El arte de la cinematografía y un ejemplo de reseña (Hombre mirando al sudeste)


kubrik2Los sábados quedan destinados al arte de la cinematrografía, por lo que brevemente quiero comentar que a mi parecer, esta capacidad expresiva conjunta la expresividad fotográfica añadiendo el elemento del movimiento, lo cual nos brinda una experiencia mucho más enriquecedora que el arte estático, por supuesto condicionado al previo desarrollo artístico de lo que el cineasta quiere producir. Sucede que a su vez, la cinematografía es un gran negocio, por lo que pasa de ser arte en sí a industria, lo cual es perfectamente natural dadas las condiciones en las que vivimos -formadoras de capital-, pero no por ello se debiera poner en duda la capacidad de expresividad histriónica de varios destacados personajes. Lo que sí nos tendría que preocupar es el vacío conceptual, resultado de la producción masificada en este menester artístico. Hasta aquí algunas consideraciones sobre la cinematografía. Los dejo en esta primeriza ocasión, con mis opiniones al respecto de una brillante película argentina.

HOMBRE MIRANDO AL SUDESTE (1986)

Director: Eliseo Subiela

País: Argentina

Si hicieramos un análisis gramatical de la película, las palabras más sugerentes que usaría para describirla en primer lugar serían: nostalgia, escepticismo, muerte, locura, desesperación, egoísmo, crueldad, humanidad, redención, frenesí, sexo, desconcierto.

Esta ensalada de palabras se me antoja provocadora para empezar a opinar al respecto de esta producción que ha sido una de las más populares en el cine argentino. Desdobla perfectamente una de las verdaderas facetas de la humanidad, aquellas que necesitan de la crudeza ante la realidad, para disolver la máscara de bondad y servicio con la que nos disfrazamos al actuar en sociedad. Es para mí, una crítica a la psiconómica patología de la crueldad humana. Al parecer, los seres humanos nos autolimitamos a lo que nuestros sentidos pueden percibir. Vivimos acorralados ante la angustia de la muerte y la soledad, que le damos vida a las ilusiones: sueños idílicos que bautizamos con el nombre de convencionalismos. Y es que al parecer eso somos, a saber, entes sociales que escondemos nuestra psicología, únicamente revelada ante los estimulos de nuestra naturelza, positiva o negativa o cualquier tono entre estos límites.

Si el acto de la repetición nos lleva al día a día, entonces el mundo pierde sentido y nos convertimos en autómatas caminantes, que miran a través de un cristal gris el mundo. En este mundo grisáceo, nuestras miradas se pierden en la lejanía de nuestras almas y los movimientos son únicamente sombras de lo que fueron antes. La originalidad, la espontaneidad, la innovación, el sentido del humor, la atracción, la alegría y todas estas bellas pulsiones se pierden y formamos bucles, empaquetados y concatenados en el círculo del vicio.

La locura es el tema que prevalece en la película, y han sido bastantes las que han tratado al respecto de nuestros comportamientos más oscuros (¿o más claros?). Nos alejamos de los raritos, de los locos, de los freaks y pasamos por alto que por la misma razón por la que los alejamos, es por el tremendo deseo de alejar a su vez, la realidad que ellos conforman respecto a nosotros. Únicamente se busca mantener lubricado a la perfección el sistema de nuestra autómata decadencia donde la gente busca mantener limpias sus colitas para que no huelan mal.

Pero la película precisamente propone que no somos en realidad una raza decadente, sino que esta idea de decadencia es a su vez una ilusión de lo que el pasado pudo haber sido. El espacio donde habita el tiempo se rompe, se disgrega y lo único que en realidad dota de sentido a lo que llamamos realidad, es el presente, por lo que aquellos vagos recuerdos de que la raza humana alguna vez fue una raza de oro, no son más que consuelos ante la revelada faz humana, que no es sino la putrefacción de esporas que somos.

La película es cruel, sí, representa injusticia, sí, es oscura, sí, tiene un pésimo arreglo de jazz, también. Pero subyacente a esto se nos presenta lo que creo yo, fue idea del director que entendieramos como salvación. Ante el caos, formulamos las bases de la esperanza, pero dejamos este trabajo a fuerzas exógenas que pensamos harán el trabjo por nosotros. A lo mejor el cambio radica en nosotros, a lo mejor ni siquiera el cambio tiene sentido. Apelar por un subjetivismo tal, deviene en la implantación del cálculo hedonista, lo cual, no niego, es más que sabroso y placentero. ¿Qué hacer entonces? Y es ahí cuando el final abierto, invita a la reflexión personal. ¿Qué? ¿es sólo una película más? ¿una moralina muy taquillera, muy innovadora? ¿un mensaje de trascendencia que parte de lo más “bajo” en la humanidad?

Bueno, aquí es donde la interpretación, esa divinidad tan humana, llama a su vecina la subjetividad y crea el crisol de la opinión. En conclusión puedo decir, que “Hombre mirando al Sudeste”, ha marcado en el incosciente artístico, la imagen de la semilla de la forma de entender la sociedad en el “futuro”, pero su vez, esta pequeña obra maestra, es la amarga cosecha de los actos cometidos en el “pasado”.

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