Entre el mundo y yo no se interpone nada, salvo

la infatigable presencia de cada instante.

Cada día olvido quién soy; me encuentro en una palabra

o en el frío que eriza los cabellos de la nuca.

En mi lugar nadie quiso entender la idea de lo que implica ser humano:

el arduo camino para caminar sin pies.

La risa se volvió un instante de lucidez, y del cielo se desgranan

los lamentos del pasado.

Acaso no vuelva a ver la imagen de la historia

porque aspiro a convertirme, inevitablemente, en polvo.

Cada momento es la resurrección; cada instante perdido es otro ganado.

El sentido de la vida se resuelve en el hallazgo del carácter.


Presentación a Mariana

“¿Qué es la pureza? En nuestra época ¿se puede hablar de pureza?”, le preguntó a Inés Arredondo Margarita García Flores, en una entrevista que le hizo en 1965, cuando apareció La señal (Ediciones Era), y la escritora, pensando expresamente (según dijo) en Mariana —el cuento que ha elegido para esta serie de Material de Lectura— contestó: “¡Ay!… Algo que es quizá un pecado terrible, pero más hermoso que la belleza, o una fuerza que puede, llevada a unos términos heroicos, redimir. En mis cuentos nadie llega a esos términos. Déjame pensar algo más coherente… es aquello que únicamente puede arder. ¿En nuestra época? Ha tomado claramente su fase demoníaca y prohíja, por ejemplo, la incomunicación, con todo lo que eso arrastra, la mitificación de personajes ambiguos pero intocables, ángeles caídos, como James Dean, la falta de relaciones amorosas verdaderas (hablo por lo menos de la literatura), etcétera, etcétera. Esa sensación de aislamiento, de no poder, querer o deber ser tocado realmente, aunque se viva por las carreteras o en los prostíbulos, puede ser también pureza, que al no arder, se corrompe a sí misma”. “Encarnizándose —ella lo dice también, precisamente en una línea de Mariana— impúdicamente en las historias ajenas”, se da a relatar con angustia total la perdición de la Pareja, que pudo habitar” algo muy parecido al ParaísoTerrenal”, pero que en cambio encontró ese momento eterno que es la locura y vio a la muerte a los ojos. En este relato intensísimo analiza Inés Arredondo la pasión destructiva, la “necesidad inacabable de posesión” que puede, paradójicamente, buscar al amado en el cuerpo de otros por (precisamente) ¡fidelidad! En la carne encontraba Fernando, en la carne de Marianadescanso y ternura —son sus palabras—, con la alegría, la fuerza, la salud del animal. Sólo él la tocó realmente, y ser tocada de esa manera inútilmente lo buscó ella luego que a él lo encerraron en el manicomio, por los incontables tipos a que se entregó siempre de paso, hasta que dio con el viajeroAnselmo Pineda, en verdad simple víctima instrumental, deus ex maquina de quien obtuvo su muerte, la que no pudo darle Fernando en el estero de Dautillos.

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El hecho es el siguiente: he regresado después de la costumbre vaga de algunos meses. Y algunos temas no son menos novedosos que la entrada actual. A propósito de lo anterior tenemos un ejemplo en Georges Bataille, hombre de cultura amplia pero de un inevitable patetismo literario, y que es el autor de las siguientes líneas.

El objeto de la contemplación, al volverse igual a nada (los cristianos dicen igual a Dios), parece incluso igual al sujeto que contempla. Ya no hay diferencias en ningún punto: imposible situar una distancia, el sujeto perdido en la presencia indistinta e ilimitada del universo y de sí mismo deja de pertenecer al desarrollo sensible del tiempo. Está absorto en el instante que se eterniza. Aparentemente de forma definitiva, ya sin apego al porvenir o al pasado, está en el instante, y sólo el instante es eternidad.

A partir de esta consideración, la relación de la sensualidad con la experiencia mística sería la de una torpe tentativa de realización: convendría olvidarse de lo que, en definitiva, no es más que un error en la vía por la que el espíritu accede a la soberanía.
No obstante, el principio que consiste en olvidar para el estado místico la sensualidad es, a mi modo de ver, discutible. Sólo mencionaré de pasada el hecho de que el misticismo musulmán -el de los sufíes- pudiera hacer coincidir la contemplación y la vía del matrimonio. Tenemos que lamentar que el libro de los carmelitas no lo mencione.

Georges Bataille, El erotismo, Tusquets, p.254.

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La visión de una grotesca y singular pareja inspiró a Carson McCullers la escritura de The Ballad of the Sad Café, novela que, como demuestra Aurora Piñeiro, compendia las preocupaciones literarias de su autora y reúne los atributos esenciales del gótico sureño estadounidense.

Aurora Piñeiro


En abril de 1967, tras un viaje a Irlanda e instalada otra vez en Nueva York, Carson McCullers se avocó a la tarea de «escribir» su autobiografía. Y utilizo las comillas en torno a la palabra escribir porque en realidad ese documento vital y conmovedor fue dictado a un grupo de escribanos voluntarios o a sueldo que en distintos momentos, entre los meses de abril y agosto de ese año, trasladaron al papel las palabras que brotaban de un cuerpo semiparalizado, pero lleno de cosas que decir.Iluminación y fulgor nocturno fue el título que la propia McCullers dio a ese documento inconcluso, publicado de manera póstuma, en el que la creadora reflexiona sobre su vida, su éxito literario llegado a una edad temprana, y la experiencia de escribir. El título de la autobiografía está íntimamente ligado al ars poetica de la autora: para McCullers, los personajes o las historias llegaban a ella como una iluminación y el resto de la obra era creado bajo el resplandor que el relámpago dejaba tras de sí. La autora se refirió a este tipo de revelaciones en los siguientes términos: «¿Cuál es el origen de una iluminación? En mi caso, llegan después de horas de búsqueda y de preparación anímica. Pero llegan como un relámpago, como un fenómeno religioso» (McCullers, 2001: 65).

Así, fue en un bar de la calle Sand, en Brooklyn, donde el relámpago le entregó a los protagonistas de The Ballad of the Sad Café:

La calle Sand de Brooklyn siempre me trajo dulces recuerdos, impregnada como estaba del recuerdo de Walt Whitman y Hart Crane, y fue en un bar de la calle Sand, en compañía de W. H. Auden y de George Davies, donde vi a una pareja extraordinaria, que me fascinó. Entre los parroquianos había una mujer alta y fuerte como una giganta y, pegado a sus talones, un jorobadito. Los observé una sola vez, pero fue al cabo de unas semanas cuando tuve la iluminación de The Ballad of the Sad Café(McCullers, 2001: 65).

Entonces la autora decidió regresar temporalmente a Georgia, a la casa familiar, y escribir The Ballad of the Sad Café, la cual sería publicada como su penúltima novela (o novella), un texto caracterizado por el saturamiento simbólico, un ejemplo de narrativa corta en el que se condensan todas las preocupaciones temáticas que cruzan de un extremo a otro la producción de Carson McCullers, y una referencia obligada para aquellos interesados en estudiar lo que la historia de la literatura estadounidense llama «el gótico sureño».

El gótico sureño es una derivación de la literatura gótica europea, de origen inglés, que nació a mediados del siglo XVIII, con la publicación de El castillo de Otranto(1764), de Horace Walpole. Siguiendo las convenciones establecidas por la novela de Walpole, y ampliando las posibilidades de este nuevo subgénero narrativo, aparecieron las novelas de Ann Radcliffe, Matthew Lewis, William Beckford, Mary Shelley y Charles Robert Maturin…

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Personaje ambiguo y atribulado como pocos, Heinrich von Kleist (1777-1811) compendió en su espíritu los vaivenes del romanticismo y el idealismo alemanes, y legó a la posteridad una obra que, a decir de Stephen Vizinczey, lo coloca, junto con Pushkin, Gógol, Tolstoi, Dostoievski, Stendhal y Balzac, como uno de los maestros de la prosa occidental. Mariana López Oliver elabora el perfil de este Auβenseiter que arrostró con su vida la certeza del vacío.


Mariana López Oliver


Aquiles, el pelida de pies ligeros, arquetipo masculino predilecto de la sociedad occidental, cae tras el beso letal de Penthesilea, la mujer que lo ama, reina de las amazonas, quien se suicida tras reconocer lo que ha hecho. Un lugar devastado, con la destrucción y la miseria suspendidas en el aire, se convierte en el paraíso recobrado de dos amantes condenados tras haber escapado de la muerte. El deseo se arrastra por rincones oscuros, recovecos más allá de la conciencia, en una viuda burguesa del siglo XVIII, que advierte lo divino y lo maligno en el mismo hombre: su ángel, su demonio. La marioneta se burla de la torpeza del bailarín humano a sabiendas de que su superioridad y su gracia, del hilo que la encadena directamente con lo divino, que la libera de la gravedad terrenal. Éstos son algunos de los elementos del imaginario de Heinrich von Kleist, el exiliado del mundo de lo bello y lo bueno, el sentenciado por su propia mano.

Kleist pertenecía a la nobleza prusiana y, según dictaba la tradición familiar, debía consagrar su vida a la milicia; sin embargo, para empezar con la cadena de fracasos a los que tendría que sobrevivir, abandonó las armas a los pocos años para dedicarse al estudio de la filosofía y las matemáticas. Entonces ocurrió el suceso que marcaría su vida hasta el final: se enfrentó con el trabajo de Kant, el cual lo despojó de su «más alta meta»: hallar la verdad absoluta. La imposibilidad del hombre de acceder a ésta arrojó a Kleist a una angustia existencial que nunca pudo sobrellevar. De más está decir que el autor de la Penthesilea no era hombre de metas sencillas. Siendo muy joven, se prometió arrancar a Goethe la corona que llevaba en vida para consagrarse como el escritor alemán más grande de todos los tiempos. En esta empresa también fracasó…

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Pocas cosas han alterado de manera tan profunda nuestra realidad como el internet y sus prodigiosas herramientas. Joaquín Guillén Márquez explora en este ensayo las tensas relaciones entre literatura, libros, revistas literarias e internet, no sin destacar las ventajas y oportunidades que ofrece esta pujante y novedosa tecnología.


Joaquín Guillén Márquez

Mucho es lo que se ha dicho acerca de la muerte del libro físico, un tema que científicos sociales, eruditos de la tecnología, el internet y los aparatos electrónicos no dejan de tocar; Umberto Eco, por ejemplo, mencionó que debemos iniciar un ejercicio crítico del internet, de lo contrario se hará como el personaje Funes, de Borges, que al recordar todo no selecciona las cosas realmente importantes.[1] En cuanto a los nuevos medios de comunicación, Eco dice que los periódicos de papel tienen sus días contados, y que los libros seguirán viviendo porque son un instrumento tan útil como una cuchara. Además del mundo intelectual, existe una batalla, donde las empresas de tecnología más importantes, como Apple, Sony y Amazon, ya se dieron cuenta de la importancia del mercado lector. Curiosamente las opiniones no son tan variadas en el campo de los literatos.

En el pasado no había libros y se dice que en el futuro tampoco los habrá. La tecnología ha revolucionado el campo de la enseñanza de una manera poco imaginable hace algunos años. Los profesores se ven obligados a actualizarse para no verse obsoletos frente a la Wikipedia. En el campo de las letras, Librerías Gandhi y el Fondo de Cultura Económica también le han entrado al juego. Cada día hay más estudiantes con su Kindle o su lector de ebooks.

El libro no es el contenido, es un objeto. El contenido es lo que de verdad interesa, y en ese sentido, los lectores profesionales y amateurs no pierden. El que se escuchen comentarios como: «¡No vamos a leer!», «¡El libro es lo mejor!», «¡Sin libros no hay conocimiento!» responde a una concepción romántica del placer material de consumir y tener al libro no como el contenido, sino como otro adorno en nuestro hogar. No se puede negar que este placer es uno de los mejores. Los compradores de libros sabemos lo bien que se siente ir en el transporte público y pegarle a alguien mientras cambiamos de hoja, también sabemos que el olor, la textura y el aspecto visual son factores importantes; ir a las librerías de viejo, en la meca llamada Donceles; subirse a las escaleras para conseguir aquella primera edición de aquel autor que tanto nos gusta, o si se prefiere, ir a alguna de las librerías grandes a pelearse con los encargados por no saber dónde se encuentran sus productos. El romance no termina ahí: comprar un libro para otra persona, escribir en las hojas de respeto una dedicatoria; encontrar al escritor y que nos firme el ejemplar. En cambio, es difícil imaginarnos al autor firmando una memoria USB…

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Cuadrivio proteico es el espacio para la delicia periodística y la nota variada, para el ensayo versátil y la narrativa híbrida. Irene Castro abre la sección más ambiciosa de nuestra revista entrevistando a Álvaro Flores, ejemplar de una especie en auténtico riesgo de extinción: la del librero preocupado por la calidad de sus materiales y, ante todo, por la satisfacción de su cliente natural: el lector.


Irene Castro Nava


A la gente no parece importarle si paga 800 o 2 mil 400 pesos. Aquí no existen los descuentos del 10 por ciento si pagas en efectivo o si llevas tu credencial de estudiante. A las personas que visitan esta librería les gusta el orden, la pulcritud, pero sobre todo, la atención que reciben por parte de los encargados. A otros tantos les encanta venir a charlar, a recordar aquellos tiempos en los que sus padres producían el pulque, mientras que otros prefieren añorar a María Félix, a la «me haría feliz».

Ser librero es un oficio que se encuentra en extinción. De acuerdo con el Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe (Cerlalc), «32 por ciento de las librerías se encuentran en las zonas céntricas de la ciudad de México» y aun cuando las cadenas de librerías comerciales continúan creciendo en sus puntos de distribución, las librerías clásicas se ven amenazadas por el volumen, no por la calidad de sus textos.

En la Librería Madero ser librero no es sólo preguntar qué título busca, al contrario, es una forma de vida en la que todos los días se aprende algo distinto de la gente que los visita. De tez morena, lentes y cabello canoso, Álvaro Flores Téllez tiene 20 años trabajando ahí y para él, cada cliente que pasa por la librería –de la calle que lleva su mismo nombre– enriquece su vida.

«Ésa es la experiencia que deja esta labor: la de convivir y platicar con la gente. Es muy importante para nosotros que sea un establecimiento personalizado: no nos separa un mostrador o una computadora. Hay gente que le gusta venir por charlar con nosotros. La atención que se les da no es nada más de pedir el título, lo buscas en la computadora y no lo hay. Ese trato es muy frío y nosotros buscamos todo menos eso.»

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