Amor y Tiempo


Subí  las escaleras y llegué a mi oficina. Entré como todos los días lo hacía y me senté en el pequeño escritorio cerca de la ventana, mismo que daba a un mediocre paisaje de la ciudad. Sin chistar, me apoderé de la olvidada resmilla que guardaba en uno de los varios cajones de mi aposento, respiré profundo y escribí:

En mi vida pasada fuí un lápita. Mi nombre, Polipetes. En las llanuras del monte Olimpo quedó inmortalizada la historia de mi pueblo. Altos y fuertes, nuestros guerreros fueron por mucho tiempo la defensa contra los centauros, criaturas arrogantes y aunque sabias, animales. Nuestras costumbres discurrían como el aire lo hace entre las ramas de los árboles otoñales; eran cotidianas, llenas de un encanto mágico que sólo a los hombres y mujeres de nuestra población podían gustar. Éramos especiales, diferentes, pero con todo, comunes a la figura de la naturaleza humana. Cuando combatí en Troya bien recuerdo que logré arrebatar la vida a muchos combatientes, todo por Helena, mi Helena. Ustedes hombres del presente, del eterno gerundio, la han idealizado al grado de banalizarla. No era la mujer más bella de este mundo, pero su cuerpo y su mente se encontraban poseídos por un encanto transhumano que ennoblecía hasta al hombre menos gentil, virtud de la cual claramente carecen las mujeres de hoy en día. Sin embargo, es el tiempo el que logra enseñar al ser humano, a su espíritu, la realidad de su eventual desgracia. Si millones murieran hoy, nada pasaría. Somos nauseabundos, típicamente humanos, sí, somos como los centauros en aquel tiempo para mi ahora lejano: brillantes pero idiotas. Me parece que Cohen no miente al adjetivarnos babuinos pues más allá de una afán literario, las letras son uno de los poderes más grandes que puede haber; logran inmortalizar la conciencia humana, construyen teleologías en tiempo distanciadas, unen mentes maestras con ideas trascendentales y reflejan aciertos y errores de la actitud humana, terrestre. Muchas no son bellas, son ruines, otras son acertadas pero obcecadas, dogmáticas, y es así como surge el crisol del conocimiento, esa masa aparantemente inerme que pulula en el tiempo y el espacio. Tiempo, constante que a la manera de Lyotard, define, determina vitaliciamente la manera en que nos vemos a nosotros desde afuera con ojo interno. Pero quisiera reflexionar por aquél sentimiento al cual –como dijera Julian Barnes—le hemos dedicado sólo medio capítulo. Ese sentimiento que se apoderó de mí al conocer a Helena, misma que fue raptada por los encantos egoístas de Paris. Aquél estado urente que lastima y engrandece el alma al mismo tiempo. Es amor. Es sentir efímero de humanos, envidia de los dioses, arrebato de pasiones, vencedor sobre el tiempo, que es pasado y es hodierno. Vade retro, pronunciados en contra del sentido común, sentenciados por carencia de empatía mínima, zalameros del cariño ilusorio, mercaderes del afecto. Vade retro. Por ello es especial, por inasequible, kosmológico e inmortal. ¿Cómo es que esperas, humano tonto, ser poseído por tal ninfa? Error. Te equivocas al pensar que la figura de la mujer guarda los secretos de este sanctasanctórum. Sucedáneas del sentir para sí, ni esos bellos cascarones huecos, logran abrir las puertas del ser erótico que deviene de la posesión amorosa. Son pulsiones que imaginariamente te clavas en la mente ingenuamente. Y digo: Kant ha muerto. Flaubert en el personaje de Madame Bovary da cuenta de ello aunque a decir verdad, no es posible generalizar maniqueamente, recordemos que la pluralidad nos constituye, sostiene la enorme retícula de sensaciones y vivencias que es el ser humano, más que alguien me ayude a encontrar lo que he perdido que sería taumaturgia entre hombres no ascendidos. Cuando morí por primera vez, mi encuentro con Caronte fue capital. Me contó que si en su manera de tratar a las almitas era hosco, selectivo y hasta malévolo, no era por su propia voluntad, sino porque las almas de los humanos, siempre conspiraban para apropiarse de su barca y su remo, querían robarle el medio en que se ganaba la muerte, que para él era vida. –Trabajo difícil, alguien tiene que hacerlo, no es fortuito que lleve este gran martillo siempre conmigo–. Aunque después logré escapar del Hades y reencarné nuevamente, el mundo era distinto. Me encontré con enormes ciudades, con nuevas guerras, con nuevo conocimiento, nueva vida. Y así, el ser humano siempre es el mismo, siempre egoísta, siempre astuto y destructivo, más sonrío al saber que la muerte siempre es la misma. Todos terminan en el mismo agujero. No te olvidaré amigo Caronte. El tiempo ha hecho su labor y mi Grecia ahora es otra, no obstante, cada vez que pienso en el amor, por efímero, por bello, por lo que sea, recuerdo el quid divínum de mi ensoñación, antes, o aquí, o ahora.

Terminé  de escribir y me sentí relajado, como tenía tiempo de no estarlo. Era necesario entregar este trabajo al fuego en el futuro pero por ahora, sólo era necesario entregarlo a una persona que lo estaba esperando y que seguro me comprenderá.

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