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Archivos Mensuales: agosto 2009

Probablemente los libros de ciencia sean de los menos consultados en la generalidad del universo de libros. Sin embargo en esta ocasión quisiera compartir uno en particular que reune los conocimientos físicos y por ende matemáticos de los grandes pensadores de la materia que han marcado nuevos paradigmas en nuestra comprensión de la Tierra y el Universo. El texto es complementado con el contexto histórico de cada uno de los personajes y constituye una poderosa herramienta de investigación para aquellos que gustan de la ciencia y que desean conocer un poco más de los grandes misterios de la realidad tangible.

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Neptuno

La estancia era amplia, amueblada a la antigua y con olor a madera vieja. En contraste con el resto de la casa el lugar parecía un museo. En cada esquina había columnas dóricas cuyo acabado amarmolado sugería que había sido trabajadas por algún talentoso escultor, las paredes tapizadas con libros de inicios del siglo XXI coloreaban con opacidad los libreros café oscuro que se alzaban cual atlantes vigilantes alrededor de casi todo el perímetro del rectángulo que conformaba aquel templo del silencio. Era en un rincón donde parecía que no crecía la maleza bibliotecaria, empolvado y aparentemente olvidado, donde colgaba un cuadro de Neptuno en su caballo de mar; el tridente en lo alto y la mirada adusta y segura fija en el cielo . Emanaba cierta autoridad difusa. Nuestro personaje caminó hacia una esquina y se dejó caer en un reposet que al recibir el impacto, crujió en una especie de quejido al haber sido molestado de su estado inmutable.

En ese momento su mente sólo tenía cabida para el adagio sostenuto que resonaba una y otra y otra vez al tiempo que colocaba sus manos en la frente en señal de frustración. Las mangas remangadas y el sudor frío hacian de él una imágen lastimosa que sólo podía ser entendida por aquellas personas que ven escapar de sus manos en un vuelo inesperado, a la hoja un poco arrugada de la historia de vida. El poco aliento que le quedaba era por la fuerza de los recuerdos albergada en los recónditos espacios mentales. No podía soportar aquella conocida sensación de presión sobre su pecho y en aquel torbellino de emociones, sólo se le ocurrió desear fumar. Bastó con tomar de nueva cuenta su arcofera y emitir unas palabras ininteligibles pero bastante claras en la abstracción de su imaginación para que en la mesita que se encontraba a un lado de su asiento, apareciera primero la silueta y después la materia completa de un puro.

Lo tomó en un arrebato de ira, lo olió sin demasiado interés, abrió el cajón de la mesita y sacó la pequeña gillotina necesaria para cortar el pie. Una vez encendido, lo miró detenidamente por escasos segundos y empezó a consumirlo sin deleite alguno; le costaba trabajo creer que aquel hábito poco frecuente en él fuese la primera pulsión que le venía a la mente. Tenía que poner un poco de orden en sus ideas, cuyo mar había inundado la conciencia necesaria para aprehender e interiorizar lo que estaba pasando y lo que tenía planeado hacer al día siguiente. Pensaba esto mientras miraba el techo de vigas de madera casi podrida. –En realidad el techo es muy feo –pensaba en un intento de distracción. Bajó la mirada y la posó en un voluminoso paquete de hojas que se encontraba unos pasos más allá sobre un gran escritorio, regalo de un amigo suyo ahora difunto. Se lo habían obsequiado por ser antiquísimo pues en ese tiempo, el hombre pretendía olvidar la era de las Luces,– época en la que fue construido el mueble–, con todo y sus más delicadas artesanías. Antes, cuando había terminado de escribir La Cronoclíada en cuya revisión se había esmerado por varios años, pensaba en poder publicarla y por fin liberarse del peso mental que le provocaba el saber que, disfrutaría de una calma como aquellas que vienen como alivio después de un arduo trabajo pues aquella obra la había planeado desde su adolescencia. De hecho, había empeñado su vida en el texto como un relojero hace: construyendo el más preciso reloj del mundo. Detalle a detalle había sido cuidado; era su escultura, su pintura, su novena sinfonía y ahora sabía que nunca sería publicada. Hacia el año 2800 el libro expiró, dejó de usarse y pasó a formar parte de la memoria histórica ausente en los nuevos seres humanos. De hecho la gente no leía, nunca aprendía a hacerlo y la información que necesitaba era transmitida oralmente. La tecnología de la comunicación había hecho su labor, había sustituido la ‘trivialidad’ de la palabra escrita y cada arcofera tenía en su poder, cualquier conocimiento necesario para que una persona, con sólo desearlo, interiorizase lo necesario para satisfacer sus gustos intelectuales.

Ahí, en ese cuarto sin ventanas, en el instante de la sinrazón, fue cuando sintió la imperiosa necesidad de escribir. Se acercó al escritorio, tomó hoja blanca, bolígrafo, y pasó algunas horas redactando lo que sería el último texto de su vida: le escribía a la única mujer que amó con verdadera pasión y entrega.

locura

Miedo. No puede develarse otra emoción ante la amenaza del frágil estado de la realidad, esa realidad que configura nuestra mente y lenguaje sintetizados en conciencia. En la medida en que conformamos por sociedad la interacción del tú y el yo, reafirmamos la presencia del ser en la esfera que se ha adecuado a nuestra psicología. Romper con esta última es el sentido de la confrontación de esferas pues las unas con las otras danzan en la dialéctica de la contradicción. Es en nuestra propia esfera en la que adquirimos e interiorizamos el concepto mayor del individuo, a saber, el Yo. De este concepto se parte para entender el mundo de acuerdo a los canones atribuidos a la cerrazón de la circunferencia. El volumen es proporcionado por la historia de las ideas de acuerdo a un relativismo de la categorización del objeto y el sujeto. De esta forma, con el choque de la geometría social, se encara con el opuesto, lo desconocido por voluntad, es decir, lo conocido por experiencia en su temporalidad. El Otro, el que se desconoce o el que no es reconocido, aquel que es excluido y por tanto señalado, es el que produce el verdadero terror de la conciencia de la realidad; es la deseada inmovilidad de la seguridad la que encuentra en el Otro, su verdadera realidad. Es la razón la que da la espalda a su yo interno.

Aquí es donde encontramos a la locura, en la inseguridad de la razón, en el enmascaramiento del temple. En su libro ‘Historia de la Locura’, Foucault expone la <<arqueología del silencio>> de la imposibilidad, del desventurado lisiado mental. El libro es más que la pretensión cronológica de la evolución de la psiquiatría sino el señalamiento de la desigualdad, de la injusticia y de la animalidad tanto de la razón como de la sinrazón. Tenemos pues, el sustento de una de las críticas más bellas y conmovedoras hasta ahora escritas del racionalismo occidental. Estamos ante la negación de los ideales, el sino develado, la circunferencia completada en el marco de la dualidad humana. En los siglos XVII y XVIII, el clasicismo parece no tener más que la Verdad en sus manos, la aparición de la locura en la fenomenología del ser es relegada al gran encierro, al tratamiento focalizado, a la patología de una mentalidad que no se acopla a la ‘normalidad’ del ser con razón. Es la negación de la evolución positiva y armoniosa en la historia la que ahora es encontrada en los hospitales y en las cárceles. En la que se podría postular como teoría del mal, la locura se presenta como lo indeseado pero que pasionalmente hierve en la sangre del hombre como liberación. No puede haber libertad sin frenesí y la época clásica se ha encargado de reprimir el thanatos en el ardid de lo exacto, lo preciso, lo controlado y lo armoniosamente vivenciado.

En el fondo, la locura muestra atisbos de una nueva verdad que amenaza el sistema de valores presente. En su definición, la sinrazón se ha consensuado con los que niegan la existencia del Otro en el Yo de tal forma que aquellos individuos ‘normales’ han creído que la locura es ajena. Son estas muestras de poder  de imposición por parte de la razón las que reprimen el espacio de esferas alternativas. En la posmodernidad encontramos que este ‘dar la ley’ ha estallado en fragmentos inhaprensibles a la ciencia. El tiempo se ha desdoblado en toda su extensión relativa lo que no es una afirmación absoluta de relativismo sino la transpiración de la inconformidad ante los actos humanos, banalización de las ideas, de la teoría. Cuando se logra cristalizar la moral como estatuto, señalazación del seguimiento único, la locura nos muestra en su modestia psicológica, la posibilidad de acción de movimiento y flujo que se encuentra dispersa en los adormilados seres humanos que siguen con inocencia, los pasos de aquellos padres que les han negado libre albedrío, albedrío de sinrazón, voluntad de pensamiento crítico.

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En la primera mitad del siglo XX, cuando Hayek y Keynes debatieron en su famosa disputa sobre el origen de las crisis y ciclos económicos, nunca se imaginaron que ambas teorías del interés, la inversión, el ahorro y el empleo, se utilizarían hoy en día para explicar la debacle que ha sumido a gran parte del mundo en una profunda crisis social. Hasta ahora he pensado que los síntomas de un determinado grupo empiezan con el ala técnica del conocimiento y de hecho tiene sentido: no podría haber una disputa sobre los medios de producción (sí, los medios), si las escuadras, compases y pinceles que utilizan los economistas contemporáneos para embellecer sus teorías no existiesen primero. ¿Cómo saber qué clase privilegiada va a usar un coche si la rueda no se ha inventado primero?

Esto nos lleva de regreso a la teoría económica en la medida en que subjetivamente se interpreta para beneplácito de empresarios públicos y privados. Y no es que esté mal (sic) que un grupo de personas adineradas tengan derecho a utilizar lo que por medios fácticos o legales les “pertenece”, de hecho creo que cualquier persona con un ingreso puede decidir cómo utilizarlo pues su “libertad” le permite discernir entre una diversidad de opciones, sino que me interesa plantear el hecho de la existencia del a priori de la economía: el hombre racional. Sucede que en la historia de las ideas económicas, diversos pensadores clásicos cuyo pensamiento tiene una base moral, diseñaron en base al dogma de las luces la pretensión de colocar a la economía como ciencia pura capaz de cuantificar con precisión los fenómenos financieros, monetarios, comerciales, etc. De hecho no podemos desdeñar la obra de estos pensadores porque sus bases apelan por una parte del ser humano realmente trascendental, aquella que de alguna manera puede reprimir sus pasiones y colocarse en el centro de la ciencia como ente científico, lógico y exacto.

Aquí se devela la economía erótica, una bella ironía como muchas otras que acaecen en la historia. El eros es la sustancia de la vida, de la pasión y del deseo. ¿Cómo una economía que gusta del racionalismo se funda en una primera pulsión pasional fantástica? Deseamos en la medida que pensamos, imaginamos y pretendemos. Aún así no se toma en cuenta la voluntad necesaria para llevar las ideas a la práctica. La búsqueda por una sociedad equilibrada, sintética, apolítica e incluso me atrevo a decir que anárquica –en una connotación muy distinta a la que Bakunin o Kropotkin manejaban– se manifiesta como la ansiedad por el clímax de una idea. Sobre la anarquía me refiero desde luego a la no existencia de la regulación estatal, propiamente a la ausencia o inexistencia del Estado. El pensar que si “quitas la retícula”, los puntos se mantendrán en su lugar es una idea basada no sólo en la moral utilitarista -acepción sumamente superficial de la teoría del comportamiento humano-, sino en una escala de valores inasequible al ser humano pues trata de reprimir el salvajismo, el deseo de dominación social. Adelantarse a la concepción de la fenomenología del espíritu hegeliana no es sino una bella pintura del deber ser humano.

Es precisamente el pensamiento crítico el que traza una línea que va de Kant a Nietzsche –pasando por Marx– hasta llegar a Foucault, el que sirve de estrucutra para develar  el fenómeno haciendo una crítica de la ortodoxia no sólo del neoclasicismo económico (Keynes), sino de la del pensar humano en general. Es irónico que hoy en día la esfera económica se disfrace de ciencia positiva y objetiva cuando el traje del racionalismo está hecho con la voluntad erótica del desar con fruición que la luz de la verdad matemática-científica, alumbre el agujero negro de la naturaleza humana. A final de cuentas, en alguna medida, todos somos irracionales.

En mi opinión, se avecina lentamente un nuevo paradigma.