El renacimiento: Periódico literario de México


El Renacimiento, periódico

En la entrada pasada comenté sobre el Hiperión como movimiento existencialista mexicano. En esta ocasión, es de mi deseo compartir un fragmento de la presentación de la edición facsimilar, escrita por Huberto Batis. En remembranza y relación con el Hiperión, el renacimiento se representa como su homólogo en el siglo XIX, con la diferencia de su forma unitaria cultural, a saber, la conformación de un semanario dedicado a los propósitos de sus escritores. La idea es desempolvar aquellas idílicas, realistas y críticas letras que se han avocado a ser partícipes de su tiempo pues por mucho, el ser se legitima cuando procura su existencia en el mundo aparente (el mundo que se aparece a los sentidos). Sobretodo, es la crítica a la coyuntura política junto con la proyección de la producción cultural, la que conforma el grueso del movimiento, lo que trae como consecuencia un basto acervo cuya reflexión es menester tanto del historiador como del universitario.

“El periódico literario el Renacimiento (1869)

A poco más de un siglo de la restauración de la República liberal, justo es recordar la labor de los intelectuales y literatos que dejando las armas que habían trocado por la pluma cuando lo consideraron su deber, volvieron al magisterio de las aulas y de la letra impresa, y a la participación política cuando el país se los demandó. Con profusión y entusiasmo que se ha visto en muy pocos momentos de nuestra historia, fueron produciéndose desde los primeros momentos de paz obras valiosas en las artes y las ciencias, las cuales se apresuró a recoger la gran visión del maestro Ignacio Manuel Altamirano para formar con ellas, piedra a piedra, el ‘monumento’ –como supo llamarlo– de su revista semanaria El Renacimiento, en la que hoy, conforme a su intención, podemos examinar el sorprendente florecimiento cultural del tiempo.

Con la vuelta del presidente Juárez a la ciudad de México, el liberalismo ilustrado fue reuniéndose bajo el influjo de sus cabezas; Ignacio Ramírez, El Nigromante, que había sufrido martirios sin cuento a manos de los imperialistas; Francisco Zarco, que regresaba enfermo de Nueva York, en donde había representado al gobierno; el eterno Guillermo Prieto, testigo de casi todo el siglo xix, que dejaba su refugio en la frontera norte; el general Vicente Riva Palacio, que olvidó el sitio de Querétaro en cuanto cayó Maximiliano para volver a sus novelones; y Altamirano, soldado, héroe del Cimatario, el de mayor aura de prestigio entre los jóvenes escritores, puente entre la vieja y la nueva generación que formaban, entre otros, Justo Sierra, estudiante entonces de preparatoria; Manuel Acuña, recién llegado de Torreón a la Escuela de Medicina; Luis Gonzaga Ortiz y Manuel M. Flores, poetas asiduos; Agustín F. Cuenca, que abandonaba los estudios para vivir como gacetillero, y el joven Juan de Dios Peza, que se iniciaba, ‘de la mano de una persona mayor’, en las redacciones de los diarios y en las reuinones de la bohemia literaria.

Durante todo el año 1867 vivieron ellos la efervescencia política que despertó la convocatoria hecha por Juárez para la elección presidencial; el periodo para el que había sido electo don Benito había terminado desde Paso del Norte, poco antes del comienzo de la reconquista, y se hacía necesario el voto que lo reeligiera (en contra de la opinión de muchos, de un Jesús González Ortega, por ejemplo) o que lo sustituyera por Sebastián Lerdo de Tejada, el candidado del ministerio, o por el general Porfirio Díaz, que había tomado sin sangre la ciudad de México y que contaba con la simpatía general de los conservadores amnistiados y de los extranjeros residentes, y principalmente con el apoyo de los liberales oposicionistas, ganados por el ideario de su radical Partido Progresista, que manejaba entonces Justo Benitez. Riva Palacio había tomado a su cargo el periódico político de oposiciñon popular, La Orquesta, famoso por las caricaturas de Crescencio Carrillo. Altamirano, Ramírez y Prieto fundaron un periódico sostenidopor el general Díaz, El Correo de México, apasionado y acre censor del gobierno. Zarco, desde El Siglo XIX, pretendió mediar entre las facciones, adivirtiendo del peligro en que ponía al país la división liberal. Las cosas no pasaron a mayores y la historia dio la reelección a Juárez, negó las diputaciones que los radicales pretendían y les dio en cambio lo que Altamirano, un tanto despechado, llamó ‘las dichosas fiscalías’ de la Suprema Corte de Justicia. Díaz se retiró a Oaxaca en espera de una mejor coyuntura, y todos se entregaron a la restauración de la República ‘sin rencores con el pasado y sin temores por el porvenir’, como bien supo decirlo poco antes de morir Francisco Zarco.

A nuestra distancia, aquella polémica radical a favor de Díaz parece extemporánea, al menos ansiosa e ingrata con el juarismo. Justo Sierra, desde el porfiriato, puedo ver el apego de Juárez al poder si no necesario al menos convincente, porque su figura personificaba al ideal liberal. Desde nuestro tiempo, Daniel Cosío Villegas ha explicado convincentemente que la Reforma necesitó la reelección de Juárez y sobre todo la de su gabinete para defender ‘constitucionalmente’ al país de inminentes peligros mortales, como una nueva intervención europea o incluso nuevas anexiones de territorio mexicano al de Norteamérica, recién salida de su guerra de Secesión (el presidente general Ulyses Grant no ocultaba su voracidad, victoriosamente refrenada por Juárez, poco después de la visita que nos hizo el exsecretario de Estado William H. Seward, famoso por su compra de Alaska y otros territorios). Leopoldo Zea concede a Juárez una aguda visión realista en contra de los idealistas de los radicales, que ‘soñaban’ con la aplicación rigurosa del liberalismo europeo a México. Y Jesús Reyes Heroles coincide en bendecir el ‘freno’ que Juárez sabría imponer al liberalismo de importación que hoy llamaríamos ‘delirante’. Sea como sea, el clima de libertad que permitió la mayor división real que el país ha visto entre sus políticos favoreció el equilibrio entre Gobierno y oposición sin necesidad de las luchas de ‘boxeo de sombra’ –como llama Cosío Villegas a la ficticia división de partidos que luego hemos visto. La muerte del presidente Juárez no permitió la evolución perfecta de su política hasta el liberalismo social, que sólo tendría oportunidad con la Revolución que derrocó la dictadura de Díaz, entonces imprevista, el año de 1917…

El Renacimiento no es una revista especializada en literatura tal como hoy las entendemos; predominaron sí las colaboraciones artísticas y aun los escritos no literarios llenan los requisitos de lo que los hombres del tiempo conmprendían por ‘bellas artes': correción, pulimiento, elegancia. Era una revista literario-cultural, miscelánea y didáctica, en cuanto que incluía ficción y poesía e informaba de cuestiones de crítica, historia, arqueología, pintura, música, teatro y ediciones. El resultado fue una crónica, un espejo del panorama cultural, un registro de las producciones más notables en los géneros mencionados, sin caer, fuera de contados casos, en la árida especialización más propia de los boletines de las sociedades científicas. De todo se habló en aquellas páginas, a condición de que llenara los fines de la amenidad, sobre todo de utilidad y belleza. Más tarde Olavarría daría el juicio contempornáneo: ‘Sin duda podrán producirse mejores semanarios . . . pero ninguno le ha superado ni en la cantidad de firmas distinguidas, ni en la calidad de los escritos’. Y en nuestros días, José Luis Martínez, el más autorizado hasta hoy por su conocimiento de la época, afirmó que fue ‘el documento mayor de nuestras letras en esa centuria. En él están representados, en efecto, los escritos más característicos, las corrientes literarias más destacadas, los valores culturales más fértiles . . . ¿qué otra revista literaria mexicana del pasado o del presente, puede ofrecernos la riqueza de impulsos y la irradición espiritual que contiene El Renacimiento? ¿Cuál otra ha conseguido esta calidad en el contenido, afianzado, al mismo tiempo, su sentido mexicano y universal, su conciencia social, su integridad humana? Otras ha habido más refinadas y exclusivas, más cultas y cosmopolitas, pero ajenas radicalmente a México si no es porque surgían de sus hombres. Acaso con mayor modestia, los escritores que hicieron El Renacimiento procuraron con todo su esfuerzo y con toda su sensibilidad realizar una literatura mexicana y una obra que enaltece a su pueblo'”. [1]

IgnacioManuelAltamiranoIgnacio Manuel Altamirano (1834-1893)

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[1] Coordinación de Humanidades, Instituto de Investigaciones Filológicas, Centro de Estudios Literarios. presentación por Huberto Batis. El Renacimiento, periódico literario (México 1869). UNAM, México 1993.

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