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Catalaxia y dominación: un breve ensayo sobre el orden social
Noviembre 5, 2009, 5:54 am
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“Obra sólo como si la máxima de tu acción fuera a tomarse por tu voluntad en ley universal”.

–E. Kant

ECONOMÍA Y CONOCIMIENTO

Entorno a la ciencia económica se han concebido distintas definiciones que históricamente pueden considerarse como cambiantes, por ello, es difícil si no imposible, colocar a la economía en una parcela ideológica-conceptual que pueda rotularse y mantenerse incólume, absoluta. De ello deriva el hecho que la labor intelectual, tanto teórica como práctica, deba adecuarse constantemente conforme el acervo de conocimiento permita repensar y recrear las ideas que conforman el pilar de la fenomenología económica. La mejor comprensión de esta develación, ciencia, o como se le guste llamar, trae como consecuencia la adquisición de conciencia por parte del ser humano. ¿Cómo puede relacionarse el hecho económico aislado con el orden social? ¿En qué momento la libertad se muestra a sí misma generadora de estructuras sociales armónicas? En la época clásica los pensadores de la economía indagaban, profundizaban, hasta donde les era posible, en la concepción de la materia que inaugurarían como doctrina social científica, misma que hoy en día entendemos como economía. No siempre fue así. En aquél tiempo únicamente se hablaba de economía política pues la revolución marginalista y sus herramientas matemáticas tendrían que esperar, al menos, poco más de cien años. Así, J.B. Say definía a la economía política como una exposition de la manière dont se forment, se distribuent et se consomment les richesses[1]. En cambio, para Senior se trata de “la ciencia que… [estudia] la naturaleza, la producción y la distribución de la riqueza”[2]. Tomemos también en cuenta a J.S. Mill que en su Principles se ocupa de estudiar la“[…] naturaleza de la riqueza y de las leyes de su producción y su distribución, incluyendo directa o indirectamente la acción de todas las causas por las cuales la condición de la humanidad… se hace próspera o lo contrario”[3]. Por muy precisas o no que puedan parecer estas proposiciones, la quintaesencia de las mismas, en palabras de Schumpeter, es que “subrayan el carácter analítico (científico)”[4] lo cual da cuenta de la toma de conciencia de los primeros ideólogos científicos de la economía.

¿Por qué es importante conocer esto? Uno de aquellos pensadores, a saber, el arzobispo Whately, propuso sustituir el término economía política por ‘catallactics’[5] o catalaxia, misma palabra, concepto griego, que siglos después, Hayek utilizará para definir el orden social espontáneo que surge de las relaciones económicas entre individuos bajo un sistema libre de precios de mercado. Hasta aquí he hecho un breve repaso de la gestación conceptual y teleológica de la economía en la época clásica, por lo que toca el turno al desarrollo del concepto mismo. La catalaxia no se encuentra acotada en términos económicos o políticos y mucho menos se contiene en alguna esfera de características sociales aisladas, como lo puede ser el estudio que la antropología o sociología representan por separado, sino que subyacente al organon de las doctrinas económicas, la teoría del comportamiento humano deja entrever sus primarios atisbos de acción y por ende, su materia de estudio, principalmente psicológica. En su ensayo La naturaleza de las generaciones económicas[6], Lionel Robbins critica el desdén del cual los economistas han sido objeto por parte de las teorías conductivistas en la rama de la psicología; afirma con determinación la independencia de la ciencia económica tanto de aquella disciplina como de toda pretensión histórico-determinista por poder predecir el comportamiento de los agentes económicos, así como del aprendizaje adquirido por inducción histórica, de los errores en el sistema económico. A su vez, amplía el dominio independiente de la economía a límites que se cierran sobre sí mismos, negando explícitamente, que cualquier intento de la ética (y con ello de la moral) por comprender el acto económico pueda repercutir o hacer cambiar el telos, objetivos y medios por los cuales esta ciencia se vale. Doble equivocación. Por un lado, hoy en día es claro que la psicología abre una nueva ventana a herramientas de las cuales la microeconomía ha hecho uso. Por el otro, no es posible pretender aislar un conjunto de conocimientos que precisamente a priori se basa en relaciones de orden histórico y por ende, –e incluso más importante aún y evocando a Adam Smith–, en los sentimientos morales que son base del acto económico. Pues ello es la base de nuestro entendimiento de la economía, no como moralina o doctrina de paz, sino como fenómeno de empatía no hacia los demás por la más pura ética, sino por racionalidad y beneficio intrínseco a las relaciones de interés social.

La catalaxia se basa en el intercambio, en el trueque, y por más rústica que pueda parecer esta palabra es ella la que muestra la dirección por la cual la sociedad se rige. En Hayek[7], es clara la exposición sobre la cual trabaja: el intercambio mutuo tanto de bienes como de conocimiento o información beneficia inconscientemente a las personas que entran en su dominio por lo que no es posible, dado el volumen ingente de conocimiento, que alguna unidad central pretenda homogeneizar las preferencias de los agentes pues, regresando a nuestras primeras preguntas, la libertad de decisión es la que brinda el dinamismo a la colectividad donde cada agente, vela de su propiedad mejor que nadie. Esto es Adam Smith llevado a sus máximas consecuencias (mi egoísmo es tu beneficio). Es falso que se afirme que la economía como la conocemos, contenga en sí misma y en definitiva, los fenómenos que aquejan a la sociedad. Nuestra mente siempre queda expuesta a la interpretación que una ideología predique, –acto que desde ya, es objetable en la medida que tiende al dogmatismo intelectual–, y la falta de conocimiento, la ignorancia respecto de un tema, conlleva una responsabilidad cuando el error se hace presente.

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POLÍTICA Y DOMINACIÓN

Es necesario comprender los límites del conocimiento, los límites de las relaciones sociales y corolario a estas dos condiciones y fenómenos, los límites de la catalaxia. Aunque la experiencia demuestre que en algunas sociedades agrupadas en nación, el orden general espontáneo se extiende en beneficio de sus elementos, no es posible pasar por alto el acto político de Estado. En la contemporaneidad, nos acercamos a la posmodernidad consciente, a la autodefinición del ser que corresponde a nuestra persona, a nuestros allegados y al resto de la población en un lugar y espacio determinados. Con ello, han aparecido teorías que se oponen al positivismo del siglo XIX, teorías cuya fuerza radica en el deconstructivismo humano, en el desacuerdo ante la repetición. Autores como Lyotard, Derrida, Deleuze, Foucault, han influenciado profundamente en el saber teórico y práctico. Pareciera que las tesis pronunciadas por Nietzsche se han cumplido, la irracionalidad ha escapado de su ser circular y se ha desenvuelto a lo largo de forma rectilínea sin certidumbre de conciencia. Por más filosófico que esto pueda parecer, tal vez lejano, tal vez abstracto, es evidente que la catedral de conocimientos positivistas dentro de la cual se engendró el ser económico como hoy en día es estudiado, ha quedado terriblemente rebasada. Este es el pathos de lo no racional, el campo que por mucho tiempo fue negado de las universidades, de los críticos, de la sociedad. Nos encontramos viviendo un período de transición, de cambio, de devenir, de metamorfosis, de acción. Pero nos encontramos con una barrera en el camino, una barrera que no respeta la libertad de decisión, la libertad hacer asequibles nuestras preferencias. Me refiero a la dominación, álgida consecuencia de la naturaleza humana. Como en las novelas de Albert Cohen, en la cuales se describe a los humanos como simios sapientes, el Apolo mecenas que acogía la pequeña semilla de nuestro saber, desaparece y la posesión dionisíaca convive con nosotros día a día, acto con acto. El Estado, la nación, esas consecuencias de la necesidad de un grupo de individuos ante la devastación de una posible confrontación bélica, no puede mantener ya su status quo; representa actualmente la reminiscencia de la belicosidad del pasado. Ante esto, acuñamos nuevos términos, pos-nación, pos-Estado, dada la incapacidad de reconocernos en el presente (aunque aspiremos precisamente a lo contrario), eterno gerundio que proporciona la retícula de seguridad obtenida que perdimos en las guerras mundiales, en el enfrentamiento de naciones. Queremos olvidar nuestros errores. Pese a ello, parece que no es posible olvidar; la organización política enajenada a la democracia gobernada por los legisladores y clase política en general, exhibe sus últimas bocanadas de seguimiento, de continuidad. Recordemos a Hayek en este sentido. El centralismo en su amplia pretensión de control, ve escapar de su injerencia a la máxima distinción de nuestra era: la información. La apertura es tal y tan inconcebible y heterodoxa, (nuevas estructuras formadas, intercambio internacional, tecnologías de vanguardia, etc), que aquel perenne grupo de personas en el poder, antes engrandecido, comienza a balancearse bajo su propio peso y pierde fuerza, se empequeñece ante el conocimiento. Tal es la transferencia del poder del centralismo de gobierno, a la catalaxia o información dispersa, ordenada.

Pese a las teorías de la entropía social, es claro que cuando el error, la inexactitud, el desorden, el caos, logran convivir en el tejido cataláctico, nuestra aprehensión de la realidad completa los vacíos donde se generan las fricciones en el pensamiento y el conocimiento se vuelve unívoco, trascendental. J.S. Mill no se equivocaba al pensar que más allá del empirismo ortodoxo, el conocimiento puede ser adquirido por ensayo y error, por la experiencia histórica, y, si se me permite, quisiera agregar que también por los éxitos de la ciencia y los fracasos de la política, y por los éxitos de la sociedad y los fracasos del dogmatismo. Hoy en día la dominación sigue presente, encontrándonos supeditados a ella en muchos casos. Seguramente se mantendrá así por mucho tiempo, por lo que nuestro orden espontáneo sigue siendo primitivo, pero algo es claro, las bases del mismo están cristalizando.

NOTAS

[1] En Joseph A. Schumpeter. Historia del Análisis Económico. Trad. Manuel Sacristán, Ariel Economía, Barcelona 1995
[2] Ibídem.
[3]  Ibídem.
[4]  Ibídem.
[5]  Ibídem.
[6] En F. Hahn/M. Hollis (comps.). Filosofía y Teoría Económica. Trad. Eduardo L. Suárez, FCE, México 2004
[7]  Para una exposición completa de las ideas de Hayek a este respecto véase, su ‘Nobel Prize lecture’, en: http://nobelprize.org/nobel_prizes/economics/laureates/1974/hayek-lecture.html

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Descarga “The Age of Milton Friedman (Journal of Economic Literature)”
Septiembre 7, 2009, 8:08 pm
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The Age of Milton Friedman
Andrei Shleifer (Harvard University)

Between 1980 and 2005, as the world embraced free market policies, living stan-
dards rose sharply, while life expectancy, educational attainment, and democracy
improved and absolute poverty declined. Is this a coincidence? A collection of essays
edited by Balcerowicz and Fischer argues that indeed reliance on free market forces
is key to economic growth. A book by Stiglitz and others disagrees. I review and com-
pare the two arguments.

En este lunes de economía es mi deseo compartir el presente trabajo publicado en el Journal Of Economic Literature donde se afirma que, a partir de evidencia empírica la clave para el crecimiento económico es de hecho la apertura de los mercados. Sin duda muchos economistas que a partir de 2008 han cambiado su postura neoliberal no estarán de acuerdo, sin embargo, es necesario exponer la literatura económica que ha sido trabajada a partir del sujeto que conoce a partir de la antes mencionada experiencia. Un texto para abrir la discusión.

Página muestra:

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http://www.mediafire.com/?dtmmxw3ztwb



Descarga “J.A. Schumpeter – Economic Doctrine and Method: An Historical Sketch (Oxford University Press)”
Septiembre 1, 2009, 9:12 am
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schumpeter

Uno de los economistas, teóricos políticos e historiadores más influyentes del siglo XX es, sin lugar a dudas, J.A. Schumpeter. Aunque aparentemente su doctrina política no presente un hilo conductor directo hacia la economía y su corriente austriaca, se puede encontrar un cuerpo coherente de principios en la ideología de este economista en relación a su dominio de pensamiento, a saber, economía, matemáticas, historia, filosofía y teoría política. En mi opinión, su mayor contribución al campo académico ha sido la obra ‘Historia del Análisis Económico’, obra inacabada y publicada después de su muerte. No por ello la amplitud y vasta erudicón vertida se opaca sino todo lo contrario, la densa atmósfera provocada por su estilo va acompañada de constantes referencias a otras obras, precisiones y una sistematización admirable.

En esta ocasión me gustaría compartir uno de los documentos que sirvió como ensayo previo a la redacción de aquella su última obra, me refiero al Economic Doctrine and Method, publicado por la Oxford University Press en New York, año 1954. Espero que sea de gran utilidad para aquellas personas interesadas en la indagación histórica de las doctrinas económicas pues el pensamiento de Schumpeter sigue vivo y ha influido an gran medida a los contemporáneos del tema como Screpanti, Rima, Meikle, etc.

Descarga de este link:

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Economía Erótica
Agosto 10, 2009, 10:01 pm
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En la primera mitad del siglo XX, cuando Hayek y Keynes debatieron en su famosa disputa sobre el origen de las crisis y ciclos económicos, nunca se imaginaron que ambas teorías del interés, la inversión, el ahorro y el empleo, se utilizarían hoy en día para explicar la debacle que ha sumido a gran parte del mundo en una profunda crisis social. Hasta ahora he pensado que los síntomas de un determinado grupo empiezan con el ala técnica del conocimiento y de hecho tiene sentido: no podría haber una disputa sobre los medios de producción (sí, los medios), si las escuadras, compases y pinceles que utilizan los economistas contemporáneos para embellecer sus teorías no existiesen primero. ¿Cómo saber qué clase privilegiada va a usar un coche si la rueda no se ha inventado primero?

Esto nos lleva de regreso a la teoría económica en la medida en que subjetivamente se interpreta para beneplácito de empresarios públicos y privados. Y no es que esté mal (sic) que un grupo de personas adineradas tengan derecho a utilizar lo que por medios fácticos o legales les “pertenece”, de hecho creo que cualquier persona con un ingreso puede decidir cómo utilizarlo pues su “libertad” le permite discernir entre una diversidad de opciones, sino que me interesa plantear el hecho de la existencia del a priori de la economía: el hombre racional. Sucede que en la historia de las ideas económicas, diversos pensadores clásicos cuyo pensamiento tiene una base moral, diseñaron en base al dogma de las luces la pretensión de colocar a la economía como ciencia pura capaz de cuantificar con precisión los fenómenos financieros, monetarios, comerciales, etc. De hecho no podemos desdeñar la obra de estos pensadores porque sus bases apelan por una parte del ser humano realmente trascendental, aquella que de alguna manera puede reprimir sus pasiones y colocarse en el centro de la ciencia como ente científico, lógico y exacto.

Aquí se devela la economía erótica, una bella ironía como muchas otras que acaecen en la historia. El eros es la sustancia de la vida, de la pasión y del deseo. ¿Cómo una economía que gusta del racionalismo se funda en una primera pulsión pasional fantástica? Deseamos en la medida que pensamos, imaginamos y pretendemos. Aún así no se toma en cuenta la voluntad necesaria para llevar las ideas a la práctica. La búsqueda por una sociedad equilibrada, sintética, apolítica e incluso me atrevo a decir que anárquica –en una connotación muy distinta a la que Bakunin o Kropotkin manejaban– se manifiesta como la ansiedad por el clímax de una idea. Sobre la anarquía me refiero desde luego a la no existencia de la regulación estatal, propiamente a la ausencia o inexistencia del Estado. El pensar que si “quitas la retícula”, los puntos se mantendrán en su lugar es una idea basada no sólo en la moral utilitarista -acepción sumamente superficial de la teoría del comportamiento humano-, sino en una escala de valores inasequible al ser humano pues trata de reprimir el salvajismo, el deseo de dominación social. Adelantarse a la concepción de la fenomenología del espíritu hegeliana no es sino una bella pintura del deber ser humano.

Es precisamente el pensamiento crítico el que traza una línea que va de Kant a Nietzsche –pasando por Marx– hasta llegar a Foucault, el que sirve de estrucutra para develar  el fenómeno haciendo una crítica de la ortodoxia no sólo del neoclasicismo económico (Keynes), sino de la del pensar humano en general. Es irónico que hoy en día la esfera económica se disfrace de ciencia positiva y objetiva cuando el traje del racionalismo está hecho con la voluntad erótica del desar con fruición que la luz de la verdad matemática-científica, alumbre el agujero negro de la naturaleza humana. A final de cuentas, en alguna medida, todos somos irracionales.

En mi opinión, se avecina lentamente un nuevo paradigma.



La libertad y el sistema económico (Friedrich A. von Hayek)
Julio 6, 2009, 11:23 pm
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Friedrich von Hayek

Ahora bien, debe admitirse que los primeros liberales no se han empeñado consistentemente en la tarea de crear un marco legal racional. Después de vindicar, basados en razones utilitarias, los principios generales de la propiedad privada y de la libertad contractual, se han quedado cortos al aplicar el mismo criterio de conveniencia social a las formas históricas específicas de la ley de propiedad y de contrato. Sin embargo, debiera haber sido obvio que la cuestión del contenido exacto y las limitaciones específicas de los derechos de propiedad, y cómo cuándo el estado obligaría al cumplimiento de contratos, exige tanta consideración por razones utilitarias como el principio general. Por desgracia, sin embargo, muchos de los liberales del siglo XIX, después de haberse satisfecho a sí mismos con la justificación del principio general, cuya aceptación se habían negado, con razón, a admitir como un dictado del derecho natural, se sintieron del todo contentos al aceptar la formulación de la ley de entonces, como si aquella fuera la única concebible y natural. Un cierto dogmatismo a este respecto, que con frecuencia tenía la apariencia de una repugnancia a razonar estos problemas, condujo a un punto muerto prematuro esta clase de planeación, arrojando en el descrédito a la doctrina liberal toda.

I

Una idea común hizo posible la transición intelectual del liberalismo del siglo XIX al socialismo de hoy, su extremo opuesto: la creencia de que la libertad individual sólo puede obtenerse si rompemos el “despotismo de la necesidad física”. Si la libre competencia pone en peligro de tiempo en tiempo, de manera inevitable, la subsistencia de algunos, y si la seguridad de todos sólo puede alcanzarse restringiendo la libertad de la actividad económica, entonces no parece ese precio demasiado elevado. Sería injusto negar que la mayoría de quienes quieren restringir la iniciativa privada en materia económica lo hacen con la esperanza de crear mayor libertad en esferas que conceptúan más dignas. Se ha enseñado al mundo, con tanto éxito, a creer que “el ideal socialista de libertad social, económica y política” se puede realizar de manera simultánea, en todos estos respectos, que el antiguo grito de los oponentes, de que el socialismo significa esclavitud, ha sido acallado por completo. La gran mayoría de los intelectuales socialistas de nuestro tiempo cree con sinceridad que son los verdaderos sostenedores de la gran tradición de la libertad intelectual y cultural, contraria al monstruo de un Leviatán autoritario.

Sin embargo, puede advertirse una nota de inquietud, aquí y allá, en los escritos de algunas de las mentes más independientes de nuestra época, los hombres que en general han sostenido la tendencia universal hacia el colectivismo. A ellos se ha impuesto la cuestión de si alguno de los sucesos dolorosos de las décadas pasadas son el resultado necesario de las tendencias que ellos mismos han favorecido. ¿Es un mero accidente el que la continua expansión de los poderes del Estado, que ellos han acogido como un instrumento para proporcionar mayor justicia, haya ocasionado en mucho países la desaparición de toda libertad personal y acabado con la justicia? ¿Es una mera casualidad la de que los países mismos que hace poco, comparativamente, eran mirados como socialmente avanzados, y como ejemplos dignos de imitarse, hayan sucumbido los primeros al despotismo real? ¿O no es quizás esta consecuencia el resultado, imprevisto pero inevitable, de esos mismos esfuerzos para hacer depender el destino del hombre menos de las fuerzas impersonales y quizás accidentales, y más del control humano consciente?.


Hay muchas características de nuestra situación que sugieren en forma vigorosa que esto puede ser así y que el intento de realizar algunas de las ambiciones más acariciadas y más generalmente mantenidas de nuestra época, nos ha llevado por un sendero fatal a la preservación de las conquistas más grandes del pasado. La similitud de muchos de los rasgos característicos de los regímenes “fascista” y “comunista” se hace cada vez más obvia. No pocos de los líderes intelectuales más avanzados del socialismo han admitido en forma abierta que la persecución de sus fines no es posible sin una limitación severa de la libertad individual. El pasado intelectual de los líderes autoritarios, así como el hecho de que en los estados fascistas se mire con frecuencia a un socialista como a un recluta potencial, mientras al liberal de la vieja escuela se le tiene como el archienemigo, sugieren una filiación de ideas muy diferente de la que es común suponer.

Sin embargo, es sobre todo los efectos del avance gradual hacia el colectivismo en los países que todavía acarician la tradición de libertad en sus instituciones sociales y políticas, lo que da pasto al pensamiento. La queja acerca del “nuevo despotismo” de la burocracia puede haber sido prematura y exagerada; pero quien quiera que haya tenido una oportunidad de mirar de cerca la evolución intelectual de los países que al fin sucumbieron al autoritarismo, no puede dejar de observar un cambio muy semejante, en una etapa mucho menos avanzada, en los países que aun son libres. Y muchos cambios que en sí mismos parecen bien inocentes, toman un aspecto enteramente diferente si se ven en ese escenario.

Se habla mucho acerca de los “peligros de la libertad” y de la prontitud declarada a “defenderla” contra los perversos designios de intereses siniestros. ¿Pero estamos ciertos de que sabemos con exactitud en dónde está el peligro que acecha a la libertad? ¿No debemos, al menos, detenernos y preguntar si la amenaza puede tener sus raíces en nuestras propias ambiciones y luchas? ¿Es tan evidente, como muchos creen, que el surgimiento de los regímenes fascistas fue simplemente una reacción intelectual fomentada por aquellos cuyos privilegios dañaba el progreso social? Es verdad, sin duda, que la dirección de los asuntos en estos países se arrebató de las manos de las clases obreras para ponerla en las de una oligarquía más eficiente. Pero los nuevos gobernantes ¿no se han adueñado de las ideas y los métodos fundamentales de sus opositores socialistas y comunistas transformándolos simplemente para sus propios fines?

Las posibilidades decisivas que sugiere tal análisis merecen atención mayor. Si fuera justa la sospecha de que la dilatación del control del estado sobre la vida económica, que tanto se desea, llevara necesariamente a la supresión de la libertad intelectual y cultural, esto significaría que estamos siendo testigos de una de las más grandes tragedias de la historia de la raza humana: más y más gente está siendo arrastrada por su indignación acerca de la supresión en algunos países de la libertad política e intelectual, para unirse a las fuerzas mismas que hacen inevitable la supresión final de su propia libertad. Esto significaría que muchos de los abogados más activos y sinceros de la libertad intelectual son, de hecho, sus peores enemigos, muchos más peligrosos que sus opositores declarados porque llevan al movimiento colectivista que de manera final destruye la libertad intelectual tanto como la económica, el apoyo de quienes retrocederían de horror si entendieran estas consecuencias.

Por supuesto que no es una nueva idea la de que la dirección central de la actividad económica pudiera implicar la destrucción de la libertad y de las instituciones democráticas. Con frecuencia se ha afirmado dogmáticamente tal cosa, y negado vehementemente con más frecuencia aún. En un symposium reciente sobre “sociedad planeada”, encontramos a autor tras autor, preocupados en este problema, lo mismo repitiendo la acusación como intentando negarla. En realidad el profesor Gustav Cassel expone allí su temor con una claridad que no deja nada que desear. Escribe:
La economía planeada tenderá siempre a convertirse en dictadura … la experiencia ha demostrado que los cuerpos representativos son incapaces de llenar todas las múltiples funciones conectadas con la dirección económica, sin verse envueltos más y más en la lucha entre intereses encontrados, con la consecuencia de una decadencia moral que termina en la corrupción del partidosi no en la individual. Solo restricciones deliberadas y prudentes a las funciones parlamentarias pueden salvar al gobierno representativo. La dictadura económica es mucho más peligrosa de lo que la gente cree. Una vez establecido el control autoritario, no siempre será posible limitarlo al campo económico.

Sería útil inquirir si esto tiene que ser así necesariamente, o si, como aún el profesor Cassel sugiere a medias, la coincidencia es accidental.

Un examen cuidadoso de la transición sufrida por países que hasta hace poco parecían los más “avanzados” en la esfera social y política y que ahora han pasado a una etapa a la que nos inclinamos a asociar con el distante pasado en realidad revela un marco de evolución que sugiere que no fueron accidentes históricos desafortunados, sino que una similitud de los métodos aplicados para alcanzar fines ideales, ideales que aprobaban casi todos los hombres de buena voluntad, tenían que producir consecuencias por completo imprevistas. Se hará aquí un intento para destacar estas conexiones que pueden descubrirse entre la economía planeada y la dictadura y demostrar porque deben mirarse como un marco más o menos inevitable, dictado por características que están entretejidas con la idea misma de una sociedad planeada.

El punto principal es muy simple. Es que la planeación económica general, a la que se mira como necesaria para organizar la actividad económica dentro de lineamientos más racionales y eficientes, presupone un acuerdo mucho más completo sobre la importancia relativa de los diferentes fines sociales del que en realidad existe, y que, en consecuencia, la autoridad planeadora, para que le sea posible planear, debe imponer a la gente el código detallado de valores que falta. Imponer tal detalle significa más que leer solo un código, detallado en vagas fórmulas generales que la gente está dispuesta a veces a aceptar con relativa facilidad. Debe hacerse creer a la gente en el código particularizado de valores, porque el éxito o el fracaso de la autoridad planeadora puede depender, de dos maneras diferentes, de si tiene éxito en crear esa creencia. Por una parte, sólo si la gente cree en los fines a los que el plan conduce, obtendrá el apoyo entusiasta necesario; por otra se considerará feliz el resultado sólo si los fines alcanzados los considera justos la generalidad.

II

Una exposición más completa debe empezar con los problemas que surjan cuando una democracia se embarca en la corriente de la planeación económica. Aun cuando las consecuencias políticas cabales de la planeación se revelan, por lo general, sólo después de que han conducido a la destrucción de la democracia, es durante ese proceso de transición cuando puede verse mejor por qué la libertad personal y la dirección central de los asuntos económicos son irreconciliables y en dónde surge el conflicto.

Antes de abordar esa tarea, es necesario, sin embargo, despejar la niebla de confusión y ambigüedad que envuelve al término “planeación”. A menos de ser muy cuidadoso a este respecto, hay un gran peligro de que la vaguedad del término conduzca a argumentar con propósitos encontrados y de que la fuente real del peligro ante el cual estamos se malentienda. Incidentalmente, estas reflexiones pueden capacitarnos para obtener una distinción algo más aguda entre el verdadero liberalismo que, podrá argüirse, sólo es compatible con la libertad, y el socialismo y el colectivismo en todas sus formas que como el razonamiento demostraráno puede reconciliarse con las instituciones libres y democráticas.

La confusión acerca de la cual hablamos es particularmente peligrosa porque la planeación en el sentido estricto, sobre la cual gira toda la controversia, debe en gran parte su general atracción al hecho de que la misma palabra “planeación” se aplica también para describir la aplicación de la razón a los problemas sociales en general aplicación que, sin duda, es indispensable si queremos tratar estos asuntos con inteligencia, y a la que es imposible objetar en un terreno racional. El llamado a la razón que lleva en sí la palabra “planeación” a causa de esta segunda connotación, probablemente explica en buena parte su popularidad cuando se usa con vaguedad. Sin embargo, hay un mundo de diferencias entre la planeación económica en el sentido estricto del término y la aplicación de la razón a los problemas sociales en general.

Podemos “planear” un sistema de reglas generales, aplicables de igual manera a toda la gente y con intención de que sean permanentes, aun cuando sujetas a revisión al crecer los conocimientos, que provee de un marco institucional dentro del cual se deja a los individuos las decisiones de lo que hay que hacer y cómo ganarse la vida. En otras palabras, podemos planear un sistema en el cual se da a la iniciativa individual el campo más amplio posible y la mejor oportunidad de obtener una coordinación efectiva del esfuerzo individual. O podemos “planear” en el sentido de que la acción concreta de los diferentes individuos, la parte que cada persona debe representar en el proceso social de producciónqué es lo que hará y cómo lo hará lo decida el agente planeador. Planeación en el primer sentido significa que la dirección de la producción se ocasiona por la combinación libre del conocimiento de todos los participantes, con precios que trasmiten a cada uno la información que los ayuda a relacionar sus acciones con las de los otros. Sin embargo, la planeación de los planeadores de nuestra épocala dirección central de acuerdo con una calca social preconcebidaimplica la idea de que algún grupo de individuos, o en último caso alguna mente individual, decide por la gente lo que ésta debe hacer en cada momento.

Mientras haya esta distinción entre la construcción de un sistema legal racional bajo cuyo imperio la gente será libre para seguir sus preferencias, y un sistema de órdenes específicas y prohibiciones, es bastante clara como principio general, no es fácil definirla con exactitud y a veces es muy difícil aplicarla a un caso concreto. Sin duda esta dificultad ha contribuido más aún a confundir la distinción entre la planeación mediante la libertad y la planeación por medio de la interferencia constante. Es esencial desarrollar algo más esta distinción crucial, si bien hacer un examen satisfactorio de esta cuestión rebasaría los límites de este esquema.

Construyendo un marco racional de reglas generales y permanentes, se crea un mecanismo por medio del cual se dirigirá la producción, pero no se toma una decisión consciente acerca de los fines a los cuales se encamina. Las leyes tienen por mira principal la eliminación de la incertidumbre posible de evitar, estableciendo principios de los cuales puede deducirse en un momento dado, quién puede disponer de determinados recursos, y evitar el error innecesario previniendo el engaño y el fraude. No se hacen estas reglas, sin embargo, con la esperanza de que beneficien a A y dañen a B. Ambos podrán escoger su posición dentro de la ley y ambos se encontrarán en un posición mejor a la que tendrían si no existiera ley alguna. Esta reglas (derecho civil y criminal) son generales no solo en el sentido de que se aplican por igual a todos, sino también en el de que los ayudan a conseguir sus varios fines individuales, de manera que, a la larga, todos tienen oportunidad de beneficiarse de su existencia. El hecho mismo de que la influencia de sus efectos sobre individuos diferentes no pueda preverse, porque se esparcen con demasiada amplitud y se intenta que las reglas mismas permanezcan en vigor por un periodo muy largo, implica que en la formulación de tales reglas no se necesita, o pueda hacerse, una elección deliberada entre la necesidad relativa de diferentes individuos o de grupos diversos, y que el mismo conjunto de reglas es compatible con las más variadas opiniones individuales acerca de la relativa importancia de cosas diferentes.

Ahora bien, debe admitirse que los primeros liberales no se han empeñado consistentemente en la tarea de crear un marco legal racional. Después de vindicar, basados en razones utilitarias, los principios generales de la propiedad privada y de la libertad contractual, se han quedado cortos al aplicar el mismo criterio de conveniencia social a las formas históricas específicas de la ley de propiedad y de contrato. Sin embargo, debiera haber sido obvio que la cuestión del contenido exacto y las limitaciones específicas de los derechos de propiedad, y cómo cuándo el estado obligaría al cumplimiento de contratos, exige tanta consideración por razones utilitarias como el principio general. Por desgracia, sin embargo, muchos de los liberales del siglo XIX, después de haberse satisfecho a sí mismos con la justificación del principio general, cuya aceptación se habían negado, con razón, a admitir como un dictado del derecho natural, se sintieron del todo contentos al aceptar la formulación de la ley de entonces, como si aquella fuera la única concebible y natural. Un cierto dogmatismo a este respecto, que con frecuencia tenía la apariencia de una repugnancia a razonar estos problemas, condujo a un punto muerto prematuro esta clase de planeación, arrojando en el descrédito a la doctrina liberal toda.

La “planeación” en el segundo y más estrecho sentido, que es el tópico de discusión en nuestros días, sería descrita con más exactitud, siguiendo el término francés économie dirigée, como un sistema de “economía dirigida”. Su esencia es que la autoridad central tiene a su cargo el decidir el uso concreto de los recursos disponibles, que las miras y la información de la autoridad central gobiernen la selección de las necesidades que tiene que ser satisfechas y los métodos de su satisfacción. Aquí la planeación no se confina ya a la creación de condiciones que surten su efecto porque los particulares, en sus decisiones, las conocen de antemano y las toman en cuenta. Los reglamentos y las órdenes se hacen con la intención de revisarlas y varían en conexión con un cambio de circunstancias, las cuales, dentro del primer tipo de planeación, hubieran conducido simplemente a un respuesta diversa de los productores interesados. La previsión de los individuos no se usa ya aquí para conseguir que cada cambio en las circunstancias se registre en la estructura de precios en cuanto alguien lo descubra o espere. El conocimiento que guía la producción no es ya el conocimiento combinado de la gente que tiene a su cargo inmediato las distintas operaciones de ella; es el conocimiento de la pocas mentes directrices que participan en la formulación y ejecución de un plan dispuesto conscientemente. El mecanismo de precios, único del que se sabe que puede utilizar el conocimiento de todos, se descarta en favor de un método que utiliza exclusiva y consistentemente el conocimiento y opiniones de unos cuantos. La planeación en este sentido es la que ahora se usa en forma creciente cuando a una industria se le dice que no exceda un cierto límite de producción o que no aumente su equipo; cuando a otra se le impide vender más bajo (o mas alto) de un precio determinado; cuando se prohibe a un propietario explotar cierta mina o cultivar determinada superficie, cuando se restringe el número de talleres o cuando se subvenciona a un productor para que produzca en un lugar y no en otro, y en el número infinito de medidas de un especie similar. Es en particular la planeación en este sentido la que implica, como veremos, toda reorganización de la sociedad según lineamientos socialistas.

No se intenta negar aquí que alguna de planeación central de esta clase será siempre necesaria. Hay campos incuestionables, como la lucha contra las enfermedades contagiosas, en los que el mecanismo de precios no es aplicable, sea porque a algunos servicios no puede ponérseles precio, o por que un objeto evidente, deseado por una mayoría abrumadora, sólo puede alcanzarse si se coerciona a una pequeña minoría opuesta. Sin embargo, el problema que estamos examinando no es si el sistema de precios debe suplementarse o si debe encontrársele un sustituto cuando la naturaleza del caso lo haga inaplicable, sino si debe suplantársele cuando las condiciones para su funcionamiento existen o pueden ser creadas. La cuestión es si podemos conseguir algo mejor por la colaboración espontánea del mercado, y no si han de proporcionarse en alguna otra forma servicios necesarios que no pueden ser objeto de un precio y que, por lo tanto, no podrán obtenerse en el mercado.

La creencia de que la planeación central en ese sentido es necesaria para conseguir una actividad productora más “racional” esto es, para obtener una producción general mayor en algún sentido técnico, de manera que todos salieran ganando con ello es, sin embargo, sólo una de las raíces para clamar por tal planeación. Sería interesante demostrar, si bien imposible dentro del espacio disponible, cómo esta creencia se debe en gran parte a la intromisión en la discusión de los problemas sociales de las preconcepciones del científico puro y del ingeniero, que han dominado la perspectiva del hombre educado durante los cien años últimos. Para una generación educada en estas miras, que ha crecido en medio de esta opiniones, cualquier sugestión de que un orden y una reacción intencionada puedan existir, sin deberes a la acción consciente de una mente directriz, era en sí misma “un desecho medieval”, un retazo de teología ridícula que todas las conclusiones basadas en tales argumentos viciaban y desacreditaban. Sin embargo, puede demostrarse de una manera que nunca ha contradicho quien haya entendido el problema, que la colaboración inconsciente de los individuos en el mercado conduce a la solución de problemas que, aun cuando ninguna mente individual haya formulado jamás estos problemas en una economía de mercado, tendrían que ser resueltos de manera consciente por el mismo principio en un sistema planeado. Dentro del sistema de precios la solución de estos problemas es impersonal y social en el sentido estricto del término; por eso, apenas si podemos indicar de paso el curioso salto intelectual por el cual muchos pensadores, después de ensalzar la sociedad en su conjunto como infinitamente superior e insistir que en cierto sentido es algo más que una mera colección de individuos, todos concluyen pidiendo que no debe dejársela guiar por sus propias fuerzas sociales impersonales, sino que debe estar sujeta al control de una mente directriz, que es, por supuesto, en último análisis, la mente de un individuo.

Tampoco es posible, dentro de los límites de este ensayo, demostrar por qué esta creencia en la mayor eficiencia de una economía planeada no puede defenderse con razones económicas. De cualquier manera, la reciente discusión de estos problemas, por lo menos ha creado grandes dudas acerca de esta creencia, y muchos de los partidarios de la planeación se contentan con la esperanza de tener éxito al hacer llegar tal sistema de planeación, por lo menos en lo que concierne a una racionalidad formal, muy cerca de los resultados de un sistema de competencia. Pero puede decirse con razón que no es ésta la cuestión decisiva. Muchos planeadores se conformarían admitiendo una considerable disminución de la eficiencia si a este precio se pudiera lograr mayor justicia distributiva. Y esto nos lleva en realidad a la cuestión decisiva. La decisión última a favor o en contra del socialismo no puede descansar en un terreno puramente económico, ni basarse en la determinación de si es probable que se obtenga de la sociedad una producción mayor o no menor con los sistemas alterno en cuestión. Las miras del socialismo, al igual que el costo de su logro, pertenecen sobre todo a la esfera moral. El conflicto es más bien de ideales distintos al mero bienestar; por eso la dificultad estriba en que estos ideales en conflicto viven todavía juntos en los pechos de mucha gente sin que ellas se enteren del conflicto. Nuestra elección final habrá de basarse en consideraciones semejantes a las que aquí hemos examinado.

Es verdad innegable que en tanto que a la planeación en el sentido específico no se le pide hacer la producción más racional en algún sentido formal, se la necesita si el relativo bienestar de gente diferente debe hacerse conformar con algún orden preconcebido, y que una distribución de rentas que corresponda a alguna concepción absoluta de los méritos de gente diferente sólo puede alcanzarse por la planeación. De hecho, este argumento de justicia, y no el de la mayor racionalidad, es el único que puede adelantarse legítimamente en favor de la planeación. Es también por la misma razón que todas las formas de socialismo implican la planeación en este sentido específico. La “sociedad” no puede posesionarse de todos los instrumentos materiales de producción sin echarse a cuestas o decidir sobre el propósito y la forma en que habrán de usarse. No es esto menos cierto de los sistemas de “competencia socialista” que se han propuesto recientemente como una solución a las dificultades de cálculo en un sistema más centralizado que en los esquemas más antiguos de la planeación socialista.

También debe añadirse aquí que la planeación de esta clase, si ha de hacerse racional y consistentemente, no puede limitarse por mucho tiempo a la intervención local o parcial en el funcionamiento del sistema de precios. En tanto que la acción del estado se limite a suplementar ese funcionamiento satisfaciendo determinadas necesidades colectivas, o dando a todos la misma seguridad contra la violencia o las enfermedades infecciosas, deja al sistema de precios intacto en su esfera. Pero en cuanto el estado intenta corregir los resultados del mercado y controlar los precios y las cantidades a producir a fin de beneficiar a clases o grupos determinados, será difícil detenerse a mitad del camino. No es necesario pasar revista a los argumentos económicos familiares que enseñan por qué el mero “intervencionismo” se destruye a sí mismo y se contradice, y cómo, si el propósito central de intervención ha de alcanzarse, la intervención debe dilatarse hasta convertirse en un sistema comprensivo de planeación. Pero es pertinente subrayar, en conexión con esto, ciertos factores sociológicos que funcionan en el mismo sentido. Es indudable que la desigualdad se tolera con más facilidad si se debe a accidente, o por lo menos a fuerzas impersonales, que cuando se debe a designio. La gente se someterá al infortunio que puede herir a cualquiera, pero no con tanta facilidad al sufrimiento que es el resultado de la decisión arbitraria de la autoridad. La insatisfacción con la suerte propia crecerá de manera inevitable con la conciencia de que es el resultado de la decisión humana. Una vez que el gobierno se ha embarcado en la planeación en bien de la justicia no puede rehusar la responsabilidad por la suerte de cualquiera. En particular no podrá rehusar protección por las consecuencias de cualquier cambio que se mira como inmerecido. Pero mientras haya un resto de mercado libre, cada cambio individual será en detrimento de algunos, aun cuando el resultado del progreso beneficie a todos al final. Por lo tanto, no hay progreso en el que quien participa en las formas aceptadas para hacer las cosas no tenga interés en detener. Por lo tanto, la gran ventaja del sistema de competencia está exactamente en el hecho de ofrecer un premio a la previsión y a la adaptabilidad y en el hecho de que uno tiene que pagar por él si desea permanecer en una ocupación que ha llegado a ser menos necesaria. Cualquier intento de indemnizar a la gente por las consecuencias de cambios que no han sido previstos por ellos, hace ineficaces las fuerzas del mercado y necesario poner la dirección central en el lugar de ellas.

III

La gran popularidad de que goza hoy la idea de la dirección central en toda actividad económica se explica con facilidad por dos hechos: por una parte, los expertos prometen a la gente mayor bienestar si se “organiza” la industria según lineamientos racionales, y, por otra, que es tan obvio que los fines particulares que cada individuo desea más se alcanzarán por la planeación. Pero si la gente concuerda acerca de la deseabilidad de la planeación en general, sus acuerdos acerca de los fines a los que servirá la planeación tendrán necesariamente que ser reducidos a alguna fórmula general como el “bienestar social”, el “interés general”, el bien común, mayor igualdad o justicia, etc…” La concordancia sobre tal fórmula general, sin embargo, no es suficiente para determinar un plan concreto, aún suponiendo que todos los medios técnicos nos son concedidos. El hecho, triste pero innegable, es que todas estas fórmulas que se usan con tanta libertad, resultan no tener contenido en cuanto intentamos usarlas como guías en cualquier decisión concreta sobre la planeación económica. Esta implica siempre el sacrifico de unos fines en favor de otros, un balancear los costos y resultados, una elección entre posibilidades alternas; por eso la decisión presupone siempre que todos los diferentes fines se alinean en un orden definido de acuerdo con su importancia, un orden que señala a cada objetivo una importancia cuantitativa que nos dice sacrificando qué de otros fines vale la pena intentarlos y qué precio sería demasiado alto.

Para ver las consecuencias últimas que implica, sólo necesitamos visualizar por un momento el tipo de cuestiones específicas que la autoridad planeadora ha de decidir. No sólo tiene que decidir entre, digamos, luz eléctrica para el campesino o baños para el trabajador industrial urbano, sino también de decidir, de tenerse como más importante la instalación de luz eléctrica en cien haciendas que el aprovisionamiento de baños para cincuenta familias de la clase trabajadora, si debiera dar la preferencia a la petición de los campesinos, de poder instalar sesenta baños para familias de la clase trabajadora. El planeador no sólo debe saber si es urgentemente necesario un médico o un profesor adicional; sino que deberá saber cómo escoger, si al costo de preparar tres doctores puede entrenar cinco maestros de escuela, y si puede, al mismo costo, preparar seis maestros, y así por el estilo. La decisión de si un proyecto de construcción de alojamiento ha de iniciarse en una ciudad o en otra, o si la mayor urgencia de las necesidades de un lugar compensa el costo más alto de construir ahí; la decisión de si el costo de una población dispersa es hasta cierto punto mayor o menor que las ventajas estéticas y culturales obtenidas de ahí, solo pueden ser arbitrarias, esto es, no hay , dentro de amplios límites, razones con las que una persona pueda convencer a otra de que una decisión era más razonable que la otra. Sin embargo, el planeador, al tomar una decisión debe dar preferencia, debe crear distinciones de valor o mérito, y, por eso, un plan de conjunto implica de manera inevitable una escala cabal de valores. El acuerdo sobre un plan particular exige, por lo tanto, mucho más que el acuerdo sobre alguna regla ética general; requiere algo más que adhesión a cualquiera de los códigos éticos que hayan existido; requiere para la sociedad como un todo la misma clase de escala completa cuantitativa de valores que la que se manifiesta en la decisión de cada individuo, con la diferencia de que en una sociedad individualista el acuerdo entre los individuos acerca de ella no es necesario ni está presente.

La idea de que un sistema económico completamente planeado o dirigido, puede y se usaría para lograr la justicia distributiva, de hecho presupone la existencia de algo que no existe y que nunca ha existido: un código moral completo en el cual los valores relativos de todos los fines humanos, la importancia relativa de todas las necesidades de todas las diferentes personas, tienen asignado un lugar definido y una importancia cuantitativa definida. Si tal código completo, difícil aun de concebir, existiera, entonces la planeación haría surgir pocas dificultades políticas. Pero ninguna mente sola es lo bastante comprensiva para formarse siquiera una concepción individual de una escala comprensiva de miras y deseos humanos. Y aún menos ha habido o puede haber acuerdo sobre tal código, entre cierto número de individuos, para no hablar de un acuerdo entre la mayoría de ellos. Pero podemos hablar de la existencia de un código ético semejante solo en la medida en que haya ese acuerdo. Tal código completo, que lo requeriría una economía completamente dirigida, tendría que decidir, en efecto, cómo debería hacerse cada acción humana. Ningún código religioso o moral conocido por lo menos entre la gente civilizada, con una alto grado de diferenciación entre los individuos se ha aproximado a tal sistema ni aún en una extensión limitada.

Esta idea de un código ético completo en realidad la idea de cualesquiera diferencias en la comprensión de diferentes códigos morales no es siquiera familiar. Todavía es una idea a la que tenemos que acostumbrarnos la de que hay cuestiones que son “morales” cuando se plantean, pero para las cuales la “moralidad” no da respuesta si no hay valores establecidos sobre la base de lo que hay que decidir y que en consecuencia, tales valores tendrían que crearse deliberadamente si la cuestión fuera a contestarse. Y, sin embargo, es este el problema que hace surgir de manera inevitable la sugestión de que la dirección unificada de la actividad individual deba usarse en servicio de la justicia social, y debemos cuidar de reducir a al mínimo una dificultad solo por tener un carácter con el cual no estamos familiarizados. El hecho es que en cuestiones de esta clase, por no haber constituido un problema para nadie, no ha habido ocasión de buscar una respuesta y menos aún de hacer surgir una opinión común concerniente a ellas. Estas cuestiones pueden contestarse en forma racional y todos los actos de los miembros de una sociedad planeada habrán de guiarse por la respuesta sólo cuando tratamos de hacer explícito en una discusión y decisión deliberadas lo que antes decidía el azar, o por lo menos las fuerzas impersonales del mercado.

Debe al menos indicarse, antes de abandonar este asunto, que al desarrollo de la civilización humana en el pasado lo ha acompañado un movimiento de (en este sentido) sistemas morales más o menos comprensivos. Del miembro de una tribu primitiva cuya vida diaria es una sucesión de actos a los que regula un ritual firmemente establecido, al individuo de una sociedad feudal cuyo status fijo determinan los títulos a la vida a las cuales tiene derecho, hasta nuestros propios días, el desarrollo ha sido hacia un vida en la cual el gusto y la preferencia individuales gobiernan sobre un área cada vez mayor. El cambio que la planeación central hace necesario, requeriría un retroceso completo de esta tendencia por lo cual las reglas moralesy legales han tenido por centurias a convertirse en más formales y generales y menos específicas.

Pero nuestro problema no es ahora si debemos o no tener un código moral completo y comprensivo que proporcione una base de planeación en aras de la justicia social, generalmente aceptada. La cuestión es si existe algo próximo a tal código completo, esto es si la mayoría de la gente;, o aun solo aquellos a quienes los demás miran como los mejores y más prudentes, están de acuerdo por lo menos en los principales problemas de valor que un intento de planeación haría surgir. Y no puede haber duda de que la respuesta a esto es negativa: no podrán encontrarse cuando se las necesite; habrán de crearse.

IV

Estas excursiones por lo que puede parecer remota especulación sobre cuestiones de filosofía moral, no dejan de ser pertinentes a nuestro problema concreto. Podemos volver ahora a la cuestión de lo que pasa cuando una democracia empieza a planear y descubre que estas consideraciones generales tienen aquí aplicación inmediata. El hecho de que un cierto acuerdo, que no existe en una sociedad libre, lo requiera el fin de traducir el acuerdo aparente sobre la deseabilidad de la planeación en un acción concreta, tiene dos consecuencias importantes. En primer lugar, es la causa de la notoria inhabilidad de las asambleas democráticas para realizar lo que en apariencia es el deseo expreso de la gente, porque solo cuando las instrucciones vagas tienen que traducirse en acciones específicas, es cuando la falta real de ajuste se manifiesta. El segundo efecto de la misma causa, que aparece siempre que una democracia intenta planear, es la admisión de que si la planeación eficiente debe hacerse en un campo particular, la dirección de los asuntos debe “sacarse de la política” y ponerse en manos de funcionarios permanentes o de cuerpos autónomos. Usualmente se justifica esto por el carácter “técnico” de la decisión a tomar, carácter para el cual los miembros de una asamblea democrática no están calificados. Pero esta excusa no va a la raíz del asunto. Las alteraciones en la estructura del derecho civil no son menos técnicas y no más difíciles de apreciar en todas sus implicaciones; sin embargo, nadie ha sugerido todavía, seriamente, que su legislación debe delegarse a un cuerpo de expertos. El hecho es que en estos campos la legislación no se llevará más lejos de lo que pueden permitir las reglas generales sobre las cuáles existen el acuerdo de una verdadera mayoría. Pero en la dirección de la actividad económicade transporte o de planeación industrial los intereses por reconciliar son tan divergentes que ningún acuerdo verdadero sobre un plan único puede alcanzarse en una asamblea democrática. Cualquier decisión implica entonces la elección directa y consciente entre la satisfacción de necesidades particulares de un grupo y las de otro. Con frecuencia habrá una gran mayoría a quien se afecta ligeramente en un sentido y unos pocos afectados en otro. Si la acción fuera a depender del acuerdo de una mayoría numérica, ninguna acción podría ejecutarse. Pero con el propósito de poder extender la acción más allá de las cuestiones sobre las que existe el verdadero acuerdo, las decisiones se reservan a unos cuantos representantes de los “intereses” más poderosos.

Pero este expediente de “delegación” no es bastantes efectivo para apaciguar la insatisfacción que debe crear la importancia de la democracia entre todos los amigos de la planeación extensiva. La delegación de decisiones especiales a numerosas organizaciones separadas presenta en si misma un nuevo obstáculo para la coordinación propia de los planes en campos diferentes. Aun si, por este expediente, la democracia tiene éxito al planear cada sector de la vida económica por separado, todavía seguirá siendo impotente con respecto a la tarea mayor de un plan comprensivo para todos los sectores considerados en conjunto. Muchos planes especiales no forman todavía un todo planeado; de hecho, como los planeadores deben ser los primeros en admitir, pueden ser peores que ningún plan. Pero como es natural, la legislatura vacilará en delegar las decisiones sobre problemas realmente vitales. Al final, el acuerdo de que la planeación es necesaria, al par que la inhabilidad de las asambleas democráticas para concordar un plan determinado, debe reforzar la demanda de que al gobierno, o a un solo individuo, se le deben dar poderes para actuar bajo su propia responsabilidad. Cada vez se acepta más y más la creencia de que si uno quiere conseguir las cosas hechas, el director responsable de los asuntos debe libertarse de las trabas de los procedimientos democráticos”

Es un hecho de la máxima importancia el de que el creciente descrédito en que ha caído el gobierno democrático se debe a que sobre la democracia han caído tareas para las cuales no está preparada. Es este un hecho que todavía no se reconoce en forma adecuada. El gobierno por acuerdo sólo es posible si su acción se limita a objetos sobre los cuales la gente tiene opiniones comunes. Si primero decimos que debe actuar sobre cierta cuestión e inquirimos después si existe acuerdo sobre cómo debe actuar, podemos encontrarnos con que tenemos, o que obligar a la gente a concordar, o a abandonar el gobierno por acuerdo o ambas cosas. Y mientras más se extienda la esfera de acción del gobierno, mayor es la posibilidad de que surja esta situación. La posición fundamental es simplemente que la probabilidad de acuerdo de una porción importante de la población sobre un método particular de acción decrece a medida que la esfera de actividad del estado se dilata. Hay ciertas funciones del estado sobre cuyo ejercicio debe existir, prácticamente, la unanimidad; habrá otras sobre las cuales existirá el acuerdo de una mayoría importante, y así hasta llegar a campos en los que, si bien cada individuo pudiera desear que el estado interviniera en algún sentido, habrá casi tantas consideraciones acerca de cómo debe actuar el gobierno, cuántas personas diferentes haya.

El gobierno democrático trabajó con éxito en tanto que, mediante un credo ampliamente compartido, las funciones del estado se limitaron a campos en los que podía alcanzarse un acuerdo real entre una mayoría. El precio que tenemos que pagar por un sistema democrático es la restricción de la acción del estado a los campos en donde puede obtenerse el acuerdo; este es el gran mérito del credo liberal: reducir la necesidad de acuerdo a un mínimo compatible con la diversidad de opiniones individuales que existirían en una sociedad libre. Con frecuencia se dice que la democracia no toleraría el capitalismo. Si “capitalismo” significa aquí una sociedad de competencia basada en una disposición libre de la propiedad privada, es mucho más importante observar que sólo el capitalismo hace posible la democracia. Y si un pueblo demócrata llega a estar bajo la racha de un credo anticapitalista, querrá decir que la democracia se destruirá a si misma de manera inevitable.

Si la democracia tuviera que abdicar su control sobre la vida económica, aun pudiera mirarse esto como un mal menor comparado con las ventajas que se esperan de la planeación. En realidad muchos de los partidarios de la planeación se dan plena cuentay tienen que rendirse ante el hechode que si la planeación tiene que ser democracia efectiva, habrá que echarla por la borda en cuanto toca a la legislación económica. Mr. Stuart Chase cree que puede asegurarnos que la “democracia política puede subsistir si no toca las cuestiones económicas”. Es, sin embargo, una falacia fatal creer que el gobierno autoritario puede limitarse a asuntos económicos. El hecho trágico es que la dirección autoritaria no puede restringirse a la vida económica, sino que está obligada a extenderse y a convertirse en “totalitaria” en el sentido estricto de la palabra. El dictador económico pronto se verá forzado, aún contra sus deseos, a asumir la dictadura sobre toda la vida política y cultural del pueblo. Ya hemos visto que el planeador no sólo debe traducir los “fines”, vagos y generales, que rigen la aprobación popular en una escala de valores concreta y detallada, sino que también debe, si quiere actuar, hacer creer al pueblo que el código de valores particular y detallado que él impone, es el justo. Se ve forzado a crear esta unicidad de propósito que fuera de las crisis nacionales como la guerra  falta en una sociedad libre. Más aún, si ha de permitírsele llevar a cabo el plan que él cree justo, debe retener el apoyo popular esto es, debe aparentar, a toda costa, tener éxito.

Es en vano condenar al dictador llevado al poder por el deseo universal, por el uso consistente y enérgico de los poderes del estado para hacer enchufar dentro de sus planes los deseos y ambiciones de la gente. La acción “racional” solo es posible al servicio de un sistema dado de fines, y si la sociedad como un todo va a actuar racionalmente, debe dársele una escala completa de valores. El dictador descubrirá desde un principio que si quiere realizar el deseo del pueblo, tendrá que decirles lo que éste debe desear. No necesitamos ir a los países autoritarios para encontrar ejemplos de esta tendencia. No hace mucho, Mr. Henry A. Wallace encontró necesario advertir al pueblo americano “que el apego nacional firme a una ruta fija, internacional o intermedia, requiere también un cierto grado de opinión regimentada”. ¿Qué podemos esperar de un hombre que tiene que organizar un plan gigantesco, si es ésta la lección que saca un hombre de estado responsable de los experimentos comparativamente moderados de planeación hechos en los Estados Unidos? Si no hay actividad ni relación humana que deje de regular el estado, ¿cómo puede quedar libre la opinión acerca de estas cosas?

La decisión del planeador acerca de la importancia relativa de fines en conflicto, es por necesidad una decisión acerca de los méritos relativos de diferentes grupos e individuos. La planeación se convierte necesariamente en planeación a favor de unos y en contra de otros. En efecto, los gobiernos autoritarios admiten esto cuando insisten en el predominio de la política sobre la economía; y uno de los principales sociólogos de la Alemania actual lo ha establecido así en forma explícita, al escribir:

Planear significa, en el más alto grado, tomar posiciones a favor y en contra de distintas fuerzas e intereses, un compromiso de larga duración a favor de un lado o de otro… El hecho de que la planeación signifique tomar partido o de otro… El hecho de que la planea presentando intereses particulares determinados como los intereses de todos…

Claro que el problema no es el de que las diferentes personas afectadas no tengan las opiniones más decididas acerca de los méritos relativos de sus respectivos deseos; más bien es el de que estas opiniones son irreconciliables. Pero para que el terreno en el cual descansan las decisiones más o menos arbitrarias de la autoridad deba parecer justo, ha de basarse en algún ideal fundamental en el cual se supone que todos creen. La distinción inevitable entre las personas debe transformarse en una distinción de rango, más conveniente y naturalmente, basada en el grado en que la gente participe y apoye con lealtad el credo del gobernante. Y aclara más la posición si la aristocracia de credo, en el extremo de la escala, corresponde, en el otro, una clase de descastados, cuyos intereses pueden sacrificarse en todos los casos a los de las clases privilegiadas.

Por lo tanto, la conformidad con las ideasguias no puede mirarse como un mérito especial, aún cuando los que sobresalen por su devoción al credo sean premiados. Aquélla debe exigirse de todos. Toda duda que se arroje sobre la rectitud de los fines buscados o de los medios escogidos, conduce a disminuir la lealtad y el entusiasmo, y, por lo tanto, debe tratarse como sabotaje. La creación e imposición del credo común y de la creencia en la sabiduría suprema del gobernante se convierte en un instrumento indispensable para el éxito del sistema planeado. El uso sin misericordia de todos los posibles instrumentos de propaganda y la supresión de toda expresión de oposición, no es un acompañamiento accidental de un sistema con dirección central, sino que es una parte esencial de él. No puede limitarse la coerción moral a aceptar el código ético en el que se funda todo el plan. Está en la naturaleza de las cosas que muchas de las partes de este código, muchas de las partes de la escala de valores sobre las que se funda el plan, nunca podrán formularse explícitamente. Solo existen implícitas en el plan. Pero esto significa que cada parte del plan, de hecho toda la acción del gobierno o de sus agencias, deben volverse sacrosantas y estar exentas de toda crítica.

Sin embargo, sólo por la fuerza es posible suprimir la expresión pública de la crítica. Pero la dudas que nunca se manifiestan y la vacilación que nunca se expresa tienen efectos igualmente insidiosos, aún existiendo sólo en la mente de la gente. Todo lo que pueda inducir al descontento debe apartarse de ella. Las bases de comparación con las condiciones en otras partes, el conocimiento de posibles alternativas del camino tomado, la información que pueda sugerir fracaso de parte del gobierno para vivir de conformidad con sus promesas, para sacar ventaja de las oportunidades para mejorar la suerte del pueblo, todo esto debe suprimirse. En consecuencia, no hay campo en el que no quiera implantarse el control sistemático de las informaciones. No es accidental que el gobierno que pretenda planear la vida económica sostenga su carácter totalitario: no puede hacer otra cosa si desea permanecer fiel a la intención de planear. La actividad económica no es un sector de la vida humana que pueda separarse del resto; es la administración de los medios con los cuales tratamos de alcanzar todos nuestros diferentes fines. Quien quiera que se haga cargo de estos medios, debe determinar cuáles fines van a servirse, qué valores van a tratarse más alto y cuáles más bajo, en suma en qué hombres debe creerse y apoyar. Y el hombre mismo se convierte en poco más que un medio para la realización de las ideas que deben guiar al dictador.

Quizás no sea innecesario añadir aquí que esta supresión de la libertad individual no es tanto el resultado de la transición de la democracia a la dictadura, como ambas lo son de la enorme dilatación del campo de acción del gobierno. Aun cuando, indudablemente, la democracia es, hasta cierto punto, una salvaguardia de la libertad personal y su decadencia se debe al hecho mismo de que dificulta la supresión de la libertad, nuestro problema no es principalmente el de un cambio constitucional en el sentido estrictamente político. No puede haber duda de que en la historia ha habido con frecuencia mucha más libertad cultural y política bajo un régimen autocrático, que bajo algunas democracias, y por lo menos es concebible que bajo el gobierno de una mayoría homogénea y doctrinaria, el gobierno democrático pueda ser tan opresivo como la peor dictadura. El punto no es que cualquier dictadura debe de manera inevitable borrar la libertad, sino que la planeación lleva a la dictadura porque la dictadura es el instrumento más efectivo de coerción y compulsión de ideales, y, como tal, es esencial para hacer posible la planeación central en gran escala. Una verdadera “dictadura de proletariado”, aún de forma democrática, si emprendiera la dirección de la actividad económica, probablemente destruiría los últimos vestigios de libertad personal en forma tan completa como cualquier autocracia.

V

Asusta que para muchos de nuestros contemporáneos este cuadro, aún reconociendo su fidelidad, ha perdido mucho del terror que hubiera inspirado en nuestros padres. Claro que siempre ha habido muchos para quienes la coerción intelectual es objetable sólo si la ejercen otros, mirándola como benéfica si se pone al servicio de fines que aprueban. ¿Cuántos de los intelectuales exiliados de los países autoritarios estarían bien dispuestos a aplicar la coerción intelectual, que condenan en sus opositores, para hacer creer a la gente en sus propios ideales, suministrando, de manera incidental, otro ejemplo del parentesco cercano entre los principios fundamentales del fascismo y el comunismo? Pero, si bien la época liberal probablemente estuvo más libre de coerción intelectual que cualquiera otra, el deseo de forzar un credo en la gente que considera saludable para ésta, no es por cierto fenómeno nuevo o peculiar de nuestro tiempo. Lo que es nuevo es el intento de nuestros intelectuales socialistas para justificarlo. No hay libertad real de pensamiento, así se dice, porque las opiniones y los gustos de las masas los conforman de manera inevitable, la propaganda, el anuncio, el ejemplo de las clases altas y otros factores del medio ambiente que de manera inplacable encauzan el pensamiento de la gente dentro de rutinas rancias. Pero si, el argumento prosigue, los ideales y los gustos de la gran mayoría los determinaran factores que están bajo el control humano, podemos usar este poder para cambiar sus pensamientos hacia un sentido que juzgamos deseable. Esto es, del hecho de que la gran mayoría no ha aprendido a pensar con independencia, sino que acepta ideas ya hechas, se saca la conclusión de que se justifica el que un grupo particular de gentecon seguridad quienes abogan por elloasuma por si mismo el poder exclusivo para determinar lo que la gente debe crear.

No intento negar que para la gran mayoría la existencia o inexistencia de la libertad intelectual significa poco para su felicidad personal; tampoco que serán igualmente felices si nacen o se engatusan en una serie de creencias y no en otras, y si han llegado a acostumbrarse a una clase de entretenimiento o a otra. Es probablemente muy cierto que en toda sociedad la libertad de pensamiento tendrá una significación directa o un sentido real sólo para una pequeña minoría. Pero abogar en contra del valor de la libertad intelectual porque nunca dará a todos la misma oportunidad para pensar independientemente, es no alcanzar las razones que dan a la libertad intelectual su valor. Lo esencial para hacerla servir sus funciones como principio motor del progreso intelectual, no es que todos deban pensar o escribir cualquier cosa, sino que toda causa o toda idea pueda ser defendida por alguien. En tanto que el disentimiento no se suprima de veras, habrá siempre alguien que quiera inquirir acerca de las ideas que rigen a sus contemporáneos y someter a la prueba de la discusión y la propaganda nuevas ideas. El proceso social que llamamos razón humana, y que consiste en la interacción de los individuos que poseen diferente información y diferentes perspectivas, algunas veces consistentes, otras en conflicto, sigue adelante. Una vez dada la posibilidad de disentir, habrá disidentes, aun cuando esa pequeña la proporción de la gente capaz de pensar con independencia. Al progreso intelectual sólo puede detenerlo la imposición de una doctrina oficial que debe ser aceptada y a la que nadie se atreve objetar.

Quizás deba verse y apreciarse en la realidad de alguno de los países totalitarios, para sondear cómo la imposición de un credo autoritario y comprensivo ahoga por completo todo espíritu de examen independiente, cómo destruye el sentido del significado de la verdad, excepto el de la conformidad con la doctrina oficial, y cómo las diferencias de opinión en todas las ramas del conocimiento se convierten en conflictos políticos que la intervención de la autoridad debe decidir. Sin embargo, la experiencia indica que hay aun muchos dispuestos a sacrificar la libertad intelectual porque no representa la misma oportunidad para todos. Es seguro que no se dan cuenta de lo que se juegan. En realidad el gran peligro viene del hecho de que damos por supuesta la herencia de la época liberal, y de que hemos llegado a mirarla tan
confiadamente como la propiedad inalienable de nuestra civilización, que no podemos concebir en forma cabal lo que significaría si la perdiésemos. Empero, la libertad y la democracia no son dones gratuitos que serán nuestros con solo desearlo. Parece haber llegado el momento en que una vez más sea necesario tener plena conciencia de las condiciones que las hacen posibles y defender estas condiciones, aún si han de cerrar el camino al logro de ideales opuestos.

El peligro con el que se enfrenta nuestra generación no es sólo el proceso de experimentación al cual debemos todo el progreso en la esfera social y en las demás deba conducirnos al error. El peligro es más bien que demos fin al proceso mismo de experimentación. Si el experimento de la planeación lleva a la desaparición de las instituciones libres, no habrá entonces oportunidad, para la corrección de esa equivocación. Una vez que el único método de cambio pacífico inventado hasta aquí, la democracia, (esa admirable convención de “contar cabezas con el fin de ahorrarse la molestia de romperlas”), se haya acabado, se cierra el camino para una corrección pacífica de un error, una vez cometido. Los que están en el poder, que deben a este error no sólo su posición, sino lo que es más significativo, la oportunidad para lograr sus ideales, no lo reconocerán, y, por lo tanto, no lo corregirán; y nadie más tendrá la oportunidad de hacerlo. Con un optimismo del todo injustificado, un escritor reciente predijo que en una generación, los “planeadores” y todas sus obras serían barridos por una violenta reacción del sentimiento si la estabilidad material que prometían tuviera que comprarse al precio de la opresión intelectual y espiritual. Debe parecer dudoso en extremo, en vista de la fuerza sin precedente que da al estado la técnica moderna de propaganda sobre la mente de la gente, si una reversión de las tendencias intelectuales provenientes de las fuerzas internas de los grupos organizados, fuera aun posible después de que la maquinaria de control haya sido establecida con firmeza. Es más probable que la lucha por la supervivencia de ideas tome entonces la forma de una guerra de ideologías entre las naciones, que, aún llevando la supervivencia del grupo más eficientemente organizado, bien puede significar la destrucción de todo lo que para nosotros representa la grandeza de la humanidad.”



El final del laissez-faire (J.M. Keynes, 1926)
Junio 19, 2009, 5:04 pm
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“El siguiente paso adelante debe venir, no de la agitación política o de los experimentos prematuros, sino del pensamiento. Necesitamos aclarar nuestros propios sentimientos mediante un esfuerzo de la mente. En la actualidad, nuestra simpatía y nuestra opinión propenden a estar en lados diferentes, lo que constituye un estado mental angustiado y paralizante. En el campo de la acción, los reformadores no tendrán éxito hasta que puedan perseguir firmemente un objetivo claro y definido, con sus inteligencias y sentimientos en sintonía. No hay ningún partido en el mundo, en el momento actual, que me parezca estar persiguiendo objetivos correctos por medio de métodos correctos. La pobreza material proporciona el incentivo para cambiar precisamente en situaciones en las que hay muy poco margen para la experimentación. La prosperidad material suprime el incentivo precisamente cuando no sería arriesgado probar suerte. Europa carece de medios, América de la voluntad, para dar algún paso. Necesitamos una nueva serie de convicciones que broten naturalmente de un sincero examen de nuestros propios sentimientos íntimos en relación con los hechos exteriores.”

John Maynard Keynes by Duncan Grant

En definitiva, el aspecto sobresaliente de este ensayo escrito por el gran economista inglés, J.M. Keynes, radica en el rompimiento con la ortodoxia neoclásica, y aunque mucha de su obra se desarrolla bajo la gran coyuntura de los años treinta, no por ello se desestima su pensamiento en la condición de la economía actual. También es notable el hecho de que por aquel entonces, su debate con otro gran economista, Hayek, haya rendido frutos de análisis para explicar las depresiones económicas. Desgraciadamente y aunque las políticas económicas de Keynes hayan caído en un marcado fiscalismo, –de tal suerte que se relaciona la economía keynesiana con este último,– el corolario final es una economía mínimamente regulada, por lo menos en teoría, de las economías en la sociedad de Estados. Con la debacle actual, salta a la vista la necesidad insituciones regulatorias que lo sean en realidad y no sólo de derecho o nominalmente. Finalmente, en su acepción de ideología política, la crítica al laissez-faire no es un llamado al cambio inmediato, sino a la transición de esa misma ortodoxia a una mayor consideración social que al parecer únicamente es atendida en épocas de crisis.

“Este ensayo, que fue publicado como opúsculo por Hogarth Press en julio de 1926, se basó en la conferencia Sidney Ball, pronunciada por Keynes en Oxford, en noviembre de 1924, y en una conferencia dictada por él en la Universidad de Berlín, en junio de 1926. Los capítulos IV y V se utilizaron en Essays in persuasion.

I

La disposición hacia los asuntos públicos, que de modo apropiado sintetizamos como individualismo y laissez-faire, tomó su alimento de muchas y diversas corrientes de pensamiento e impulsos sentimentales. Durante más de cien años nuestros filósofos nos gobernaron porque, por un milagro, casi todos ellos estuvieron de acuerdo o parecieron estarlo en esta única cosa. Todavía ahora no bailamos con otro ritmo. Pero se percibe un cambio en el ambiente. Sin embargo, oímos confusamente las que antaño fueron las más claras y distintas voces’ que siempre han inspirado al hombre político. La orquesta de diversos instrumentos, el coro de sonido armonioso, se aleja finalmente en la distancia.

Al final del siglo XVIII, el derecho divino de los reyes cedió su lugar a la libertad natural y al contrato, y el derecho divino de la Iglesia al principio de tolerancia y a la opinión de que una Iglesia es «una sociedad voluntaria de hombres», que caminan juntos, de una manera que es «absolutamente libre y espontánea» (1). Cincuenta años más tarde, el origen divino y el imperativo categórico del deber cedieron su lugar al cálculo utilitario. En manos de Locke y Hume, estas doctrinas fundamentaron el individualismo. El contrato supone derechos en el individuo; la nueva ética, no siendo más que un estudio científico de las consecuencias del egoísmo racional, colocó al individuo en el centro. «El único esfuerzo que pide la Virtud» -dice Hume- «es el del cálculo justo y una constante preferencia por la mayor Felicidad» (2). Estas ideas estaban de acuerdo con las nociones prácticas de conservadores y letrados. Ellas proporcionaron un fundamento intelectual satisfactorio para los derechos de propiedad y la libertad del individuo para hacer lo que le plazca consigo mismo y con lo que le pertenece. Ésta fue una de las contribuciones del siglo XVIII al ambiente que todavía respiramos.

La finalidad de ensalzar al individuo fue deponer al monarca y a la Iglesia; el efecto -a través de la nueva significación ética atribuida al contrato- fue el de afianzar la propiedad y la norma. Pero no tardaron en levantarse nuevamente las protestas de la sociedad contra el individuo. Paley y Bentham aceptaron el hedonismo utilitarista (3) de las manos de Hume y sus predecesores, pero ampliándolo a la utilidad social. Rousseau tomó el Contrato Social de Locke y dedujo de él la Voluntad General. En todos los casos la transición se realizó en virtud del nuevo énfasis puesto sobre la igualdad. «Locke aplica su Contrato Social para modificar la igualdad natural de la humanidad, en tanto esta expresión implica igualdad de propiedad o incluso de privilegio, atendiendo a la seguridad general. En la versión de la igualdad según Rousseau, no es sólo el punto de partida, sino la finalidad» (4).

Paley y Bentham llegaron al mismo destino, pero por caminos diferentes. Paley evitó una conclusión egoísta a su hedonismo por medio del Dios de la máquina. «La Virtud» -dijo­ «es hacer el bien a la humanidad, por obediencia a la voluntad de Dios, y por amor de la felicidad eterna»; volviendo de esta manera a la paridad entre yo y los otros. Bentham llegó al mismo resultado por la pura razón. No existe fundamento racional, argumentó, para preferir la felicidad de un individuo, aunque sea uno mismo, a la de cualquier otro. Por tanto, la mayor felicidad del mayor número es el único objeto racional de la conducta, tomando la utilidad de Hume, pero olvidando este ‘corolario cínico del hombre sagaz: «No es contrario a la razón preferir la destrucción del mundo entero a un arañazo de mi dedo, No es contrario a la razón escoger para mí la ruina total para evitar la más pequeña incomodidad de un indio o de una persona totalmente desconocida para mí… La razón es y sólo debe ser la esclava de las pasiones y no puede pretender nunca otra tarea que servirlas y obedecerlas»,

Rousseau dedujo la igualdad del estado de la naturaleza, Paley de la voluntad de Dios, Bentham de una ley matemática de indiferencia, Así entraron la igualdad y el altruismo en la filosofía política, y a través de Rousseau y Bentham conjuntamente pasaron a la democracia y al socialismo utilitarista,

Ésta es la segunda corriente -surgida de controversias muertas desde hace tiempo y arrastradas en su camino por falacias largamente explotadas- que todavía impregna nuestra atmósfera de pensamiento, Pero ésta no ha eliminado la corriente anterior. Se ha mezclado con ella, Los primeros años del siglo XIX realizaron la milagrosa unión, Ella armonizó el individualismo conservador de Locke, Hume, Johnson y Burke con el socialismo y el igualitarismo democrático de Rousseau, Paley, Bentham y Godwin (5).

Sin embargo, hubiera sido difícil que esa época alcanzara esta armonía de cosas opuestas si no hubiera sido por los economistas, que surgieron precisamente en el momento oportuno, La idea de una armonía divina entre las ventajas privadas y el bien público es ya evidente en Paley, Pero fueron los economistas quienes dieron a la noción una buena base científica, ¡Supone que por la acción de las leyes naturales los individuos que persiguen sus propios intereses con conocimiento de causa, en condiciones de libertad, tienden siempre a promover al propio tiempo el interés general! Nuestras dificultades filosóficas están resueltas, al menos para el hombre práctico, que puede concentrar entonces sus esfuerzos en asegurar las condiciones necesarias de libertad. A la doctrina filosófica de que el gobierno no tiene derecho a interferir, ya la doctrina divina de que no tiene necesidad de interferir, se añade una prueba científica de que su interferencia es inconveniente.

Ésta es la tercera corriente de pensamiento, que se puede descubrir precisamente en Adam Smith, que estuvo lista en lo  principal para permitir al bien público descansar en “el esfuerzo natural de cada individuo para mejorar su propia condición”, pero que no fue desarrollada completa y conscientemente hasta principios del siglo XIX. El principio del laissez­faire había llegado a armonizar individualismo y socialismo, y a conciliar el egoísmo de Hume con el mayor bien para el mayor número. El filósofo político podía retirarse en favor del hombre de negocios, porque el último podía alcanzar el summum bonum sólo con perseguir su propio beneficio privado.

Sin embargo, se necesitaban algunos otros ingredientes  para completar el pastel. En primer lugar, la corrupción e incompetencia del gobierno del siglo XVIII, una gran parte de cuya herencia sobrevive en el diecinueve. El individualismo de los filósofos políticos apunta al laissez-faire. La armonía divina o científica (según el caso) entre el interés privado y el interés público apunta  al laissez-faire. Pero, por encima de todo,  la ineptitud de los administradores públicos inclina decididamente al hombre práctico a favor del laissez-faire, sentimiento que de ningún modo ha desaparecido. Casi todo lo que hizo el Estado en el siglo XVIII, por encima de sus funciones mínimas, fue, o pareció, perjudicial o desafortunado.

Por otra parte, el progreso material entre 1750 y 1850 vino de la mano de la iniciativa individual, y no debió casi nada a la influencia directiva de la sociedad organizada como un todo. Así, la experiencia práctica reforzó los razonamientos a priori.

Los filósofos y economistas nos dijeron que por diversas y profundas razones la empresa privada sin trabas había promovido el mayor bien para todos. ¿Qué otra cosa hubiera podido agradar más al hombre de negocios? ¿Podía un observador práctico, mirándole, negar que los beneficios del progreso que distinguían la edad en la que él vivía se debían a las actividades de los individuos «en ascenso»? De esta manera, el terreno era fértil para una doctrina según la que, sobre bases divinas, naturales o científicas, la acción del Estado debe limitarse estrechamente, y la vida económica debe dejarse, sin regular hasta donde pueda ser, a la habilidad y buen sentido de los ciudadanos individuales, movidos por el motivo admirable de intentar progresar en el mundo.

En la época en que estaba desvaneciéndose la influencia de Paley y sus semejantes, las innovaciones de Darwin conmovían los fundamentos de la fe. Nada podía parecer más opuesto que la vieja y la nueva doctrina, la doctrina que veía el mundo como la obra del relojero divino y la doctrina que parecía sacar todas las cosas de la Casualidad, del Caos y de los Viejos Tiempos. Pero en aquel momento las nuevas ideas apuntalaron a las viejas. Los economistas estaban enseñando que la riqueza, el comercio y la maquinaria eran las criaturas de la libre competencia y que la libre competencia hizo a Londres. Pero los darwinianos pudieron ir más lejos que eso: la libre competencia había hecho al hombre. El ojo humano ya no era la demostración del proyecto, discurriendo milagrosamente todas las cosas con la mejor intención; era el logro máximo de la casualidad, actuando en condiciones de libre competencia y laissez-faire. El principio de supervivencia del más apto podía considerarse como una amplia generalización de la economía ricardiana. Las interferencias socialistas venían a ser, a la luz de esta síntesis más completa, no sólo inconvenientes, sino sacrílegas, como calculadas para retrasar el movimiento progresivo del vigoroso proceso por medio del cual nosotros mismos habríamos salido, como Afrodita, del limo primitivo del océano.

Por tanto, atribuyo la unidad peculiar de la filosofía política diaria del siglo XIX al éxito que tuvo al armonizar escuelas diversas y opuestas y al unificar todas las cosas buenas para un único fin. Se ha visto que Hume y Paley, Burke y Rousseau, Godwin y Malthus, Cobbett y Huskisson, Bentham y Coleridge, Darwin y el obispo de Oxford, todos, estuvieron predicando prácticamente lo mismo: individualismo y laissez­ faire. Ésta era la Iglesia de Inglaterra y aquéllos sus apóstoles, mientras que el gremio de los economistas estaba allí para probar que la menor desviación hacia la impiedad provocaba la ruina financiera.

Estas razones y esta atmósfera constituyen las explicaciones, tanto si lo sabemos como si no -y la mayoría de nosotros, en estos degenerados días, somos ampliamente ignorantes en la materia-, de por qué sentimos una preferencia tan fuerte a favor del laissez-faire, y por qué la acción del Estado para regular el valor del dinero, o el curso de la inversión, o la población, provoca suspicacias tan apasionadas en muchos corazones íntegros. No hemos leído a estos autores; consideraríamos absurdos sus argumentos si fueran a caer en nuestras manos. Sin embargo, me parece que no pensaríamos como lo hacemos, si Hobbes, Locke, Hume, Rousseau, Paley, Adam Smith, Bentham y la Srta. Martineau no hubieran pensado y escrito como lo hicieron. Un estudio de la historia de la opinión es un preámbulo necesario para la emancipación de la mente. No sé lo que hace más conservador a un hombre, si conocer sólo el presente o sólo el pasado.

II

He dicho que fueron los economistas quienes proporcionaron el pretexto científico por medio del cual el hombre práctico pudo resolver la contradicción entre egoísmo y socialismo, que surgía del filosofar del siglo XVIII y de la decadencia de la religión revelada. Pero habiendo dicho esto en aras de la brevedad, me apresuro a matizardo. Esto es lo que se supone que han dicho los economistas. Ninguna doctrina semejante se encuentra en los escritos de las principales autoridades. Es lo que dijeron los popularizadores y divulgador es. Es lo que fueron llevados a creer los utilitaristas, que admitían al mismo tiempo el egoísmo de Hume y el igualitarismo de Bentham, si querían hacer una síntesis (6). El lenguaje de los economistas se prestaba a la interpretación del laissez-faire. Pero la popularidad de la doctrina debe dejarse a la puerta de los filósofos políticos de la época, a quienes resultó corresponder, más que a los economistas políticos.

La máxima laissez-nous faire se atribuye tradicionalmente al comerciante Legendre, dirigiéndose a Colbert poco antes de finalizar el siglo xvii (7). Pero no hay duda de que el primer escritor que usó la frase, y lo hizo en clara asociación con la doctrina, es el marqués de Argenson, hacia 1751 (8) marqués fue el primer hombre que se apasionó por las ventajas económicas de los gobiernos que dejan en libertad el comercio. Para gobernar mejor, dijo, se debe gobernar menos (9). La verdadera causa de la decadencia de nuestras manufacturas, declaró, es la protección que les hemos dado (10). “Dejad hacer, tal debiera ser la divisa de todo poder público, desde que el mundo está civilizado”. “¡Detestable principio el de no querer grandeza más que por la decadencia de nuestros vecinos! No hay más que ruindad y malicia de corazón en los que se satisfacen con este principio, y el interés se opone a ello. ¡Dejad hacer, voto a bríos! ¡¡Dejad hacer!!”

Aquí tenemos la doctrina económica del laissez-faire, con su más ferviente expresión en el libre comercio, del todo arropada. Las frases y la idea deben haber sido corrientes en París desde entonces. Pero tardaron en consagrarse en la literatura; y la tradición que las asocia con los fisiócratas, y particularmente con Gournay y Quesnay, encuentra poco apoyo en los escritos de esta escuela, aunque ellos propusieron, por supuesto, la armonía esencial de los intereses sociales e individuales. La frase laissez-faire no se encuentra en las obras de Adam Smith, Ricardo o Malthus. Ni siquiera la idea está presente en forma dogmática en algunos de estos autores. Adam Smith, por supuesto, fue un librecambista y se opuso a muchas restricciones del comercio del siglo XVIII. Pero su actitud hacia las leyes de navegación y las leyes de usura demuestra que no era dogmático. Incluso su famoso pasaje sobre «la mano invisible» refleja la filosofía que asociamos con Paley, más que el dogma económico del laissez-faire. Como han señalado Sidgwick y Cliff Leslie, la defensa que hizo Adam Smith del “sistema obvio y sencillo de libertad natural” se deduce de su punto de vista teísta y optimista sobre el orden del mundo, tal como lo expuso claramente en su Teoría de los Sentimientos Morales, más que de cualquier otra proposición de la propia economía política (11) La frase laissez­faire se introdujo, creo, en el uso popular en Inglaterra a través de un pasaje bien conocido del Dr. Franklin (12). En efecto, no es hasta las últimas obras de Bentham -que no fue un economista en absoluto- cuando descubrimos la regla del laissez-faire, en la forma en que la conocieron nuestros abuelos, adoptada al servicio de la filosofía utilitarista. Por ejemplo, en Manual de Economía Política (13), escribe: «La regla general es que el gobierno no debe hacer ni intentar nada; la divisa o el lema del gobierno en estas ocasiones, debe ser: ¡Quieto!”… La petición que la agricultura, las manufacturas y el comercio presentan a los gobiernos es tan modesta y razonable como la que hizo Diógenes a Alejandro: No me tapes el sol”.

Desde entonces, la campaña política a favor del librecambio, la influencia de la denominada Escuela de Manchester y de los utilitaristas benthamitas, las declaraciones de autoridades económicas secundarias y las historias educativas de la Srta. Martineau y de la Sra. Marcet, fijaron el laissez­faire en la mente popular, como conclusión práctica de la economía política ortodoxa. Con esta gran diferencia: que habiendo sido aceptada entretanto la visión malthusiana de la población por esta misma escuela de pensamiento, el optimista laissez-faire de la segunda mitad del siglo XVIII cedió su puesto al pesimista laissez-faire de la primera mitad del siglo XIX (14).

En las Conversations on political economy de la Sra. Marcet (1817), Caroline se mantiene tanto como puede en favor del control de los gastos del rico. Pero en la página 418 tiene que admitir la derrota:

CAROLINE. Cuanto más aprendo sobre este tema, más me siento convencida de que los intereses de las naciones, como los de los individuos, lejos de oponerse entre si, están en el más perfecto acuerdo.

SRA. B. Las opiniones liberales y amplias llevarán siempre a conclusiones similares, y nos enseñan a abrigar sentimientos de benevolencia universal hacia los demás; de aquí la superioridad de la ciencia sobre el simple conocimiento práctico.

En 1850, las Easy lessons for the use of young people, del arzobispo Whately, que la Sociedad para la Promoción del Conocimiento Cristiano distribuía al por mayor, no admite ni siquiera aquellas dudas que la Sra. B. permitió ocasionalmente tener a Caroline. «Probablemente causa más daño que bien» -concluye el pequeño libro- «cualquier interferencia del Gobierno en las transacciones monetarias de los hombres, tanto si se arrienda como si se toma en arriendo, o en las compra­ventas de cualquier clase.» La verdadera libertad es «que a cada hombre debe dejársele en libertad de disponer de su propiedad, de su tiempo, fuerza y habilidad, en cualquier modo que él pueda pensar que le conviene, supuesto que no perjudique a sus vecinos».      .

En pocas palabras, el dogma se había apropiado de la máquina educativa; había llegado a ser una máxima para ser copiada. La filosofía política, que los siglos XVII y XVIII habían forjado para derribar a reyes y prelados, se había convertido en leche para bebes y había entrado literalmente en el cuarto de los niños.

Finalmente, en las obras de Bastiat llegamos a la expresión más extravagante y poética de la religión del economista político. En sus Armonías económicas, dice:

Intento demostrar la Armonía de aquellas leyes de la Providencia que gobiernan la sociedad humana. Lo que hace que estas leyes sean armoniosas y no discordantes es que todos los principios, todos los motivos, todos los impulsos a la acción, todos los intereses, cooperan hacia un gran resultado final… y ese resultado es la aproximación indefinida de todas las clases hacia un nivel que siempre es creciente; en otras palabras, la igualación de los individuos en la mejora general.

y cuando, como otros sacerdotes, traza su Credo, lo hace como sigue:

Creo que Él, que ha dispuesto el universo material, no ha apartado Su mirada del orden’ del mundo social. Creo que Él ha combinado y hecho que actúen en armonía tanto los agentes libres como las moléculas inertes… Creo que la invencible tendencia social es una aproximación constante de los hombres hacia un nivel moral, intelectual y físico común, con, al mismo tiempo, una elevación progresiva e indefinida de ese nivel. Creo que todo lo que se necesita para un desarrollo gradual y pacifico de la humanidad es que sus tendencias no sean obstaculizadas y que la libertad de sus movimientos no sea destruida.

Desde la época de John Stuart Mill, economistas con autoridad han reaccionado fuertemente contra todas las ideas semejantes. «Apenas un solo economista inglés de reputación»-como ha expresado el profesor Cannan- «se adherirá a un ataque frontal contra el socialismo en general» -aunque, como también añade- «casi todos los economistas, con reputación o sin ella están siempre a punto de polemizar en la mayoría de propuestas socialistas» (15). Los economistas ya no tienen ningún vínculo con las filosofías teológicas o políticas que dieron nacimiento al dogma de la armonía social, y su análisis científico les lleva a’ conclusiones diferentes.

Cairnes, en la conferencia introductoria sobre «Economía política y laissez-faire”, que pronunció en el University College de Londres, en 1870, fue tal vez el primer economista ortodoxo que dirigió un ataque frontal contra el laissez-faire en general. «La máxima del laissez-faire» -declaró- «no tiene base científica alguna, y a lo sumo es una simple y hábil regla práctica» (16). Esta ha sido, en los cincuenta años últimos, la opinión de todos los economistas importantes. Una parte del trabajo más importante de Alfred Marshall -por poner un ejemplo- se dedicó a la explicación de los principales casos en los que el interés privado y el interés social no estaban en armonía. Sin embargo, la actitud cauta y nada dogmática de los mejores economistas no ha prevalecido contra la opinión general de que un laissez-faire individualista es lo que ellos debieron enseñar y lo que de hecho enseñaron.

III

Los economistas, como otros científicos, han escogido las hipótesis de las que parten, que ofrecen a los principiantes, porque es lo más simple y no porque es lo más próximo a los hechos. En parte por esta razón, pero en parte -lo admito­ porque se han visto sesgado s por las tradiciones sobre la materia, han empezado suponiendo un estado de cosas en el que la distribución ideal de los recursos productivos puede producirse a través de la actuación independiente de los individuos, mediante el método de prueba y error, de tal modo que aquellos individuos que actúan en la dirección correcta eliminarán por la competencia a aquellos que lo hacen en la dirección equivocada. Esto implica que no debe haber piedad ni protección para aquellos que embarcan su capital o su trabajo en la dirección errónea. Es un método que permite el ascenso de los que tienen más éxito en la persecución del beneficio, a través de una lucha despiadada por la supervivencia, que selecciona al más eficiente mediante la bancarrota del menos eficiente. No cuenta el coste de la lucha, sino sólo los beneficios del resultado final, que se supone son permanentes. Siendo el objeto de la vida cortar las hojas de las ramas hasta la mayor altura posible, la manera más plausible de alcanzar este fin es permitir que ¡as jirafas con el cuello más largo dejen morir de hambre a las que lo tienen más corto.

Concordando con este método de alcanzar la distribución ideal de los instrumentos de producción entre los diferentes fines, hay un supuesto similar sobre el modo de alcanzar la distribución ideal de lo que está disponible para el consumo.

En primer lugar, cada individuo descubrirá cuál entre los objetos posibles de consumo, él desea más, por el método de prueba y error «en el margen», y de esta manera no sólo cada consumidor distribuirá su consumo más ventajosamente, sino que cada objeto de consumo encontrará su camino hacia la boca del consumidor cuya satisfacción es la mayor cuando se la compara con la de los demás, porque ese consumidor ofrecerá más que los otros. Así, si dejamos que las jirafas se comporten libremente, (1) se cortará la máxima cantidad de hojas, porque las jirafas con el cuello más largo, a fuerza de matar de hambre a las otras, se colocarán más cerca de los árboles; (2) cada jirafa tratará de tomar las hojas que le parezcan más suculentas entre las que estén a su alcance; y (3) las jirafas a las que apetezca una hoja dada más que cualquier otra, se estirarán al máximo para alcanzarla. De esta manera, más y más jugosas hojas serán engullidas, y cada hoja alcanzará la garganta que ella crea que ha acreditado un mayor esfuerzo.

Sin embargo, este supuesto de condiciones en las que la selección natural sin limitaciones lleva al progreso, sólo es uno de los dos supuestos provisionales que, tomados como verdad literal, se han convertido en los contrafuertes gemelos del laissez-faire. El otro es la eficacia, y ciertamente la necesidad, de la oportunidad para hacer dinero privado ilimitadamente, como un incentivo al máximo esfuerzo. En condiciones de laissez-faire aumenta el beneficio del individuo que, por habilidad o por buena fortuna, se halla con sus recursos productivos en el lugar correcto y en el tiempo apropiado. Un sistema que permite al individuo industrioso o afortunado cosechar la totalidad de los frutos de esta coyuntura ofrece evidentemente un inmenso incentivo para la práctica del arte de estar en el sitio adecuado y en el tiempo oportuno. De esta manera, uno de los motivos humanos más poderosos, es decir, él amor del dinero, se empareja con la tarea de distribuir los recursos económicos del modo mejor calculado para aumentar la riqueza.

El paralelismo entre el laissez-faire económico y el darwinismo, que ya se ha advertido brevemente, se ve ahora, como Herbert Spencer fue el primero en reconocer, que es muy estrecho. Al igual que Darwin invocó el amor sexual, que actúa a través de la selección sexual, como ayuda de la selección natural mediante la competencia, para dirigir la evolución a lo largo de las líneas que serían tan deseables como efectivas, así el individualista invoca el amor del dinero, actuando a través de la persecución del beneficio, como ayuda de la selección natural; para obtener la producción en la escala más grande posible de lo que se desea con más fuerza, medido por el valor de cambio.

La belleza y la simplicidad de una teoría semejante son tan grandes que es fácil olvidar que no se deduce de los hechos, sino de una hipótesis incompleta introducida en aras de la simplicidad. Aparte de otras objeciones que se mencionarán más adelante, la conclusión de que los individuos que actúan independientemente para su propio provecho producirán el mayor agregado de riqueza depende de una variedad de supuestos irreales, en el sentido de que los procesos de producción y consumo no son de ninguna manera orgánicos, que existe un conocimiento previo suficiente de las condiciones y requisitos y de que existen oportunidades adecuadas de obtener este conocimiento. Porque los economistas, generalmente, dejan para una etapa posterior de su argumentación las complicaciones que aparecen -(1) cuando las unidades eficientes de producción son grandes en relación con las unidades de consumo, (2) cuando los gastos generales o costes comunes están presentes, (3) cuando las economías internas tienden a la agregación de la producción, (4) cuando el tiempo necesario para el ajuste es largo, (5) cuando la ignorancia prevalece sobre el conocimiento, y (6) cuando los monopolios y las concentraciones interfieren en la igualdad en la negociación-, dejan para un estadio posterior su análisis de los hechos reales. Además, muchos de aquellos que reconocen que la hipótesis simplificada no corresponde con precisión al hecho concluyen, sin embargo, que representa lo que es «natural» y, por tanto, ideal. Consideran la hipótesis simplificada como salud, y las complicaciones adicionales como enfermedad.

Sin embargo, además de esta cuestión de hecho, hay otras consideraciones, bastante familiares, que nos llevan directamente al cálculo del coste y del carácter de la propia lucha competitiva y la tendencia a que la ‘riqueza se distribuya donde no es muy apreciada. Si nos preocupa el bienestar de las jirafas, no debemos pasar por alto los sufrimientos de los cuellos más cortos que están muertos de hambre o las dulces hojas que caen al suelo y son pisoteadas en la lucha, o el hartazgo de las que tienen el cuello largo, o el mal aspecto de ansiedad o voracidad agresiva que nubla los pacíficos rostros del rebaño.

Pero los principios del laissez-faire han tenido otros aliados, además de los manuales de economía. Debe admitirse que han sido confirmados en las mentes de pensadores profundos y del público razonable por la escasa calidad de las propuestas alternativas: el proteccionismo por un lado y el socialismo marxista por el otro. Sin embargo, estas doctrinas se caracterizan, no sólo o principalmente por infringir la presunción general en favor del laissez-faire, sino por la simple falacia lógica. Ambos son ejemplos de pobreza de Pensamiento, de incapacidad para analizar un proceso y seguido hasta su conclusión. Los argumentos contra ellos, aunque reforzados por el principio del laissez-faire, en rigor no lo necesitan. De los dos, el proteccionismo es, por lo menos, plausible, y las fuerzas que trabajan por su popularidad no son de extrañar. Pero el socialismo marxista ha de permanecer siempre como un portento para los historiadores de la opinión, cómo una doctrina tan ilógica y tan torpe puede haber ejercido de modo tan poderoso y duradero una influencia sobre las mentes de los hombres y, a través de ellas, sobre los acontecimientos de la historia. De alguna manera, las evidentes deficiencias científicas de estas dos escuelas contribuyeron grandemente al prestigio y autoridad del laissez-faire decimonónico.

Tampoco ha animado la más notable divergencia en la acción social centralizada a gran escala -el régimen de la última guerra- a los reformadores ni ha disipado los antiguos prejuicios. Hay mucho que decir, ciertamente, sobre ambos extremos. La experiencia de la guerra en la organización de la producción socializada ha dejado a algunos observadores próximos optimistamente ansiosos de repetida en condiciones de paz. El socialismo de guerra alcanzó incuestionablemente una producción de riqueza en una escala mucho mayor de la que nosotros hayamos conocido nunca en paz, pues aunque los bienes y servicios producidos eran destinados a la extinción inmediata e inútil, no obstante eran riqueza, Sin embargo, la disipación del esfuerzo fue también prodigiosa, y la atmósfera de despilfarro y de no tener en cuenta el coste molestó a cualquier espíritu ahorrativo o providente.

Finalmente, el individualismo y el laissez-faire no podían, a pesar de sus profundas raíces en las filosofías políticas y morales de finales del siglo dieciocho y principios del diecinueve, haber asegurado su dominio perpetuo sobre la dirección de los asuntos públicos, si no hubiera sido por su conformidad con las necesidades y los deseos del mundo de los negocios de la época. Ellos llenaron de objeto a nuestros héroes de antaño, los grandes hombres de negocios. «Por lo menos la mitad del n”ejor talento en el mundo occidental» -acostumbraba a decir Marshall- «se dedica a los negocios». Una gran parte de «la imaginación más eminente» de la época estuvo empleada de este modo. Fue en las actividades de estos hombres donde estuvieron centradas nuestras esperanzas de progreso.

Los hombres de este tipo -escribió Marshall (19)- viven experimentando constantemente visiones cambiantes, modeladas en su propio cerebro, de los diferentes medios que pueden conducir1es al fin deseado; de las dificultades que la naturaleza pone en cada camino y de las estratagemas con que piensan que podrán vencer1as. Este esfuerzo imaginativo no es apreciado por el público, ya que no puede mostrarse exteriormente; su potencialidad está disciplinada por una fuerte voluntad; y su mayor gloria consiste en haber logrado grandes fines por medios tan sencillos que nadie llegue a saber, y sólo los expertos puedan adivinar, cuántos otros procedimientos, todos ellos más atractivos y brillantes para un observador precipitado, ha sido necesario descartar a favor del elegido. La imaginación de un hombre de este tipo se emplea: igual que la de un ajedrecista, en adivinar los obstáculos que pueden oponerse al desarrollo normal de sus ambiciosos planes y en desechar constantemente las jugadas brillantes por imaginarse las reacciones del adversario contra las mismas. La gran resistencia de su sistema nervioso figura al extremo opuesto, en la escala de la naturaleza humana, de la nerviosa irresponsabilidad de quienes conciban precipitadamente proyectos utópicos. Éstos pueden ser comparados a los malos ajedrecistas, quienes con fácil osadía resuelven rápidamente los problemas más difici1es moviendo ellos mismos todas las piezas, tanto las blancas como las negras.

Ésta es una excelente pintura del gran capitán de industria, del maestro del individualismo, que nos sirve al propio tiempo que se sirve a sí mismo, justamente como lo hace cualquier otro artista. Sin embargo, éste, a su vez, se está convirtiendo en un ídolo deslucido. Cada vez dudamos más de que sea él quien nos conduce de la mano al paraíso.

Todos estos elementos han contribuido a la tendencia intelectual corriente, al maquillaje mental, a la ortodoxia de la época. La fuerza de muchas de las razones originales ha desaparecido, pero, como de costumbre, la vitalidad de las conclusiones las sobrevive. Sugerir una acción social en favor del bien público de la ciudad de Londres es como discutir el Origen de las especies con un obispo de hace sesenta años. La primera reacción no es intelectual, sino moral. Una ortodoxia está en cuestión, y cuanto más persuasivos sean los argumentos, tanto más grave será la ofensa. Sin embargo, aventurándome en la cueva del monstruo aletargado, por lo menos he rastreado sus quejas y genealogía, de manera que demuestre que nos ha gobernado más por derecho hereditario que por mérito personal.

IV

Eliminemos los principios metafísicos o generales sobre los que, de cuando en cuando, se ha fundamentado el laissez-faire. No es verdad que los individuos tengan una «libertad natural» sancionada por la costumbre de sus actividades económicas. No existe un «convenio» que confiera derechos perpetuos sobre aquellos que tienen o sobre aquellos que adquieren. El mundo no se gobierna desde arriba, de manera que no siempre coinciden el interés privado y el social. No es dirigido aquí abajo de manera que coincidan en la práctica. No es una deducción correcta de los principios de la economía que el interés propio ilustrado produzca siempre el interés público. Ni es verdad que el interés propio sea generalmente ilustrado, más a menudo, los individuos que actúan por separado persiguiendo sus propios fines son demasiado ignorantes o demasiado débiles incluso para alcanzar éstos. La experiencia no demuestra que los individuos, cuando forman una unidad social, sean siempre menos clarividente s que cuando actúan por separado.

Por lo tanto, no podemos establecer sobre fundamentos abstractos, sino que debemos tratar en sus méritos en detalle, lo que Burke denominaba «uno de los problemas más delicados en legislación, es decir, determinar lo que el Estado debe asumir para dirigir por la sabiduría pública, y lo que debe dejar, con tan poca interferencia como sea posible, al esfuerzo individual» (17). Hemos de distinguir ante lo que Bentham, en su olvidada pero útil nomenclatura, acostumbraba a denominar Agenda y No-Agenda. Y hacer esto sin la presunción previa de Bentham de que la interferencia es, al mismo tiempo, «generalmente inútil» y «generalmente perniciosa» (18) Tal vez la principal tarea de los economistas en esta hora sea distinguir de nuevo la Agenda del gobierno de la No-Agenda; y la tarea pareja de los políticos sea ingeniar formas de gobierno dentro de una democracia que sean capaces de cumplir la Agenda. Ilustraré lo que pienso mediante dos ejemplos.

(1) Creo que, en muchos casos, la medida ideal para la unidad de control y organización está situada en algún punto entre el individuo y el Estado moderno. Sugiero, por tanto, que el progreso radica en el aumento del reconocimiento de los cuerpos semiautónomos dentro del Estado -cuerpos cuyo criterio de acción dentro de su propio campo es únicamente el bien público tal como ellos lo entienden, y de los cuales están excluidos los motivos de reflexión de interés privado; aunque todavía pueda ser necesario dejarles algún lugar, hasta que el ámbito del altruismo de los hombres se amplíe al interés de grupos particulares, clases o facultades-, cuerpos que en el curso ordinario de los negocios son principalmente autónomos dentro de sus limitaciones prescritas, pero que están sujetos en último término a la soberanía de la democracia expresada a través del Parlamento.

Propongo una vuelta, si así puede decirse, hacia las concepciones medievales de autonomías separadas. Pero, al menos en Inglaterra, las corporaciones son un modo de gobierno que jamás ha dejado de ser importante y es consustancial a nuestras instituciones. Es fácil dar ejemplos de lo qUe ya existe, de autonomías separadas que han tomado la modalidad que he dicho o se están acercando a ella: las universidades, el Banco de Inglaterra, el Puerto de Londres, incluso tal vez las compañías de ferrocarril. En Alemania hay, sin duda, instancias análogas.

Pero más interesantes que éstas es la tendencia de las instituciones capitalistas, cuando han alcanzado una cierta edad y tamaño, a aproximarse al status de las corporaciones públicas más que al de la empresa privada individualista. Uno de los desarrollos más interesantes e inadvertido s de las recientes décadas ha sido la tendencia de la gran empresa a socializarse. En el crecimiento de una gran institución -particularmente un gran ferrocarril o una gran empresa de utilidad pública, pero también un gran banco o una gran compañía de seguros- se llega a un punto en el que los propietarios del capital, es decir, los accionistas, están casi enteramente disociados de la dirección, con el resultado de que el interés personal directo de la última en la persecución del mayor beneficio viene a ser completamente secundario. Cuando se alcanza este estadio, la estabilidad general y el prestigio de la institución son más tenidos en cuenta por la dirección que el beneficio máximo por los accionistas. A éstos debe bastarles con percibir dividendos convencionalmente adecuados; pero una vez que esto queda asegurado, el interés directo de la dirección consiste a menudo en evitar las críticas del público y de los clientes de la empresa. Éste es particularmente el caso si su gran tamaño o su posición semimonopolista atraen la atención del público y la hacen vulnerable a los ataques de éste. Tal vez el ejemplo extremo de esta tendencia en el caso de una institución, teóricamente la propiedad sin limitaciones de personas privadas, sea el Banco de Inglaterra. Es casi cierto decir que no hay ninguna clase de personas en el reino en quienes ‘menos piense el gobernador del Banco de Inglaterra, cuando decide sobre su política, que en sus accionistas. Sus derechos, más allá de su dividendo convencional, se han hundido en las proximidades del cero. Pero lo propio es particularmente cierto en muchas otras grandes instituciones. A medida que pasa el tiempo, están socializándose por sí mismas.

No se trata de una ganancia pura. Las mismas causas promueven el conservadurismo y la decadencia de la empresa. De hecho, ya tenemos en estos casos muchos de los defectos, así como de las ventajas, del socialismo de Estado. Sin embargo, aquí vemos, creo, una línea natural de evolución. La batalla del socialismo contra el beneficio privado ilimitado está siendo ganada en detalle, hora por hora. En estos campos particulares -continúa siendo agudo en otras partes- éste no es ya el problema apremiante. No hay, por ejemplo, ninguna cuestión política de las que se consideran importantes que sea tan realmente intrascendente, tan irrelevante para la reorganización de la vida económica de la Gran Bretaña, como la nacionalización de los ferrocarriles.

Es verdad que muchas grandes empresas, particularmente empresas de servicios públicos y otras, requieren un gran capital fijo, incluso necesitan estar semisocializadas. Pero debemos ser flexibles al contemplar las formas de este semisocialismo. Debemos aprovechar por completo las tendencias naturales de la época, y probablemente debemos preferir corporaciones semiautónomas a órganos del gobierno central de los que son directamente responsables los ministros del Estado.

Critico el socialismo de Estado doctrinario, no porque aspire a poner los impulsos altruistas de los hombres al servicio de la sociedad, o porque parta del laissez-faire, o porque reduzca la libertad natural del hombre para conquistar el mundo, o porque tenga valor para realizar experimentos audaces. Aplaudo todas estas cosas. Lo critico porque pierde la significación de lo que está ocurriendo realmente; porque, de hecho, es poco más que una reliquia cubierta de polvo de un plan para afrontar los problemas de hace cincuenta años, basado en una comprensión equivocada de lo que alguien dijo hace cien años. El socialismo de Estado del siglo XIX procede de Bentham, la libre competencia, etc., y es una versión, en algunos aspectos más clara y en otros más confusa, de la misma filosofía en la que se basa el individualismo decimonónico. Ambos ponen igualmente todo su énfasis en la libertad, el uno negativamente para evitar las limitaciones de la libertad existente, el otro positivamente para destruir los monopolios naturales o adquiridos. Son reacciones diferentes a la misma atmósfera intelectual.

(2) A continuación llegamos a un criterio de la Agenda que es particularmente relevante en relación con lo que es urgente y deseable hacer en el próximo futuro. Debemos tender a separar aquellos servicios que son técnicamente sociales de aquellos que son técnicamente individuales. La Agenda del Estado más importante no se refiere a aquellas actividades que los individuos privados ya están desarrollando, sino a aquellas funciones que caen fuera de la esfera del individuo, aquellas decisiones que nadie toma si el Estado no lo hace. Lo importante para el gobierno no es hacer cosas que ya están haciendo los individuos, y hacerlas un poco mejor o un poco peor, sino hacer aquellas cosas que en la actualidad no se hacen en absoluto.

No es mi propósito en esta ocasión desarrollar políticas prácticas. Por tanto, me limito a enumerar algunos ejemplos de lo que quiero decir, entre aquellos problemas sobre los que he reflexionado más.

Muchos de los mayores males económicos de nuestro tiempo son la consecuencia del riesgo, la incertidumbre y la ignorancia. Ello es así porque los individuos particulares, afortunados en situación o capacidad, pueden aprovecharse de la incertidumbre y de la ignorancia, y también porque por la misma razón los grandes negocios son a menudo una lotería, existen grandes desigualdades de riqueza; y estos mismos factores son también la causa del desempleo del trabajo, o de la frustración de expectativas razonables de negocio, y del deterioro de la eficiencia y de la producción. Sin embargo, el remedio no está al alcance de la acción de los individuos; incluso puede que convenga a sus intereses agravar la enfermedad. Creo que el remedio para estas cosas ha de buscarse en parte en el control deliberado del dinero y del crédito por medio de una institución central, y en parte en la recogida y publicación en gran escala de datos relativos a la situación económica, incluyendo la publicidad completa, si es necesario por ley, de todos los hechos económicos que sea útil conocer. Estas medidas involucrarían a la sociedad en el ejercicio de la inteligencia directiva a través de algún órgano de acción apropiado sobre muchos de los enredos internos de los negocios privados, aunque dejarían en libertad la iniciativa y la empresa privadas. Aun suponiendo que estas medidas se mostraran insuficientes, nos proporcionarían un mejor conocimiento del que tenemos ahora para dar el siguiente paso.

Mi segundo ejemplo se refiere a los ahorros y a la inversión. Creo que hace falta alguna acción coordinada de juicio inteligente en la medida en que es deseable que la comunidad como un todo ahorre, en la medida en que estos ahorros vayan al exterior en forma de inversiones extranjeras, y si la organización actual del mercado de inversión distribuye los ahorros por los canales más productivos para el país. No creo que estos asuntos tengan que dejarse enteramente al arbitrio de la opinión y de los beneficios privados, como ahora.

Mi tercer ejemplo se refiere a la población. Ya ha llegado el momento en que cada país necesita una política nacional meditada sobre qué tamaño de la población, mayor, igualo menor que el actual, es más conveniente. Y habiendo establecido esta política, debemos tomar las providencias para desarrollada. Puede llegar el tiempo, un poco más adelante, en que la comunidad como un todo deba prestar atención tanto a la cualidad innata como a las simples cifras de sus futuros miembros.

V (20)

Estas reflexiones se han dirigido hacia las mejoras posibles en la técnica del capitalismo moderno por medio de la agencia de la acción colectiva. No hay nada en ellas seriamente incompatible con lo que me parece es la característica esencial del capitalismo, es decir, la dependencia de un intenso atractivo por hacer dinero y por los instintos de amor al dinero de los individuos como principal estímulo de la máquina económica, Ni debo desviarme, tan cerca del final, hacia otros campos. Sin embargo, hago bien en recordarles, en conclusión, que las discusiones más vehementes y las divisiones de opinión más profundamente sentidas se producirán probablemente en los próximos años, no en torno a cuestiones técnicas, en las que los argumentos por ambas partes son principalmente económicos, sino en torno a aquellas que, a falta de mejores palabras, pueden denominarse psicológicas o, tal vez, morales.

En Europa, o al menos en algunas partes de Europa -pero no, pienso, en los Estados Unidos de América- existe una reacción latente, algo difusa, en contra de fundamentar la sociedad, en la medida en que lo hacemos, en alimentar, animar y proteger los motivos monetarios de los individuos. Una preferencia por organizar nuestros asuntos de tal manera que el motivo monetario fuera lo más pequeño posible, en lugar de ser lo mayor posible, no necesita ser enteramente a priori, sino que puede basarse en la comparación de experiencias. Diferentes personas, de acuerdo con su elección de profesión, ven que el motivo monetario juega un papel mayor o menor en su vida diaria, y los historiadores pueden hablamos sobre otras fases de la organización social en las que este motivo ha jugado un papel mucho menor que en la actualidad. La mayoría de religiones y la mayoría de filosofías critican, por decido de un modo discreto, un modo de vida que esté influido principalmente por consideraciones de beneficio monetario personal. Por otra parte, la mayoría de los hombres de hoy rechazan las nociones ascéticas y no dudan de las ventajas reales de la riqueza. Además, les parece obvio que uno no pueda prescindir del motivo monetario y que, aparte de ciertos abusos admitidos, éste juega bien su papel. En resumen, el hombre medio desvía su atención del problema y no tiene una idea clara de lo que realmente piensa y siente sobre toda esta confusa cuestión,

La confusión del pensamiento y del sentimiento lleva a la confusión del lenguaje, Mucha gente, que está realmente criticando al capitalismo como modo de vida, argumenta como si lo estuviera haciendo sobre la base de su ineficiencia para alcanzar sus propios objetivos, Por el contrario, los devotos del capitalismo son a menudo indebidamente conservadores, y rechazan las reformas de su técnica, que podrían realmente reforzado y conservado por miedo de que puedan resultar ser los primeros pasos hacia fuera del propio capitalismo. Sin embargo, puede llegar un día en el que veamos más claro que ahora cuándo estamos hablando del capitalismo como una técnica eficiente o ineficiente, y cuándo estamos hablando de él como algo deseable o cuestionable en sí mismo. Por mi parte, pienso que el capitalismo, dirigido con sensatez, puede probablemente hacerse más eficiente para alcanzar fines económicos que cualquier sistema alternativo a la vista, pero que en sí mismo es en muchos sentidos extremadamente cuestionable. Nuestro problema es construir una organización social que sea lo más eficiente posible sin contrariar nuestra idea de un modo de vida satisfactorio.

El siguiente paso adelante debe venir, no de la agitación política o de los experimentos prematuros, sino del pensamiento. Necesitamos aclarar nuestros propios sentimientos mediante un esfuerzo de la mente. En la actualidad, nuestra simpatía y nuestra opinión propenden a estar en lados diferentes, lo que constituye un estado mental angustiado y paralizante. En el campo de la acción, los reformadores no tendrán éxito hasta que puedan perseguir firmemente un objetivo claro y definido, con sus inteligencias y sentimientos en sintonía. No hay ningún partido en el mundo, en el momento actual, que me parezca estar persiguiendo objetivos correctos por medio de métodos correctos. La pobreza material proporciona el incentivo para cambiar precisamente en situaciones en las que hay muy poco margen para la experimentación. La prosperidad material suprime el incentivo precisamente cuando no sería arriesgado probar suerte. Europa carece de medios, América de la voluntad, para dar algún paso. Necesitamos una nueva serie de convicciones que broten naturalmente de un sincero examen de nuestros propios sentimientos íntimos en relación con los hechos exteriores.

Notas

1- Locke, A letter concerning toleration.

2- An inquiry concerning the principles of morals, sección LX.

3- “Omito” -dice el arcediano Paley- “mucha perorata corriente sobre la dignidad y capacidad de nuestra naturaleza, la superioridad del alma sobre el cuerpo, de la parte racional sobre la parte animal de nuestra constitución; sobre la excelencia, el refinamiento y la delicadeza de algunas satisfacciones, y la indignidad, grosería y sensualidad de otras: porque sostengo que los placeres no se diferencian en nada más que en la continuidad e intensidad» (Principles of moral and political philosophy, libro 1, cap. 6).

4- Leslie Stephen, English thought in the Eighteenth Century, 11, 192.

5- Godwin llevó el laissez-faire tan lejos que pensó que todo gobierno era un mal, en lo cual estuvo Bentham casi de acuerdo. La doctrina de la igualdad se convierte con él en una de individualismo extremo, rayano en la anarquía. «El ejercicio universal de la opinión privada» -dice- «es una doctrina tan inefablemente maravillosa que el verdadero político sentirá ciertamente una infinita repugnancia a admitir la idea de interferir en él” (véase Leslie Stephen, op. cit. 11, 277).

6- Se puede considerar con simpatía la opinión de Coleridge, tal como la resumió Leslie Stephen, de que «los utilitaristas destruyeron todo elemento de cohesión, hicieron de la sociedad una lucha de intereses egoístas y atentaron contra las mismas raíces de todo orden, patriotismo, poesía y religión».

7- «¿Qué debemos hacer para ayudaros?», preguntó Colbert. “Dejaros hacer”, respondió Legendre (N. del T.: En francés en el original).

8- Para la historia de la frase, véase Oncken, «Die Maxime Laissez faire et laissez passer», de donde están tomadas muchas de las citas siguientes. Las quejas del marqués de Argenson pasaron inadvertidas hasta que Oncken las puso de manifiesto, en parte porque los pasajes relevantes publicados durante su vida eran anónimos (Journal oeconomique, 1751), ven parte porque sus obras no fueron publicadas de forma completa (aunque es probable que pasaran privadamente de mano en mano durante su vida) hasta 1858 (Mémoires et journal inédit du Marquis d’Argenson).

9- “Para gobernar mejor, sería preciso gobernar menos» (N. del T.: En francés en el original).

10- “Puede decirse lo mismo en nuestras fábricas: la verdadera causa de su declive es la excesiva protección que se les otorga» (N. del T.: En francés en el original).

11- Sidgwick. Principles of political economy, p. 20.

12- Bentham utiliza la expresión «laissez-nous faire» (Works, p. 440).

13- Escrito en 1793, se publicó un capítulo en la Bibliothéque Britannique en 1798; se imprimió por primera vez de modo completo en la edición de Bowring de sus Works (1843)

14- Cf. Sidgwick, op. cit. p. 22: «incluso aquellos economistas que se adhirieron en lo principal a las limitaciones de la esfera del gobierno según Adam Smith, exigieron estas limitaciones de un modo más bien poco entusiasta y nada triunfal; no como admiradores del orden social hoy por hoy resultante de la «libertad natural»- sino como convencidos de que por lo menos es preferible a cualquier orden artificial por el que el gobierno pudiera sustituirlo».

15- Historia de las teorías de la producción y distribución, p. 494.

16- Cairnes describió bien la (moción predominante» en el siguiente pasaje de la misma conferencia: «La noción predominante es que la economía política intenta demostrar que la riqueza puede acumularse más deprisa y distribuirse de manera más conveniente; es decir, que el bienestar humano puede promoverse de un modo más efectivo por el simple procedimiento de permitir que la gente actúe por si misma; es decir, dejando que los individuos sigan los dictados del interés propio. sin limitados ni por el Estado ni por la opinión pública, en tanto que no incurran en violencia o fraude. Ésta es la doctrina conocida comúnmente como laissez-faire; y de acuerdo con ella, me parece que a la economía política se la considera generalmente como una especie de traducción científica de esta máxima, una justificación de la libertad de la empresa individual y del contrato como la solución única e idónea de todos los problemas industriales;»

17- “Posibilidades sociales de la caballerosidad económica», Economic Journal, XVII (1907), 9.

18- Citado por McCulloch en sus Principios de economía política.

19- Manual de economía política de Bentham publicado póstumamente en la edición de Bowring (1843).

20- El número del capítulo no aparece, por supuesto, en la edición original de Essays in persuasion (Nota del editor).”



Neo-Classical Interpretation of Aristotle´s economic thought
Junio 16, 2009, 2:04 pm
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Extract from the book: Meikle, Scott. 1995. Aristotle’s Economic Thought. Oxford: Oxford University Press.

SMSAET

“Adam Smith makes three references to Aristotle in The Wealth of Nations, none of which concerns the economic writings, Nicomachean Ethics, 5. 5 and Politics, 1. The references deal with political or historical points, and they seem to have been drawn from Smith’s reading of Pufendorf and Montesquieu rather than from a study of Aristotle himself. Ricardo, in the Principles, makes no reference to Aristotle at all. The first examination of Aristotle’s inquiries subsequent to the rise of economics was Marx’s, offered originally in the Contribution and then eight years later in Capital itself Marx did not claim that Aristotle was an economist, or that he was the father of any school of economics, even Marx’s own, but understandably his endorsement of most of Aristotle’s conclusions was construed as a claim of Aristotelian paternity on behalf of his own theory.  Marx had inaugurated a contest, and in time subsequent orthodoxies in economics sought to establish Aristotelian paternity too.

The arrival of neo-classical theory gave rise to many such suits, the best-argued of which were those of Barker, Van Johnson, Soudek, and Schumpeter. These authors were keenly aware that Aristotle incautiously laid himself open to -doubtless unintended — socialist interpretation, and Van Johnson explicitly set out to overturn Marx’s conclusion that Aristotle.

1

The object of neo-classical theory, Schumpeter wrote, was to show ‘what A. Smith, Ricardo, and Marx had believed to be impossible, namely, that exchange value can be explained in terms of use value. Jevons, Menger, and Walras would all of them have approved of this statement.’  Schumpeter knew perfectly well that no such view could be attributed to Aristotle, any more than to Smith, Ricardo, and Marx, though at best he grasped only intuitively that in Aristotle’s case the most basic reason for this was the irreducible category-distinction Aristotle draws between use value and exchange value.

Schumpeter recognizes that Aristotle held exchange value and use value to depend on intrinsic properties possessed by products, rather than on extrinsic ones, or on relations. Since he does not share that view himself, he rejects Aristotle’s theory and others like it. His reasons for rejecting Aristotle’s view may be good or bad, and that will be considered later, but at  least the view he attributes to Aristotle is the view that Aristotle held. The same cannot be said of Barker’s interpretation.

Schumpeter regards Aristotle’s view as perverse and ungrounded. He has little grasp of Aristotle’s substanceattribute metaphysics, or of his theory of categories, and for that reason he is unable to appreciate the logic of Aristotle’s argument, which consists in applying that metaphysics to the analysis of use value, and to the relation of exchange values ‘5 beds = 1 house’. He probably would not have been very impressed if he had known more about it because, although he is fairly unimpressed by philosophy generally, he is particularly unimpressed by Aristotelian philosophy. In spite of his philosophical disclaimers, it is obvious from his work that he shared sufficiently the Humean and anti-Aristotelian beliefs and prejudices of the positivist movement of the first half of the twentieth century. Schumpeter writes as if it were a sufficient rebuttal of Aristotle’s view that value is intrinsic, simply to counterpose to it the current orthodoxy that value is extrinsic, relational, and accidental. He uses the neo-classical view as if it were a yardstick against which Aristotle’s view may be judged to be a failure. But it is unconvincing, and ought to be unconvincing even to adherents of neo-classical theory, to represent the neo-classical theory of value as itself beyond any need of metaphysical clarification and justification. Some of Aristotle’s beliefs have been superseded by more accurate observation or better theory. Observation has led us to ignore his belief that the bison defends itself from hunters by discharging its burning excrement over a distance of eight yards and scorching the hairs off the hounds (HA 630b8-11). Better observation and theoretical advances in mechanics have caused Aristotle’s beliefs about the trajectory of missiles to be superseded by the theory of parabolic motion. But the neo-classical theory of value is not the sort of thing that could be vindicated by observation, and it cannot be claimed on its behalf that it has the standing of an established scientific theory which can fairly be regarded as putting other theories out of contention, as mechanics or the theory of evolution have.

Schumpeter’s case rests on an insensitivity in metaphysics. Aristotle derives his theory of value from his metaphysics, and refuting it would require identifying some flaw in the metaphysics, or else some flaw in the reasoning by which it is derived from that metaphysics. Schumpeter, not appreciating this, is unable to produce a serious attempt at argument because he fails to see the need for one. Metaphysical insensitivity has had an important role in the discussion of Aristotle’s attempt to analyse economic value, as it has in the discussion of value generally, and a lot of it has centred on the notion of a capacity.

Aristotle’s inquiry into exchange value is aimed at explaining a capacity: the capacity products come to have for exchanging in proportions as quantities. According to his theory of capacities, a capacity has to be distinguished from the exercise of that capacity. This accords with our ordinary way of talking about capacities or powers; someone who can speak French is normally said to have that capacity even when he or she is asleep, speaking English, or just keeping quiet. Having the capacity is one thing, but using it in actually speaking French is another. ‘Value’, as the term is used in economics, is the name of whatever it is by virtue of which products can behave in exchange in the way that they do, that is, exchange in proportions as quantities. (This holds independently of theories about what the substance of value consists in. It holds for the utility theory of value just as it does for the labour theory of value.) What a thing can do, it has a capacity to do, so the exchangeability of products is a capacity, and it has to be explained as a capacity is explained. It is in order to explain

this that Aristotle is looking for an explanation of the commensurability of products. The view that value is intrinsic is unavoidable on Aristotelian metaphysics. If a thing has a capacity, its possessing that capacity implies actual properties in the thing. In Aristotle, and in the Aristotelian tradition, things are identified as things of a kind, and that identification can involve capacities as well as qualities. What a thing is can be partly a matter of what it can do. The litmus test for acids, for example, decides whether something is an acid by determining whether or not it has the capacity to turn red litmuspaper blue.  Since attributing value to products is attributing a capacity to them, value must be intrinsic to them. (The same conclusion follows from Aristotle’s analysis of the commensurability which is implied by the fact that a relation of equality is involved in exchange.)

The Humean position is different at every point, and the fact is significant because the metaphysical sensibilities of modern economics are overwhelmingly Humean. According to Humean metaphysics, there is no distinction to be drawn between a capacity and its exercise. Hume’s position in the Treatise is that ‘The distinction, which we often make betwixt power and the exercise of it, is . . . without foundation.’  To say that something can do something — that is, that it has a capacity to do it — is just to say that it does do it. If there is held to be no distinction between a capacity and its exercise, then the fact that products do exchange in non-arbitrary proportions is all there is to saying that they can. From this it has been inferred that it is not necessary or even possible to seek an explanation of the capacity, of how things that are exchanged are capable of being equated in proportions, that is, of how they can be commensurable.

This is broadly the position drawn upon by Bailey who,

writing in 1825, just as economics is beginning to replace classical political economy, insists that ‘value is the exchange relation of commodities and consequently is not anything different from this relation . . . Value denotes nothing positive and intrinsic, but merely the relation in which two objects stand to each other as exchangeable commodities. This view has passed into the neo-classical canon.

Bailey seems to be saying that exchange value cannot be a property because it is a relation, namely, the relation of exchange. Such a position could not be Aristotle’s, because on his metaphysics things that are in a relation cannot also be the relation they are in. Thus, exchange values, being the things related in the exchange relation ‘x of A = y of B’, cannot be the relation relating them, that is, the relation of equality. The suggestion is incomprehensible.

Bailey might also have it somewhere in mind to argue, not that exchange value is not a property at all, but that it is a property which cannot exist outside the exchange relation. This is an intelligible suggestion, unlike the first, and it has been echoed by later writers. Schumpeter, for instance, writes that Marx ‘was under the same delusion as Aristotle, viz., that value [is] . . . something that is different from, and exists independently of, relative prices or exchange relations.’ The argument would be that exchange value is a property like that of ‘being married’, which property depends on the relation ‘being married to . . .’ in the sense that one cannot have the property unless one has the relation to someone. The case would be that unless some product or good stands in the exchange relation to some other, then it can’t be an exchange value; just as a person cannot be married unless he or she stands in the relation of being married to someone. This is a better argument, but the problem now is to see how it might be an objection to the view it is intended to damage. The analogy with a property like

‘being married’, even if correct, is clearly not the whole story, because ‘being married’ is not a quantity and does not enter into relations of equality. Schumpeter and others, in any case, want to combine the objection with the view that the basis of exchange value is utility, which itself is not a property that exists only in the exchange relation. Aristotle explains in the Categories that ‘All relatives, then, are spoken of in relation to correlatives that reciprocate, provided they are properly given . . . For example, if a slave is given as of — not a master, but — a man or a biped or anything else like that, then there is not reciprocation; for it has not been given properly’ (7a22-30). If goods are to be related by equality, as they are in ‘5 beds = 1 house’, they must be given as quantities; not quantities of goods, e.g. 5 beds, but quantities of whatever it is that 5 beds has in equal amount with 1 house, that is, exchange value.

Schumpeter says of Marx, in the passage just cited:

He was under the same delusion as Aristotle, viz., that value, though a factor in the determination of relative prices, is yet something that is different from, and exists independently of, relative prices or exchange relations. The proposition that the value of a commodity is the amount of labour embodied in it can hardly mean anything else. If so, then there is a difference between Ricardo and Marx, since Ricardo’s values are simply exchange values or relative prices. It is worth while to mention this because, if we could accept this view of value [sc. as a common property intrinsic to commodities], much of his theory that seems to us untenable or even meaningless would cease to be so. Of course we cannot.

The mention of labour is immaterial to the argument, which is about whether or not value is intrinsic. If Schumpeter is to be taken at his word, then it would seem that all that prevented him from agreeing in essentials with Aristotle and Marx was his adoption of the Humean rather than the Aristotelian analysis of capacities. 

The same metaphysical predilections seem to underlie Joan Robinson’s view that ‘one of the great metaphysical ideas in

economics is expressed by the word “value” . . . like all metaphysical ideas, when you try to pin it down, it turns out to be just a word’. She is using the term ‘metaphysics’ here in the special opprobrious sense which was part of the fashion of the time for the Humean metaphysics of Logical Positivism, and not in its usual philosophical sense. Pareto is less restrained in his Humean sarcasm:

In a recently published book, it is said that ‘price is the concrete manifestation of value’. We have had incarnation of Buddha, here we have incarnation of value. What indeed can this mysterious entity be? It is, it appears, ‘the capacity which a good has to be exchanged with other goods.’ This is to define one unknown thing by another still less known; for what indeed can this ‘capacity’ be? And, what is still more important, how is it measured? Of this ‘capacity’ or its homonym ‘value’ we know only the ‘concrete manifestation’ which is the price; truly then it is useless to entangle ourselves with these metaphysical entities, and we can stick to the prices.

2

Where the first line of utilitarian interpretation recognizes that Aristotle held value to be intrinsic, the second line attributes to him the neo-classical view that value is extrinsic, and that exchange value can be explained in terms of use value. This line has been much commoner, and few commentators, not even Finley, have managed to stay clear of it altogether. Joseph put it succinctly: ‘ Aristotle, Nicomachean Ethics, V. v. ii, 1133a25-31, finds in demand or need the real source of exchange value.

Barker sees that Aristotle’s definition of wealth involves the antithesis of nature and convention. He also observes how different Aristotle is, in defining wealth as use value to the

exclusion of exchange value, from moderns like Mill who define it in ways that involve exchange value. Mill’s Principles of Political Economy was the standard university textbook until it was replaced by Marshall Principles of Economics, and Mill is the authority Barker cites. Mill defines wealth as ‘all useful or agreeable things, which possess exchangeable value’. But Barker misunderstands and rejects Aristotle’s view of wealth, and thinks it is justified simply to insist that Aristotle should have collapsed the nomos-phusis distinction here, and should have held instead that ‘Nature and art are really one’. Aristotle has metaphysical reasons for not doing this, but Barker overlooks them; he shows insensitivity to the metaphysics of Aristotle’s discussion, here and elsewhere, as many anglophone Aristotelian scholars were apt to do at that time. Finding no better basis for it, Barker attributes Aristotle’s view to the fact that he ‘deprecated exchange’ because of his ‘reactionary archaism’ and his snobbish prejudice against money-makers. The elements of Barker’s position need to be separated.

Barker does not overlook, as Schumpeter did, the arguments about value in which Aristotle establishes the philosophical basis of his economic thought, he misunderstands them, and the mistranslation of chreia as ‘demand’ is at the centre of the misunderstanding. He says, directly contrary to what Aristotle says at NE 5, 1133b18-20, that ‘To Aristotle “demand”, or need (χρεíα) . . . makes couches commensurable with houses, producing the equation 5 couches = 1 house. Except for demand, there is no commensurability and therefore no possibility of equation.’ He goes on to connect demand with money: money forms ‘the concrete and objective form of the subjective standard formed by demand. It makes objects commensurable.’ The notion of demand is logically connected with the notion of exchange value, and Barker is justified in connecting them as he does. But by substituting ‘demand’ for need’ (chreia) in the first place, Barker is moving very far from

Aristotle’s own position in two ways. First, since ‘demand’ is an aggregation of wants or revealed preferences, he is implying an identity between needs and wants which is conceptually mistaken and contrary to Aristotle. Secondly, insinuating ‘demand’ introduces a bridging device between use value and exchange value. These points will be taken in turn.

The notion of need is not usually liked by economists, particularly those of liberal temper. The mention of it is, Wiggins observes, apt to produce a standardized professional response: ‘What do you mean by a need? Is a need just something you want, but aren’t prepared to pay for?’ Needs, however, are logically distinguishable from wants. ‘Need’ is not an intentional verb but ‘want’ is. What I need does not depend on what I believe, as what I want does. Need is, in a specifiable sense, an objective state, not a subjective one, and in some of its uses ‘need’ denotes an absolute or categorical state, not an instrumental one conditional upon entertaining some particular purpose.

Aristotle does not confuse needs with wants by thinking of them as rationalized strong desires. His view of them is made

clearer by what he says in Met. Δ about the Greek word for necessary’ (anagkaion).

We call necessary (a) that without which, as a joint cause, it is not possible to live, as for instance breathing and nourishing are necessary for an animal, because it is incapable of existing without them: and (b) anything without which it is not possible for good to exist or come to be, or for bad to be discarded or got rid of, as for instance drinking medicine is necessary so as not to be ill, and sailing to Aegina so as to get money. (1015a2O ff., trans. Kirwan) 

The word has never been translated here as ‘needed’, as Wiggins remarks, and for good reason, because the chapter is seen as Aristotle’s only entry for several senses of the word for ‘necessary’. But it could have been translated in that way, and it would have been beneficial in one way if it had been: ‘In the presence of an Aristotelian elucidation’, Wiggins suggests, ‘the reductive, rationalised strong desires conception of need might not have passed so long without serious challenge.’

What is necessary or needed is thus connected with Aristotle’s idea of flourishing as a thing of a kind. Anscombe brings out the connection: ‘To say that an organism needs that environment is not to say, e.g. that you want it to have that environment, but that it won’t flourish unless it has it. Certainly, it all depends whether you want it to flourish! as Hume would say. But what “all depends” on whether you want it to flourish is whether the fact that it needs that environment, or won’t flourish without it, has the slightest influence on your actions.’ ‘Demand’ does not have this connection with flourishing, and it cannot be used to represent the Aristotelian idea of need without destroying a tissue of connections that are vital to Aristotle’s philosophy.

The modern economic notion of ‘demand for x’ ranges indiscriminately over things that are wanted and things that are needed. But not all needs for x, or even all wants for x, constitute parts of the demand for x. ‘Demand’ means ‘effective demand’, that is, demand which registers in the market

because it is backed by money. Needs and wants come apart from demand because needs and wants that are not backed by money do not count as demand. When Aristotle speaks of chreia he means needs not wants, though a case could be made that he means needs and some wants, but it is certain that he does not mean that subset of needs and wants that are satisfiable because their possessors have money.  Even if Aristotle had had the notion of demand, which he did not, he could not have given it the place in his theory that he gives to chreia. Chreia exists by nature (phusis), but ‘demand’ exists by convention (nomos) because it presupposes those very conventions of exchange value which need not exist, and which, in the case of M-C-M’, he is explicitly opposed to. By introducing demand, Barker bridges the nomos-phusis gap which Aristotle establishes between use value and exchange value, contrary to the letter and spirit of his economic theory (if it can be called ‘economic’), and of his metaphysics.

Barker is attributing a neo-classical view of value to Aristotle in which use value and exchange value are inherently linked, and for that reason Aristotle’s views of wealth, exchange, and so forth, since they are based on use value to the exclusion of exchange value, appear to be inconsistent with it. They also appear to be without any intellectual foundation, since the foundation Aristotle gave them has been removed by misinterpretation, and so Barker finds another foundation for them in moral and political prejudice. Aristotle’s views of wealth, his use of the nature-convention distinction, his analysis of exchange and trade, and his views on the proper use of the arts and faculties, then come to appear not only as inconsistencies on Aristotle’s part, but as poorly motivated as well.

Barker censures Aristotle for being ‘as reactionary in economics as was Plato’, whose views he characterizes by the motto ‘Back to the simple and primitive’, and for believing in an ideal economic society which comes ‘perilously near the  “golden” age — “When wild in woods the noble savage ran” ‘. The constructions Barker puts on Aristotle here are likely to appear exaggerated to readers today. Their desperate quality connects with a striking feature of Barker’s discussion in his chapter IX, entitled ‘ Aristotle’s Principles of Economics’. The greater part of that chapter is a barely disguised effort to justify modern, or bourgeois, conceptions of wealth, value, exchange, money, and profit, in the face of Aristotle’s theory, which Barker seems to fear might be thought to imply criticism of them.  He shows the same sensitivity in drawing likenesses between Aristotle and the Physiocrats, who held that exchange is not ‘productive’: ‘It may be remarked that the Physiocrats, with these views, were not socialists; nor need we therefore make Aristotle, with the same views, into a socialist.’ Such sensitivity is common, particularly in the anglophone literature. Ross, for instance, defends what he calls ‘the commercial class’ on the ground, which is beside the point of Aristotle’s principal criticism, that it ‘renders a useful public service and makes its profits only because it does so’. It was not generally appreciated at the time Ross was writing either that there was no ‘productive lending’ in the ancient world (that is, there was no credit for establishing productive enterprises as opposed to lending for consumption), or that money in general did not function as capital.  So Ross saw no obstacle to extending the defence of the commercial interest to encompass also the protection of commercial banking from Aristotle’s criticism of usury”. [1]

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[1] Meikle, Scott. 1995. Aristotle’s Economic Thought. Oxford: Oxford University Press.



Aristóteles en el pensamiento económico: Interés (cuarta parte) y una pintura de Joshua Reynolds
Junio 8, 2009, 9:57 pm
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aristoteles

c) Interés

“No vale mucho la pena considerar el resto de la economía ‘pura’ de Aristóteles desde el punto de vista de nuestro interés teórico. Aristóteles considera obvias, de acuerdo con el sentido común precientífico, muchas de las cosas –si no de la mayoría– que más tarde iban a ser los problemas del economista; y emite juicios de valor acerca de una realidad muchas de cuyas regiones no exploró nunca. Es evidente que la renta principalmente agrícola del caballero de su época no le suscitó problema alguno; el trabajador libre era una anomalía en aquella economía esclavista, por lo cual Aristóteles pasa sobre él rápidamente; el artesano no sale mucho mejor librado, excepto por lo que hace al problema del justo precio de su producto; el mercader (y propietario de naves), el tendero y el prestamista se consideran principalmente desde el punto de vista de una estimación ética y política de sus actividades y de sus ganancias, ninguna de las cuales parecía, en cambio, exigir análisis explicativo. Todo eso no tiene nada de sorprendente ni condenable. Los hechos físicos y socials del universo empírico no caen sino paulatinamente bajo el cono de luz del análisis. En los comienzos del análisis científico, la masa de los fenómenos queda sin tocar en el complejo del conocimiento de sentido común, y sólo esquirlas de esas masas provocan la curiosidad científica, se convierten en ‘problemas’.

El interés no fue ninguna esquirla así para Aristóteles. Aceptó el hecho empírico del interés de los préstamos en dinero y no vio en él problema alguno. Ni siquiera calificó los préstamos según los varios fines a que pueden servir, y no parece haber notado que un préstamo destinado a financiar consumo es muy diferente de un préstamo para financiar el tráfico marítimo (foenus nauticum). Condenó el interés –identificado en todos los casos con la ‘usura’– sobre la base de que no está justificado que el dinero, mero medio de intercambio, aumente al pasar de una mano a otra (cosa que naturalmente, no hace). Pero nunca se preguntó por qué, a pesar de eso, la gente pagaba interés. Los doctores escolásticos fueron los primeros en formular esa pregunta. A ellos hay que reconocer el mérito de haber sido los primeros en reunir hechos interesantes para el problema del crédito y en desarrollar el esquema de una teoría del mismo. Aristóteles no tuvo ninguna teoría del interés. En particular, es imposible ver en él el precursos de las actuales teorías monetarias del interés. Pues, aunque relacionó el interés con el dinero, eso no se debió a un esfuerzo analítico, sino a la ausencia de dicho esfuerzo: el análisis que conduce a una opinión preanalítica que antes parecía condenada por un análisis previo da a esa opinión un sentido diferente.” [1]

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[1] Schumpeter, Joseph A. Historia del análisis económico Parte II, Cap. 1., trad. por Manuel Sacristán, Ariel Economía, España 1995.

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Sir_Joshua_Reynolds_012Autorretrato entornando los ojos

Joshua Reynolds

Óleo sobre lienzo

63 x 74 cm

National Portrait Gallery, Londres

1748

“El retratista más destacado del Londres georgiano, Joshua Reynolds (1723-1792), se representa a sí mismo en su taller. Mientras se vuelve hacia el espectador, el artista sostiene con la mano en la paleta, el tiento (un soporte para la muñeca que se emplea para pintar detalles pequeños) y algunos pinceles. Al mismo tiempo, muestra con orgullo cómo se mueve entre la más alta sociedad, puesto que se encuentra ataviado según las últimas tendencias de la moda  de la época: viste un abrigo marrón con cuello de terciopelo y un chaleco de seda azul sin abrochar en el pecho, ambas prendas muy en boga en la década de 1740.

El retrato, datado entre 1748 y 1749, presenta al artista más como intelectual que como artesano: adopta la pose que mejor refleja la personalidad creativa de la Ilustración, llama la atención sobre los procesos de percepción y meditación, trabaja en su estudio y adapta su vista a la luz artificial mientras cavila sobre su próximo movimiento y desarrolla su estrategia artística. A pesar de que los tonos y la pincelada recuerdan a los de Rembrandt (el modelo preferido de este artista), los planos de la cara, la línea de la mandíbula y la boca revelan también sus conocimientos en la escultura clásica.” [2]

[2] Phaidon Editores. 30.000 años de arte. Phaidon, Londres 2008



Sobre el cuarto encuentro ex-itam público: la crisis global financiera y el rol de los organismos financieros internacionales
Junio 7, 2009, 11:48 pm
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Dr. Alejandro Werner Wainfeld, Subsecretario de Hacienda

El pasado jueves 4 de Junio, se llevó a cabo el cuarto encuentro ex-ITAM público en las instalaciones de la Torre Mayor organizado por la sociedad de ex alumnos del Instituto Tecnológico Autónomo de México en la Ciudad de México. El tema elegido para la reunión fue el rol de los organismos financieros internacionales en el marco de la crisis económica mundial. Los ponentes invitados fueron el Dr. Alejandro Werner Wainfeld, Subsecretario de Hacienda y Crédito Público, así como Dr. Axel Van Trotsenburg, Director del Banco Mundial para México y Colombia y el Dr. Ellis Juan, Representante del Banco Interamericano de Desarrollo (BID) en México.

Ahora bien, me parece importante destacar tres puntos en común de los ponentes. El primero es el reconocimiento generalizado de las fallas en la regulación del sistema financiero al permitir una política préstamos no calificados o lo suficientemente riesgosos como para generar desequilibrios en espiral en la economía internacional, partiendo de los cada vez más interdependientes mecanismos de transmisión financiera, traducido a su vez en fuertes caídas de la economía real como en el caso de México. También tomemos en consideración que ha sido en Estados Unidos donde se ha generado esta crisis que ha afectado el volumen general de empleo en diversos países, trayendo como consecuencia la considerable disminución de la demanda agregada, del ingreso y de la capacidad de ahorro de una economía la cual es indispensable para garantizar algún crecimiento económico. Es precisamente el hecho de que haya sido Estados Unidos el país responsable de esta crisis, el que pone en tela de juicio no únicamente la reputación de la capacidad de los bancos y de la Fed para sobrellevar el sistema económico basado en mucho en las instituciones financieras y la ortodoxia del monetarismo, sino también el paradigma supersatanizado (sic!), del laissez faire en cuanto que es una política de completa anarquía de los mercados pues si bien la ideología del dejar hacer-dejar pasar funciona bajo cierto caso, principalmente en el beneficio del comercio internacional (ojo, este beneficio únicamente es tangible si dos economías tienen similares estructuras jurídicas y de producción económica, más evidentemente no es así dada la existencia de diferencias políticas y sociales, lo cual se tuvo que haber considerado en el TLCAN), la extensión de esta ideología a diversos sectores de la economía, lo único que provoca es la cuasi-legitimación científica (y muy elegante) del comportamiento de los mercados financieros. No estoy en contra de las instituciones financieras, sino que mi interés es únicamente el de  resaltar que bajo cierta regulación, la eficiencia y el equilibrio de los mercados puede garantizar mayor estabilidad macroeconómica.

axel

Dr. Axel Van Trotsenburg, Director del Banco Mundial para México y Colombia

Un segundo punto es la retrospectiva de la actual coyuntura económica con su equivalente en la década de los treintas. El panel de invitados afirmó correctamente que esta crisis llamada la Gran Recesión no ha sido tan devastadora como la llamada Gran Depresión y que por lo menos en el caso de México, el presupuesto de divisas ha permitido cierta garantía en el tipo de cambio, aunado a una reciente nueva línea de crédito con el FMI lo que permite cierto colchón ante el generalizado problema (sobre todo en Europa) del déficit en la balanza comercial. En relación con la dicha restrospectiva, se comentó que si bien la disminución del empleo no ha sido tan brutal como la de la Gran Depresión, se seguirá recurriendo a una política de gasto público suavizado. Lo que me llama la atención y provoca curiosidad es que esta política no es exclusiva de México, sino que gran parte del mundo incurrirá en el antes citado déficit  para garantizar cierto nivel de producción y de empleo. Lo interesante de esto último es saber cómo reaccionarán las diversas economías que incurran en dicho déficit dada la interdependencia de los mercados en el contexto nunca antes visto de que prácticamente se tarda nada el contagio a sectores y naciones. ¿Qué organismos y en qué medida estarán dispuestos a financiar el déficit? Es evidente que los tenedores de bonos son importantes en esto último pero ante la nueva perspectiva mundial donde la información prácticamente vuela y los mecanismos de transmisión son casi instantáneos, se nos presenta un nuevo panorama mundial en sus acepciones económica, política y social.

Finalmente, los ponentes perfilaron el debate hacia el apoyo interregional tanto del BID como del WB a las economías en vías de desarrollo. Si bien existe la política de que en la medida que una economía crece, adquietre más responsabilidades para con países emergentes en el sentido económico, también es notable que las economías desarrolladas sean tan frágiles ante desequilibrios generalizados de las finanzas, lo cual tanto a países industrializados como a países en vías de desarrollo afecta por igual en el nivel de ingreso, por lo que en un escenario real, conlleva que millones de personas caigan en la pobreza.

Sin duda que la conclusión fue una mínima regulación de los organismos financieros a nivel mundial, lo cual transferido a la esfera política se traduce en repensar  políticas estatales que puedan conciliar la libertad de los mercados con la regulación mínima que se requiere para evitar crisis que se originan mayoritariamente por el abuso del laissez-faire. Digamos que se ha sobreexplotado y llevado esta ideología más allá de sus límites lo cual por supuesto no implica en lo mínimo un inmediato desecho de la misma, sino un proceso de revisión en el funcionamiento interdependiente de las instituciones financieras. Este es un debate de capital importancia, no sólo para los economistas, sino también para políticos, académicos y sociedad civil en general.



Aristóteles en el pensamiento económico: Dinero (Tercera parte)
Junio 2, 2009, 5:12 am
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MONEDA3

En esta semana ha quebrado General Motors y el gobierno de Obama inyectará nuevos recursos en un futuro no muy lejano. Sin duda que los acontecimientos actuales son de necesario debate y análisis que trataremos a su tiempo en este blog. Por ahora, continuamos con el vistazo histórico que es la base que calibra la teoría con la práctica por donde nos quedamos la última vez, a saber, el organon del pesamiento económico de Aristóteles.

b) Dinero. La teoría del dinero profesada por Aristóteles…en consciente oposición a la de Platón, es como sigue: la mera existencia de una sociedad no comunista implica el intercambio de bienes y servicios; este intercambio toma ‘naturalmente’ al principio la forma del trueque; pero la persona que desea lo que otra tiene carece acaso de lo que ésta desea; por lo tanto será a menudo necesario aceptar en cambio algo que no se desea, con objeto de obtener lo que se desea por medio de otro acto de trueque (intercambio indirecto); entonces una conveniencia evidente inducirá a la gente a elegir –tácitamente o por un acto legislativo– una mercancía (Aristóteles no considera la posibilidad de que la gente elija más de una) como medio de cambio. Aristóteles menciona brevemente el hecho de que algunas mercancías –como los metales– son más adecuadas que otras para esta función, y anticipa así algunos de los lugares comunes más trillados de los manuales del siglo XX acerca de la homogeneidad, la divisibilidad, la portabilidad, la estabilidad relativa del valor, etc. Además, las implicaciones de la regla de equivalencia en el intercambio le conducen naturalmente a observar que el medio de cambio se utilizará también como medida del valor. Por último, reconoce, implícitamente al menos, el uso de ese medio como depósito de valor. Por lo tanto, es posible remontarse hasta Aristóteles en la historia de las tres ocuaatro funciones del dinero tradicionalmente enumeradas en los manuales y tratados del siglo XX (la cuarta consiste en servir de criterio o patrón del pago diferido).

La teoría contiene esencialmente dos proposiciones. La primera dice que, cualesquiera que sean los demás fines a los que sirva el dinero, su función fundamental, la que lo define y explica su existencia, es servir de medio de cambio. Por lo tanto, la teoría pertenece al grupo de las que el profesor von Mises ha llamado teorías catalácticas del dinero (intercambiar). La segunda proposición dice que para servir como medio de cambio en los mercados, el dinero mismo tiene que ser una de las mercancías que ayuda a intercambiar. O sea: tiene que ser una cosa útil y con valor de cambio independientemente de su función monetaria; eso es todo lo que significa en este contexto ‘valor intrínseco’: valor que se puede comparar con otros valores. De este modo, la mercancía moneda se estima por su peso y por su calidad, igual que las demás mercancías; por conveniencia, la gente puede decidir imprimir una imagen en ella, con objeto de evitar la molestia de tener de que pesarla cada vez; pero esa impronta se limita a declarar y garantizar la cantidad y calidad de la mercancía contenida en una acuñación; no es la causa del valor de ésta. Esta proposición –no confundible, ciertamente, con la primera ni implicada po ella– se llamará a partir de este momento metalismo, o teoría metalista del dinero, para diferenciarla de la teoría nominalista, un ejemplo de la cual es la platónica.

Cualesquiera que sean sus debilidades, esta teoría, aunque siempre fue discutida, predominó sustancialmente hasta finales del siglo XX, e incluso después. Es la base del núcleo de todo el trabajo analítico realizado en el terreno del dinero. Por lo tanto, tenemos motivos de peso para asegurarnos de nuestra interpretación de Aristóteles, cuya influencia personal en estas cuestiones se puede rastrear, por lo menos, hasta tiempos ya tan adelantados como los de A. Smith. Ningún paso de la Política fundamentará otra interpretación, salvo que atribuyamos a Aristóteles algunas opiniones que él menciona, pero atribuyéndolas inequívocamente a otros. Mas en la Ética, con un juego de palabras utilizando la palabra griega que significa moneda de curso normal (nomisma), Aristóteles dice que el dinero existe no por ‘naturaleza’, sino por convención o legislación, lo cual parece apuntar en otra dirección. Pero el hecho de que añada, como para explicar su pensamiento, que la moneda puede ser cambiada o desmonetizada por la comunidad parece indicar que su afirmación se limitaba a la observación de que aquella convención o legislación decide el material  que hay que usar para acuñar moneda y la forma determinada que hay que dar a las acuñaciones.

Por último, hay que llamar la atención sobre un interesante punto de método. La teoría aristotélica del dinero es una teoría en el sentido ordinario del término, o sea, un intento de explicar lo que es y lo que hace el dinero. Pero la presentó en una forma genética, según su costumbre al tratar las instituciones sociales: Aristóteles presenta el desarrollo de la moneda en algo que se presenta como una secuencia histórica, la cual arranca de una condición, de un ‘estadio’ en el cual no existía el dinero. Desde luego que podemos limitarnos a no ver en eso más que un expediente expositivo. El lector debe de tener siempre presente esta interpretación posible que salva de un redondo absurdo a tantas argumentaciones que se presentan con el atuendo de una ‘historia’ eb realidad imaginaria, como, por ejemplo, las teorías del estado que utilizan la idea de un contrato social primitivo. Hasta el ‘temprano y rudo estado de la sociedad’ smithiano se puede beneficiar de una interpretación que niegue a tomarlo al pie de la letra. Pero el caso del dinero es diferente, porque la teoría aristotélica del origen lógico del dinero puede resistir la prueba –si se la apremia– exigible a una teoría verificable del origen histórico del dinero. Ejemplos como el siclo semítico o como el té, que fue moneda de los nómadas mongoles, bastan para mostrarlo así. Mas precisamente en estos casos se plantea la aludida cuestión de método. ¿Es un procedimiento válido el remontarse tan lejos como se pueda en la historia de una institución con objeto de descubrir su significación esencial o más simple? Evidentemente, no. Las formas primitivas de existencia no son, por lo general, más simples, sino más complejas que las posteriores: el jefe que es al mismo tiempo juez, sacerdote, administrador y guerrero es, evidentemente, un fenómeno más complejo que cualquiera de sus sucesores especializados de épocas posteriores; el castillo medieval es conceptualmente un fenómeno más complejo que la U.S. Steel Corporation. Por eso hay que distinguir entre orígenes lógicos y orígenes históricos. Pero esta distinción no se presenta sino una vez alcanzados estadios ya adelantados del análisis. El analista ingenuo los confunde siempre. Y la confusión se encuentra sin duda contenida en las teorías de Aristóteles sobre el dinero y sobre otras instituciones sociales. Él la legó a la entera línea de pensamiento que le siguen, incluidos los utilitaristas ingleses. Y la confusión sigue reproduciéndose hoy en determinados ambientes. [1]

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[1] Schumpeter, Joseph A. Historia del análisis económico Parte II, Cap. 1., trad. por Manuel Sacristán, Ariel Economía, España 1995.