El tormentoso goce de la profanación en César Vallejo y Ramón López Velarde


Pablo Picasso - Female Nude and Smoker

Picasso – Female nude & Smoker

RUXANDRA CHISALITA

“SEGÚN NOS HA ENSEÑADO OSCAR WILDE, el amor mata al objeto de su adoración en un último acto culminante, acto desesperado mediante el cual el sujeto se libera de su intimidad compartida. Este asesinato está presente de diferentes maneras entre sus contemporáneos, sacralizado retóricamente en la pintura prerrafaelista y encubierto por la frivolidad libre de la delimitación de formas fijas del impresionismo. Anticipando a estas corrientes, el sacrilegio –la culminación del amor– se ha transmutado mediante la teosofía propia del poeta y pintor William Blake; su epílogo y el del ensueño baudelairiano de la podredumbre es –tras no cumplir el proyecto intencionado– lo que involuntariamente ilustra Edvard Munch, como última irradiación imagística de la figuración pesadillesca liberada de su epxresión suntuosa. Las voces poéticas que acompañan estas imágenes son cada vez más conscientes de que la pesadilla no repudia lo sublime y la profanaciòn no contradice lo sagrado: más aún, es la única certeza de que lo sagrado nos pertenece y de que así, y no de otra manera, encuentra morada en la tierra.

La poesía abarca un territorio frágil e indefinido en lo que a esto se refiere: su lenguaje corrobora la existencia sagrada en el mundo compartido y por lo mismo profano. Es el suyo un ir y venir entre ambas vertientes desde donde se mira: lenguaje pontificial o, por el contrario, plegaria humilde y súplica. O bien, el contradictorio oficio pontificial de la humildad y la transgresión simultáneas. Para ser ambas cosas –la súplica humilde a la vez que asume el soberbio prestigio pontificial– la poesía somete el lenguaje a una transmutación doble que reúne de nuevo sus disgregadas partes componentes de lo sagrado y lo profano: su centro es la ambivalencia del sentimiento generador, el regodeo tromentoso en la gozosa ambivalencia. La llamada maldición en la poesía se ha instituido precisamente desde que se han determinado con mayor insistencia el aspecto de transgresión y la aceptación –no sólo poética– de que la sacralidad poética se genera en lo corpóreo y en lo sexual. La maldición representa, por ende, la nueva presencia consciente del cuerpo en la literatura, el fin de los artificios, de la pulcritud amorosa, de la idea límpida y de la ficción en torno al amor que, entalteciéndolo, se desdice del deseo. La maldición se nutre de la advertencia expresa de que los infiernos íntimos están a la vista, sin poderse encubrir; de que no existe socialización posible a partir de una intimidad infernal.

La presencia del demonio contradictorio —daimon simultáneamente activo, fundador de la subversión y del prestigio– que interfiere y ajusta el decir poético es el indicio de una insólita precisión corrosiva; precisión que acaba por arraigar la idea en el cuerpo. Es decir: la revuelca y la hunde en los estratos más laicos y deshabitados de divinidad, y sin embargo vigilados por ella. En cuanto metodologìa de la maldición, a lo que sucede en poesía se le podría llamar toma de conciencia de su laicización, pérdida desesperada de lo sagrado a lo que se resiste y profanaciòn de sus reminiscencias como intento de rescate. Prueba de cómo está cifrada esta resistencia en la poesía hispanoamericana son las voces del peruano César Vallejo y del mexicano Ramón López Velarde.

Las lecturas que pudieron haber tenido en común ambos poetas son Baudelaire, Francis James, Emile Verhaeren, Maeterlinck, Huysmans; entre los poetas de este continente, a Leopoldo Lugones, Asunción Silva, Rubén Darío; en Vallejo resuenan las inquietudes léxicas rebeldes que han motivado a Juan de Arona a inquirir por el peruanismo del español (su Diccionario de peruanismos fue publicado en 1884) y se distinguen coincidencias con Eguren en cuanto al ciframiento críptico de lo trágico. En López Velarde reconocemos reminiscencias de Amado Nervo (desde la casi literal duplicación de los ojos inusitados de sulfato de cobre hasta la sacralidad negra) y correspondencias con las liturgias paganas de José Juan Tablada. Santiago de Chuco y Jerez, espacios cerrados, donde la unicidad de los elementos y la certeza de estar viviendo una variante más de un destino llanamente repetible y prácticamente inamovible podía predisponerlos a considerarse presos de una fatalidad sin otra perspectiva que la del estancamiento. La atmósfera de este universo cerrado estaba imbuida de la solemnidad religiosa regidora del comportamiento. De ahí que resulta la poseía una profesión de fe irritante, acaso señalada con displicencia, porque revelaba precisamente lo íntimo, instintivo, lo involuntario: lo pecaminoso. La manera involuntaria de hacerla públicamente aceptable, acaso instintiva a su vez y autodefensiva porque remite al lenguaje público de la sacralidad, se ha logrado uniendo este territorio inquietante y maldito con lo religioso; así, la poesía se convierte en máscara autodefensiva a la vez que ostenta precisamente lo contradictorio; exhibir al hombre íntimo.

Resulta de ahí el esfuerzo dramático de ceñir lo sagrado no ya a pesar de, sino precisamente en la profanación, al establecer las claves armónicas entre un extremo y otro, par apaciguar así, en lenguaje, la contradicción. El acto profanatorio invade lo mismo la sacralidad nominal de la poesía y el espacio íntimo e infernal del cuerpo y de la voz. La profanación es total, y por lo mismo casi irreversible. En el caso de Vallejo, la profanación se absuelve en la voz poética de España, aparta de mí este cáliz, donde el fluido poético testimoniador de la entrega humana de matriz social y heroico ocupa el lugar de los vértigos intimistas. En López Velarde, un posible apunte de la apertura poética similar esboza su hipotético futuro en La suave patria.

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El hereje profanador, un cristiano instintivamente apóstata, se postula como ser irredento sin territorio a donde retraerse. La herejía poética, dolorosa y celebratoria, adquiere una tonalidad confesional para imprimirle el matiz de un decir remoto, más aún, póstumo. Los signos de este goce poético son los de un júbilo agrio, doloroso y oscuro; característicos del sentir de la clandestinidad y de la marginación. El centro poético originario de ambos poetas —el erotismo ritualizado a la manera religiosa, la religión erotizada y sensual— peligra porque se vislumbra su necesario abandono y su traslado a otra dimensión existencial de donde nutrirse. La figuración poética se instala como figuración límpida de signo doble porque el sentir en la intimidad es confuso, su expresión se empeñará en la precisión que no contradice sino acentúa lo extravagente: más aún, se apoya en él como manifestación a su vez doble, de una pulsión física y del control ceremonial de ésta, vigilancia de orden moral y religioso cifrada en un lenguaje desconcertante que une a ambos.

La trayectoria poética de Vallejo abarca un periodo más largo y un desarrollo más complejo que la de López Velarde en cuanto a las obras paralelas y los registros simultáneos, lo mismo que las coincidencias léxicas e imagísticas, podemos situar la poesía a partir de Los heraldos negros (1918) hasta Trilce (1922) y algunos de los Poemas Humanos (1930-1937), quedando España, aparta de mí este cáliz (1937) en la vertiente poética que el mexicano sólo logra esbozar en La suave patria (1921); las coincidencias más notorias se dan entre la poesía intimista de Vallejo, los Heraldos negros y Los poemas en prosa y la obra velardiana íntegra, desde La sangre devota (1916) hasta El son del corazón (1919-1921), sin omitir la prosa poética; se pueden establecer paralelos entre ambos poetas hasta en la necesidad de cultivar la preocupación y volverla participación política y especular, quizá, sobre una posible semejanza entre las vidas de ambos, en un zacatecano errando por Francia a partir de la errancia del peruano; y a su vez, trasladar el mareo existencial pendular al peruano, ahogándolo en la voluntad póstuma precoz, por no haber encontrado hacia dónde verter la asficia de la intimidad; ni haber encontrado la nueva sacralidad a partir de la experiencia de la Guerra Civil española. De ahí la hipótesis de que la obra inacabada del zacatecano pudo haber tenido un despliegue propio similar al que se ha cumplido en la obra del peruano, cuya poesía se libera de la estrechez del infierno personal y logra acercarse cristianamente al prójimo desde la conciencia del desgarramiento como desajuste central de la condición humana compartida: “Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza/Innovar, luego, el topo ¿la metáfora?” (Vallejo).

Desde que resulta evidente en narcisismo insensato e intimista de la poesía –regodeándose en el cultivo de la metáfora–, ésta no puede ser ya propósito per se; de hecho, desde que se produce esta hermandad léxica juguetona, festiva e inconsciente entre eros y religión, ocurre en el interior de la poesía este asesinato oscarwildeano de lo que se ama: la intimidad como maldición del predominio del cuerpo se continúa en la maldición de querer matar al cuerpo, o maldición, de nuevo, por haberlo matado, anulándolo en la condición humana como tal, de la misma manera como se sublima y se disuelve el erotismo –en cuanto destino– en la confesión de la entrega social. La poseía de Vallejo transgrede el infierno de la intimidad propia y la integra como fatalidad de factura cristiana que abarca la condición humana en su implicación polítia. El comienzo de la conquista de la condición humana consciente significó, para Vallejo, padecer la cárcel y el exilio (puesto que todo viaje, todo cambio de rumbo se convierten, con el tiempo, en exilios); su resolución y el encuentro definitivo, la Guerra Civil española y la experiencia cristiana de la Unión Soviética. Se le reveló como fatalidad generalizada a López Velarde trasladado a la ciudad de México y volvió a concentrarse en la tragedia personal del retorno maléfico a venado, tragedia personal que, pese a la revolución, limitó a su propia existencia. En el comienzo, pues, de estas variantes del conocimiento poético, existe un conocimiento religioso fundador del mundo que se ve invadido por el demonio profanador de la conciencia del otro principio regidor, el del cuerpo: la solemnidad de la abstracción y de lo inasible se confunde con misterio carnal a la edad del joven adulto, un misterio pecaminoso en que –¡oh contradicción!– ambos poetas reconocen el origen íntimo de la sacralidad. Sacralidad de color diferente, dura y despiedadamente contrastada, sin apoyarse siquiera en matices atenuantes de la sacralidad del blanco y del dorado se ven arrojados a la del negro y del encarnado; el atrio de la reverencia se derrumba en las catacumbas de la misa negra, donde oficiar significa nada menos que fornicar, llevar a cabo el rito carnal con el mismo gozo y la misma reverencia y devoción que cualquier rito religioso.

De ahí, que la herejía de matar el cuerpo, objeto de amor, una vez comprendida como tal, se continúa en el asesinato de Dios. Y si de orfandad se trata, ésta no particulariza, ni se limita a algo o a alguien en específico, sino se vuelve estado de la no-pertenencia desde el cual Vallejo encuentra la salvación: “si el cielo cabe en dos limbos terrestres,/si hay ruido en el sonido de las puertas,/si tardo,/si no veis a nadie, si os asustan/los lápices sin punta, si la madre/ España cae –digo, es un decir–/salid, niños del mundo; ¡id a buscarla!…” La pertenencia, por ende, es algo que también se inventa.

La segunda sacralidad es carnal y clandestina, como era espiritual y pública la primera; lo que las mantenía unidas tan fácilmente, al quedar eliminada la contradicción, era el mismo significado de una comunión sacra en que se resolvía y apaciguaba la no-pertenencia, llámesele soledad, desconsuelo, angustia, todas ellas latencias perceptibles de la muerte: lo religioso y amoroso se confunden en la misma significación de establecer un vínculo íntimo donde hallarse a salvo del mundo enemigo, de la contradicción, del estar expuesto y sin hallar un verdadero refugio perdurable. La poesía amorosa de Vallejo y de López Velarde vuelve permeables la mismo la religión y el eros subyacente, al reajustar y calibrar sus potenciales: la corporeidad frena la extensión de lo abstracto, dejando surgir de nuevo el impulso originario pagano y sensual: en la epifanía de luces se distinguen de nuevo los cuerpos que le dieron origen.

¿Cómo hacer, entonces, que la presencia nueva del cuerpo quede integrada en un discurso marcadamente moral y abstracto, cuya finalidad está fuera del mundo material, porque pretende redimir precisamente de toda huella y cicatriz de éste? El método vallejiano y velardiano indica que esto se consigue al impregnarlos recíprocamente, a uno con los signos del otro; y al otro con la materlalidad del uno. Así, el Verbo se torna carne otra vez, en la medida en que la carne se convierte en verbo; de esta manera, no sólo la profanación será doble, sino también la sacralidad. No significa esta última la expulsión definitiva de la carne, ni es tampoco profanación la persistencia de sus impulsos. Se trata, entonces, de una restitución doble y paralela –sobre todo, de una institución— del territorio humano y poético que no está regido por otra moral más que la suya propia.

Sobra decir que las manifestaciones de lo sagrado, en lo carnal, de las que son testigos Vallejo y López Velarde se inscriben en una misma fenomenología poética resumida en el código de la aceptación y del prestigio moral de los significados personales; esta fenomenología poética consiste de las respuestas no sólo ante un mundo estructurado de manera similar, sino sobre todo regido por la misma moral católica y el código ritual imagístico de significaciones compartidas. La estabilidad del código percibido como inmutable favorece, por lo mismo una reacción similar de desviación, deformación, de abandono y rechazo, subversión y–en el caso de Vallejo- rebeldía abierta. Se trata entonces de señalar la inserción subversiva; de mostrar las modalidades en que lo personal desestabiliza el código dilatando las zonas de lenguaje que cree accesibles y torna así la institución retórica de la religión, institución íntimamente asimilada de una poseía cuyo sentimiento fundamental es el erotismo religioso.” [1]

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[1] [1] Del libro: Ensayos Selectos. Varios Autores, FERNÁNDEZ Sergio, Director. UNAM, México 1996.

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