De fútbol y sociedad: FC Barcelona y Pumas de la UNAM


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En días recientes hemos sido testigos de dos eventos deportivos que se han desarrollado paralelamente en Europa y en México, el FC Barcelona ganó la final de la Champions League y los Pumas de la UNAM se han coronado campeones por igual en el torneo interno de la nación mexicana. Sin duda que más de una persona puede criticar que la existencia de este tipo de eventos masivos se autoconstruye como dinámica meramente publicitaria donde en realidad, la efimereidad de los duelos se trata de adherir a nuestra conciencia social. Incluso, alguna vez tuve la oportunidad de leer un texto del sociológo, filósofo y escritor argentino Juan José Sebreli titulado “La era del fútbol”, donde trata de explicar la verdad acerca de la ilusión deportiva que tanto agrada a las sociedades capitalistas. Qué mejor que el escritor argentino, para exponer su punto de vista:

“La industria cultural tiene el mérito de transformar lo que era una expresión de libertad y espontaneidad en un producto de la coerción y la rutina. Tal es el proceso ocurrido en el fútbol, desde los lejanos años años en que no era más que un juego de niños en un baldío agreste hasta la monstruosa industria de hoy, mantenida exclusivamente por medio de una publicidad arrolladora…

El mito –dice Claude Lévy Strauss– es propagado a través de la palabra. Para van der Leeuw, el mito no es otra cosa que la palabra misma, es una palabra pronunciada que al repetirla posee la potencia decisiva. Hitler, que sin duda era un experto en la difusión de mitos, no dejó de alabar el ‘poder mágico de la palabra'”. [1]

Y ciertamente no podría estar más en desacuerdo con el punto de vista de Sebreli. Sucede que si consideramos a la sociedad como un conjunto donde las diversas actividades lúdicas se presentan como alternativa al trabajo cotidiano y a la misma repetición del mismo con el afán de ganar unas monedas que permita llevar un nivel de vida, entonces se tendría que expandir esa ilusoria realidad deportiva no únicamente al campo del deporte mismo, sino a las demás esferas donde nos desenvolvemos. Seguramente que el autor considera esto como pertinente desde su acepción crítica a la sociedad, a la organización de la misma y a la desigualdad de la economía de mercado. También sería cierto pensar que la gestación de imágenes o ideales por alcanzar en un medio social aspiracional y competitivo, es reflejo de lo decadente de la organización en la que estamos inmersos. Todo es vendible, hasta las personas, transformadas en imágenes de adoración con el único fin de beneficiar económicamente a las grandes firmas.

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Sin embargo me parece que aducir que la industria nos ha privado de la libertad es un poco absurdo en el sentido de que no podemos comprender a la misma desde una definición dogmática pues cada persona es capaz de disyuntivar como prefiera. Negar reunirse con algunos amigos y disfrutar de un partido no me priva de la libertad ni mucho menos me enajeno a los intereses privados, eso sería asumir la postura de algunas personas al rechazar el uso de facebook por considerarlo decadente. De hecho creo que esta clase de personas se niegan ese cachito de humanidad que les queda al considerarse personas ‘libres’. En realidad, alguien no puede convertirse en anacoreta de la noche a la mañana con el consecuente desprendimiento de las rutinas sociales y pese a que el inevitable problema de la desigualdad social sigue siendo una constante, también es digno recordar que la Historia ha demostrado la inevitable existencia de la misma aunque por supuesto, un individuo puede elegir sus propias disyuntivas.

Develar la realidad puede ser un proceso de difícil asimilación, pero negarse a las tradiciones de manera dogmática y soberbia apelando por una ‘liberación’ no es sino el desconocimiento del potencial humano dentro de cada uno de nosotros. Evidentemente que no gano ‘nada’ con saber que mis equipos favoritos han sido campeones y que incluso he tenido que pagar por las bebidas frías que he consumido mientras obervaba los partidos pero ello no me da el derecho cuasi-moral de asumirme como ser independiente y criticar no con razón sino con supuestos conocimientos ‘superiores’, una sociedad que lo único que hace es interiorizar el divertimiento cultural de la posmodernidad.

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[1] Sebreli, Juan josé. La era del fútbol. Editorial Sudamericana, Argentina. 1998.

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