Paul Johnson – Tiempos Modernos: La historia del siglo XX desde 1917 hasta la década de los 80.


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Un mundo relativista

El mundo moderno comenzó el 29 de mayo de 1919, cuando las fotografías de un eclipse solar, tomadas en la isla del Príncipe, frente al África occidental, y en Sobral, Brasil, confirmaron la verdad de una nueva teoría del universo. Durante medio siglo había sido evidente que la cosmología newtoniana, fundada en las líneas rectas de la geometría euclidiana y los conceptos de tiempo absoluto de Galileo, necesitaba una revisión importante. Había prevalecido más de doscientos años. Era el marco del Iluminismo europeo, la Revolución Industrial y la vasta expansión del conocimiento, la libertad y la prosperidad de la humanidad que caracterizó al siglo XIX. Pero los telescopios cada vez más poderosos estaban revelando anomalías. Sobre todo, los movimientos del planeta Mercurio se desviaban cuarenta y tres segundos de arco cada siglo, con referencia a su comportamiento previsible de acuerdo con las leyes newtonianas de la física. ¿Por qué?

En 1905 Albert Einstein, un judío alemán de veintiséis años, que trabajaba en la oficina suiza de patentes de Berna, había publicado un trabajo titulado: “Acerca de la electrodinámica de los cuerpos en movimiento”, la que llegó a ser conocida como la Teoría Especial de la Relatividad. Las observaciones de Einstein acerca del modo en que, en ciertas circunstancias, las longitudes parecían contraerse y los relojes aminorar la velocidad de su movimiento, son análogas a los efectos de la perspectiva en la pintura. En realidad, el descubrimiento de que el espacio y el tiempo son términos de medición relativos más que absolutos puede compararse, por su efecto sobre nuestra percepción del mundo, con el empleo inicial de la perspectiva en arte, que sobrevino en Grecia durante las dos décadas, hacia 500-480 a.C.

La originalidad de Einstein, que equivalió a una forma de genio, y a la extraña elegancia de sus líneas argumentales, comparadas por los colegas con una manifestación del arte, suscitaron el interés cada vez más vivo del mundo. En 1907 publicó una demostración de que toda la masa tiene energía, condensada con la ecuación E=mc**2 , considerada por una época ulterior como el punto de partida de la carrera por la bomba A. Ni siquiera el comienzo de la guerra en Europa impidió que los científicos prosiguieran la búsqueda, promovida por Einstein, de una Teoría General de la Relatividad, que abarcara los campos gravitarorios y permitiera una revisión integral de la física newtoniana. En 1915 llegó a Londres la noticia de que Einstein lo había logrado. En la primavera siguiente, mientras los británicos preparaban su vasta y catastrófica ofensiva en el Somme, el documento fundamental atravesó de contrabando por los Países Bajos y llegó a Cambridge, donde fue recibido por Arthur Eddington, profesor de astronomía y secretario de la Real Sociedad de Astronomía.

Eddington difundió el resultado obtenido por Einstein en un trabajo de 1918 destinado a la Sociedad de Física, y titulado: “La gravitación y el principio de la relatividad”. Pero en la metodología de Eistein era esencial la comprobación de sus ecuaciones mediante la observación empírica, y el propio Einstein ideó, con este propósito, tres pruebas específicas. La principal era que un rayo de luz que rozara la superficie del sol debía desviarse 1,745 segundos de arco, dos veces la desviación gravitatoria indicada por la teoría newtoniana clásica. El experimento implicaba fotografiar un eclipse solar. El más próximo correspondía al 29 de mayo de 1919. Antes de la conclusión de la guerra, el astrónomo real, sir Frank Dyson, había conseguido del acosado gobierno la promesa de destinar 1000 libras esterlinas a financiar una expedición que realizaría observaciones en Príncipe y Sobral.

A principios de marzo de 1919, la noche que precedió a la partida de la expedición, los astrónomos conversaron hasta tarde en la noche en el estudio de Dyson, en el Observatorio Real de Greenwich, planeado por Wren en 1675-1676, mientras Newton aún trabajaba en su teoría general de la gravitación. E.T. Cottingham, ayudante de Eddington, que debía acompañarlo, formuló la terrible pregunta: ¿Qué sucedería si la medición de las fotografías del eclipse demostraba, no la deflección de Newton, ni la de Einstein, sino el doble de la deflección de Einstein? Dyson dijo: “En tal caso, Eddington enloquecerá y usted tendrá que regresar solo a casa”. El cuaderno de notas de Eddington señala que en la mañana del 29 de mayo hubo una tremenda tormenta de truenos en Príncipe. Las nubes si dispersaron precisamente a tiempo para el clipse, a la 1.30 de la tarde. Eddington dispuso de sólo ocho minutos para actuar. “No vi el eclipse, porque estaba muy atareado cambiando las placas… Tomamos dieciséis fotografías.” Después, durante seis noches reveló las placas, a razón de dos por noche. Al anochecer del 3 de junio, después de haber dedicado el día entero a medir las placas reveladas, se volvió a su colega: “Cottingham, no tendrá que volver solo a casa.” Einstein había acertado.

La expedición satisfizo dos de las pruebas de Eistein, reconfirmadas por W.W. Campbell durante el eclipse de septiembre de 1922. Hallamos un indicador del rigor científico de Einstein en el hecho de que se negó a aceptar la validez de su propia teoría hasta que la tercera prueba (el “cambio al rojo”) tuvo éxito. “Si se demostrase que este efecto no existe en la naturaleza”, escribió a Eddington el 15 de diciembre de 1919, “sería necesario abandonar la teoría entera”. En realidad, el “cambio al rojo” fue confirmado por el observatorio de Mount Wilson en 1923, y después la comprobación empírica de la teoría de la relatividad se amplió constantemente; uno de los ejemplos más sorprendentes fue el sistema de lentes gravitatorios de los quasares, identificado en 1979-1980. En el momento no dejó de apreciarse el heroísmo profesional de Einstein. Para el joven filósofo Karl Popper y sus amigos de la Universidad de Viena, “fue una gran experiencia, que ejerció duradera influencia sobre mi desarrollo intelectual”. “Lo que me impresionó más fue el claro enunciado del propio Einstein en el sentido de que consideraría insostenible su teoría si no satisfacía ciertas pruebas… Era una actitud completamente distinta del dogmatismo de Marx, Freud, Adler y aún más de sus adeptos. Einstein estaba buscando experimentos fundamentales cuya coincidencia con sus predicciones de ningún modo demostrarían su teoría; en cambio, como él mismo lo señalaría, una discrepancia determinaría que su teoría fuese insostenible. Por mi parte, yo pensaba que ésa era la auténtica actitud científica.”

La teoría de Einstein, y la muy difundida expedición de Eddington con el fin de comprobarla, despertaron enorme interés en todo el mundo a lo largo del año 1919. Ni antes ni después ningún episodio de verificación científica atrajo nunca tantos titulares o se convirtió en tema del comentario universal. La tensió se acentuó constantemente entre junio y el anunio efectivo, durante una nutrida reunión de la Sociedad Real, en Londres, en el sentido de que se había confirmado la teoría. A juicio de A.N. Whitehead, que estaba allí, fue como un drama griego:

Eramos el coro que comentaba el decreto del destino revelado en el desarrollo de un incidente supremo. Había cierta dignidad dramática en la escenografía misma: el ceremonial tradicional, y en el trasfondo la imagen de Newton recordándonos que la más grande de las generalizaciones científicas ahora, por primera vez después de dos siglos, sería modificada… al fin había comenzado una gran aventura del pensamiento.

A partir de ese momento Einstein fue un héroe global, reclamado por todas las grandes universidades del mundo, el imán que atraía a las multitudes dondequiera aparecía; centenares de millones conocieron su rostro de expresión pensativa, y fue el arquetipo del abstraído filósofo de la naturaleza. Su teoría ejerció una influencia inmediata, y calibrarla fue cada vez más difícil. Pero debía ilustrar lo que Karl Popper denominaría más tarde “la ley de la consecuencia involuntaria”. Muchísimos libros trataron de explicar claramente de qué modo la Teoría General había modificado los conceptos newtonianos que informaban la comprensión del mundo en los hombres y las mujeres comunes, y cómo funcionaba. El propio Einstein la resumió así: “En su sentido más amplio, el ‘Principio de Relatividad’ está contenido en el enunciado: la totalidad de los fenómenos físicos tiene un carácter tal que no permite la introducción del concepto de ‘movimiento absoluto’; o, más breve pero menos exacto: No hay movimiento absoluto.” Años más tarde, R. Buckminster Fuller enviaría al artista japonés Isamu Noguchi un famoso cable en que explicaba la ecuación fundamental de Einstein exactamente en 249 palabrasm una obra maestra de síntesis.

Pero a los ojos de la mayoría de la gente, para la cual la física newtoniana, con sus líneas rectas y sus ángulos rectos, era perfectamente inteligible, la relatividad nunca fue más que una imprecisa causa de inquietud.  Se entendía que el tiempo absoluto y la longitud absoluta habían sido derrocados; el movimiento era curvilíneo. De pronto, pareció que nada era seguro en el movimiento de las esferas. “El mundo está desquiciado”, como observó entristecido Hamlet. Era como si el globo rotatorio hubiese sido arrancado de su eje y arrojado a la deriva en un universo que ya no respetaba las normas usuales de medición. A principios de la década de 1920 comenzó a difundirse, por primera vez en un ámbito popular, la idea de que ya no existían absolutos: de tiempo y espacio , de bien y mal, del saber, y sobre todo del valor. En un error quizás inevitable, vino a confundirse la relatividad con el relativismo. [1]

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[1] Del libro: Johnson, Paul. Tiempos Modernos. Javier Vergara Editor. Argentina, 1988.

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