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Archivos Mensuales: enero 2010

3. EL CRECIMIENTO ECONÓMICO EN MÉXICO

EL CRECIMIENTO ENTRE 1940 Y 1980

En los 30 años que transcurrieron entre 1940 y 1970 la economía mexicana mostró un comportamiento excepcional en materia de crecimiento. Destaca el periodo entre 1954 y 1970 en el que ese crecimiento ocurrió en un contexto de gran estabilidad macroeconómica, la etapa del llamado “desarrollo estabilizador”. En ese periodo, el producto interno bruto creció a tasas cercanas al 7 por cierto anual.

En la década de los setenta, la estrategia que había seguido la economía mexicana mostró signos de agotamiento. Un primer diagnóstico indicó que era necesario mantener altos niveles de inversión y buscar políticas más explícitas de redistribución de la riqueza en lo que se denominó la estrategia de “desarrollo compartido”. Para mantener el ritmo, se incrementó la inversión pública y se ampliaron los programas sociales a través de un mayor déficit en las finanzas públicas. El entorno externo, que había favorecido el desarrollo en las décadas anteriores se volvió más hostil. El embargo petrolero de 1973 y el abandono del sistema de Bretton Woods cambiaron radicalmente el contexto financiero de la economía mexicana.

EL CRECIMIENTO ENTRE 1980 Y 2003

A principios de la década de los ochenta, los términos de intercambio mostraron un importante revés y el gobierno mexicano no tuvo más remedio que iniciar un fuerte proceso de ajuste fiscal. En 1982, México detonó la crisis de la deuda externa latinoamericana. El resto de la década se dedicó a continuas renegociaciones que no lograron restablecer la capacidad de gestión del gobierno hasta 1990 en que se concretó un acuerdo definitivo sobre la deuda, que además de renegociar el esquema de pagos incorporó una condonación parcial.

La entrada en vigencia del Tratado de Libre Comercio de América del Norte a principios de 1994 simboliza una nueva etapa de política económica marcada por la institucionalización de la apertura comercial. Sin embargo, a finales de ese mismo año, México sufrió de nuevo una fuerte crisis financiera. El gobierno fue incapaz de enfrentar vencimientos de deuda de corto plazo denominada en dólares. La crisis provocó una aguda caída del ingreso nacional y una nueva espiral inflacionaria. La credibilidad en las políticas públicas adoptadas entre 1985 y 1994, incluyendo a la apertura comercial, las privatizaciones y el redimensionamiento del aparato económico gubernamental, se debilitó.

A pesar de lo severo de la crisis, las exportaciones mexicanas respondieron más rápidamente al ajuste cambiario que en el pasado, gracias al Tratado de Libre Comercio. Ello dio un mayor margen de maniobra al país en la generación de divisas y la deuda externa se pudo reestructurar rápidamente. El paquete de ayuda financiera acordado con el gobierno de los Estados Unidos y el Fondo Monetario Internacional se pagó de manera anticipada y la economía mexicana retomó una senda de crecimiento a partir del cuarto trimestre de 1995.

En 2000, la ciudadanía decidió que era momento de un cambio de partido en el poder y llevó el PAN a la Presidencia de la República. El cambio de administración se dio sin contratiempos y sin que apareciera el fantasma de las crisis de fin de sexenio que afectaban a la economía mexicana desde 1976. Sin embargo, por razones ajenas al cambio político, entre las que destaca la desaceleración de la economía mundial, el crecimiento se detuvo. La tasa de crecimiento promedio del PIB real entre 2001 y 2003 ha sido inferior al 1 por cierto. La creación de empleos ha sido insuficiente y las expectativas de mayor bienestar de la población no han sido satisfechas.

UN BALANCE DE LA ECONOMÍA MEXICANA: 1980-2003

Crecimiento per cápita, desigualdad y pobreza

En la etapa más reciente de su historia, el crecimiento económico de México ha sido claramente insatisfactorio. Entre 1980 y 2003, el Producto Interno Bruto por habitante prácticamente no se ha movido (al cierre de 2003 es aproximadamente de 6 mil dólares anuales por persona).

Adicionalmente, la desigualdad y la pobreza han aumentado. El coeficiente de Gini –una medida de la desigualdad que tiene un valor máximo de uno y uno mínimo de cero, correspondiente a la total igualdad– pasó de 42.5 en 1984 a 48.1 en 2000. El porcentaje de hogares en pobreza moderada –con ingresos menores a 2 dólares diarios– aumentó al pasar de 30% en 1984 a 33% en 2000. Es además alarmante que el día de hoy el 89% de los hogares del decil más pobre de la población no cuente con acceso a la seguridad social.

El ahorro también está sesgado significativamente. La tasa de ahorro del décimo decil de ingreso (el decil de mayores ingresos) representa aproximadamente el 75% del ahorro privado total, mientras que las tasas de ahorro de los primeros cuatro deciles son negativas. Más gravemente, esta situación ha cambiado poco en los últimos 20 años.

Por otra parte, el nivel de vida por entidad federativa en México refleja una clara desigualdad de capacidades y oportunidades. Mientras que en las zonas metropolitanas más prósperas el PIB per cápita es de aproximadamente 14 mil dólares, en los estados de bajos ingresos del Suereste apenas alcanza los 2 mil dólares.

Sin embargo, esto no necesariamente significa que la calidad de vida en las regiones de mayores ingresos sea satisfactoria o haya mejorado. Por ejemplo, el número de denuncias por robo ha aumentado considerablemente en los últimos 20 años en las grandes ciudades. Además se han observado un creciente deterioro del medio ambiente, un desarrollo urbano desordenado y congestionamientos viales cada día mayores, entre otros factores que disminuyen el bienestar.

Al mismo tiempo han aumentado las actividades informales (que incluyen el ambulantaje y las actividades sin registro y sin local), con los consecuentes costos sociales asociados a ellas. En las 16 ciudades más importantes del país, estas actividades han alcanzado ya al 24% de la población económicamente activa y han mantenido una tendencia creciente desde principios de los noventa.

Algunos avances nada despreciables: Estabilidad macroeconómica, superación de crisis y exportaciones

A pesar de que el PIB per cápita no ha mejorado, en un balance de la economía mexicana a partir de 1980, es conveniente mencionar que ha habido avances en ciertos sectores y –quizá más significativamente– que se superó rápidamente la crisis económica más grave de la historia moderna del país. En este contexto, la estabilidad macroeconómica con la que hoy contamos –en gran parte sustentada en la autonomía del Banco de México–, la institucionalización de la apertura comercial como promotora de una mayor eficiencia productiva a través del TLC y otros acuerdos comerciales, la reforma del sistema de pensiones de asegurados al IMSS, la introducción de programas sociales efectivos, y la creación y consolidación del Instituto Federal Electoral, son sólo algunos ejemplos de políticas públicas que han beneficiado a la sociedad.

En el caso de la estabilidad macroeconómica se relevante el hecho de que la inflación anual se ha reducido de un máximo de 159% en 1987, a niveles cercanos al 4% como ocurre actualmente.

También destaca que después de la pronunciada caída del PIB en 1995, de 6.2% –la mayor en más de 60 años–, la economía mexicana se haya recuperado rápidamente y crecido más de 5% en promedio anual entre 1996 y 2000.

En el manejo de las finazas públicas resalta el hecho de que se haya mantenido un superávit primario promedio positivo –superior al 1.7 por cierto– entre 1983 y el momento actual, lo que refleja una constante disciplina en el manejo del presupuesto federal.

Finalmente, en el ámbito de la actividad del comercio internacional, la apertura de México –medida por el cociente de exportaciones más importaciones entre el PIB– ha pasado del 20% en 1980 a cerca de 60% en la actualidad. Al mismo tiempo, las exportaciones no petroleras han aumentado del 26% de las exportaciones totales en 1982 a alrededor del 90%, eliminando la dependencia monoexportadora que ha aquejado a las economías latinoamericanas a lo largo de su historia independiente. [1]

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[1] Del libro: ¿Por qué no crecemos? Hacia un consenso para el crecimiento en México: Reflexiones de 54 economistas. Sin editorial. México 2004.

2. EL ORIGEN Y LAS CAUSAS DEL CRECIMIENTO ECONÓMICO

LAS IDEAS SOBRE EL CRECIMIENTO ECONÓMICO

¿Cuáles son las principales ideas económicas para entender y mejorar el proceso de crecimiento y cómo han influido sobre las políticas públicas contemporáneas? Durante el último medio siglo, el debate sobre el crecimiento se ha centrado en argumentos que pudieran sintetizarse en tres ideas principales: 1) El aumento en la producción se deriva de la acumulación de factores; 2)El progreso tecnológico impulsa el crecimiento; y 3) El crecimiento responde endógenamente a factores institucionales e históricos, así como al marco de incentivos para la adopción y substitución de métodos productivos.

Primera idea:

El aumento en la producción se deriva de acumulación de factores.

Para explicar el crecimiento, la ciencia económica se concentró inicialmente en la noción de que la acumulación de factores, principalmente el capital, es fundamental para detonar ese proceso. Si se cumple el supuesto de una contribución adicional constante de la inversión a la producción potencial de un país, la conclusión de política económica es que lograr un crecimiento equilibrado requiere de un monto de inversión que mantenga a la economía en una senda de pleno empleo. Dicho de otra manera, el crecimiento del producto es proporcional al crecimiento del acervo de capital. En el corazón de muchos modelos nacionales de programación financiera se sigue manteniendo esta estructura básica. Comúnmente se realizan cálculos simples sobre qué monto de inversión es necesario para alcanzar una determinada tasa de crecimiento.

Sin embargo, la extrapolación indiscriminada de estas ideas conlleva un peligro de establecer metas de inversión como porcentaje del PIB como si esto bastara para lograr el crecimiento deseado. Sin embargo, no es así de simple. ¿Cuántas veces ha ocurrido que se llega a financiar un determinado monto de proyectos para descubrir poco tiempo después que no resultaron ser tan productivos como se esperaba?

Segunda idea:

El motor del crecimiento económico es el progreso tecnológico

A finales de los cincuenta se estableció en el análisis económico una metodología que permite descomponer al crecimiento en tres elementos: la acumulación de capital, el aumento en la cantidad de trabajo, de preferencia distribuido entre “fuerza de trabajo” y “capital de trabajo” y el cambio tecnológico. En los países desarrollados se observó que el mayor crecimiento del producto por habitante se explicaba por un “residuo tecnológico” y no sólo por la acumulación de capital.

Sin embargo, en un contexto global, al analizar la evidencia sobre el crecimiento entre diversos países esta idea no permite explicar cabalmente los hechos principales. Un supuesto básico detrás de ella es que la tecnología fluye libremente entre los diversos países y que el factor tecnológico debía estar relacionado con la investigación básica que permeaba en todas las aplicaciones productivas del capital. Si la tecnología estuviera disponible en forma libre, tendría que ser  cierto que los niveles de vida de los habitantes de todo el mundo convergirían. Las diferencias en dotaciones de capital debían al mismo tiempo reflejarse en grandes diferencias en la tasa de rentabilidad de los factores. Estos hechos no se observan en la realidad y requieren explicaciones alternativas.

Tercera idea:

El crecimiento responde endógenamente a factores institucionales e históricos, así como al marco de incentivos para la adopción y substitución de métodos productivos.

Las divergencias entre las predicciones de la teoría económica y lo observado en la experiencia internacional abrieron una nueva avenida de investigación; era necesario explicar las diferencias en los niveles de bienestar de los países atribuibles al hecho de que la tecnología, al pareer, no fluye libremente de un lugar a otro. Una explicación atractiva es que el aprendizaje en los procesos productivos genera discrepancias sostenibles en esos niveles de bienestar. La historia y las instutuciones pueden afectar al crecimiento económico. Por ejemplo, si un país desarrolla agentes productores de tecnología (por ejemplo, las universidades) que trabajan en forma complementaria a la acumulación de capital humano, se produce un círculo virtuoso que acelera el crecimiento. Esto puede explicar una parte de las diferencias en los niveles de vida de los países. Una explicación complementaria se basa en la noción de que a través de la competencia entre un número reducido de empresas, en la búsqueda de capturar los beneficios oligopólicos se impulsa la generación de nueva tecnología.

Asçi mismo, como fue recalcado en el Seminario de Huatusco, la historia y el presente de las instituciones políticas y legales, entre otras, inciden poderosamente sobre el crecimiento. No en balde la literatura económica han vuelto a ponerse de moda los estudios que relacionan a la Economía con el Derecho y la Política, entre otras disciplinas afines.

Relevancia de las ideas económicas sobre el crecimiento para las políticas públicas.

Es imprescindible que el marco general de las políticas públicas sea adecuado y capaz de dar certidumbre para que las inversiones que alientan el crecimiento –generalmente de largo plazo– puedan materializarse. Esa relativa certeza para enmarcar la toma de decisiones de los agentes económicos y la confianza en un orden económico eficiente y justo son el sustento de procesos de crecimiento sostenidos, que perduran y se adaptan mejor a los cambios en las circunstancias.

En contraste, la inestabilidad financiera, la desigualdad, la mala educación, la precariedad de la salud, y la ausencia de un pleno Estado de Derecho, entre otros factores vinculados con malas políticas públicas nacionales , pueden inhibir los procesos de inversión y con ello el crecimiento económico. La inflación, por ejemplo, además de ser profundamente inequitativa al afectar más a quienes no pueden protegerse de sus nocivos efectos sobre el poder adquisitivo, impide la toma de mejores decisiones al desviar recursos productivos hacia usos de menor rentabilidad social y al reducir la cantidad real de crédito que el sistema financiero puede ofrecer. La evidencia internacional apoya la tesis de que la estibilidad está asociada de manera positiva con el crecimiento.

El crecimiento también puede obstaculizarse a través de las distorsiones que genera un sistema fiscal mal diseñado, por las trabas burocráticas para crear y cerrar empresas, el proteccionismo a ultranza a costa de los consumidores nacionales y una inadecuada regulación de sectores en los que se pueden manipular los precios, en tre otras políticas públicas que impiden una mejor asignación de los recursos económicos.

Pero el crecimiento también depende de un sistema legal sólido y un marco institucional adecuado que garanticen los derechos económicos de la sociedad. La evidencia empírica internacional muestra que la mayoría de las experiencias de crecimiento sostenido durante largos periodos han estado acompañadas por el cumplimiento del Estado de Derecho y la presencia de instituciones legales eficaces.

El proceso político influye también en la factibilidad de adoptar mejores políticas públicas y, en consecuencia, sobre el crecimiento económico. Por lo tanto, no menos importante que conseguir que funcionen las medidas económicas y las instituciones legales, es que la política conduzca a los acuerdos necesarios que impulsen el crecimiento.

En síntesis, el crecimiento económico depende fundamentalmente del continuo aumento en la cantidad y sobre todo la calidad de la fuerza laboral, la expansión de los acervos de capital humano y físico, la rentabilidad de las nuevas inversiones, la innovación tecnológica y las mejoras en la productividad factorial total, que el sistema económico, político e institucional hagan posible. Las políticas públicas, al modificar el marco de incentivos para la toma de decisiones que conducen a ese proceso de creación de riqueza nacional, pueden influir significativamente en el patrón de crecimiento económico. [1]

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[1] Del libro: ¿Por qué no crecemos? Hacia un consenso para el crecimiento en México: Reflexiones de 54 economistas. Sin editorial. México 2004.

1. ¿POR QUÉ NO CRECEMOS?

LA PREGUNTA DE HUATUSCO

El presente documento intenta resumir criterios y reflexiones que condujeron a lo que llamamos el Consenso de Huatusco. El contexto en el que llegamos a ese acuerdo básico parte de una preocupación generalizada por el escaso crecimiento económico de México dutante los últimos 20 años.

En efecto, los economistas interesados en el proceso de crecimiento de México nos hemos preguntado con creciente frecuencia ¿por qué no hay?, ¿por qué no ha habido en un largo tiempo, un aumento sostenido y equilibrado de la producción, el ingreso nacional y el bienestar?, ¿cuál es la relación y los canales a través de los cuales nuestros arreglos institucionales, políticas públicas, estructura demográfica y marco de incentivos económicos, afectan el crecimiento? Más específicamente, ¿cuál ha sido la conexión conceptual y empírica entre el proceso de crecimiento mexicano en las décadas recientes, por un parte, y la naturaleza y respeto al Estado de Derecho, la democracia, las políticas de Estado, el papel del gobierno, la educación, la distribución del ingreso, la libertad de comercio, el tamaño y la composición de la población, las estructuras de mercado y el ahorro interno, entre otros factores y variables que pueden afectar al crecimiento, por la otra?

Para tratar de contestarnos esas interrogantes, sugerir mejores arreglos para el crecimiento y proponer políticas públicas para aliviar a nuestro país de su ya crónico estancamiento, entre el 5 y el 7 de junio de 2003, 54 especialistas en economía con amplia experiencia académica, en el servicio público y en el ejercicio independiente de nuestra profesión, nos reunimos en Huatusco, Veracruz, con el fin de debatir en torno a esa pregunta ¿Por qué no crecemos?

En Huatusco concentramos la atención en el crecimiento económico pues si bien crecimiento no es lo mismo que desarrollo, crecer es indispensable para mejorar los niveles de bienestar y apoyar a la población de menores ingresos. Obtener los recursos para este fin se facilita en una economía que crece, ya que ello evita las dolorosas disyuntivas presentes en una economía estancada. Sin crecimiento, atender las necesidades más urgentes y las de quienes menos tienen significa sustraer recursos de alguien más; el proceso puede llevar a la confrontación y resultar en parálisis.

En un país como el nuestro, no es exagerado afirmar que no crecer durante un periodo largo tiene consecuencias graves para las generaciones presentes y futuras. En lo económico, la falta de ingresos, de empleos y oportunidades significa menor consumo familiar y también menor inversión en educación, salud, infraestructura física y cuidado del ambiente, lo que repercute pronto en una economía más débil y un entorno desatendido. En lo social, los tejidos se desgastan y se genera una sensación de desánimo, acentuada por las crecientes desigualdades que se manifiestan más agudamente en el estancamiento. En lo político, los acuerdos se dificultan por la falta de recursos públicos para atender demandas ciudadanas, particularmente en una cultura democrática incipiente que inhibe la negociación y promueve la crítica entre los distintos grupos de interés.

Por ello, la pregunta de Huatusco es pertinente para México. Durante las dos últimas décadas, el desempeño económico no ha permitido generar los satisfactores para incrementar el nivel de vida promedio de la población. Los economistas reunidos en Huatusco pensamos que entre las causas del escaso crecimiento observado destacan las siguientes:

1. Baja productividad de la inversión.

2. Ineficiencia del sistema de intermediación financiera.

3. Escaso aprovechamiento de la apertura comercial.

4. Debilidad del mercado interno.

5. Insuficiente creación de empleos formales.

6. Educación inadecuada.

7. Desigualdad de oportunidades.

8. Insuficiente innovación tecnológica.

9. Un gobierno económicamente débil, propenso al financiamiento inflacionario y con una agenda ambigua y deficiente.

10. Incapacidad política para llegar a acuerdos democráticos y establecer políticas públicas eficaces.

11. Debilidad del Estado de Derecho.

Sin menospreciar los factores externos, la relación anterior es en esencia producto de que han fallado sistemáticamente, o simplemente no han existido, las políticas públicas para retomar el rumbo del crecimiento y el desarrollo económico. En consecuencia, un segmento creciente de la población resiente ya la reducción de ingresos, que provoca el deterioro de sus aspiraciones de largo alcance y la pérdida de calidad en aspectos tangibles de su vida cotidiana.

Urgen entonces respuestas que guíen políticas públicas deseables y posibles, para volver a crecer. Hoy se puede tratar de responder mejor a esa interrogante, partiendo de un diagnóstico objetivo e imparcial, con el fin de entender la naturaleza del proceso de crecimiento de México. A partir de un mejor entendimiento del estancamiento que nos aqueja es posible sugerir alternativas para reemprender el crecimiento económico, y ofrecer soluciones al principal problema nacional de la actualidad: la falta de crecimiento económico.

EL ESPÍRITU DE HUATUSCO

En este contexto, el espíritu de Huatusco consistió en el ambiente constructivo y de diálogo que animó a economistas de todo el espectro: desde los jóvenes hasta los maduros, los de “izquierda” y los de “derecha”, los “académicos” y los “políticos”, los “teóricos” y los “pragmáticos”, para revisar experiencias, analizar resultados, explorar nuevas posibilidades y ratificar principios para un conjunto de políticas públicas a favor del crecimiento, que faciliten el aprovechamiento eficiente de los recursos y promuevan la equidad en la distribución de oportunidades.

El espíritu de Huatusco le hace falta a México. Las diferencias de ideas y antecedentes no deben ser obstáculo para la búsqueda profesional de un objetivo común: contribuir a la construcción de un México más justo y más próspero.

Aunque no todos los participantes estamos en total acuerdo con cada una de las ideas expuestas en este documento, todos coincidimos en la importancia del crecimiento y en lo deseable de un esfuerzo permanente para entenderlo y mejorar el futuro económico de México. Por ello, un comité de redacción elaboró este documento basándose en las ideas expuestas por los participantes en el Seminario asi como en los consensos logrados. Para ello analizamos primero los antecedentes conceptuales mínimos para el planteamiento de la pregunta central del ejercicio, ¿por qué no crecemos?; resumimos a continuación los elementos analíticos y empíricos para diagnosticar y ofrecer un bosquejo de la naturaleza del proceso de crecimiento en México en años recientes, y finalmente proponemos los consensos básicos que se derivan de esa revisión.

En el futuro inmediato será necesario acordar y definir estrategias de gobierno, paquetes legislativos, presupuestos, planes de inversión, propuestas ciudadanas, plataformas políticas y diversas acciones que den forma y contexto a las políticas públicas en nuestro país. Esperamos que las principales líneas de argumentación y, sobre todo, los consensos que alcanzamos en Huatusco contribuyan a facilitar estos procesos. Es importante reconocer que en estos momentos en los que se debaten intensamente diversas propuestas de política pública, un grupo heterogéneo de profesionistas puede ponerse de acuerdo en puntos de partida fundamentales, sin los cuales no sería posible sumar experiencias y criterios, que contribuyan a un anhelo que no por trillado es menos válido. un mejor México. [1]

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[1] Del libro: ¿Por qué no crecemos? Hacia un consenso para el crecimiento en México: Reflexiones de 54 economistas. Sin editorial. México 2004.

1905/1995

Lo que al punto choca en él es la vivacidad de la mirada, su inteligencia y su bondad. Como si la filosofía de la alteridad, de la cual éste intelectual brillante ha hecho la espina dorsal de su pensamiento y de su obra, se dejase leer nada más comenzar el juego. Como si él retomase por propia cuenta tal fórmula bíblica que ha comentado a generaciones de discípulos: como, heme aquí, yo mismo.

El hombre es de menguada estatura y frágil aspecto. El gesto es sobrio mas relativamente nervioso; el tono de su discurso, sacudido, impetuoso a veces, con un vestigio de acento ruso apenas perceptible, si bien los oyentes que no están demasiado cerca del maestro deben aguzar al extremo el oído. Por más que haya preparado las citas y sus referencias, sucede sin embargo que la memoria, in fine, le falla. Vuélvese entonces, y con qué humildad, hacia tal o cual de sus oyentes reputado por su vasta cultura bíblica, y le pide auxilio con la mirada.

Y, hablando de humildad, cuántas veces no se lo ha visto saludar a obreros y a <<hombres sin importancia>> con tales miramientos que uno hubiera creído que se trataba efectivamente de imponentes cimas intelectuales.

Basta que se le tienda un micro para que pierda parte de sus facultades y se le resista la más sencilla palabra. Se lo ha visto descontento de semejante prestación radiofónica y negándose finalmente a que ésta sea difundida.

Así era el hombre; de una difícil exigencia para consigo mismo, de una indulgencia extrema para con los otros.

VICTOR MALKA, texto inédito.[1]

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[1] Del libro: Huisman, Denis y Vergez André. Historia de los filósofos ilustrada por los textos. Tecnos. España 2001

LA VIDA DE RICOEUR

Paul Ricoeur nace en Valence el 27 de Febrero de 1913. Huérfano de madre desde su más tierna edad, pierde a los dos años a su padre, caído en el frente durante la Primera Guerra Mundial, y deviene así pupilo de la nación. Es recogido por sus abuelos que lo educan, así como a su hermana mayor, en la religión protestante. Ricoeur hace estudios de filosofía en la Universidad de Rennes y después en la Sorbona, antes de obtener la Agregación de filosofía en 1935. Movilizado en 1939 es hecho rápidamente prisionero y permanece hasta el fin de la guerra en diferentes campos de Pomerania, donde lee a Jaspers y traduce las Ideas relativas a una fenomenología pura de Husserl. En cautividad escribe asimismo sus primeras obras: Karl Jaspers y la filosofía de la existencia (en colaboración con Mikel Dufrene, 1947) y Gabriel Marcel y Karl Jaspers (1948). Nombrado profesor en la Universidad de Estrasburgo en 1948, enseñará historia de la filosofía hasta su elección en la Sorbona, en 1956. Sensible a los problemas de la Universidad, Ricoeur pide su traslado a la nueva y renovadora Facultad de Letras de Nanterre (1966). Al ser nombrado Decano de esta Facultad, hubo de afrontar la violencia de los acontecimientos de mayo del 68. Blanco de los más vivos ataques, terminó, después de una agresión física, por dimitir de sus funciones (1970). Abandona entonces Francia para ir a enseñar a la Universidad Católica de Lovaina (1970-1973), para reintegrarse después a su puesto en la universidad de París-X. (Nanterre), en donde finaliza su carrera académica (1981). Paralelamente, Ricoeur da cursos en Canadá y en los Estados Unidos, principalmente en las Universidades de Yale y Chicago. Su fama es hoy internacional: es miembro de nueve academias extranjeras y doctor honoris causa de treinta y una universidades de todo el mundo. [1]

La producción filosófica de Ricoeur se desarrolla siguiendo el ritmo de varias series de obras. Después de los tres volúmenes de la Filosofía de la voluntad (1950-1961), vienen trabajos de inspiración hermenéutica (De la interpretación, 1969; La metáfora viva, 1975), a los que siguen los tres tomos de Tiempo y Relato (1983-1985). Su última gran obra. El sí-mismo como otro (1990), conjuga la hermenéutica con la ética.

LA SIMBÓLICA DEL MAL

Superando las lecturas <<tendenciosas>> de los marxistas, los freudianos, o los estructuralistas –que intentan siempre reducir el sentido de una obra (o de nuestra cultura en su totalidad) a una significación supuestamente última (sea ideológica, psicoanalítica, o simplemente combinatoria)–, Ricoeur ha querido ser el iniciador de un nuevo arte de interpretar, de una nueva hermenéutica atenta al despliegue plural de la palabra más bien que a su <<deconstrucción>> (Derrida).

Fiel a sus lecturas de la fenomenología husserliana, Ricoeur comienza por interrogarse, en el tríptico de su Filosofía de la voluntad, sobre la esencia misma del querer. Detecta así, en la voluntad, tres componentes fundamentales: el proyecto, la ejecución y el consentimiento. En el acto coluntario, yo me proyecto en un mundo que me resiste, con un cuerpo que es por su parte indócil. En este juego de lo voluntario, yo me proyecto en un mundo que me resiste, con un cuerpo que es por su parte indócil. En este juego de lo voluntario y de lo involuntario, me descubro como limitado a la vez por el mundo y por mi propio proyecto, que me obliga. Aceptando por mi consentimiento estos límites, los transformo en instrumentos de mi libertad. Pero el análisis de la voluntad revela la gran distancia que hay entre querer y creer; el hombre, desgarrado entre lo finito y lo infinito, es eminentemente falible. Es esta debilidad constitutiva del hombre la que hace posible el mal.

Ahora bien, Ricoeur muestra que si el ser es falible pertenece a la esencia del hombre, la experiencia de la falta, como realidad efectiva, permanece incomprensible. El mal, en tanto que es, no simplemente posible, sino realizado, escapa a toda conceptualización. También el filósofo debe apelar a los lenguajes de la confesión y del mito –los únicos lenguajes, según Ricoeur, en los cuáles alcanza a expresarse el mal–. Lo que los relatos de estos lenguajes ponen en juego es, efectivamente, una simbólica del mal. En el lenguaje de la confesión, por ejemplo, se encuentra la simbólica elemental de la mancilla del pecado y de la culpabilidad: las manifestaciones por las cuales confiesa el hombre sus faltas revelan en primer lugar la obsesión de la mancha, y después el temor resultante de la ruptura de la alianza con Dios, en definitiva la conciencia del que saber que ha cometido una falta.

Es por ser el mal lo que amenaza siempre al pensamiento, por lo que debe ser pensado con la más extrema exigencia. Confrontado al <<escándalo de mal>>, Ricouer se niega a darse por vencido. En primer lugar es posible, gracias a los símbolos, seguirle la pista a la genalogía del mal. Pero esto no es más que un preludio para la acción. Como el mal <<se precede siempre a sí mismo>>, hay que plantarse y hacerle frente: <<El mal es aquello contra lo cual luchamos: en este sentido no tenemos otra relación con él que esta relación de contra>>. El obrar ético es, pues, inseparable del reconocimiento del mal. [2]

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[1] Paul Ricoeur falleció en 2005. Nota de Sómacles.

[2] Del libro: Huisman, Denis y Vergez André. Historia de los filósofos ilustrada por los textos. Tecnos. España 2001

II. ¿CÓMO JUEGA LA INTELIGENCIA?

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El uso lúdico de la inteligencia no es compatible con el uso serio. Esto pone a la ciencia y a la técnica en inferioridad de condiciones, porque están sometidas al principio de realidad y no pueden tomarse tantas libertades. Son racionalidades esclavizadas. El ingenio es, en cambio, la inteligencia turulata. Cristine Buci-Glucksman ha titulado su libro sobre el barroco: La folie du voir. Según ella, en esa época el lenguaje perdió sus referencias ontológicas. <<Al carecer de referente primero, el mundo oscila entre la apariencia y la aparición, entre el gozo y la muerte, entre el sueño y la realidad, en una autoexposición apasionada de sí misma y de las formas>> (Buci-Glucksman, 1986).

Ni la ciencia ni la técnica pueden perder su referencia al mundo: sería un accidente patológico. La técnica, como productora de utensilios, puede hacerse ingeniosa si trunca su finalidad práctica e inventa objetos inútiles o imposibles. Jacques Carelman ha inventado un utillaje de racionalidad perversa. Sus tenazas flexibles, las fundas de viaje para perros, el martillo de mango curvo especial para clavos difíciles, nos remiten al mundo del ser-a-la-mano, que diría Heidegger, pero defraudan nuestras expectativas. Son chistes materializados.

También la ciencia puede convertirse en juego y zafarse de su finalidad propia, que es conocer la realidad. Puede hacerlo confinándose en el formalismo (los juegos matemáticos, por ejemplo), o estudiando irrealidades. Un matemático, Alexander Keewatin Dewnei, ha publicado varios trabajos sobre el <<Planiverso>>, un imaginario universo bidimensional, cuya existencia no es lógicamente imposible, y del que ha elaborado la teoría y la práctica. Ha llevado su humorada hasta diseñar objetos de uso doméstico para ese mundo laminar.

Estos casos patológicos confirman que el ingenio implica el rechazo de los fines. Disfruta con su propia actividad. Es el juego que juega la inteligencia consigo misma, en el que todas las operaciones intelectuales resultan transmutadas, como este capítulo ha mostrado. [1]

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[1] Del libro: Marina, José Antonio. Elogio y refutación del ingenio. Anagrama, España 2004.

INTRODUCCIÓN

Quien se acerca a un libro de lingüística percibe enseguida que es una ciencia de saberes ocultos. No lo digo porque su jerga técnica parezca esotérica al profano y superfetatoria al consagrado, sino porque el lenguaje, su tema, es un conglomerado de informaciones y habilidades que manejamos con eficacia, pero que no conocemos con precisión. Es un tacit knowledge, escribió Chomsky. El lingüista quiere explicar reflexivamente ese saber que ya posee plegado. Es un explorador que descubre un territorio guardado en su memoria. La selva virgen que pisa resulta ser su propia casa.

Al aprender la lengua materna –las lenguas segundas plantean problemas distintos– el niño recibe los planos sintácticos y semánticos para construir su mundo. Será su mirada la que se apropie de la realidad, pero dirigida por miradas ajenas y lejanas codificadas en la lengua. El niño sentirá sus sentimientos, pero los identificará y clasificará de acuerdo con el catálogo sentimental incluido en su idioma. Si el inconsciente es la vigencia del pasado olvidado, las palabras tienen su propio inconsciente y pueden ser psicoanalizadas.

Un complejo sistema de preferencias y necesidades guió la evolución de las lenguas, y cada perfil fonético, forma sintáctica o parcelación semántica guardan la huella de aquellas distantes motivaciones que aún dirigen nuestro hablar. Cuando aprendemos una lengua asimilamos su inconsciente sin saberlo, trasegamos su biografía secreta, que se aloja en nosotros y nos habita. Por eso, el lenguaje es un saber oculto.

Las ideas y manías de nuestros antepasados se han colado de matute en nuestra actividad, como una herencia que, al igual que la genética, recibimos sin chistar, privados hasta del mínimo consuelo de poderlas aceptar a beneficio de inventario. No podemos hacer inventario de nuestro lenguaje sin dedicar a ello la vida. Nadie sabe las palabras que sabe, ni las construcciones sintácticas que es capaz de hacer. Poseemos un capital lingüístico que no podemos calcular, y el lingüista, que quiere hacer el cómputo de sus caudales, adopta por ello el aire introvertido y cauteloso del avariento que cuenta y recuenta su tesoro.

Todos los matices de una lengua remiten a una experiencia olvidada que una arqueología o genealogía del lenguaje debe recuperar. La historia  es pudorosa respecto de los grandes acontecimientos, como una madre que quisiera parir sus más preclaros hijos en la oscuridad, y no guarda memoria de los gigantescos creadores que inventaron la preposición, el subjuntivo o la voz pasiva. Los especialistas rastrean esa prehistoria, y tras dos siglos de esfuerzos nos han proporcionado copiosa información sobre el indoeuropeo, antepasado común de muchas lenguas, pero en este momento pretenden retroceder aún más hasta llegar al único tronco del que derivarían todas las lenguas del planeta. Si accediéramos a esa matriz universal, accederíamos al mismo tiempo al universal inconsciente lingüístico del que todos los hombres participaríamos. Un investigador, Merrit Ruhlen, ha llegado a aventurar que la primera palabra sonó hace más de cien mil años y fue TIK, que quiere decir <<dedo>> (Gamkrelidze, iVANOV, 1984; Greenberg 1984).

Muchos pensadores han denunciado el poder anónimo que el lenguaje ejerce sobre nosotros: Freud, Nietzsche, Austin, Foucault, Lacan, Ortega y muchos más. Sus escritos están llenos de ocurrencias agudas a las que faltan comprobaciones detalladas. Es indudable que la historia de la humanidad está enterrada en el lenguaje. Sin llegar a los excesos de Ruhlen, los expertos han podido situar en Anatolia el nacimiento del indoeuropeo basándose, entre otros datos, en restos de palabras que se referían a plantas o accidentes orográficos exclusivos de aquella región. El hombre es animal etimológico, que conserva sus orígnes y recibe con cada palabra su historia cifrada.

Todos podemos estar de acuerdo con una formulación tan vaga. Concordes, pero insatisfechos. Nada adelantamos con hablar del influjo del pasado si somos incapaces de precisar qué información tácita se transmite en cada situación cultural, cómo se organiza y mediante qué mecanismos se propaga. Por ejemplo: la etimología señala el parentesco de las palabras <<ingenio>> e <<ingenuo>>. Ambas significaban <<innato>>, <<natural>>, aunque <<ingenio>> se refería a las habilidades no aprendidas, mientras que <<ingenuidad>> era la espléndida facultad innata de ser libre. Después de divertidas peripecias semánticas, esos vocablos han llegado a ser casi antónimos. El ingenioso es avisado y astuto; el ingenuo, cándido y simple. ¿Queda vigente algún rasgo de su etimología? El saber plegado contenido en estas palabras y que la presión cultural inyecta en la memoria del hablante no mantiene vivo el antiguo parentesco. Cada una de ellas se ha integrado en campos semánticos distintos, y desde ellos actúan sobre nuestros comportamientos lingüísticos. Ahí es donde debemos buscar la vigencia del pasado. La <<ingenuidad>> es un calificativo denigrante, a cuya órbita han sido atraídas la candidez y la inocencia. En cambio, <<ingenio>> es un término elogioso, que contagia su valor positivo a la picardía, la astucia y la frescura. Estas relaciones acaso no aparezcan explícitamente en la conciencia del hablante contemporáneo, pero están vigentes en su <<inconsciente lingüístico>>.

En el lenguaje nada ocurre sin motivo (Guiraud, 1955). Si llamamos psicoanálisis al estudio de las motivaciones ocultas que rigen nuestro actuar, hemos de reclamar un psicoanálisis lingüístico que partiendo de los usos reales del lenguaje desvele las conexiones implícitas, las creencias profundas, las valoraciones que los configuran, la textura oculta que manifiesta el texto superficial.

Este libro es un ejercicio de <<psicoanálisis lingüístico>>. Sobre el diván está tendida la palabra <<ingenio>>. Mejor dicho: un hablante que utiliza la palabra <<ingenio>> y que nos representa a todos. Así pues, el lector va a ser psicoanalizado a través de ese representante ideal. Por ello, no va a aprender cosas nuevas sobre el ingenio, porque tampoco el sujeto psicoanalizado aprende cosas nuevas: conoce tan sólo lo que ya sabía, despliega su inconsciente, que es él mismo. Lo mismo nos sucede a todos cuando leemos un libro de gramática: reconocemos, puestas en limpio, informaciones que ya sabíamos de forma confusa. Todos debemos utilizar con respecto a esos saberes ocultos la sabia expresión que usan con frecuencia los colegiales y que estúpidamente tomamos como un disculpa: <<Lo sé, pero no me acuerdo>>.

Utilizamos la palabra <<ingenio>> o <<ingeniosidad>> para calificar sin vacilación algunos fenómenos muy distintos, cuyos rasgos comunes resultan difíciles de discernir. Consideramos que la ironía, el humos, la picardía, la comicidad, la astucia, la inventiva, la originalidad, la parodia, el chiste, los equívocos, la rapidez, la facundia, el timo, la novela policiaca, la sátira y la mala uva son avatares del ingenio. Un minucioso aprendizaje ha unificado en nuestra memoria lingüística todas esas realidades. ¿Qué tienen en común? Wittgenstein dijo que un <<parecido de familia>>, pero fue ingenuo y perezoso al decirlo. El <<parecido de familia>> es un criterio inservible porque es indefinidamente elástico. Comparados con los chinos, todos los europeos tenemos un aire de familia y, comparados con los cocodrilos, todos los hombres nos parecemos un poquito. Freud hubiera fulminado a quien le hubiera dicho que todos los sueños de un individuo tenían un <<parecido de familia>>, con lo que estaba dicho todo. Iba más allá y aspiraba a descubrir la norma secreta que dirigía la proliferante imaginería onírica.

¿Qué hay en el fondo del ingenio? ¿Qué experiencia unifica los usos de esa palabra?  Baltasar Gracián, que nunca se distinguió pro su optimismo, dijo que <<el ingenio es una de esas cosas que sólo se puede conocer a bulto>>. No me convencen ni Wittgenstein ni Gracián, porque se precipitaron en su renuncia. Admitir bultos que no se pueden inspeccionar y parecidos que no se precisan, es un recurso indolente. Los expertos en inteligencia artificial y psicología cognitiva han demostrado que <<reconocer un parecido>> es una operación de extrema complejidad. Si el hombre –o el ordenador– carece de la información adecuada –el esquema del parecido, una plantilla, el inventario de rasgos, etc.–, el reconocimiento es imposible (Norman, 1977; Johnsonn-Laird, 1988).

El psicoanálisis del ingenio pretende descubrir el modelo que utilizamos para reconocer que algo es ingenioso, y las motivaciones profundas que han unificado en un mismo campo semántico fenómenos en apariencia tan distintos. El saber plegado que asimiliamos cuando aprendemos a manejar la palabra <<ingenio>> forma un sistema cohesionado, que está vigente en la actualidad y determina por ello el hablar de la mayoría de los habitantes… Si mi tesis es correcta, el lector se descubrirá siguiendo un discurso ideológico que no comprende del todo. Estará siendo empujado por la lógica oculta del sistema ingenioso, a cuyo análisis está dedicado este libro. [1]

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[1] Del libro: Marina, José Antonio. Elogio y refutación del ingenio. Anagrama, España 2004.