Marc Fumaroli: La temporada en el infierno de Chateaubriand


chateaubriand

UNA OBRA MAESTRA INACABADA, INCONFESABLE Y ABOCADA A LA DESTRUCCIÓN

“Los fragmentos autógrafos de Chateaubriand, titulados Amor y Vejez por su primer poseedor (un oscuro polígrafo llamado Édouard Bricon, quien los había recibido, a partir de enero de 1845, de un indelicado secretario del escritor), no vieron la luz hasta diez años después de que Bricon los donase, en 1852, a la Bibliotèque Nationale. Con ocasión de uno de sus Lunes, el 24 de Abril de 1862, Sainte-Beuve se deleitó en prepublicar algunos extractos de estos inéditos, guardándose mucho de hacer públicas sus fuentes. Calificando estas págias de <<confesión delirante>>, el crítico los presentaba, con su perspicacia habitual, como una nueva <<fase>>, para el envejecido autor de René, de su autorretrato como homo eroticissimus vel christianissimus , que había insertado en 1802 justo ene medio de El genio de cristianismo .

Esta novela de juventud ilustrada la tesis del apologista laico según la cual la espada del Evangelio, lejos de hacer de los cristianos unos platónicos desencarnados, había introducido en su carne el áspero aguijón de la inquietud moderna, una <<oleada de pasiones>> fecunda para el genio de las artes y de la poesía, si no para el perfeccionamiento de los santos. El autor de El genio del cristianismo no es condía que el eros cristiano, entrevisto en la Antigüedad pagana por los poetas elegíacos, tenía vocación de <<vivir peligrosamente>>, en una estrecha vía intermedia, entre dos principios, el infierno y la locura. Marcado por el pecado original, desafiado y confundido por las dichas del ágape divino, el eros cristiano está condenado al crimen por su caída en la carne y la vergüenza humanas, a la vez que es exaltado hasta la locura por la intuición de la felicidad infinita y absoluta que el deseo humano no puede encontrar más que en la unión mística con el Dios celebrado por el Cantar de los Cantares. Desgarrado entre dos extremos, el uno prohibido y el otro inaccesible a los amantes laicos, ese eros moderno escapa por lo menos tanto a la tibieza, a la que Dios arroja de su boca, como al libertinaje casanoviano y a la violencia sacrílega de la parafernalia erótica sadiana. El capítulo referente a la <<oleada de las pasiones>>, en El genio del cristianismo, pintaba una comunión literaria de pecadores cristianos y laicos, cuyo ejemplo era el personaje de René, un anillo exterior de la comunión de los santos.

De este primer René, joven vagabundo dominado por un hastío perpetuo y de un deseo tan impaciente como infinito, siempre frustrado por falta del objeto que lo colme, Sainte-Beuve había escrito en 1832: <<Se salvará porque es poeta>>. El esbozo de un René viejo (no concluido, en estado totalmente crudo, impublicable) cuya existencia revelaba el crítico veinte años después, le parecía que reiteraba, en la misma línea prebaudelariana, pero con redoblada audacia, esa interpretación inédira, antiplatónica y laica, de los dogmas católicos de la Caída, la Encarnación y la Resurreción de la Carne:

Veo en él–escribía–una confesión, una negativa casi parecida [a la de René], aunque en un tono muy distinto, una confesión en la que se pinta, una vez más, esa apasionada y delirante naturaleza de René […]. Más la efusión no acaba aquí, sino que se prolonga en mil suposiciones, pero la nota está dada, y me paro. Es verdad que tales acentos no dañan ni a la vejez ni a la memoria de Chateaubriand, el René Patriarca no queda por debajo del René de Los nátchez [la epopeya de juventud de la que habían sido extraídos el personaje y la novela de 1802]. ¡Qué ebriedad hasta en las reflexiones, qué fuego! El rechazo […] de Chateaubriand es ardiente, apasionado, voluptuoso. Pese a alejarse y rehusar el halago, no le desagradaría conquistar, agitar ese corazón joven, dejar en él una turbación, un largo remordimiento, un germen inmortal, una gota de filtro que, aunque incapaz ya de dar, sí sabe al menos corromper y envejecer la felicidad.

Esas páginas que, en cierto modo, Sainte-Beuve nos escamotea dándonos sólo una idea discreta de ellas, no fueron descubiertas en la Bibliotèque  Nationale hasta 1890 por el especialista en Chateaubriand Victor Giraund, ¡quien, por su parte, no preparó la primera edición crítica hasta 1922! Revisado por Jean Pommier, en su propia edición crítica de 1946, es ese mismo texto adoptado a su vez por Jean-Claude Berchet en las addenda de su edición clásica de las Memorias de ultratumba el que ha sido elegido como base para esta edición.

Sainte-Beuve había visto con acierto: mientras escribía y reescribía desde 1832 las Memorias de ultratumba, y redactaba la última obra publicada en vida, en 1844, la Vida de Rancé, Chateaubriand tenía también comenzado el esbozo de un segundo René, su autorretrato como viejo Anacreonte cristiano. Sin duda dio instrucciones de destruirlo a su secretario, quien prefirió el lucro personal al fuego de la chimenea. Ya antes había sembrado al voleo, tanto en las Memorias de Ultratumba como en la Vida de Rancé, algunos rasgos de ese autorretrato como anciano asaltado en el desierto por la tentación, pero negándose a ella con <<lágrimas de hiel>>.

En las Memorias, a propósito del relato de su reciente estancia forzada en Waldmünchen, donde las jóvenes campesinas alemanas no le dejan indiferente, aunque se contente con comérselas con los ojos, se atreve a escribir, oponiendo su moderación de anciano a las aventuras galantes de su juventud.

Si tuviera veinte años, iría en busca de algunas aventuras […]. En otro tiempo estaba muy ligado a mi cuerpo; le aconsejaba vivir prudentemente, a fin de mostrarse muy gallardo y vigoroso de ahí a cuarenta años. Él se burlaba de los sermones de mi alma, obstinándose en divertirse, y se le daba una higa llgar a saer un día lo que se llama hombre bien conservado: <<¡Al diablo!–decía–,¿qué ganaría escatimando en la flor de la vida para disfrutar de alegrías de este mundo cuando nadie quiera ya compartirlas conmigo?>>. Y se entregaba a una alegría loca. Estoy pues, obligado a aceptarlo tal como es ahora.

Visto desde otro ángulo, sigue siendo la misma conciencia de hallarse ya excluido de toda atracción amorosa mutua, de la que no guarda más que el recuerdo ardientemente tentador, que crucifica en el madero del sacrificio al Anacreonte moderno de Amor y Vejez.”[1]

____________________

[1] Del libro: Amor y Vejez. Chauteaubriand. Postfacio de Marc Fumaroli. Acantilado, España 2008

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