El caballero triste del puro y el martini. (Segunda parte)


Neptuno

La estancia era amplia, amueblada a la antigua y con olor a madera vieja. En contraste con el resto de la casa el lugar parecía un museo. En cada esquina había columnas dóricas cuyo acabado amarmolado sugería que había sido trabajadas por algún talentoso escultor, las paredes tapizadas con libros de inicios del siglo XXI coloreaban con opacidad los libreros café oscuro que se alzaban cual atlantes vigilantes alrededor de casi todo el perímetro del rectángulo que conformaba aquel templo del silencio. Era en un rincón donde parecía que no crecía la maleza bibliotecaria, empolvado y aparentemente olvidado, donde colgaba un cuadro de Neptuno en su caballo de mar; el tridente en lo alto y la mirada adusta y segura fija en el cielo . Emanaba cierta autoridad difusa. Nuestro personaje caminó hacia una esquina y se dejó caer en un reposet que al recibir el impacto, crujió en una especie de quejido al haber sido molestado de su estado inmutable.

En ese momento su mente sólo tenía cabida para el adagio sostenuto que resonaba una y otra y otra vez al tiempo que colocaba sus manos en la frente en señal de frustración. Las mangas remangadas y el sudor frío hacian de él una imágen lastimosa que sólo podía ser entendida por aquellas personas que ven escapar de sus manos en un vuelo inesperado, a la hoja un poco arrugada de la historia de vida. El poco aliento que le quedaba era por la fuerza de los recuerdos albergada en los recónditos espacios mentales. No podía soportar aquella conocida sensación de presión sobre su pecho y en aquel torbellino de emociones, sólo se le ocurrió desear fumar. Bastó con tomar de nueva cuenta su arcofera y emitir unas palabras ininteligibles pero bastante claras en la abstracción de su imaginación para que en la mesita que se encontraba a un lado de su asiento, apareciera primero la silueta y después la materia completa de un puro.

Lo tomó en un arrebato de ira, lo olió sin demasiado interés, abrió el cajón de la mesita y sacó la pequeña gillotina necesaria para cortar el pie. Una vez encendido, lo miró detenidamente por escasos segundos y empezó a consumirlo sin deleite alguno; le costaba trabajo creer que aquel hábito poco frecuente en él fuese la primera pulsión que le venía a la mente. Tenía que poner un poco de orden en sus ideas, cuyo mar había inundado la conciencia necesaria para aprehender e interiorizar lo que estaba pasando y lo que tenía planeado hacer al día siguiente. Pensaba esto mientras miraba el techo de vigas de madera casi podrida. –En realidad el techo es muy feo –pensaba en un intento de distracción. Bajó la mirada y la posó en un voluminoso paquete de hojas que se encontraba unos pasos más allá sobre un gran escritorio, regalo de un amigo suyo ahora difunto. Se lo habían obsequiado por ser antiquísimo pues en ese tiempo, el hombre pretendía olvidar la era de las Luces,– época en la que fue construido el mueble–, con todo y sus más delicadas artesanías. Antes, cuando había terminado de escribir La Cronoclíada en cuya revisión se había esmerado por varios años, pensaba en poder publicarla y por fin liberarse del peso mental que le provocaba el saber que, disfrutaría de una calma como aquellas que vienen como alivio después de un arduo trabajo pues aquella obra la había planeado desde su adolescencia. De hecho, había empeñado su vida en el texto como un relojero hace: construyendo el más preciso reloj del mundo. Detalle a detalle había sido cuidado; era su escultura, su pintura, su novena sinfonía y ahora sabía que nunca sería publicada. Hacia el año 2800 el libro expiró, dejó de usarse y pasó a formar parte de la memoria histórica ausente en los nuevos seres humanos. De hecho la gente no leía, nunca aprendía a hacerlo y la información que necesitaba era transmitida oralmente. La tecnología de la comunicación había hecho su labor, había sustituido la ‘trivialidad’ de la palabra escrita y cada arcofera tenía en su poder, cualquier conocimiento necesario para que una persona, con sólo desearlo, interiorizase lo necesario para satisfacer sus gustos intelectuales.

Ahí, en ese cuarto sin ventanas, en el instante de la sinrazón, fue cuando sintió la imperiosa necesidad de escribir. Se acercó al escritorio, tomó hoja blanca, bolígrafo, y pasó algunas horas redactando lo que sería el último texto de su vida: le escribía a la única mujer que amó con verdadera pasión y entrega.

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