
Previo a la concienciación del conflicto, acaece la fenomenológica de la patología social por lo que, en un estado de constante movimiento y cambio, no puede haber una ideología crítica sin la existencia anterior del desacuerdo. Aunque en la región latinoamericana, en algunos países, el florecimiento de la izquierda haya consensuado con el internacionalismo, la comparativa de la sociedad de estados reconoce el descontento del grueso de la población en los mínimos requeridos y necesarios para lo que podría ser una unificación frente al resto del mundo. Es por ello que el análisis de la temporalidad histórica en el pensamiento de José Gaos es la representación letrada de las tradiciones, costumbres y organización social que proveen a la realidad, al presente de la base activa en el proceso del autoreconocimiento de la conciencia. En tiempos de elecciones, la población necesita saberse consciente aunque ello necesite de un aventurarse en el conflicto de intereses. Es así porque la conformación histórica es una diversidad de hechos sintéticos que se nos ha brindado por la experiencia aunque al misma se encuentre supeditada al pasado, pues no conocemos lo que no hemos sentido.
Este aparente límite es la barrera que la población necesita interiorizar a manera de conciencia para vincular éxitosamente la soberanía con el internacionalismo, en una generalidad unívoca de organización social y provecho económico y cultural. Por ello, no se tendría que apelar por el viejo debate de izquierdas y derechas pues esta visión relega maniqueamente al cambio, como la sucesión de un status quo por otro, y esa es precisamente otra afirmativa política relegada al campo de la experiencia. La idea central es afrontar el problema con el repensamiento de la legitimación del movimiento social pues una revolución como comunmente es entendida no es posible en la actualidad. No así una revolución cultural que brinde soporte soberano e internacional al poder de la ciudadanía.
…
“Todo objeto como la América Latina es un objeto histórico, y un objeto histórico sólo puede ser objeto de una actividad de contenido historiográfico, de una actividad historiográfica, de historiografía. Porque historiografía no es simplemente reconstrucción del pasado. El pasado no interesa últimamente por él mismo. Últimamente, sólo interesa para construir el presente y el futuro. Mas el pasado sólo puede reconstruirse desde el presente, por el presente. El presente es la única realidad. En él han de hacerse más o menos reales el pasado y el futuro. También este. Tampoco el futuro puede construirse sino desde el presente, por el presente. Sin embargo, el presente no se construye a sí mismo sólo por el pasado, sino también por el futuro, por el futuro hacia el cual se concibe o se siente encaminado, hacia el cual quiere más o menos consciente y enérgicamente encaminarse. En suma: presente pasado y futuro están cada uno en relación de construcción o reconstrucción mutua con los otros dos –e historiografía es reconstrucción del pasado, constructiva del presente y futuro.” [1]
____________________
[1] Gaos, José. Filosofía de la filosofía. ALEJANDRO ROSSI, compilador. Fondo de Cultura Económica, México 2008.
Archivado en: Sómacles | Etiquetas: Ignacio Manuel Altamirano, Literatura, México, Sociedad

En la entrada pasada comenté sobre el Hiperión como movimiento existencialista mexicano. En esta ocasión, es de mi deseo compartir un fragmento de la presentación de la edición facsimilar, escrita por Huberto Batis. En remembranza y relación con el Hiperión, el renacimiento se representa como su homólogo en el siglo XIX, con la diferencia de su forma unitaria cultural, a saber, la conformación de un semanario dedicado a los propósitos de sus escritores. La idea es desempolvar aquellas idílicas, realistas y críticas letras que se han avocado a ser partícipes de su tiempo pues por mucho, el ser se legitima cuando procura su existencia en el mundo aparente (el mundo que se aparece a los sentidos). Sobretodo, es la crítica a la coyuntura política junto con la proyección de la producción cultural, la que conforma el grueso del movimiento, lo que trae como consecuencia un basto acervo cuya reflexión es menester tanto del historiador como del universitario.
…
“El periódico literario el Renacimiento (1869)
A poco más de un siglo de la restauración de la República liberal, justo es recordar la labor de los intelectuales y literatos que dejando las armas que habían trocado por la pluma cuando lo consideraron su deber, volvieron al magisterio de las aulas y de la letra impresa, y a la participación política cuando el país se los demandó. Con profusión y entusiasmo que se ha visto en muy pocos momentos de nuestra historia, fueron produciéndose desde los primeros momentos de paz obras valiosas en las artes y las ciencias, las cuales se apresuró a recoger la gran visión del maestro Ignacio Manuel Altamirano para formar con ellas, piedra a piedra, el ‘monumento’ –como supo llamarlo– de su revista semanaria El Renacimiento, en la que hoy, conforme a su intención, podemos examinar el sorprendente florecimiento cultural del tiempo.
Con la vuelta del presidente Juárez a la ciudad de México, el liberalismo ilustrado fue reuniéndose bajo el influjo de sus cabezas; Ignacio Ramírez, El Nigromante, que había sufrido martirios sin cuento a manos de los imperialistas; Francisco Zarco, que regresaba enfermo de Nueva York, en donde había representado al gobierno; el eterno Guillermo Prieto, testigo de casi todo el siglo xix, que dejaba su refugio en la frontera norte; el general Vicente Riva Palacio, que olvidó el sitio de Querétaro en cuanto cayó Maximiliano para volver a sus novelones; y Altamirano, soldado, héroe del Cimatario, el de mayor aura de prestigio entre los jóvenes escritores, puente entre la vieja y la nueva generación que formaban, entre otros, Justo Sierra, estudiante entonces de preparatoria; Manuel Acuña, recién llegado de Torreón a la Escuela de Medicina; Luis Gonzaga Ortiz y Manuel M. Flores, poetas asiduos; Agustín F. Cuenca, que abandonaba los estudios para vivir como gacetillero, y el joven Juan de Dios Peza, que se iniciaba, ‘de la mano de una persona mayor’, en las redacciones de los diarios y en las reuinones de la bohemia literaria.
Durante todo el año 1867 vivieron ellos la efervescencia política que despertó la convocatoria hecha por Juárez para la elección presidencial; el periodo para el que había sido electo don Benito había terminado desde Paso del Norte, poco antes del comienzo de la reconquista, y se hacía necesario el voto que lo reeligiera (en contra de la opinión de muchos, de un Jesús González Ortega, por ejemplo) o que lo sustituyera por Sebastián Lerdo de Tejada, el candidado del ministerio, o por el general Porfirio Díaz, que había tomado sin sangre la ciudad de México y que contaba con la simpatía general de los conservadores amnistiados y de los extranjeros residentes, y principalmente con el apoyo de los liberales oposicionistas, ganados por el ideario de su radical Partido Progresista, que manejaba entonces Justo Benitez. Riva Palacio había tomado a su cargo el periódico político de oposiciñon popular, La Orquesta, famoso por las caricaturas de Crescencio Carrillo. Altamirano, Ramírez y Prieto fundaron un periódico sostenidopor el general Díaz, El Correo de México, apasionado y acre censor del gobierno. Zarco, desde El Siglo XIX, pretendió mediar entre las facciones, adivirtiendo del peligro en que ponía al país la división liberal. Las cosas no pasaron a mayores y la historia dio la reelección a Juárez, negó las diputaciones que los radicales pretendían y les dio en cambio lo que Altamirano, un tanto despechado, llamó ‘las dichosas fiscalías’ de la Suprema Corte de Justicia. Díaz se retiró a Oaxaca en espera de una mejor coyuntura, y todos se entregaron a la restauración de la República ’sin rencores con el pasado y sin temores por el porvenir’, como bien supo decirlo poco antes de morir Francisco Zarco.
A nuestra distancia, aquella polémica radical a favor de Díaz parece extemporánea, al menos ansiosa e ingrata con el juarismo. Justo Sierra, desde el porfiriato, puedo ver el apego de Juárez al poder si no necesario al menos convincente, porque su figura personificaba al ideal liberal. Desde nuestro tiempo, Daniel Cosío Villegas ha explicado convincentemente que la Reforma necesitó la reelección de Juárez y sobre todo la de su gabinete para defender ‘constitucionalmente’ al país de inminentes peligros mortales, como una nueva intervención europea o incluso nuevas anexiones de territorio mexicano al de Norteamérica, recién salida de su guerra de Secesión (el presidente general Ulyses Grant no ocultaba su voracidad, victoriosamente refrenada por Juárez, poco después de la visita que nos hizo el exsecretario de Estado William H. Seward, famoso por su compra de Alaska y otros territorios). Leopoldo Zea concede a Juárez una aguda visión realista en contra de los idealistas de los radicales, que ’soñaban’ con la aplicación rigurosa del liberalismo europeo a México. Y Jesús Reyes Heroles coincide en bendecir el ‘freno’ que Juárez sabría imponer al liberalismo de importación que hoy llamaríamos ‘delirante’. Sea como sea, el clima de libertad que permitió la mayor división real que el país ha visto entre sus políticos favoreció el equilibrio entre Gobierno y oposición sin necesidad de las luchas de ‘boxeo de sombra’ –como llama Cosío Villegas a la ficticia división de partidos que luego hemos visto. La muerte del presidente Juárez no permitió la evolución perfecta de su política hasta el liberalismo social, que sólo tendría oportunidad con la Revolución que derrocó la dictadura de Díaz, entonces imprevista, el año de 1917…
El Renacimiento no es una revista especializada en literatura tal como hoy las entendemos; predominaron sí las colaboraciones artísticas y aun los escritos no literarios llenan los requisitos de lo que los hombres del tiempo conmprendían por ‘bellas artes’: correción, pulimiento, elegancia. Era una revista literario-cultural, miscelánea y didáctica, en cuanto que incluía ficción y poesía e informaba de cuestiones de crítica, historia, arqueología, pintura, música, teatro y ediciones. El resultado fue una crónica, un espejo del panorama cultural, un registro de las producciones más notables en los géneros mencionados, sin caer, fuera de contados casos, en la árida especialización más propia de los boletines de las sociedades científicas. De todo se habló en aquellas páginas, a condición de que llenara los fines de la amenidad, sobre todo de utilidad y belleza. Más tarde Olavarría daría el juicio contempornáneo: ‘Sin duda podrán producirse mejores semanarios . . . pero ninguno le ha superado ni en la cantidad de firmas distinguidas, ni en la calidad de los escritos’. Y en nuestros días, José Luis Martínez, el más autorizado hasta hoy por su conocimiento de la época, afirmó que fue ‘el documento mayor de nuestras letras en esa centuria. En él están representados, en efecto, los escritos más característicos, las corrientes literarias más destacadas, los valores culturales más fértiles . . . ¿qué otra revista literaria mexicana del pasado o del presente, puede ofrecernos la riqueza de impulsos y la irradición espiritual que contiene El Renacimiento? ¿Cuál otra ha conseguido esta calidad en el contenido, afianzado, al mismo tiempo, su sentido mexicano y universal, su conciencia social, su integridad humana? Otras ha habido más refinadas y exclusivas, más cultas y cosmopolitas, pero ajenas radicalmente a México si no es porque surgían de sus hombres. Acaso con mayor modestia, los escritores que hicieron El Renacimiento procuraron con todo su esfuerzo y con toda su sensibilidad realizar una literatura mexicana y una obra que enaltece a su pueblo’”. [1]
Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893)
____________________
[1] Coordinación de Humanidades, Instituto de Investigaciones Filológicas, Centro de Estudios Literarios. presentación por Huberto Batis. El Renacimiento, periódico literario (México 1869). UNAM, México 1993.
Archivado en: Sómacles | Etiquetas: Ciudad de México, Filosofía Política, México, Sociedad, Teoría Política
Así la conciencia nos hace a todos cobardes.
Shakespeare, Hamlet

desgracia o por qué vicio, y vicio desgraciado, vemos a un sinnúmero de hombres, no obedientes,
sino serviles, no gobernados, sino tiranizados; sin poseer en propiedad ni bienes, ni padres, ni hijos, ni siquiera su propia existencia? Sufriendo los saqueos, las torpezas y las crueldades, no de un ejército enemigo, ni de una legión de bárbaros, contra los cuales hubiera que arriesgar la sangre y la vida, sino de Uno solo, que no es ni un Hércules ni un Sansón; de un hombrecillo, y con frecuencia el más cobarde y afeminado de la nación, que sin haber visto el polvo de las batallas, ni haber siquiera lidiado en los torneos, aspira nada menos que a gobernar los hombres por la fuerza, incapaz como es de servir vilmente a la menor mujercilla ¿Llamaremos a eso cobardía? ¿Llamaremos cobardes a los que así se dejan envilecer?[1]
a) La masa siempre quiere crecer
b) En el interior de la masa reina la igualdad
c) La masa ama la densidad
d) La masa necesita una dirección
De acuerdo a la tipología de las mismas, podemos encontrar diferentes características:
a) Impulso de destrucción (masa abierta)
b) El estallido es la repentina transición de una masa cerrada a una abierta
c) Sentimiento de persecución (masa abierta)
d) La repetición (masa cerrada)
e) Masa cerrada hacia afuera y en sí, es la masa como anillo
f) Masa lenta (religiosa, objetivos más allá)
g) Masa rápida (deportiva, política, objetivos tangibles)
h) Masa rítmica (igualdad y densidad), por el sonido de los pies al andar
i) Masa retenida (densidad), su principal objetivo es la descarga
j) Masa de acoso, de fuga, de prohibición, de inversión, festiva, de guerra
k) Por último habrá que aumentar, dos últimas características: los cristales de masa (son los que desencadenan las masas), y los símbolos de masa (recuerdos metafóricos de masas humanas, como: fuego, mar, lluvia, río, bosque, trigo, viento, arena, montones, montones de piedra, tesoro, etc.)
Uno de los problemas fundamentales que ha encontrado México en su constitución como identidad nacional, es precisamente el estar al lado de la primer potencia mundial en extremo nacionalista y un sur latinoamericano demasiado lejos como para convivir con nosotros, por tanto, esa dialéctica a más de afectarnos debería de enriquecernos, privilegiando en todo momento que étnica y racialmente nuestro epicentro se encuentra hacia el sur.
Es tanta la tiranía
de esta disimulación
que aunque de raros anhelos
se me hincha el corazón
tengo miradas de reto
y voz de resignación.
Canción popular
[2] Canetti, Elías, Masa y Poder, ed. De Bolsillo, (trad. De Juan José del Solar), 2008, México. Pág. 70.
[3] Freud, Sigmund, El malestar en la cultura y otros ensayos, ed. Alianza, Madrid, 1973. Págs. 65-66.
[4] Canetti, Elías, Masa y Poder, págs. 71-72.
[5] Es por este instante de felicidad en el que ninguno es más ni mejor que el otro, como los hombres se convierten en masa. Ibíd. Pág. 74.
[6] Es una forma de excitación colectiva, vagan en hordas de reducido número de diez a veinte hombres. Lo que le falta de densidad los suplen con intensidad. El término proviene del latín, que significa movimiento. Ibídem. Pág. 173.
[7] Paz, Octavio, El laberinto de la soledad, ed. FCE, México, 1950. pág. 10
Es así como confío. Con la decepción frente a mi. Con la cima aún muy lejana. Es así como confío, no más en la cima pero en la base, en la base confío y desconfío en la inconfianza. Porque han acaparado, porque han desfragmentado, porque han elitizado y en su elitismo se han encerrado. Porque la letra ha perdido su peso, su esperanza, su idílico pensar. Porque el cimiento no lo es más y porque las columnas están por ceder, ceder a la anarquía. Por eso es que confío pero mi confianza es sombra, es humo entre humos, vapor de vapor, estado de inacción colectiva, enajenación. Y confío en el no radicalismo, ese lado opuesto dañino por igual, dañino por violento, dañino social.
Confío en que la gente verá la realidad. Confío en que la gente sabrá optar. Confío en una nueva civilidad porque México es un país grande, país de cultura, de intelecto y fuerza de voluntad. Confío en el cambio, en el cambio real, no en la coyuntura, no más, no más. Y a aquel que confía le llaman ingenuo, pero mi convicción es esta: sólo es cuestión de tiempo antes del resurgimiento, un resurgimiento desigual por igual pero por lo menos consciente, despierto. Y aunque nadie pueda explicar la naturaleza humana, confío en que el individuo sabrá, sabrá disyuntivar, sabrá actuar.
Todos somos importantes. Como particularidad la generalidad se presenta en potencia, hagámosla actuar. Confío en la transición, confío. Aunque mi desencanto sea grande, aunque mi desecanto sea fatal, me permite razonar, me permite pensar, que si algo no hay, todo lo puede haber. Lectores de todo el mundo, me gustaría que supieran que he aquí un efebo hijo de su tiempo, un ser de acción, un ser de ideal, un ser de realidad, un ser parte de una colectividad, que ha interiorizado la crisis política, económica y social y en mi libre albedrío, en mi libre razonar, en mi libre conciencia de estar, he decidido despertar, he decidido confiar. Al final confío y actúo.
Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893)