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Archivos diarios: junio 2, 2009

MONEDA3

En esta semana ha quebrado General Motors y el gobierno de Obama inyectará nuevos recursos en un futuro no muy lejano. Sin duda que los acontecimientos actuales son de necesario debate y análisis que trataremos a su tiempo en este blog. Por ahora, continuamos con el vistazo histórico que es la base que calibra la teoría con la práctica por donde nos quedamos la última vez, a saber, el organon del pesamiento económico de Aristóteles.

b) Dinero. La teoría del dinero profesada por Aristóteles…en consciente oposición a la de Platón, es como sigue: la mera existencia de una sociedad no comunista implica el intercambio de bienes y servicios; este intercambio toma ‘naturalmente’ al principio la forma del trueque; pero la persona que desea lo que otra tiene carece acaso de lo que ésta desea; por lo tanto será a menudo necesario aceptar en cambio algo que no se desea, con objeto de obtener lo que se desea por medio de otro acto de trueque (intercambio indirecto); entonces una conveniencia evidente inducirá a la gente a elegir –tácitamente o por un acto legislativo– una mercancía (Aristóteles no considera la posibilidad de que la gente elija más de una) como medio de cambio. Aristóteles menciona brevemente el hecho de que algunas mercancías –como los metales– son más adecuadas que otras para esta función, y anticipa así algunos de los lugares comunes más trillados de los manuales del siglo XX acerca de la homogeneidad, la divisibilidad, la portabilidad, la estabilidad relativa del valor, etc. Además, las implicaciones de la regla de equivalencia en el intercambio le conducen naturalmente a observar que el medio de cambio se utilizará también como medida del valor. Por último, reconoce, implícitamente al menos, el uso de ese medio como depósito de valor. Por lo tanto, es posible remontarse hasta Aristóteles en la historia de las tres ocuaatro funciones del dinero tradicionalmente enumeradas en los manuales y tratados del siglo XX (la cuarta consiste en servir de criterio o patrón del pago diferido).

La teoría contiene esencialmente dos proposiciones. La primera dice que, cualesquiera que sean los demás fines a los que sirva el dinero, su función fundamental, la que lo define y explica su existencia, es servir de medio de cambio. Por lo tanto, la teoría pertenece al grupo de las que el profesor von Mises ha llamado teorías catalácticas del dinero (intercambiar). La segunda proposición dice que para servir como medio de cambio en los mercados, el dinero mismo tiene que ser una de las mercancías que ayuda a intercambiar. O sea: tiene que ser una cosa útil y con valor de cambio independientemente de su función monetaria; eso es todo lo que significa en este contexto ‘valor intrínseco’: valor que se puede comparar con otros valores. De este modo, la mercancía moneda se estima por su peso y por su calidad, igual que las demás mercancías; por conveniencia, la gente puede decidir imprimir una imagen en ella, con objeto de evitar la molestia de tener de que pesarla cada vez; pero esa impronta se limita a declarar y garantizar la cantidad y calidad de la mercancía contenida en una acuñación; no es la causa del valor de ésta. Esta proposición –no confundible, ciertamente, con la primera ni implicada po ella– se llamará a partir de este momento metalismo, o teoría metalista del dinero, para diferenciarla de la teoría nominalista, un ejemplo de la cual es la platónica.

Cualesquiera que sean sus debilidades, esta teoría, aunque siempre fue discutida, predominó sustancialmente hasta finales del siglo XX, e incluso después. Es la base del núcleo de todo el trabajo analítico realizado en el terreno del dinero. Por lo tanto, tenemos motivos de peso para asegurarnos de nuestra interpretación de Aristóteles, cuya influencia personal en estas cuestiones se puede rastrear, por lo menos, hasta tiempos ya tan adelantados como los de A. Smith. Ningún paso de la Política fundamentará otra interpretación, salvo que atribuyamos a Aristóteles algunas opiniones que él menciona, pero atribuyéndolas inequívocamente a otros. Mas en la Ética, con un juego de palabras utilizando la palabra griega que significa moneda de curso normal (nomisma), Aristóteles dice que el dinero existe no por ‘naturaleza’, sino por convención o legislación, lo cual parece apuntar en otra dirección. Pero el hecho de que añada, como para explicar su pensamiento, que la moneda puede ser cambiada o desmonetizada por la comunidad parece indicar que su afirmación se limitaba a la observación de que aquella convención o legislación decide el material  que hay que usar para acuñar moneda y la forma determinada que hay que dar a las acuñaciones.

Por último, hay que llamar la atención sobre un interesante punto de método. La teoría aristotélica del dinero es una teoría en el sentido ordinario del término, o sea, un intento de explicar lo que es y lo que hace el dinero. Pero la presentó en una forma genética, según su costumbre al tratar las instituciones sociales: Aristóteles presenta el desarrollo de la moneda en algo que se presenta como una secuencia histórica, la cual arranca de una condición, de un ‘estadio’ en el cual no existía el dinero. Desde luego que podemos limitarnos a no ver en eso más que un expediente expositivo. El lector debe de tener siempre presente esta interpretación posible que salva de un redondo absurdo a tantas argumentaciones que se presentan con el atuendo de una ‘historia’ eb realidad imaginaria, como, por ejemplo, las teorías del estado que utilizan la idea de un contrato social primitivo. Hasta el ‘temprano y rudo estado de la sociedad’ smithiano se puede beneficiar de una interpretación que niegue a tomarlo al pie de la letra. Pero el caso del dinero es diferente, porque la teoría aristotélica del origen lógico del dinero puede resistir la prueba –si se la apremia– exigible a una teoría verificable del origen histórico del dinero. Ejemplos como el siclo semítico o como el té, que fue moneda de los nómadas mongoles, bastan para mostrarlo así. Mas precisamente en estos casos se plantea la aludida cuestión de método. ¿Es un procedimiento válido el remontarse tan lejos como se pueda en la historia de una institución con objeto de descubrir su significación esencial o más simple? Evidentemente, no. Las formas primitivas de existencia no son, por lo general, más simples, sino más complejas que las posteriores: el jefe que es al mismo tiempo juez, sacerdote, administrador y guerrero es, evidentemente, un fenómeno más complejo que cualquiera de sus sucesores especializados de épocas posteriores; el castillo medieval es conceptualmente un fenómeno más complejo que la U.S. Steel Corporation. Por eso hay que distinguir entre orígenes lógicos y orígenes históricos. Pero esta distinción no se presenta sino una vez alcanzados estadios ya adelantados del análisis. El analista ingenuo los confunde siempre. Y la confusión se encuentra sin duda contenida en las teorías de Aristóteles sobre el dinero y sobre otras instituciones sociales. Él la legó a la entera línea de pensamiento que le siguen, incluidos los utilitaristas ingleses. Y la confusión sigue reproduciéndose hoy en determinados ambientes. [1]

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[1] Schumpeter, Joseph A. Historia del análisis económico Parte II, Cap. 1., trad. por Manuel Sacristán, Ariel Economía, España 1995.

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En días recientes hemos sido testigos de dos eventos deportivos que se han desarrollado paralelamente en Europa y en México, el FC Barcelona ganó la final de la Champions League y los Pumas de la UNAM se han coronado campeones por igual en el torneo interno de la nación mexicana. Sin duda que más de una persona puede criticar que la existencia de este tipo de eventos masivos se autoconstruye como dinámica meramente publicitaria donde en realidad, la efimereidad de los duelos se trata de adherir a nuestra conciencia social. Incluso, alguna vez tuve la oportunidad de leer un texto del sociológo, filósofo y escritor argentino Juan José Sebreli titulado “La era del fútbol”, donde trata de explicar la verdad acerca de la ilusión deportiva que tanto agrada a las sociedades capitalistas. Qué mejor que el escritor argentino, para exponer su punto de vista:

“La industria cultural tiene el mérito de transformar lo que era una expresión de libertad y espontaneidad en un producto de la coerción y la rutina. Tal es el proceso ocurrido en el fútbol, desde los lejanos años años en que no era más que un juego de niños en un baldío agreste hasta la monstruosa industria de hoy, mantenida exclusivamente por medio de una publicidad arrolladora…

El mito –dice Claude Lévy Strauss– es propagado a través de la palabra. Para van der Leeuw, el mito no es otra cosa que la palabra misma, es una palabra pronunciada que al repetirla posee la potencia decisiva. Hitler, que sin duda era un experto en la difusión de mitos, no dejó de alabar el ‘poder mágico de la palabra'”. [1]

Y ciertamente no podría estar más en desacuerdo con el punto de vista de Sebreli. Sucede que si consideramos a la sociedad como un conjunto donde las diversas actividades lúdicas se presentan como alternativa al trabajo cotidiano y a la misma repetición del mismo con el afán de ganar unas monedas que permita llevar un nivel de vida, entonces se tendría que expandir esa ilusoria realidad deportiva no únicamente al campo del deporte mismo, sino a las demás esferas donde nos desenvolvemos. Seguramente que el autor considera esto como pertinente desde su acepción crítica a la sociedad, a la organización de la misma y a la desigualdad de la economía de mercado. También sería cierto pensar que la gestación de imágenes o ideales por alcanzar en un medio social aspiracional y competitivo, es reflejo de lo decadente de la organización en la que estamos inmersos. Todo es vendible, hasta las personas, transformadas en imágenes de adoración con el único fin de beneficiar económicamente a las grandes firmas.

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Sin embargo me parece que aducir que la industria nos ha privado de la libertad es un poco absurdo en el sentido de que no podemos comprender a la misma desde una definición dogmática pues cada persona es capaz de disyuntivar como prefiera. Negar reunirse con algunos amigos y disfrutar de un partido no me priva de la libertad ni mucho menos me enajeno a los intereses privados, eso sería asumir la postura de algunas personas al rechazar el uso de facebook por considerarlo decadente. De hecho creo que esta clase de personas se niegan ese cachito de humanidad que les queda al considerarse personas ‘libres’. En realidad, alguien no puede convertirse en anacoreta de la noche a la mañana con el consecuente desprendimiento de las rutinas sociales y pese a que el inevitable problema de la desigualdad social sigue siendo una constante, también es digno recordar que la Historia ha demostrado la inevitable existencia de la misma aunque por supuesto, un individuo puede elegir sus propias disyuntivas.

Develar la realidad puede ser un proceso de difícil asimilación, pero negarse a las tradiciones de manera dogmática y soberbia apelando por una ‘liberación’ no es sino el desconocimiento del potencial humano dentro de cada uno de nosotros. Evidentemente que no gano ‘nada’ con saber que mis equipos favoritos han sido campeones y que incluso he tenido que pagar por las bebidas frías que he consumido mientras obervaba los partidos pero ello no me da el derecho cuasi-moral de asumirme como ser independiente y criticar no con razón sino con supuestos conocimientos ‘superiores’, una sociedad que lo único que hace es interiorizar el divertimiento cultural de la posmodernidad.

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[1] Sebreli, Juan josé. La era del fútbol. Editorial Sudamericana, Argentina. 1998.