2005. Nota de Sómacles.

[2] Del libro: Huisman, Denis y Vergez André. Historia de los filósofos ilustrada por los textos. Tecnos. España 2001

José Antonio Marina – Elogio y Refutación del Ingenio (Fragmento Final)

II. ¿CÓMO JUEGA LA INTELIGENCIA?

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El uso lúdico de la inteligencia no es compatible con el uso serio. Esto pone a la ciencia y a la técnica en inferioridad de condiciones, porque están sometidas al principio de realidad y no pueden tomarse tantas libertades. Son racionalidades esclavizadas. El ingenio es, en cambio, la inteligencia turulata. Cristine Buci-Glucksman ha titulado su libro sobre el barroco: La folie du voir. Según ella, en esa época el lenguaje perdió sus referencias ontológicas. <<Al carecer de referente primero, el mundo oscila entre la apariencia y la aparición, entre el gozo y la muerte, entre el sueño y la realidad, en una autoexposición apasionada de sí misma y de las formas>> (Buci-Glucksman, 1986).

Ni la ciencia ni la técnica pueden perder su referencia al mundo: sería un accidente patológico. La técnica, como productora de utensilios, puede hacerse ingeniosa si trunca su finalidad práctica e inventa objetos inútiles o imposibles. Jacques Carelman ha inventado un utillaje de racionalidad perversa. Sus tenazas flexibles, las fundas de viaje para perros, el martillo de mango curvo especial para clavos difíciles, nos remiten al mundo del ser-a-la-mano, que diría Heidegger, pero defraudan nuestras expectativas. Son chistes materializados.

También la ciencia puede convertirse en juego y zafarse de su finalidad propia, que es conocer la realidad. Puede hacerlo confinándose en el formalismo (los juegos matemáticos, por ejemplo), o estudiando irrealidades. Un matemático, Alexander Keewatin Dewnei, ha publicado varios trabajos sobre el <<Planiverso>>, un imaginario universo bidimensional, cuya existencia no es lógicamente imposible, y del que ha elaborado la teoría y la práctica. Ha llevado su humorada hasta diseñar objetos de uso doméstico para ese mundo laminar.

Estos casos patológicos confirman que el ingenio implica el rechazo de los fines. Disfruta con su propia actividad. Es el juego que juega la inteligencia consigo misma, en el que todas las operaciones intelectuales resultan transmutadas, como este capítulo ha mostrado. [1]

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[1] Del libro: Marina, José Antonio. Elogio y refutación del ingenio. Anagrama, España 2004.

José Antonio Marina – Elogio y refutación del ingenio (Fragmento)

INTRODUCCIÓN

Quien se acerca a un libro de lingüística percibe enseguida que es una ciencia de saberes ocultos. No lo digo porque su jerga técnica parezca esotérica al profano y superfetatoria al consagrado, sino porque el lenguaje, su tema, es un conglomerado de informaciones y habilidades que manejamos con eficacia, pero que no conocemos con precisión. Es un tacit knowledge, escribió Chomsky. El lingüista quiere explicar reflexivamente ese saber que ya posee plegado. Es un explorador que descubre un territorio guardado en su memoria. La selva virgen que pisa resulta ser su propia casa.

Al aprender la lengua materna –las lenguas segundas plantean problemas distintos– el niño recibe los planos sintácticos y semánticos para construir su mundo. Será su mirada la que se apropie de la realidad, pero dirigida por miradas ajenas y lejanas codificadas en la lengua. El niño sentirá sus sentimientos, pero los identificará y clasificará de acuerdo con el catálogo sentimental incluido en su idioma. Si el inconsciente es la vigencia del pasado olvidado, las palabras tienen su propio inconsciente y pueden ser psicoanalizadas.

Un complejo sistema de preferencias y necesidades guió la evolución de las lenguas, y cada perfil fonético, forma sintáctica o parcelación semántica guardan la huella de aquellas distantes motivaciones que aún dirigen nuestro hablar. Cuando aprendemos una lengua asimilamos su inconsciente sin saberlo, trasegamos su biografía secreta, que se aloja en nosotros y nos habita. Por eso, el lenguaje es un saber oculto.

Las ideas y manías de nuestros antepasados se han colado de matute en nuestra actividad, como una herencia que, al igual que la genética, recibimos sin chistar, privados hasta del mínimo consuelo de poderlas aceptar a beneficio de inventario. No podemos hacer inventario de nuestro lenguaje sin dedicar a ello la vida. Nadie sabe las palabras que sabe, ni las construcciones sintácticas que es capaz de hacer. Poseemos un capital lingüístico que no podemos calcular, y el lingüista, que quiere hacer el cómputo de sus caudales, adopta por ello el aire introvertido y cauteloso del avariento que cuenta y recuenta su tesoro.

Todos los matices de una lengua remiten a una experiencia olvidada que una arqueología o genealogía del lenguaje debe recuperar. La historia  es pudorosa respecto de los grandes acontecimientos, como una madre que quisiera parir sus más preclaros hijos en la oscuridad, y no guarda memoria de los gigantescos creadores que inventaron la preposición, el subjuntivo o la voz pasiva. Los especialistas rastrean esa prehistoria, y tras dos siglos de esfuerzos nos han proporcionado copiosa información sobre el indoeuropeo, antepasado común de muchas lenguas, pero en este momento pretenden retroceder aún más hasta llegar al único tronco del que derivarían todas las lenguas del planeta. Si accediéramos a esa matriz universal, accederíamos al mismo tiempo al universal inconsciente lingüístico del que todos los hombres participaríamos. Un investigador, Merrit Ruhlen, ha llegado a aventurar que la primera palabra sonó hace más de cien mil años y fue TIK, que quiere decir <<dedo>> (Gamkrelidze, iVANOV, 1984; Greenberg 1984).

Muchos pensadores han denunciado el poder anónimo que el lenguaje ejerce sobre nosotros: Freud, Nietzsche, Austin, Foucault, Lacan, Ortega y muchos más. Sus escritos están llenos de ocurrencias agudas a las que faltan comprobaciones detalladas. Es indudable que la historia de la humanidad está enterrada en el lenguaje. Sin llegar a los excesos de Ruhlen, los expertos han podido situar en Anatolia el nacimiento del indoeuropeo basándose, entre otros datos, en restos de palabras que se referían a plantas o accidentes orográficos exclusivos de aquella región. El hombre es animal etimológico, que conserva sus orígnes y recibe con cada palabra su historia cifrada.

Todos podemos estar de acuerdo con una formulación tan vaga. Concordes, pero insatisfechos. Nada adelantamos con hablar del influjo del pasado si somos incapaces de precisar qué información tácita se transmite en cada situación cultural, cómo se organiza y mediante qué mecanismos se propaga. Por ejemplo: la etimología señala el parentesco de las palabras <<ingenio>> e <<ingenuo>>. Ambas significaban <<innato>>, <<natural>>, aunque <<ingenio>> se refería a las habilidades no aprendidas, mientras que <<ingenuidad>> era la espléndida facultad innata de ser libre. Después de divertidas peripecias semánticas, esos vocablos han llegado a ser casi antónimos. El ingenioso es avisado y astuto; el ingenuo, cándido y simple. ¿Queda vigente algún rasgo de su etimología? El saber plegado contenido en estas palabras y que la presión cultural inyecta en la memoria del hablante no mantiene vivo el antiguo parentesco. Cada una de ellas se ha integrado en campos semánticos distintos, y desde ellos actúan sobre nuestros comportamientos lingüísticos. Ahí es donde debemos buscar la vigencia del pasado. La <<ingenuidad>> es un calificativo denigrante, a cuya órbita han sido atraídas la candidez y la inocencia. En cambio, <<ingenio>> es un término elogioso, que contagia su valor positivo a la picardía, la astucia y la frescura. Estas relaciones acaso no aparezcan explícitamente en la conciencia del hablante contemporáneo, pero están vigentes en su <<inconsciente lingüístico>>.

En el lenguaje nada ocurre sin motivo (Guiraud, 1955). Si llamamos psicoanálisis al estudio de las motivaciones ocultas que rigen nuestro actuar, hemos de reclamar un psicoanálisis lingüístico que partiendo de los usos reales del lenguaje desvele las conexiones implícitas, las creencias profundas, las valoraciones que los configuran, la textura oculta que manifiesta el texto superficial.

Este libro es un ejercicio de <<psicoanálisis lingüístico>>. Sobre el diván está tendida la palabra <<ingenio>>. Mejor dicho: un hablante que utiliza la palabra <<ingenio>> y que nos representa a todos. Así pues, el lector va a ser psicoanalizado a través de ese representante ideal. Por ello, no va a aprender cosas nuevas sobre el ingenio, porque tampoco el sujeto psicoanalizado aprende cosas nuevas: conoce tan sólo lo que ya sabía, despliega su inconsciente, que es él mismo. Lo mismo nos sucede a todos cuando leemos un libro de gramática: reconocemos, puestas en limpio, informaciones que ya sabíamos de forma confusa. Todos debemos utilizar con respecto a esos saberes ocultos la sabia expresión que usan con frecuencia los colegiales y que estúpidamente tomamos como un disculpa: <<Lo sé, pero no me acuerdo>>.

Utilizamos la palabra <<ingenio>> o <<ingeniosidad>> para calificar sin vacilación algunos fenómenos muy distintos, cuyos rasgos comunes resultan difíciles de discernir. Consideramos que la ironía, el humos, la picardía, la comicidad, la astucia, la inventiva, la originalidad, la parodia, el chiste, los equívocos, la rapidez, la facundia, el timo, la novela policiaca, la sátira y la mala uva son avatares del ingenio. Un minucioso aprendizaje ha unificado en nuestra memoria lingüística todas esas realidades. ¿Qué tienen en común? Wittgenstein dijo que un <<parecido de familia>>, pero fue ingenuo y perezoso al decirlo. El <<parecido de familia>> es un criterio inservible porque es indefinidamente elástico. Comparados con los chinos, todos los europeos tenemos un aire de familia y, comparados con los cocodrilos, todos los hombres nos parecemos un poquito. Freud hubiera fulminado a quien le hubiera dicho que todos los sueños de un individuo tenían un <<parecido de familia>>, con lo que estaba dicho todo. Iba más allá y aspiraba a descubrir la norma secreta que dirigía la proliferante imaginería onírica.

¿Qué hay en el fondo del ingenio? ¿Qué experiencia unifica los usos de esa palabra?  Baltasar Gracián, que nunca se distinguió pro su optimismo, dijo que <<el ingenio es una de esas cosas que sólo se puede conocer a bulto>>. No me convencen ni Wittgenstein ni Gracián, porque se precipitaron en su renuncia. Admitir bultos que no se pueden inspeccionar y parecidos que no se precisan, es un recurso indolente. Los expertos en inteligencia artificial y psicología cognitiva han demostrado que <<reconocer un parecido>> es una operación de extrema complejidad. Si el hombre –o el ordenador– carece de la información adecuada –el esquema del parecido, una plantilla, el inventario de rasgos, etc.–, el reconocimiento es imposible (Norman, 1977; Johnsonn-Laird, 1988).

El psicoanálisis del ingenio pretende descubrir el modelo que utilizamos para reconocer que algo es ingenioso, y las motivaciones profundas que han unificado en un mismo campo semántico fenómenos en apariencia tan distintos. El saber plegado que asimiliamos cuando aprendemos a manejar la palabra <<ingenio>> forma un sistema cohesionado, que está vigente en la actualidad y determina por ello el hablar de la mayoría de los habitantes… Si mi tesis es correcta, el lector se descubrirá siguiendo un discurso ideológico que no comprende del todo. Estará siendo empujado por la lógica oculta del sistema ingenioso, a cuyo análisis está dedicado este libro. [1]

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[1] Del libro: Marina, José Antonio. Elogio y refutación del ingenio. Anagrama, España 2004.

Albert Cohen – Bella del Señor (Fragmento)

XXXVI

Solemnes entre las parejas sin amor, bailaban, sólo pendientes de sí mismos, gustaban el uno del otro, concentrados, profundos, perdidos. Embobada de que la sujetara y guiase, ignoraba ella el mundo, escuchaba la dicha en sus venas, a ratos admirándose en los altos espejos de las paredes, elegante, entrañable, excepcional, mujer amada, a ratos echando la cabeza hacia atrás para verlo mejor y él le murmuraba maravillas no siempre comprendidas, pues lo miraba demasiado, pero siempre con toda el alma aprobadas, y él le murmuraba que estaban enamorados, y se le escapaba entonces a ella una impalpable risa estremecida, exactamente, sí, así era, enamorados, y él le murmuraba que se moría por besar y bendecir sus largas pestañas onduladas, pero no allí, más tarde, cuando estuviesen solos, y entonces murmuraba ella que tenían toda la vida, y de repente la invadía el temor de haberle disgustado, demasiado segura de sí misma, pero no, oh felicidad, él le sonreía y contra sí la estrechaba y murmuraba que todas las noches, sí, todas las noches se verían. Zarandeado en su coche-cama, se reprochaba el haber sido un bruto, un bruto por haberla llamado mala. Al fin y al cabo, si no le caía simpático el jefe, qué le iba a hacer, no era culpa suya, vaya. Tenía sus detalles buenos, vaya si no. El otro día en la sastrería, lo había ayudado tan simpática a elegir la tela, había puesto realmente muchísimo interés. Seguro que ahora estaría durmiendo, tan mona cuando dormía. Duerme bien, cariño, le dijo en su traqueteante lecho, y le sonrió, cerró los ojos para dormir con ella. La orquesta cíngara se interrumpió, y se detuvieron sin soltarse en tanto que los seres corrientes, separándose de inmediato, aplaudían, aplaudían en vano. Pero a una mirada de Solal, Imre, el primer violín picado de viruelas, esbozó una sonrise cómplice, enjugó sus sudores y atacó con grandeza en tanto que los dos extraños, observados por la gente sentada, reemprendían el baile en gravedad de amor, al punto seguidos por Imre que floritureaba con grandes efectos de mangas flotantes y sujetaba entre los dientes el billete entregado por Solal. Ella, arrastrando tras de sí serpentinas arrojadas, lentas algas de todos los colores, despegaba a ratos la mano para retocarse el peinado y no lo conseguía, bah tanto daba, y a lo mejor le brillaba la nariz, bah tanto daba puesto que era su bella, puesto que él se lo decía. La bella del señor, pensaba para sí, sonriendo en la gloria. Pero no lograba dormirse y se preguntaba si se habría acordado ella de cerrar la llave del gas. Lo fastidioso era que se iba a quedar completamente sola en el chalé, con la única compañía de una asistenta por las mañanas, ya que Mariette no se incorporaba al trabajo hasta al cabo de un mes más o menos, y no sólo era la llave del gas, eran los cerrojos de la puerta de la calle que seguro que olvidaría echar antes de irse a la cama, y sus vitaminas por la mañana, seguro que no se acordaba de tomárselas, ah cuántas preocupaciones. Pegadas las mejillas, ella y él, secretos, lentamente girando. Oh ella, murmuraba él, todos los encantos, alpinista del Himalaya tocada de retrasada mental cuando estaba sola, oh sus idas y venidas por la habitación, encogidas las puntas de los pies para humillarse, como él de sus ridiculeces disfrutando, oh celeste gestera y bufona de sí misma, ensoñadora en su bañera, amiga de la lechuza y protectora del sapo, ella, su loca hermana. Pegada la mejilla al hombro de su señor, le pedía ella que tornase a repetírselo, con los ojos cerrados, feliz de que la conociesen, de que la conociesen mejor que ella misma, escarnecida y ensalzada por aquel hermano del alma, único ser en el mundo que la conocía, y era eso el amor adorable, el amor de hombre, y Varvara no era nada, nada ya, desvanecidas pobrezas. Echando la cabeza hacia atrás, vio que sus ojos eran azules y verdes, salpicados de motas doradas, tan luminosos en el tostado rostro, ojos del mar y del sol, y se apretó contra él, agradecida de aquellos ojos. De misión oficial, qué coño, con las correspondientes dietas, qué coño, incluidas las del clima, qué coño, y luego, el hotel George V, qué coño, standing de dimplomático, qué coño. Nada más llegar a París, telefonearle para las recomendaciones, llave de gas, cerrojos, postigos, vitaminas, etcétera. No, nada más llegar no, podía despertarla. Sólo a partir de las once, de acuerdo, y confirmar por carta todas las recomendaciones. En hoja aparte, hacerle una lista con las cosas que no tenía que olvidar, con números y cosas subrayadas en rojo, una lista para que se la colgase en la habitación.  O aconsejarle que se alojase en un hotel elgante hasta que llegase Mariette, el Ritz por ejemplo, aunque saliese caro daba igual, así no se quedaba sola en la ciudad, ya no había peligro de que se olvidase de echar los cerrojos. No, el Ritz no, podría encontrarse con el jefe y lo tenía atragantado, era capaz de no saludarlo. Murmullos de su amor en aquel baile. Sí, todos los días de su vida, aprobaba ella, y sonreía al pensar en la delicia de prepararse cada noche para él, cantando prepararse y ponerse guapa para él, oh prodigio de cada noche aguardarlo en el umbral y bajo las rosas, con vestido exquisito y nuevo aguardarle, y cada noche besar su mano cuando llegase, tan alto y de blanco vestido. Hermosa, le decía él, temible de belleza, solar aureolada de brumosos ojos, le decía, y contra él la estrechaba, y cerraba ella los ojos, ridícula, toda donosura, fascinada de ser temible, embriagada de ser solar. Vaya hombre, no consigo dormirme, ha sido el gratinado ese, he tomado demasiado. Llamar por teléfono a las once, antes no, no exponerse a despertarla. Buenos días cariño, ¿has dormido bien? La noche ha sido perfecta, sabes. Primero, bueno, la cena, cabiar y toda la pesca. Vamos, si quieres, de lo cuento al detalle. Bueno, caviar, gratinado de langosta Eduardo VII, confit de codorniz, pernil de corzo a la cazadora, crêpes rellenas Ritz, en fin, vaya, todo de lo más superfino. Entregada y en los brazos de prodigio girando, le preguntaba a qué hora llegaría por las noches. A las nueve, decía él, inclinado para respirarla, y asentía ella, ignoraba que moriría. Las nueve, qué maravilla. A las nueve, llegaría, todas las noches de su vida. Un largo baño, pues, a las ocho, y luego vestirse rápido. Oh fascinante ocupación la de ponerse guapa para él, elegante para él. Pero ¿cómo, cómo era posible, hacía un rato, al llegar, las dos horrendas palabras que le había dicho, cuando ahora, ahora sólo una existía? ¿Pedirle perdón por las dos horrendas palabras? No, demasiado difícil mientras bailaban, ahora no, más tarde, y entonces explicarle. ¿Explicarle el qué? Oh, tanto daba, tanto daba, mirarlo, perderse en sus ojos. Gratinado y codorniz he comido un poquitín demasiado, corzo también, y caviar bien pensado también, pero era para que viera que sabía apreciarlo, cuestión de cortesía, comprendes, y era una manera de estar ocupado cuando él no hablaba, y sobre todo lo que ha pasado es que él no comía casi nada, y a mí me daba no sé qué pensar que los camareros se iban a  llevar esos platos medio llenos, platos tan bien presentados, y abundantes sabes, mecachis la mar, la codorniz dentro llevaba un relleno completamente negro de trufas, te das cuenta, y claro he comido demasiado. Graves, giraban en la penumbra súbitamente azul, y apretaba ella contra su boca la mano del desconocido, ufana de su audacia. Arriba, cuando hablaba de la fuerza y la gorilería, lo que admiraba ella era mi fuerza y mi gorilería, pensó él de repente. Tanto da, tanto da, somos animales, pero la amo y soy feliz, pensó. Oh maravilla de amarte, le dijo ¿Cuándo por primera vez?, se atrevió ella a preguntar. En la recepción brasileña, murmuró él, por primera vez y de inmediato amada, noble entre las nobles surgida, tú y yo y nadie más en el tropel de triunfadores y ávidos de importancias, nosotros dos únicos exiliados, tú sola como yo y como yo triste y de desprecio sin hablar con nadie, única amiga de ti misma, y, sólo con verte parpadear, te conocí, la inesperada y la esperada, al punto elegida en aquella noche de destino, elegida al primer batir de tus largas pestañas onduladas, tú, Bujara divina, feliz Samarcanda, bordado de delicados dibujos, oh jardín en la otra orilla. Qué hermoso, se extasió de ella. Nadie en el mundo me ha hablado nunca así, dijo. Las mismas palabras, pero el viejo no tenía dientes, y no lo escuchabas, pensó. O irrisión, oh miseria, pero me ama y la amo, y gloria a mis treinta y dos huesecillos, pensó. Sí, como te decía, dolor de estómago, pero es que de veras que me daba no sé qué, aparte de que en el Ritz las cuentas son de no te menees, fíjate, oye, ha firmado la cuenta sin siquiera echarle una mirada, sí porque a los clientes fijos les dan a firmar la cuenta, debe de pagar por meses, bueno, me imagino, la cuenta no he podido ver a cuánto subía, me la tapaba con el codo, pero la clavada debía de ser de campeonato, como que todo eran cosas caras, un magnum de Moët brut imperial rosado, te imaginas, el no va más, un magnum apenas empezado, y como es natural todo eso cargado en la cuenta, lo bebas o no lo bebas, lo comas o no lo comas, y ya la apoteosis ha sido el billete de cien dólares al maître d’hôtel, como es natural lo llevan en palmas, un billete de cien dólares, te lo juro, lo he visto con mis propios ojos lo he visto, one hundred dollars con todas las letras, me he quedando viendo visiones, cien dólares, te das cuenta qué derroche, claro que con su sueldo, pero aun así, en cualquier caso me alegro de haberles zampado todo su gratinado Eduardo VII, vaya casi, crêpes también he comido una pizca demasiadas, y, claro, he tenido una digestión difícil, con eructos ácidos, menos mal que se me ha ocurrido llevarme el bicarbonato, la verdad es que ha sido una excelente idea lo de las fichas con las cosas para llevarse de viaje, así estás seguro de que no te dejas nada. Los demás tardan semanas en llegar a amar, y a amar poco, y necesitan conversaciones y gustos comunes y cristalizaciones. A mí lo que dura un parpadeo. Llámame loco, pero créeme. Un parpadeo tuyo, y me miraste sin verme, y fue gloria y la primavera y el sol y el mar tibio y mi juventud recobrada, y el mundo había nacido, y supe que nadie antes que tú, ni Adrienne, ni Aude ni Isolde, ni las otras de mi esplendor y juventud, todas de ti anunciadoras y siervas. Sí, nadie antes que tú, nadie después de ti, lo juro por la santa Ley que beso cuando solemne en la sinagoga ante mí pasa, de oro y terciopelo cubierta, santos mandamientos de ese Dios en quien no creo pero al que revrencio, tremendamente orgulloso de mi Dios, Dios de Israel, y me estremezco en mis huesos cuando oigo Su nombre y Sus palabras. Para el bicarbonato, he pedido un botellín de Evian al tío del coche-cama, resulta la mar de cómodo, esos camareros de coche-cama, te traen lo que te apetezca, a cualquier hora de la noche, te das cuenta, sólo tienes que llamar, por supuesto cuando llega hay que darle propina, pero en fin vale la pena, tres veces he tomado bicar, como tenía tanta pesadez y esos eructos ácidos, la cena de lo más cuidado, en fin no es ése el caso, una noche perfecta desde el principio, sabes. En la mesa, la conversación animadísima, yo perfectamente relajado, Proust, Kafka, Picasso, Vermeer, en fin la cosa ha salido rodada, sin que viniese a cuento en cierto modo, sobre Vermeer lo cierto es que he estado brillante, biografía, carácter del hombre, obras principales, todo acompañado de observaciones técnicas e indicaciones de museos, vamos que ha visto que era un entendido. Sentados en su mesa tenuemente iluminada, se sonreían, y sólo ellos existían. Ella lo miraba, se moría por seguir con el dedo la fastuosa curva de las cejas, se moría por rodearle con la mano la muñeca para notar su estrechez, pero no, no delante de aquella gente. Lo miraba y lo admiraba por llamar con gesto imperioso al maître d’hôtel que acudió, obeso y ligero, escuchó encantado, sacó el magnum del cubo de hielo, lo arropó maternalmente, hizo saltar el tapón, llenó episcopalmente las dos copas y se retiró con amable circunspección, las manos en la espalda, vigilante y universal la mirada, al tiempo que, seguido por la orquesta, Imre atacaba un tango infame con triunfantes movimientos de cabeza y que, unas tras otra, las parejas se embarcaban con distinguidos sentimientos en los hermosos y azules ríos del sueño. Lo miraba ella y lo admiraba ceremoniosamente, con precauciones, arrimando con esmero la rótula y luego el fémur acerado al muslo de su secretaria halagada, poéticamente sonriente. Todo lo admiraba de él, hasta los puños de pesada seda. Babuinadas, pensaba él, pero poco le importaba, era feliz. La mano, pidió. Noblemente sometida, se la tendió ella, antojándosele de repente tan hermosa. Mueva la mano, dijo él. Obedeció ella, y él sonrió de placer. Admirable, estaba viva. Ariane, dijo, y cerró los ojos. Oh, ahora eran íntimos. E imagínate que Waddell estaba cenando también en el Ritz con uno que tenía pinta importante, pero no sé quién era, un tipo alto y pelirrojo, de la delegación británica me imagino, a la vuelta se lo preguntaré a Kanakis. Enchufadísimo, Waddell, consejero especial por supuesto, sin dar golpe claro, especial en lo tocante a costumbres también, ya sabes, a qué me refiero. Muy esnob, el caballero Waddell, se habrá queado bizco al verme cenando con el subsecretario general, bueno, y charlando, de tú a tú. Con lo charlatán que es, no te quepa duda de que mañana todo el mundo estará el corriente en el Palacio. El caballero Vévé se pondrá amarillo. Me va a crear bastantes envidias, of course, pero al mismo tiempo una situación moral de primera. A partir de ahora, seré una persona con la que hay que contar, entiendes. Se levantó, explicó que iba a por unos regalos para ella. Ella hizo un tieno mohín, labios juntos y adelantados, su primer mohín de mujer. Vuelva pronto, le instó, y lo miró alejarse al tiempo que en la orquesta una sierra musical se desesperaba con voz humana, voz de dulce loca o sirena abandonada, miró alejarse al hombre que era ya su porción de felicidad en esta tierra. Elegida al primer temblor de sus largas pestañas onduladas, le había dicho de él. Es cierto que tengo las pestañas bonitas, murmuró. De repente, frunció el ceño. ¿Qué vestido en aquella recepción brasileña? Ah sí, el negro largo. Respiró, aliviada. Menos mal, era una modelo de alta costura de París. Se volvió a ver tan atractiva con aquel vestido, sonrió. Bueno pues conversación animada en la mesa, y Waddell venga a mirarnos, no salía de su asombro, se ha quedado sin habla. Qué, vamos, duro de tragar, ¿no? Él, bueno el jefe, elegantísimo, en plan superdistinguido, pero muy educado conmigo, consultándome para el menú y para todo, tiene un encanto increíble, me gusta mucho verle manipular el rosario ese, parece ser que es una costumbre de Oriente. Sabes, a la vuelta pienso encargarme un esmoquien blanco como el suyo, está muy de moda ahora para el verano, imagínate tú si estará él al corriente de lo que se lleva. Depositó los regalos ante ella. Su rosario de esmeraldas, sus sortijas, el osito con su sombrero mejicano. Para usted, dijo, poniendo mucho sentimiento, y tan radiante que la embargó una piedad de maternidad. Abrió el bolso, le alargó la lujosa pitillera, oro y platino, regalo de su marido. Para usted, repitió. Se la pegó él a la mejilla, le sonrió. Eran felices, se habían hecho regalos. Después del postre, subimos a su apartamento, caray, tendrás que haberlo visto, un salón soberbio, muebles de estilo, café servido por el criado personal, pero que hace también de chófer, según Kanakis. Él se ha interesado en cierto proyecto literario que tengo, una novela sobre Don Juan, tengo unas cuantas ideas sobre el asunto, ya te contaré, se me han ocurrido temas estupendos sobre Don Juan, el desprecio previo, y el porqué de ese furor suyo por seducir, en fin ya te explicaré, es bastante complejo, pero creo que nuevo, original. Así que él me escuchaba, con atención, haciéndome preguntas, bueno, vaya, en plan amistad por todo lo alto, afinidades mutuas, vamos, llamándome por mi nombre y hasta tuteándome, ¡te percatas de lo bien que he sabido mover los hilos! ¡A ver si tutea a Vévé, tutea al caballero Deume Adrien! E imagínate que hasta me ha confesado que está enamorado de la mujer del primer delegado de la India, me lo ha dicho veladamente, pero yo lo he adivinado por ciertos detalles, en fin, ya ves el ambiente. Entre nosotros, como la cosa resulta un poco alocada, lo que pasa es que no quería seducir a su guapa india, pero yo lo he animado porque, te diré una cosa, a mí el delegado indio me la refanfinfla, por mí que le ponga todos los cuernos que le venga en gana. Murmullos de su amor en aquel empalagoso vals que coleaba sin fin. Inclinado y respirándola, le pidió que le hablase, le dijo que necesitaba su voz. Despertando de la languidez de la fusión, alzó hacia él los ojos de dulce perra, hacia él maravillosamene alto, adoró los hermosos dientes sobre ella. Nosotros dos, suspiró, perdida entre incisivos  y caninos. Hable más, le rogó él. Mis ojos de borrego, sonrió ella, y se apretó contra el desconocido. Y, en esas, llama de repente el portero preguntando si puede subir la hermosa india. Entonces yo, trafalgarazo, no me lo pienso dos veces, le ofrezco irme al Palacio y prepararle inmediatamente un resumen del memo británico, el memo ya sabes, te hablé de él, el tocho gordo que no me dio tiempo del liquidar, dada la acumulación de trabajo, me responde que no, que no quiere obligarme a volver al Palacio, que puedo quedarme, en fin, por educación, comprendes, conque yo le digo abiertamente voy a permitirle desobedecerle, señor. Creo que le hizo gracia mi salida. Más, le pidió él.Marchar, los dos, contestó ella, y apoyó la cabeza en el hombro de su pareja que lentamente giraba. ¿Marchar adónde?, preguntó él. Lejos, suspiró ella. ¿Adonde nací?, preguntó él. Adónde él nació, sonrió ella, a una placentera visión. Está bien, hizo muy bien naciendo. ¿Cuándo nos vamos los dos?, preguntó. Esta mañana, dijo él, un avión sólo para los dos, y esta tarde en Cefalonia, usted y yo. Lo miraba ella parpadeante, miraba el milagro. Esta tarde, ella y él ante el mar, cogidos de la mano. Tomó aire, notó el mar y su olor a vida. Una marcha ebria hacia el mar, sonrió, dando vueltas, apoyada la cabeza en el refugio amado. Y nada, he salido por la puerte de servicio para no tropezármela, porque es un apartamento de gran lujo, comprendes, con entrada de servicio, y en fin, me ido a escape al Palacio en taxi, y le he aviado una pequeña obra maestra, un  resumen fuera de serie, más unos comentarios personales cosa fina, concebidos en pleno arrebato de inspiración, entiendes, trabajando duro, consciente de que estaba forjándome el porvenir, comentarios muy políticos, repercusiones, matices, alusiones, etcétera, en una palabra, que he pillado la ocasión por los pelos. Este trafalgarazo, primero porque me hago valer, dado que mis comentarios están condenadamente bien hechos, segundo, porque le he hecho un favor personal dejándolo solo con su dulce amada, por tanto gratitud y amistad, y tercero, last but not least, que hacer un trabajo directamente para un epz gordo sin pasar por la vía jerárquica, entonces lo consideran a uno, entiendes, hace ver que tiene uno relaciones directas con las altas esferas, y Vévé ahí no tiene nada que decir, la malicia del asunto es ésa, entiendes, ah, es que no es tonto el amigo Adrien, sabe defenderse. Contestando a la señal del generoso, Imre se dirigió hacia la mesa, pero sin prisa, a lo hombre libre, parándose aquí y allá, Al llegar, los saludó con el arco y se puso de nuevo a improvisar por propio y privado placer, a base de fugas seguidas de ternura, enamorada la mejilla del violín de donde brotaba una melodía moribunda de ternura que él escuchaba, sexualmente entornando los ojos. Despierta, Imre, no toques más, le ordenó Solal. Obedeció, aunque sin poder evitar el pellizcar un pelín más de cuerdas. Imre querido, te anuncio que rapto a la señora. Con un decidido toque de arco que se deslizó lentamente sobre las cuerdas, saludó el cíngaro la buena noticia, inclinándose ante la dama interesante. Aguantando el violín con la barbilla, se retorció con el arco los bigotes rizados con tenacillas, inquiriendo qué deseaba la noble dama. Tu más precioso vals, dijo Solal. ¡Por mi vida!, dijo Imre. La pega es que no he podido entregarle mi pequeña obra maestra personalmente, es lástima, hubiera quedado íntimo, pero claro no podía molestarlo, estando ahí su dulce amada, conque he metido el sobre y los comentarios en un sobre de correspondencia interior, con mención del destinatario, bien cerrado y pegada la etiqueta que dice Confidencial, pero para mayor precaución, no lo he metido en el buzón de salidas, que Vévé mete las narices en todas partes y es capaz de abrir el sobre para saber lo que le mando al jefe, a pesar del Confidencial o mejor dicho precisamente por el Confidencial, muy capaz también de quedárselo, el cerdo ese, con lo envidioso que es, conque yo, que de tonto ni un pelo, he ido y lo he metido tranquilamente, como quien no quiere la cosa, en el buzón de entradas de Saulnier, sí el ujier personal del jefe, así ni visto ni oído y seguridad de que no será interceptada por el caballero Vévé, legítima defensa, vamos. Giraban, estelares, gobernados por el grave deseo. ¿Qué árboles había en Cefalonia?, preguntó ella, hija de ricos, degustadora de las bellezas de la naturaleza. Recití él con los ojos ausentes los árboles tantas veces enunciados a las otras, recitó loss cipreses, los naranjos, limoneros, olivos, granados, cidros, mirtos, lentiscos. Agotada su ciencia, continuó, inventó citronelos, tubas, circasios, mirobálanos y hasta retiemblos. Deslumbrada, aspiraba ella el olor avainillado de aquéllos árboles maravillosos. Sí, mañana por la mañana recomendarle por teléfono que fuese amable con el jefe se se lo encontraba. Escucha, cariño, si te invitan los Kanakis, cosa harto probable, ya que ahora nos deben una cena, de asistir el jefe a la cena, porque es que me ha dicho Kanakis que tiene intención de invitarlo junto con el embajador de Grecia, un rato listo el Kanak, oye, no seas muy hosca con el jefe, háblale algo, bueno, vaya, mucho si puedes, en cualquier caso en plan amable, si quieres puedes ser encantadora, porque es que, vamos, ha estado perfecto conmig, te garantizo que de aquí a un año, consejero. Una potra de cabrón, vamos, sonrió, y examinó amistosamente la peca que tenía encima del ombligo, luego se hizo un ovillo en su angosto lecho, apretando la nariz contra la almohada y saboreándola a la par que el coche-cama de primera que lo llevaba rumbo a placeres oficiales. En el podio, Imre sudaba y languidecía a conciencia en tanto que el segundo violín solicitaba mecánicamente con humildes toquecillos que su superior amplificaba con soberbia, erguida la barbilla en los momentos exaltantes. Al tiempo que giraba, murmuraba ella que no le daría tiempo de comprarvestidas de verano en Ginebra, y sin embargo en aquella isla haría mucho calor, y habría que cambiar de vestido por lo menos dos veces al día con semejante señor. Los vestidos de las campesinas de Cefalonia le sentarán muy bien, comentó él. Lo admiró ella. Todo lo sabía aquel hombre, lo resolvía todo tan bien. Compraremos treinta y seis, dijo él. ¡Treinta y seis  vestidos, oh maravilla, aquel hombre era grande! ¿Cómo será nuestra casa?, preguntó ella. Blanca frente al mar violeta, dijo él, y una anciana criada griega se encargará de todo. De todo, aprobó ella, y se apretó contra él. Entrañable de gracia, nívea y ondulante, se contempló una vez más, bailando en los altos espejos donde vivía soberbiamente, bella del señor, tan elegante con su vestido de campesina de bordados rojos y negros, servida por una vieja griega descalza, tan simpática, en una isla tan hermosa, cuajada de mirtos, lentiscos y circasios. [1]

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[1] Del libro: Cohen, Albert. Bella del Señor. Anagrama, España 2007.

Michel Foucault – Historia de la locura en la época clásica (Fragmento Final)

STULTIFERA NAVIS

La aparición de la locura en el horizonte del Renacimiento se percibe primeramente entre las ruinas del simbolismo gótico; es como si en este mundo, cuya red de significaciones espirituales era tan tupida, comenzara a embrollarse, permitiera la aparición de figuras cuyo sentido no se entrega sino bajo las especies de la insensatez. Las formas góticas subsisten aún por un tiempo, pero poco a poco se vuelven silenciosas, cesan de decir, de recordar y de enseñar, y sólo manifiestan algo indescriptible para el lenguaje, pero familiar a la vista, que es su propia presencia fantástica. Liberada de la sabiduría y del tecto que la ordenaba, la imagen comienza a gravitar alrededor de su propia locura.

Paradójicamente, esta liberación viene de la abundancia de significaciones, de una multiplicación del sentido, por sí misma, que crea entre las cosas relaciones tan numerosas, tan entretejidas, tan ricas, que no pueden ya ser descifradas más que en el esoterismo del saber; las cisas, por su parte, están sobrecargadas de atributos, de indicios, de alusiones, y terminan por perder su propia faz. El sentido no se lee ya en una percepción inmediata, la figura cesa de hablar de sí misma; entre el saber que la anima y la forma a la cual se traspone se ha crado un vacío. Aquélla queda libre para el onirismo. Un libro da testimonio de esta proliferación de sentidos al terminar el mundo gótico; es el Speculum humanae salvationis que, además de las correspondencias establecidas por la tradición patrística, establece todo un simbolismo entre el Antiguo y el Nuevo Testamento, simbolismo que no es del orden de la profecá, sino que se refiere a la equivalencia imaginaria. La Pasión de Cristo no está solamente prefigurada por el sacrificio de Abraham; todos los suplicios y los sueños innumerables que éstos engendran, están en relación con la Pasión. Tubal, el herrero, y la rueda de Isaías. ocupan su lugar alrededor de la cruz, integrando, fera de todas las lecciones del sacrificio, el cuadro fantástico del encarnizamiento, de los cuerpos torturados y del dolor. He aquí la imagen sobrecargada de sentidos suplementarios, obligada a revelarlos. Y el sueño, lo insensato, lo irrazonable, pueden deslizarse a este exceso de sentido. Las figuras simbólicas se transforman fácilmente en siluetas de pesadilla. Como ejemplo podemos mencionar aquella vieja imagen de la sabiduría, tan a menudo expresada, en los grabados alemanes, por un pájaro de cuello largo cuyos pensamientos, al subir lentamente del corazón a la cabeza, tienen tiempo de ser pesados y reflexionados; los valores de este símbolo se adensan por el hecho de estar demasiado acentuados: el largo camino de reflexión llega a ser, en la imagen, el alambique de un saber sutil, que destila las quintaesencias. El cuello de Gutenmesch se alarga indefinidamente para expresar mejor, además de la sabiduría, todas las mediaciones reales del saber; y el hombre simbólico llega a ser un pájaro fantástico cuyo cuello desmesurado se repliega mil veces sobre él mismo, un ser sin sentido, colocado entre el animal y la cosa, más próximo a los prestigios propios de la imagen que al rigor de un sentido. Esta simbólica sabiduría es prisionera de las locuras del sueño.

Existe una conversión fundamental del mundo de las imágenes: el constreñimiento de un sentido multiplicado li libera del orden de las formas. Se insertan tantas significaciones diversas bajo la superficie de la imagen, que ésta termina por no ofrecer al espectador más que un rostro enigmático.

Su poder no es ya de enseñanza sino de fascinación. Es característica la evolución del grylle, famoso tema, familiar desde la Edad Media, que encontramos en los salterios ingleses, en Chartres y en Bourges. Enseñaba entonces que el hombre que vivía para satisfacer sus deseos, transformaba su alma en prisionera de la bestia; aquellos rostros grotescos, en el vientre de los monstruos, pertenecían al mundo de la gran metáfora platónica, y sirven para demostrar el envilecimiento del espíritu en la locura del pecado. Pero he aquí que en el siglo XV, el grylle, imagen de la locura humana, llega a saer una de las figuras privilegiadas de las innumerables “Tentaciones”. La tranquilidad del eremita no se ve turbada por los objetos del deseo; son formas dementes, que encierran un secreto, que han surgido de un sueño y permanecen en la superficie de un miundo, silenciosas y furtivas. En la “Tentación” de Lisboa, enfrente de San Antonio está sentada una de estas figuras nacidas de la locura, de su soledad, de su penitencia, de sus privaciones; una débil sonrisa ilumina ese rostro sin cuerpo, pura presencia de la inquietud que aparece como una mueca ágil. Ahora bien, esta silueta de pesadilla es a la vez sujeto y objeto de la tentación; es ella la que fascina la mirada del asceta; ambos permanecen prisioneros de una especie de interrogación especular, indefinidamente sin respuesta, en un silencio habitado solamente por el hormigueo inmundo que los rodea. El grylle ya no recuerda al hombre, bajo una forma satírica, so vocación espiritual, olvidada en la locura del deseo. Ahora es la locura convertida en tentación; todo lo que hay de imposible, de fantástico, de inumano, todo lo que indica la presencia insensata de algo que va contra la naturaleza, presencia inmensa que hormiguea sobre la faz de la Tierra, todo eso, precisamente, le da su extraño poder. La libertad de sus sueños –que en ocasiones es horrible–, los fantasmas de su locura tienen, para el hombre del siglo XV, mayor poder de atracción que la deseable realidad de la carne.

¿Cuál es, pues, el poder de la fascinación, que en esta época ejerce a través de las imágenes de la locura?

En primer lugar, el hombre descubre, en esas figuras fantásticas, uno de los secretos y una vocación de su naturaleza. En el pensamiento medieval, las legiones de animales, a las que había dado Adán nombre para siempre, representaban simbólicamente los valores de la humanidad. Pero al principio del Renacimiento las relaciones con la animalidad se invierten; la bestia se libera; escapa del mundo de la leyenda y de la ilustración moral para adquirir algo fantástico, que le es propio. Y por una sorprendente inversión, va a saer ahora el animal, el qe acechará al hombre, se apoderará de él, y le revelará su propia verdad. Los animales imposibles, surgidos de una loca imaginación, se han vuelto la secreta naturaleza del hombre; y cuando, el último día, el hombre pecador aparece en su horrible desnudez, se da uno cuenta de que eitne la forma monstruosa de un nimal delirante: son esos gatos cuyos cuerpos de sapos se mezclan en el “Infierno” de Thierry Bouts con la desnudez de los condenados; son, según los imaginaba Stefan Lochner, insectos alados con cabeza de gatos, esfinges con élitros de escarabajo, pájaros con alas inquietas y ávidas, como manos; es el gran animal rapaz, con dedos nudosos, que aparece en la “Tentación” de Grünewald. La animalidad ha escapado de los valores y símbolos humanos; es ahora ella la que fascina al hombre por su desorden, su furor, su riqueza en monstruosas imposibilidades, es ella la que revela la rabi oscura, la locura infecunda que existe en el corazón de los hombres.

En el poco opuesto a esta naturaleza de tinieblas, la locura fascina porque es saber. Es saber, ante todo, porque todas esas figuras absurdas son en realidad los elementos de un conocimiento difícil, cerrado y esotérico. Estas formas extrañas se colocan, todas, en el espacio del gran secreto, y el San Antonio que es tentado por ellas no está sometido a la violencia del deseo, sino al aguijón, mucho más insidioso, de la curiosidad; es tentado por ese saber, tan próximo y tan lejano, que se le ofrece y lo esquiva al mismo tiempo, por la sonrisa del grylle; el movimiento de retroceso del santo no indica más que su negativa de franquear los límites permitidos del saber; sabe ya –y ésa es su tentación– lo que Cardano dirá más tarde: “La Sabiduría, como las otras materias preciosas, debe ser arrancada a las entrañas de la Tierra.” Este saber, tan temible e inaccesible, lo posee el Loco en su inocente bobería. En tanto que el hombre razonable y prudente no percibe sino figuras grafmentarias –por lo mismo más inquietantes– el Loco abarca todo en una esfera intacta: esta bola de cristal, que para todos nosotros está vacía, está, a sus ojos, llena de un espeso e insivisible saber, Brueghel se burla del inválido que intenta penetrar en la esfera del cristal; es esta burbuja irisada del saber la que se balancea, sin romperse jamás –linterna irrisoria, pero infinitamente preciosa–, en el extremo de la pértiga que lleva al hombro Margot la Folle. Es ella también la que aparece en el reverso del “Jardín de las Delicias”. Otro símbolo del saber, el árbol (el árbol prohibido, el árbol de la inmortalidad prometida y del pecado), antaño plantado en el corazón del Paraíso Terrenal, ha sido arrancado y es ahora el mástil del navío de los locos, como puede verse en el grabado que ilustra las Stultiferae naviculae de Josse Bade: es él sin duda el que se balancea encima de la “Nave de los locos” de Bosco.

¿Qué anuncia el saber de los locos? Puesto que es el saber prohibido, sin duda predice a la vez el reino de Satán y el fin del mundo; la última felicidad es el supremo castigo; la omnipotencia sobre la Tierra y la caída infernal. La “Nave de los locos” se desliza por un paisaje delicioso, donde todo se ofrece al deseo, una especie de Paraíso renovado, puesto que el hombre no conoce ya ni el sufrimiento ni la necesidad; y sin embargo, no ha recobrado la inocencia. Esta falsa felicidad constituye el triunfo diabólico del Anticristo, y es el Fin, próximo ya. Es cierto que los sueños del Apocalipsis no son una novedad en el siglo XIV, donde los castillos están caídos como si fueran dados, donde la Bestia es siempre el Dragón t radicional, mantenido a distancia por la Virgen, donde –en una palabra– el orden de Dios y su próxima victoria son siempre visibles, es sustituida por una visión del mundo donde toda la sabiduría está aniquilada. Es el gran sabbat de la naturaleza; las montañas se derrumban y se vuelven planicies, la tierra vomita a los muertos, y los huesos asoman sobre las tumbas; las estrella caen, la tierra se incendia, toda vida se seca y muere. El fin no tiene valor de tránsito o promesa; es la llegada de una noche que devora la vieja razón del mundo. Es suficiente mirar a los caballeros del Apocalipsis, de Durero, enviado por Dios mismo: no son los ángeles del Triunfo y de la reconciliación, ni los heraldos de la justicia serena; son los guerreros desmelenados de la loca venganza. El mundo zozobra en el Furor universal. La victoria no es ni de Dios ni del Diablo; es de la Locura.

Por todos lados, la locura fascina al hombre. Las imágenes fantásticas que hace nacer no son apariencias fugitivas que desaparecen rápidamente de la superficie de las cosas. Por una extraña paradoja, lo que nace en el má singular de los delirios, se hallaba ya escondido, como un secreto, como una verdad inaccesible, en las entrañas del mundo. Cuando el hombre despliega la arbitrariedad de su locura, encuentra la oscura necesidad del mundo; el animal que acecha sus pesadillas, en sus noches de privación, es su propia naturaleza. la que descuidará la despiadada verdad del infierno; las imágenes vanas de la ciega bobería forman el gran saber del mundo; y ya, en este desorden, en este universo enloquecido, se adivina lo que será la crueldad del final. En muchas imágenes el Renacimiento ha expresado lo que presentía de las amenazas y de los secretos del mundo, y esto sin duda lo que les da esa gravedad, lo que toda a su fantasía de coherencia tan grande. [1]

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[1] Del libro: Foucault, Michel. Historia de la locura en la época clásica. FCE, México 2009

Michel Foucault – Historia de la locura en la época clásica (fragmento) (Segunda Parte)

STULTIFERA NAVIS

Es que la barca simboliza toda una inquietud, surgida repentinamente en el horizonte de la cultura europea a fines de la Edad Media. La locura y el loco llegan a ser personajes importantes, en su ambigüedad: amenaza y cosa ridícula, vertiginosa sinrazón del mundo y ridiculez menuda de los hombres.

En primer lugar, una serie de cuentos y de fábulas. Su origen, sin duda, es muy lejano. Pero al final de la Edad Media, dichos relatos se extienden en forma considerable: es una larga serie de “locuras” que, aunque estigmatizan viciosy defectos, como sucedía en el pasado, los refieren todos no ya al orgullo ni a la falta de caridad, ni tampoco al olvido de las virtudes cristianas, sino a una especie de gran sinrazón, de la cual nadie es precisamente culpable, pero que arrastra a todos los hombres, secretamente complacientes. La denuncia de la locura llega a ser la forma general de la crítica. En las farsas y soties, el personaje del Loco, del Necio, del Bobo, adquiere mucha importancia. No estña ya simplemente al margen, silueta ridícula y familiar: ocupa el centro del teatro, como poseedor de la verdad, representando el papel complementario e inverso del que representa la locura en los cuentos y en las sátiras. Si la locura arrastra a los hombres a una ceguera que los pierde, el loco, al contrario, recuerda a cada uno su verdad; en la comedia, donde cada personaje engaña a los otros y se engaña a sí mismo, el loco representa la comedia de segundo grado, el engaño del engañó; dice, con su lenguaje de necio, sin aire de razón, las palabras razonables que dan un desenlace cómico a la obra. Explica el amor a los enamorados, la verdad de la vida a los jóvenes, la mediocre realidad de las cosas a los orgullosos, a los insolentes y a los mentirosos. Hasta las viejas fiestas de locos, tan apreciadas en Flandes y en el norte de Europa, ocupan su sitio en el teatro y transforman en crítica social y moral lo que hubo en ellos de parodia religiosa espontánea.

En la literatura sabia la locura también actúa en el centro mismo de la razón y de la verdad. Ella embarca indiferentemente a todos los hombres en su navío insensato y los resuelve a lanzarse a una odisea en común (Blauwe Schute de Van Oestvoren, el Narrenschiff de Brant.) De ella conjura Murner el reino maléfico en su Narrenbeschwörung. Aparece unida al amor en la sátira de Corroz Contre Fol Amour, y en el diálogo de Louise Labé, Débat de Folie et d´Amour, discuten ambo para saber cuál de los dos es el primero, cuál de los dos hace posible al otro, y es la locura la que conduce al amor a su guisa. La locura tiene también sus juegos académicos; es objeto de discuros, ella misma los pronuncia; cuando se la denuncia, se defiende, y reivindica una posición más cercana a la felicidad y a la verdad que la razón. Wimpfeling redacta el Monopolium Philosophorum, y Judocus gallus el Monopolium et Societas, vulgo des Lichtschiffs. En fin, en el centro de estos graves juegos, los grandes textos de los humanistas: Flayder y Erasmo. Frente a estos manejos y a su incansable dialéctica, frente a estos discursos indefinidamente reanudados y examinados, encontramos una larga genealogía de imágenes, desde las de Jerónimo Bosco –la “Cura de la locura” y la “Nave de los locos”– hasta Brueghel y su “Dulle Grete”; y el grabado transcribe lo que el teatro y la literatura habían ya expuesto: los temas entretejidos de la Fiesta y la Danza de los Locos. Así podemos ver cuán cierto es que, desde el siglo XV, el rostro de la locura ha perseguido la imaginación del hombre occidental.

Una sucesión de fechas habla por sí misma: la Danza Macabra del cementerio de los Inocentes data sin duda de los primeros años del siglo xv; la de la Chaise-Dieu debió de ser compuesta alrededor de 1460, y en 1485 Guyot Marchand publica su Danse Macabre. Estos sesenta años, seguramente, vieron el triunfo de esta imaginería burlona, relativa a la muerte. En 1492 Brant escribe el Narrenschiff; cinco años más tarde es traducido al latín; en los últimos años del siglo, Bosco compone su “Nave de los locos”. El Elogio de la locura es de 1509. El orden de sucesión es claro.

Hasta la segunda mitad del siglo XV, o un poco más, reina sólo el tema de la muerte. El fin del hombre y el fin de los tiempos aparecen bajo los rasgos de la peste y de las guerras. Elo que pende sobre la existencia humana es esta consumación y este orden al cual ninguno escapa. La presencia que amenaza desde el interior mismo del mundo, es una presencia descarnada. Pero en los últimos años del siglo, esta gran inquietud gira sobre sí misma; burlarse de la locura, en vez de ocuparse de la muerte seria. Del descubrimiento de esta necesidad, que reducía fatalmente el hombre a nada, se pasa a la contemplación despectiva de esa nada que es la existencia misma. El horror delante de los límites absolutos de la muerte, se interioriza en una ironía continua; se le desarma por adelantado; se le vuelve risible; dándole una forma cotidiana y domesticada, renovándolo a cada instante en el espectáculo de la vida, diseminándolo en los vicios, en los defectos y en los aspectos ridículos de cada uno. El aniquilamiento de la muerte no es nada, puesto que ya era todo, puesto que la vida misma no es más que fatuidad, vanas palabras, ruidos de cascabeles. Ya está vacía la cabeza que se volverá calavera. En la locura se encuentra ya la muerte. Pero es también su presencia vencida, esquivada en estos ademanes de todos los días que, al anunciar que ya reina, indican que su presa será una triste conquista. Lo que la muerte desenmascara, no era sino máscara, y nada más; para descubrir el rictus del esqueleto ha bastado levantar algo que no era ni verdad ni belleza, sino solamente un rostro de yeso y oropel. Es la misma sonrisa la de la máscara vana y la del cadáver. Pero lo que hay en la risa del loco es que se ríe por adelantado de la risa de la muerte; y el insensato, al presagiar lo macabro, lo ha desarmado. Los gritos de Margot la Folle vencen, en pleno Renacimiento, al “Triunfo de la Muerte”, que se cantaba a fines de la Edad Media en los muros de los cementerios.

La sustitución del tema de la muerte por el de la locura no señala una ruptura sino más bien una torsión en el interior de la misma inquietud. Se trata aún de la nada de la existencia, pero esta nada no es ya considerada como un término externo y final, a la vez amenaza y conclusión. Es sentida desde el interior como la forma continua y constante de la existencia. En tanto que en otro tiempo la locura de los hombres consistía en no ver que el término de la vida se aproximaba, mientras que antiguamente había que atraerlos a la prudencia mediante el espectáculo de la muerte, ahora la prudencia consistirá en denunciar la locura por doquier, en enseñar a los humanos que no son ya más que muertos, y que si el término está próximo es porque la locura, convertida en universal, se confundirá con la muerte. Esto es lo que profetiza Eustaquio Deschamps:

Son cobardes, débiles y blandos,

viejos, codiciosos y mal hablados.

No veo más que locas y locos;

el fin se aproxima en verdad,

pues todo está mal

Los elementos están ahora invertidos. Ya no es el fin de los tiempos y del mundo lo que retrospectivamente mostrará que los hombres estaban locos al no preocuparse de ello; es el ascenso de la locura, su sorda invasión, la que indica que el mundo está próximo a su última catástrofe, que la demencia humana llama y hace necesaria. Ese nexo de la locura y de la nada está anudado tan fuertemente en el siglo XV que subsistirá largo tiempo, y aún se le encontrará en el centro de l experiencia clásica de la locura. Con sus diversas formas –plásticas o literarias– esta eperiencia de la insensatez parece tener una extraña coherencia. La pintura y el texto nos envían del uno al otro continuamente; en éste comentario, en aquélla, ilustración. La Narrentanz es un solo y mismo tema que se encuentra y se vuelve a encontrar en fiestas populares, en representaciones teatrales, en los grabados; toda la última parte del Elogio de la locura está construida sobre el modelo de una larga danza de los locos, donde cada profesión y cada estado desfilan para integrar la gran ronda de la sinrazón. Es probable que en la “Tentación” de Lisboa un buen número de faces de la fauna fantástica que se ve en la tela provengan de las máscaras tradicionales; algunas, acaso, hayan sido tomadas del Malleus. En cuanto a la famosa “Nave de los locos”, ¿no es acaso una traducción directa del Narrenschiff de Brant, del cual lleva el título, y de cual parece ilustrar de manera muy precisa el canto XXVII, consagrado a su vez a estigmatizar los potatores et edaces? Hasta se ha llegado a suponer que el cuadro de Bosco era parte de toda una serie de pinturas, que ilustraban los cantos principales del poema de Brant.

En realidad, no hay que dejarse engañar por lo que hay de estricto en la continuidad de los temas, ni suponer más de lo que dice la historia. Es probable que no se pueda hacer sobre este tema un análisis como el que ha realizado Emile Mâle sobre épocas anteriores, principalmente respecto al tema de la muerte. Entre el verbo y la imagen, entre aquello que pinta el lenguaje y lo que dice la plástica, la bella unidad empieza a separarse; una sola e igual significación no les es inmediatamente común. Y si en verdad que la Imagen tiene aún la vocación de decir, de transmitir algo que es consustancial al lenguaje, es preciso reconocer que ya no dice las mismas cosas, y que gracias a sus valores plásticos propios, la pintura se adentra en una experiencia que se apartará cada vez más del lenguaje, sea la que sea la identidad superficial del tema. La palabra y la imagen ilustran aun la misma fábula de la locura en el mismo mundo moral; pero siguen ya dos direcciones diferentes, que indican, en una hendidura apenas perceptible, lo que se convertirá en la gran línea de separación en la experiencia occidental de la locura. [1]

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[1] Del libro: Foucault, Michel. Historia de la locura en la época clásica. FCE, México 2009