Roberto Calasso – El síndrome Lolita


Lolita_kubrick

“En el mes de septiembre de 1958 la clasificación de los bestsellers estadounidenses colocaba en primer lugar la obra Lolita de Vladimir Nabokov y en segundo, El doctor Zhivago de Boris Pasternak . Hoy, entre nosotros, predominan los Faraones de Christian Jacq, con su despiadada ridiculez. Como quiera que sea, hace cuarenta años los desmitificadores de siempre, esos que presumen de no caer nunca en las trampas de los media, ya nos habían puesto en guardia: esos dos libros, Lolita y Zhivago, eran entusiasmos pasajeros, efímeros éxitos de escándalo destinados a ser olvidados en un lapso de pocos meses. Y el verdadero escándalo sobrevino cuando pasó <<el huracán Lolita>> (título que Nabokov dio a un cuaderno donde anotaba, día a día, los acontencimientos). Hoy el <<síndrome Lolita>> parece resurgir, a raíz de la película de Adrian Lyne, que sin lugar a duda es modesta, pero ciertamente no prevarica con respecto a la novela.

Entre 1955 y 1958 la palabra clave fue <<pornografía>>, término que a estas alturas ruborizaría a cualquiera que lo utilizara a propósito de Lolita. Los tiempos han cambiado y la palabra en boga actualmente es otra: <<pedofilia>>. ¿Será un progreso, una mejoría del léxico? ¡Bah…! Por lo demás, las argumentaciones continúan siendo penosamente parecidas, lo que confirma el hecho de que la mojigatería y la incapacidad de entender de qué está hecha la literatura son cantidades que jamás decrecen, por el contrario, tienden a un gradual, engañoso incremento. Hay también un modo de medir este aumento: por la proliferación de esa siniestra especie de personas que no saben distinguir entre representación e intimación –y en consecuencia leerían Crimen y castigo como un manual de instrucciones para asesinar mujeres viejas y solas–. A estas alturas surge espontáneamente una pregunta: si bien Lolita ya se lee en las escuelas, ¿es realmente un hecho que en estos cuarenta años haya finalmente acertado de qué habla el libro? Muchas son las dudas.

Sin embargo, como sucede con frecuencia a los más grandes escritores, Nabokov era un maestro en sambrar sus novelas de <<secretos patentes>>, según la fórmula de Goethe: secretos tan evidentes y ofrecidos a los ojos de todos, que nadie los ve. Así sucede en Lolita: desde las primeras diez páginas Nabokov presenta su <<secreto patente>>, con puntillosa precisión y claridad: <<Ahora quiero exponer el siguiente concepto. Sucede a veces que algunas mozuelas, entre los límites de los nueve y los catorce años, revelan a ciertos viajeros hechizados, dos o más veces mayores que ellas, su verdadera naturaleza, no humana, sino nínfica (o sea demoníaca); propongo llamar “nínfulas” a esas selectas criaturas>>. ¿Cuál fue el resultado durante los meses turbulentos que siguieron a la publicación del libro? El término <<nínfula>> (invención genial) enseguida se abrió camino, entrando pronto en la lengua común, a menudo con una escuálida connotación de complicidad. No así el <<concepto>>: que la joven Lolita tuviera naturaleza <<no humana, sino nínfica (o sea demoníaca)>> no fue percibido por los críticos. Y tampoco el hecho de que todo el libro era un desgarrador, suntuoso homenaje a las ninfas ofrecido por alguien que había sido subyugado por su poder.

Los griegos antiguos, que de estas cosas sabían mucho más que nosotros, llamaban a estos seres nymphóleptoi (y Nabokov retoma puntualmente en un pasaje la inusual palabra, mientras que en otro observa: <<La ninfolepsia es una ciencia exacta>>). Y aquí ya me parece oír la objeción: ¿no será que esa frase arriba citada fue puesta allí por el autor entre muchas otras, como de adorno? No, lo lamento, señores del jurado, pero los verdaderos escritores no actúan así. De cualquier forma, para loas voluntarios que intentaran seguir los rastros de las ninfas, diseminados con magnánima abundancia en todo Lolita, aconsejo abrir el libro en las páginas 26, 54, 61, 165, 170, 176, 210, 234, 280, 312 de la edición italiana. Encontrarán suficientes.

Pero ¿quiénes eran, después de todo, las ninfas? A estos seres de vida larguísima, aunque no eterna, la humanidad les debe mucho. Atraídos por ellas, más que por los humanos, los dioses empezaron a hacer incursiones en la tierra. Y primero los dioses, luego los hombres, que imitan a los dioses, reconocieron que el cuerpo de las ninfas era lugar mismo de un conocimiento terribe, porque era a la vez salvador y funesto: el conocimiento a través de la posesión. Un conocimiento que otorga clarividencia, pero puede también llevar a quien lo practica a una locura peculiar. La paradoja de la ninfa es ésta: poseerla significa ser poseídos. Y por una fuerza arrolladora. Escribe Porfirio que Apolo recibió de las ninfas el don de las <<aguas mentales>>. Ninfa sería entonces el nombre cifrado de la materia mental que hace actuar y que sufre el encantamiento. Quien se sumerge en esas aguas es llamado nymphóleptos. Entre ellos el más célebre fue Sócrates, que así se define en el Fedro, y al final del diálogo dirige una plegaria purificadora a las ninfas.

Se diría que terminamos lejos de Nabokov, y de su Humbert Humbert, el <<cazador hechizado>>, poseído por su presa. O quizá nos acercamos demasiado, porque tanto Sócrates como Nabokov hablaron de la misma <<locura que viene de las ninfas>>. Y ¿no habrá sido precisamente esto lo que suscitó contra ambos el coraje de la <<jauría de los bienpensantes>>? De hecho, cuando los seres divinos desaparecieron –al menos ante los ojos de quien ya no sabía advertir su presencia– junto con ellos se desvaneció el cortejo de los seres intermedios: ángeles, demonios, ninfas. Para muchos fue un alivio. La vida se mostraba menos peligrosa y más previsible. Y la palabra nymphóleptos cayó en desuso. En cuanto a las ninfas, volvieron a habitar en algún nicho solitario en la historia del arte. Planteo entonces una hipótesis: quizá el escándalo que Lolita suscitó en algunos cuando apareció –y al parecer continúa suscitando– se debía sobre todo al hecho de que Nabokov obligaba a la mente, con los medios traicioneros y matemáticos del arte, a despertarse a la evidencia, a la existencia de esos seres –las ninfas– que pueden también presentarse bajo la forma de una chiquilla estadounidense con calcetines blancos. Más que el sexo, es escándalo era la literatura misma.

Traducción de TERESA RAMÍREZ VADILLO”[1]

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[1] Del libro: Calasso, Roberto. La locura que viene de las ninfas. Sexto Piso, España 2008.

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