La nueva generación que se acerca al poder: o de la corrupción y la barbarie


En 1929, un año después del asesinato de Álvaro Obregón, es fundado en México el Partido Nacional Revolucionario (PNR) con Plutarco Elías Calles como principal patrocinador. Por aquel entonces, nadie tenía conocimiento de los sucesos políticos y sociales que se desarrollarían, desdoblando así, un proyecto de nación que alcanzaría su punto álgido en la figura de Lázaro Cárdenas, personaje que representa el ocaso de los ideales ante la pragmática realidad no sin antes haber esperanzado con su retórica y sus políticas.

La lucha de ideologías que ha acompañado el curso de la historia de México en el siglo XX no pudo haber sido más declarada en los años posteriores a la revolución armada del período 1910-1920, teniendo así, una fenoménica de eventos que daría como resultado el cambio de una generación ortodoxa y sonorense –con una conciencia declaradamente progresista y capitalista– hacia otra cuyo contenido ideológico fue vertido en el río de la sociedad y el nacionalismo en los años que van de 1934 a 1940. La  refundación del Estado Mexicano en la segunda década el siglo pasado se caracterizó por haber consolidado la  dinámica de guianza y fortalecimiento de las instituciones que todo país necesita para cualquier idea de desarrollo, empero, dentro de la misma idea estatista, la lucha de ideologías se presenta como evento político que toma de la mano a la economía y la cultura como sus principales columnas de colosal dimensión estructural. Me refiero a que, tras la época del maximato (1928-1934) y tres presidentes fallidos en independencia ideológica, la proyección de un país en crecimiento gracias al abundante flujo directo de capitales extranjeros, liberalismo y laicismo en la acepción facistoide de Calles, se vería indudablemente derrumbada en favor del socialismo moderado, la explotación y el uso de los recursos nacionales por mexicanos y el crecimiento económico interno, todo en el márgen de la guianza estatal y un proyecto de nación legitimado en instituciones, al parecer único elemento heredado de la época del ‘Jefe Máximo’.

Sin embargo, hemos visto cómo es que los ideales puestos en marcha son truncados por la lucha del poder, por las aspiraciones de una clase política que ha dejado de convencer y que ni en sus más quiméricos discursos, es capaz de contener la confianza que alguna vez la población depositó con esperanza ni siquiera de máximos, sino de los mínimos beneficios sociales. Desafortunadamente el principal mal de este país traspasa las fronteras de lo que es verosímil y lo que no, de las ideologías nacionales o extranjeras, de la cultura histórica y la tecnocracia pragmática pues todas ellas, todas, se encuentran ahogadas en la piscina de la corrupción. Así, no veo con alegría y realismo sino con tristeza y decepción la situación que padece nuestro México, país al que muchos hemos entregado nuestra identidad social. Parece ser que triunfarán los estoicismos apáticos de la posmodernidad, la conformidad del individuo ante aquél todo que es la humanidad, que, como dijera el insigne Kant, no puede enderezar su tronco  torcido.

Hoy en día podemos observar cómo es que nuestros coetáneos aspiracionales del poder, se envuelven y protegen bajo los mismos criterios que han regido a las generaciones pasadas. Así como en su tiempo Diderot en Francia y Justo Sierra en México encabezaron la ideología progresista, científica y cultural, así en el siglo XX, en lo político, Lázaro Cárdenas vino a representar la síntesis entre capitalismo y socialismo, aquél anhelo que la sociedad desdeña al igual que cualquier hecho que proponga, que incentive al interés social. Y aún cuando el contexto internacional sea preponderante en el peso histórico (el auge de las ideas marxistas, la lucha por las prácticas liberales), las constantes de la naturaleza del mexicano quedan expuestas ante la fragilidad de su ser. Pareciera que el mexicano vive ahistóricamente pues nunca cambia, nunca ‘progresa’ y si desnudamos a esta última palabra de su acepción peyorativa encontraremos el núcleo del comportamiento humano, a decir, su moralidad en términos puros. En otras palabras, el mexicano no ha podido dejar de ser tan corrupto como lo era en la época de la colonia. ¿Qué situación hará que esto pueda cambiar? ¿Tenemos que esperar alguna guerra civil para entender, para ser conscientes de la realidad mediocre en que vive el país?

Así como la época del maximato, del penoso siglo XIX, de la era colonial, de la conquista, así México ha sido vilipendiado por la historia positiva. Y esta es la línea, la tendencia inherente a la moralidad mexicana, la incapacidad de un país que ha sucumbido ante la dominación no de los extranjeros, no de los ideólogos de cualquier clase cultural, sino de aquellas personas que rinden protesta y se aglutinan entorno a la riqueza económica de aquellos que, desinteresadamente, intentan simplemente, vivir cotidianamente.

lázaro cardenas

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