Economía Erótica


depression

En la primera mitad del siglo XX, cuando Hayek y Keynes debatieron en su famosa disputa sobre el origen de las crisis y ciclos económicos, nunca se imaginaron que ambas teorías del interés, la inversión, el ahorro y el empleo, se utilizarían hoy en día para explicar la debacle que ha sumido a gran parte del mundo en una profunda crisis social. Hasta ahora he pensado que los síntomas de un determinado grupo empiezan con el ala técnica del conocimiento y de hecho tiene sentido: no podría haber una disputa sobre los medios de producción (sí, los medios), si las escuadras, compases y pinceles que utilizan los economistas contemporáneos para embellecer sus teorías no existiesen primero. ¿Cómo saber qué clase privilegiada va a usar un coche si la rueda no se ha inventado primero?

Esto nos lleva de regreso a la teoría económica en la medida en que subjetivamente se interpreta para beneplácito de empresarios públicos y privados. Y no es que esté mal (sic) que un grupo de personas adineradas tengan derecho a utilizar lo que por medios fácticos o legales les “pertenece”, de hecho creo que cualquier persona con un ingreso puede decidir cómo utilizarlo pues su “libertad” le permite discernir entre una diversidad de opciones, sino que me interesa plantear el hecho de la existencia del a priori de la economía: el hombre racional. Sucede que en la historia de las ideas económicas, diversos pensadores clásicos cuyo pensamiento tiene una base moral, diseñaron en base al dogma de las luces la pretensión de colocar a la economía como ciencia pura capaz de cuantificar con precisión los fenómenos financieros, monetarios, comerciales, etc. De hecho no podemos desdeñar la obra de estos pensadores porque sus bases apelan por una parte del ser humano realmente trascendental, aquella que de alguna manera puede reprimir sus pasiones y colocarse en el centro de la ciencia como ente científico, lógico y exacto.

Aquí se devela la economía erótica, una bella ironía como muchas otras que acaecen en la historia. El eros es la sustancia de la vida, de la pasión y del deseo. ¿Cómo una economía que gusta del racionalismo se funda en una primera pulsión pasional fantástica? Deseamos en la medida que pensamos, imaginamos y pretendemos. Aún así no se toma en cuenta la voluntad necesaria para llevar las ideas a la práctica. La búsqueda por una sociedad equilibrada, sintética, apolítica e incluso me atrevo a decir que anárquica –en una connotación muy distinta a la que Bakunin o Kropotkin manejaban– se manifiesta como la ansiedad por el clímax de una idea. Sobre la anarquía me refiero desde luego a la no existencia de la regulación estatal, propiamente a la ausencia o inexistencia del Estado. El pensar que si “quitas la retícula”, los puntos se mantendrán en su lugar es una idea basada no sólo en la moral utilitarista -acepción sumamente superficial de la teoría del comportamiento humano-, sino en una escala de valores inasequible al ser humano pues trata de reprimir el salvajismo, el deseo de dominación social. Adelantarse a la concepción de la fenomenología del espíritu hegeliana no es sino una bella pintura del deber ser humano.

Es precisamente el pensamiento crítico el que traza una línea que va de Kant a Nietzsche –pasando por Marx– hasta llegar a Foucault, el que sirve de estrucutra para develar  el fenómeno haciendo una crítica de la ortodoxia no sólo del neoclasicismo económico (Keynes), sino de la del pensar humano en general. Es irónico que hoy en día la esfera económica se disfrace de ciencia positiva y objetiva cuando el traje del racionalismo está hecho con la voluntad erótica del desar con fruición que la luz de la verdad matemática-científica, alumbre el agujero negro de la naturaleza humana. A final de cuentas, en alguna medida, todos somos irracionales.

En mi opinión, se avecina lentamente un nuevo paradigma.

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